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Kalami y el espíritu de los Durrell

Ulyfox | 13 de noviembre de 2019 a las 14:05

 

En el restaurante instalado en la Casa Blanca de la familia Durrell, ante fotos de Gerald.

En el restaurante instalado en la Casa Blanca de la familia Durrell, ante fotos de Gerald.

Todos tenemos un libro favorito. Los más afortunados tienen muchos, y los señalados por el dedo de los dioses tienen muchísimos. Para mí, una de esas obras únicas, maestras, es un libro que muchos podrían considerar menor. No soy crítico, así que ¿cómo calificar Mi familia y otros animales, ese delