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Karthea, una dura y bella excursión hacia la Historia

Ulyfox | 26 de octubre de 2021 a las 12:33

Ruinas del templo de Atenea, en la antigua Karthea.

Ruinas del templo de Atenea, en la antigua Karthea.

Sabíamos que iba a ser duro, muy duro, pero confiábamos en poder hacerlo. La recepcionista del hotel le había quitado importancia: sí, la bajada hasta las ruinas de la antigua Karthea era larga pero sencilla, y la vuelta por el mismo camino, bastante más dura, y todo subiendo, pero tampoco era para tanto. Bueno… quizá la recepcionista era mucho más joven y estaba más en forma, pero puedo decir que la visita al fantástico yacimiento junto a una playa de ensueño ha sido una de las más duras de nuestra vida. Y de las más gratificantes… una vez acabada.

Inicio del sendero hasta la antigua ciudad.

Inicio del sendero hasta la antigua ciudad.

La antigua Karthea era uno de nuestros lugares señalados cuando planeábamos el viaje a Kea, y en los foros de internet todo el mundo alertaba sobre la necesidad de estar preparados para el camino de vuelta. Ya sabéis: todo eso de llevar calzado apropiado, sombrero, comida y agua abundante, porque nada de eso había en el yacimiento ni en la playa que lo albergaba, ni durante el camino a pie. Así que íbamos preparados.

Una de las pocas presencias en el camino. Al fondo, el lejano mar.

Una de las pocas presencias en el camino. Al fondo, el lejano mar.

 

Temprano, aunque no demasiado porque la vida no empezaba en el hotel Keos antes de las nueve, hora del desayuno, salimos en nuestro coche hacia el lugar donde empezaba el sendero pedregoso que lleva a Karthea. Una media hora después estábamos junto al inicio del sendero. Dejamos el vehículo en el paraje solitario al lado de la carretera y frente al letrero que indicaba “Karthea 55′”. Y echamos a andar, vigilados por la mirada de un mulo curioso. Desde el principio, una pista medio asfaltada que llevaba a un par de casas, la pendiente era tan pronunciada que se iban los pies. Al poco comenzaba el camino, cuya rústica pavimentación de piedras sueltas traía imágenes del pasado y nos hacía soñar con que fuera el mismo que pisaron los griegos clásicos.

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Casi al final, el sendero se sombrea un buen trecho.

No se divisaba un árbol por los alrededores, y eso, junto con lo empinado de la estrecha vereda, nos hacía temer lo peor a la vuelta, que calculábamos sería a mediodía, es decir la hora de más calor. Pero bueno, ya no nos íbamos a volver atrás. Al cabo de unos 20 minutos empezamos a disfrutar de alguna sombra de trecho en trecho, y otros 20 después acabó el descenso y la senda transcurría fresca en llano por el cauce y sobre los cantos rodados de un arroyo ahora seco, y afortunadamente muy sombreado. Poco antes nos habiamos cruzado con una pareja mayor y un joven que hacían el camino en sentido inverso, pero a lomos de mulos. Los envidiamos.

El teatro antiguo, precioso en su soledad. Arriba, la Acrópolis dórica.

El teatro antiguo, precioso en su soledad. Arriba, la Acrópolis dórica.

Cuando salimos al claro que antecede a la playa de guijarros, en seguida encontramos a nuestra izquierda los preciosos restos del teatro griego, casi totalmente excavado, construido como era habitual aprovechando una ladera y junto al que se encuentra también el vestigio de unas termas romanas. Un poco más arriba se encuentra la acrópolis; desde abajo se divisa un muro de mármol blanco y se adivinan algunos templos.

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El templo de Atenea.

Karthea fue una de las más importantes ciudades-estado (polis) de la isla, y fue habitada desde la era arcaica hasta la época bizantina, pero después fue abandonada, hasta que a mediados del siglo pasado empezaron las excavaciones, que la han dejado hoy en casi perfecto estado de revista y como un espléndido premio para quien se atreve a visitarla. El teatro no es muy grande pero sí lo bastante impresionante por su antigüedad y su buen estado de conservación.

 

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El promontorio sobre el que asienta Karthea parte la playa en dos.

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Sudorosos por la bajada, resistimos la tentación de zambullirnos en las tentadoras aguas de la solitaria playa, sólo ocupada por una pareja con un niño, y decidimos antes subir a la acrópolis. Allí, sobre un promontorio que se adentra en el mar partiéndolo en dos playas espléndidas, lucen casi imperiales las ruinas restauradas del propileo (entrada monumental), y de los templos de Apolo Pithio y Atenea, en el que se levantan algunas columnas dóricas reconstruidas. La estampa es absolutamente evocadora y hace suspirar y decirse que sí, que valía la pena la excursión y probablemente también la que sería agotadora vuelta.

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Vistas desde la Acrópolis de Karthea.

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El propileo (puerta monumental) de la acropolis, sobre la playa.

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La belleza del conjunto se acentuaba por la soledad en la que lo disfrutábamos, pisando viejas piedras y buscando encuadres para las fotos, pero al poco tiempo esa paz se vio alterada por una de las plagas contemporáneas que acosan al viajero: los drones. Uno de ellos, manejado por una pareja (siempre es una pareja), sobrevolaba con su zumbido la explanada de columnas y mármol. Y decidimos que ahora sí, que ya era tiempo de volver a descender hacia la playa, probar sus llamativas aguas y alimentarnos un poco para el retorno.

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Bebida, alimentación y baño después del esfuerzo y como preparación para el regreso.

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Una pequeña capilla en la playa.

El baño fue delicioso, reconfortante. En la playa, una pequeña capilla y una casa en la que una mujer parecía estar arreglando para la llegada de algún visitante. Al otro lado, un hombre hacía alguna labor de mantenimiento junto a otra construcción mientras extendía una manguera a lomos de un mulo. Tomamos una fruta y un puñado de frutos secos mientras entrábamos y salíamos del agua, como resistiéndonos a la forzosa vuelta.

La vuelta fue durísima, con numerosas paradas bajo la escasa sombra.

La vuelta fue durísima, siempre subiendo, con numerosas paradas bajo la escasa sombra.

Y, al cabo de una hora aproximadamente, comenzamos el retorno, muy cómodo y sombreado al principio, pero tremendo en casi todo su recorrido, siempre subiendo. Empleamos más de dos horas y haciendo numerosas paradas a la sombra de la escasa vegetación. La pendiente era, efectivamente, muy pronunciada, y nos forzaba a ralentizar la marcha. Afortunadamente, llevábamos suficiente agua para refrescarnos por dentro y por fuera. Alguna vez pensamos que no llegaríamos, pero era sólo una broma inconsciente que nos hacíamos.

Llegamos, ¡cansaos pero contentos!

Llegamos, ¡cansaos pero contentos!

Por fin, después de numerosas vueltas y revueltas siempre hacia arriba, divisando sólo lejanas capillas en los riscos, dimos con la carretera y con el coche, que nos esperaba salvador, dándonos ya el regalo de descalzarnos las botas en su interior y emprender el camino de vuelta haciendo planes revitalizantes: ¿dónde comemos? o mejor y más imperioso aún: ¿dónde nos tomamos una cerveza? La opción que ganó fue la de buscar un restaurante en Vourkari, una zona de amarres de yates llena de establecimientos hosteleros de buena fama frente al muelle.

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El suculento almuerzo en el restaurante Aristos de Vourkari.

Ahí elegimos el Aristos (cuyo nombre en griego significa simplemente El Mejor), especializado en pescado y mariscos, con una amplísima terraza blanca y azul, sumamente atractiva. Cansados, disfrutamos de uno de los manjares preferidos de Penélope, la ensalada de erizos (ajinosalata), a la que acompañaron una ensalada de tomate y queso myzithra, un carpaccio de lubina y unas sardinas abiertas a la parrilla. Todo acompañado con vino blanco, por supuesto.

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Playa de Pisses desde las alturas de la carretera de vuelta.

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Otro baño en Gialiskari para aliñar una tarde fantástica.

El almuerzo fue tardío y muy bueno, y realmente la gloriosa tarde pedía otro baño, que fue lo que hicimos en la playa de Gialiskari, ya muy cerca de nuestro hotel. Luego, nos dirigimos al puerto de Corissia donde nos regalamos con un nescafé frappé, la bebida ideal para los atardeceres con un libro en los muelles griegos.

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Vistas en la playa y puerto de Corissia, al atardecer.

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Poco más quedaba por hacer, quizá si realizáramos otra actividad terminaríamos estropeando la jornada, así que nos volvimos al hotel para culminar el día con una cerveza y un aperitivo mientras charlábamos con la encargada del bar sobre Grecia, el idioma griego y sobre nuestro amor por todo lo que se relaciona con este país.

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Karthea, una de las grandes experiencias de la estancia en la isla de Kea.

Era la última noche en Kea y era imposible haber terminado mejor la estancia que con esta excursión a la Historia antigua. Al día siguiente volveríamos al continente para hacer una escala en el Pireo y comenzar lo que resultó ser un precioso periplo por varias islas del archipiélago de las Cícladas. Estad atentos.

Recorriendo la isla de Kea

Ulyfox | 19 de octubre de 2021 a las 14:09

Baños transparentes en la estupenda playa de Otzias.

Baños transparentes en la estupenda playa de Otzias, organizada y cómoda.

Kea es pequeña, al menos para nuestros esquemas mentales. Pero no por eso deja de encerrar bellezas. Al verla en el mapa no se esperaría que fuera tan montañosa, y el interior es especialmente salvaje. pese a que las zonas costeras, sobre todo las de las playas del oeste, estén bastante masificadas. Entiéndase, no se habla de grandes resorts ni hoteles de cientos de habitaciones, pero sí hay una saturación de viviendas y chalés, y sobre todo de piscinas, muchas piscinas, en una isla en la que el agua dulce debe de ser escasa y en la que sobra mar para bañarse. Pero esos son los patrones de la felicidad moderna, qué le vamos a hacer.

La playa de Otzias, desde las alturas.

La playa de Otzias, desde las alturas.

Alquilamos un coche para recorrer en lo posible la isla durante tres días, pero sin un ánimo excesivamente veloz ni explorador: ¡estábamos de vacaciones! Así que lo primero que hicimos fue irnos a una playa fantástica a apenas un cuarto de hora de carretera: la de Otzia, con la intención de pasar unas cuantas horas tumbados y bañándonos.

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Otra imagen de la playa de Otzias.

La playa, totalmente organizada, se reveló como ideal para esos fines. Como Kea es un lugar que vive para el descanso, aunque no llegamos demasiado temprano, había un buen número de hamacas disponibles, con un servicio esmerado. Luego, la zona se llenó, pero ya nosotros estábamos perfectamente acomodados. La mañana y buena parte de la tarde se nos fue entre la tumbona, la lectura y los baños en un agua transparente como acostumbra a ser la del Egeo. Como el ambiente lo pedía, bebimos y tapeamos en las mismas hamacas.

El monasterio de Panagia Kastriani, sobre el acantilado.

El monasterio de Panagia Kastriani, sobre el acantilado.

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Cuando el sol empezó a declinar, decidimos que era una buena hora para visitar el monasterio de Panagia Kastriani, un poco más al norte y situado sobre un acantilado. La carretera era tan difícil como se esperaba, pero mereció la pena acercarse a divisar su silueta blanca frente al mar, y adentrarse en su patio igualmente blanco con el toque azul de su cúpula y campanario. No parecía haber nadie en el monasterio, aunque se escuchaba un rumor de voces en el interior, y la limpieza del recinto y del interior de la iglesia hacía sospechar que más de una mano se ocupaba de su cuidado.

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Nos gustó la visita en solitario que nos permitió mirar al mar y hacer decenas de fotografías, tanto del monasterio como de la playa que se divisaba tentadora abajo y que lleva el mismo nombre del convento.

La playa de Kastriani, bajo el monasterio del mismo nombre.

La playa de Kastriani, bajo el monasterio del mismo nombre.

Abandonamos el lugar con la misma discreción, y nos encaminamos de vuelta al hotel, para culminar ese día con nuestra segunda subida a Ioulida y cena al atardecer. En la capital interior de la isla la luz era mágica, y presenciamos cómo los vehículos de los invitados a una boda, coincidentes con la llegada del único autobús por una estrecha y empinada calle, pueden colapsar un pueblo entero. Pero a base de paciencia y maniobras todo se resolvió en pocos minutos. Es extraordinaria la capacidad y habilidad que los griegos tienen para la conducción en los lugares más complicados.

Atardecer desde las alturas de Ioulida, con otras islas al fondo.

Atardecer desde las alturas de Ioulida, con otras islas al fondo.

El día siguiente nos dirigimos al sur, a ver otras playas famosas. Primero nos paramos en Pisses, donde estuvimos un buen rato, pero tampoco nos entusiasmó. El lugar dio para un par de cervezas y un rato tumbados, pero no nos inspiraba mucho para el baño el ligero viento que soplaba y el oleaje de la orilla, nada espantoso pero suficiente para quitarle el encanto.

Las calas de Koundouros y Kampi, las más turísticas de la isla.

Nos habían hablado de lugares turísticos como Koundouros y Kampi, no demasiado lejos de Pisses, así que decidimos ir a conocerlos. Sólo puedo decir que salimos huyendo: el tráfico intenso, los coches aparcados en las estrechas carreteras y el sonido fuerte de la música y los motores de las lanchas y motos náuticas nos hicieron comprender que no era nuestro sitio. Probablemente sí lo era para quien quisiera lucir glamour y ropa cara allí, pero ese no es nuestro caso. Demasiadas urbanizaciones sobre un mar azul, y en unas calas sin duda muy bellas, pero con un ambiente Riviera de estelas blancas de embarcaciones que hacían figuras sobre el agua. Nos fuimos.

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Atardecer junto a la capilla de Agios Georgios, en Corissia.

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La vuelta hacia el puerto de Corissia, sin embargo, fue agradable, recorriendo colinas abruptas de color terroso con el Egeo de fondo. Esa noche, además, nos vestimos de verano y paseamos hacia la ensenada, subimos hasta el promontorio presidido por la capilla blanca de Agios Georgios, y cenamos en un lugar más que recomendable, Magazés, un restaurante frente a los muelles donde dimos cuenta de un fresquísimo sargo a la parrilla, con entrantes de boquerones en vinagre y calabacines fritos, mientras veíamos llegar y salir los ferries, que se tragaban largas colas de personas y vehículos abandonando la isla en el último fin de semana de agosto, y anunciándonos que una estación más tranquila llegaba a las Cícladas.

Nos quedaba un apasionante último día, pero eso lo relataremos en otra entrada…

Kea, la sonrisa de un león lo puede curar todo

Ulyfox | 14 de octubre de 2021 a las 13:08

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El León de Kea, más de 2.700 años sonriendo frente al valle.

 

Aún no he casi empezado a contar nuestro viaje de mayo por el centro y norte de la Grecia continental y ya me urge relatar el que acabamos de terminar por las islas. Así que vamos a ello, y ya retomaremos el periplo interior, seguro, alguna vez. Este viaje empezó difícil, no por las maletas, no por los traslados ni por las incomodidades del desplazamiento, sino por algo mucho más prosaico que todo eso: dos cajeros del aeropuerto se negaron a darnos dinero, y uno de ellos incluso nos emitió un recibo por una cantidad que no nos entregó, dejándonos bastante planchados. Bueno, tras muchas llamadas con resultados y respuestas imbéciles y maquinales de algunos que tienen como supuesta misión la atención al cliente, varios días después una empleada como tiene que ser nos resolvió el asunto con una gestión que no requería más que de la buena voluntad, pero que solo por eso tendrá mi agradecimiento siempre.

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Camino de Kea, a bordo del ‘Ionis’.

 

No pudo nada de eso empañar nuestra alegría cuando a finales de agosto aterrizábamos en el aeropuerto de Atenas. Allí nos esperaba con un cartelito Mijalis, con quien habíamos concertado el transporte hasta el puerto de Lavrio, a donde llegamos después de media hora para alojarnos en el hotel Nikolakakis, modesto, agradable e ideal para pasar una noche de tránsito a la isla de Kea, que era nuestro primer destino. El recepcionista, además, puso todo su empeño en hablarnos en un español tan precario como el griego en el que yo le respondía, en un intercambio divertido de pequeñas lecciones de idioma.

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La llegada a Kea, en una luminosa y calurosa mañana.

Sólo tuvimos tiempo para buscar un lugar en el que cenar en este pueblo pequeño y sin nada destacable, que seguramente debe toda su vida al tráfico portuario con las islas cercanas, sobre todo con las Cícladas, aunque vimos algún crucero turístico atracado también, dado que no está muy lejos de Atenas. Aunque el recepcionista nos recomendó comer en Petrino, yo me dejé llevar por la intuición infalible de Penélope, que le echó el ojo a un local llamado Limani, es decir, ‘Puerto’. Y acertamos: aún recordamos el plato de patatas fritas excelsas. No es una tontería, en Grecia aún se puede comer uno unas papas fritas como está mandado, y es muy difícil que te las pongan congeladas, si no se trata de un lugar de ‘gyros’ o una hamburguesería. Estas estaban estupendas.

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Corissia, el puerto principal de la isla.

El prólogo tuvo  de todo, así que sólo quedaba embarcarse a la mañana siguiente hacia Kea, una isla que teníamos ganas de conocer, la más cercana de las Cícladas a Atenas, y por eso mismo, muy visitada sobre todo por griegos. Temprano nos subimos al ferry ‘Ionis’, y sólo una hora y cuarto después estábamos desayunando en Corissia, puerto principal de la isla, que nos recibió con un fuerte calor a pesar de que era temprano.

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Vistas del magnfíco hotel Keos Katoikíes, en Corissia.

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La playa de Gialiskari, muy cerca del hotel.

Al poco, nos trasladamos al hotel Keos Katoikies, una maravilla frente al mar. Mientras esperábamos que la habitación estuviera lista, dimos un paseo hasta la cercana playa de Gialiskari, pequeña y abarrotada. Conseguimos un lugar a la sombra, bajo los tarajes, pero fue divertido ver como los lugareños nos iban arrinconando. Aun así, logramos una cierta tranquilidad de unas horas para leer y darnos unos baños.

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El emplazamiento del León de Kea.

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Tras tomar posesión de la habitación, decidimos ir a visitar uno de los sitios más singulares de la isla, el llamado León de Kea, una gran escultura milenaria realizada casi a la entrada del pueblo más pintoresco, Ioulida, en las alturas sobre Corissia. La escultura de piedra tiene más de 2.600 años y fue realizada durante el periodo de esplendor de la isla, anterior a la época clásica. Normalmente, los leones situados a la entrada de las ciudades deberían infundir miedo, pero este luce una extraña y amplísima sonrisa.

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En el sendero que lleva a la estatua del León. Al fondo, Ioulida.

Pedimos a un taxista que nos llevara lo más cerca del León, para que nos diera así tiempo a recorrer luego el pueblo aún con luz. El conductor, bastante serio, nos dejó en un cruce de la carretera, y al pedirle indicaciones sobre cómo llegar a la escultura nos dijo un nospikinglis bastante desalentador. Así que tiré de nuevo de mi rudimentario griego, y el hombre cambió su actitud de manera inmediata, y con una gran sonrisa y movimiento de brazos vino a decirme algo así como “¡hombre, pero si usted habla griego, por qué no lo ha dicho antes! Baje por aquí y a unos 400 metros se encontrará el León a la derecha”. Este cambio de maneras lo hemos observado muchas veces en Grecia cuando dirigimos a nuestro interlocutor algunas palabras en su idioma: las actitudes formales se convierten rápidamente en amistosas.

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Ioulida, a través de un muro roto.

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La sonrisa de piedra del León.

Así que con risas y entrechocar de puños nos despedimos de él y descendimos por un sendero hasta dar con una pequeña verja de hierro azul con un rótulo “LEON”. Al final de unos escalones de piedra estaba la estatua, dándonos la espalda y mirando al valle. Sería la sonrisa pétrea o sería el precioso paisaje que lo rodeaba y la luz del cercano atardecer, pero estar junto al león, rodearlo, acercarse y tocarlo, casi charlar con él cuando conseguimos estar solos, nos produjo una extraña y gozosa sensación de felicidad, como si su presencia fuera capaz de curar muchas cosas.

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Ioulida en su promontorio.

 

Después de eso, continuamos el verde sendero que lleva hasta Ioulida. El pueblo combina callejuelas empinadas de estilo blanco cicládico con alguna placita y rincones de casas neoclásicas de colores. El entramado urbano se derrama por una ladera que mira al mar, y se ha convertido en la principal atracción de la isla.

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Ioulida, colores y cuestas.

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Por las noches, Ioulida se llena de visitantes esforzados que ocupan los arcenes de la carretera para aparcar, recorren sus cuestas sudorosos y se asientan sobre la plaza principal para tomar algo o cenar. El conjunto nocturno, aun así, no llega a ser agobiante y resulta ciertamente bonito, siempre que se opte por subir en autobús o taxi.

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En uno de esos restaurantes, To Steki, probamos uno de los mejores platos de cabra (katziki) al limón que hemos comido nunca (por supuesto con patatas fritas), que junto a unos extraordinarios rollitos de berenjena se convirtieron en el mejor colofón para nuestro primer día en Kea. El ambiente de Ioulida nos gustó tanto que al día siguiente volvimos para vivir otro atardecer dorado y para una nueva cena, esta vez en el restaurante Kylix, en la terraza con vistas al valle y con el fondo del caserío derramándose por la ladera.

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El restaurante To Steki, ante la iglesia de San Spiridon.

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Rollitos de berenjenas y tzatziki en To Steki.

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Cabra al limón, delicia de To Steki.

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Ioulida, terraza del restaurante Kylix.

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Resumen de más de un mes de gloria y un cierto dolorcito

Ulyfox | 3 de octubre de 2021 a las 20:29

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Baño azul en la playa de Kampos, en la isla de Patmos.

 

Aprovechando que aún quedan algunos lectores de este modesto blog de vivencias viajeras, comunico que hemos vuelto de más de un mes de periplo griego, de 35 días saltando de isla en isla, conociendo, descubriendo y reencontrando, certificando nuestro amor y también, por qué no decirlo, lamentando cierto cambio de ambiente. O a lo mejor somos nosotros, que simplemente envejecemos.

El viaje empezó a finales de agosto en el puerto de Lavrio, lugar de embarque para la isla de Kea, o Tzia, la más cercana de las Cícladas al continente, lo que la hace favorita de los atenienses. En ella pasamos cuatro hermosos días en los que tocamos de cerca la sonrisa de piedra de un león milenario y caminamos hacia las ruinas de una ciudad antigua, además de comprobar en sus playas y restaurantes el porqué de ser tan visitada.

Seguimos por una cita con los mejores amigos en otro puerto, El Pireo, donde embarcamos a las Cícladas ya siendo seis para probar en familia las delicias serenas de Sérifos y donde nos descubrimos como una comunidad de espíritu feliz y disfrutona, alma que nos guió durante cuatro días y otros tres más en la calmada y pequeña Kímolos, haciéndonos sabios para esquivar, capear y torear el pertinaz viento del norte.

Separados de nuevo, y ya otra vez sólo dos, tocaba la habitual visita a Creta, lugar de amigos acogedores y montañas desafiantes, donde aprovisionarnos de abrazos, baños entre palmeras en Preveli y música de la mano del didáctico Giorgos.

El siguiente salto fue a la isla más salvaje, Ikaria, llamada así por ser dónde cayó al mar el osado Íkaro. Una mole de piedra en medio del mar, con habitantes rudos y longevos y playas de caminos inciertos. Fue esta una parada corta en el norte del Egeo y desde allí el ferry nos llevó a la pequeña, íntima y casi privada Lipsí, en ese Dodecaneso que componen doce islas como su nombre indica.

Cuatro días allí y en esa calma, el último castigados por el feroz viento meltemi, nos llevaron a desear conocer islitas cercanas y de nombres prometedores como Arki, Agathonisi y Marathos, pero nos encaminamos a la de Patmos, visitada hacía tanto tiempo y tan brevemente que la recordábamos sólo a cachitos. La isla, en una cueva de la cual vivió San Juan y escribió el Apocalipsis, nos enamoró con su fortificado Monasterio de San Juan, la encalada y bellísima Hora que la rodea en la colina, sus montes suaves y sus playas azulísimas. Cinco días dieron para conocerla bastante mejor.

La última etapa, con una pequeña escala de unas horas para dormir en Syros, fue como siempre para Mikonos y nuestros amigos de la isla. Aquí el viento fue inmisericorde y el invierno parecía haber llegado de pronto, pero eso no nos importó mucho: lo esperábamos y además, con ella el objetivo es siempre estar allí, alojarnos en el Hotel Damianos y comer en los sitios acostumbrados entre abrazos, saludos e intercambio de buenos deseos para el siguiente año, que ya ha empezado como siempre en la rutina de octubre.

Todo eso iremos contando con mucho más detalle, y también el incierto dolorcito que nos ha producido detectar que Grecia está cambiando, como quizá es inevitable, y que cada vez hay que rascar más hondo para encontrar los seres humanos, el aire y la cercanía que nos enamoraron. O, como dije antes, a lo mejor es que somos nosotros…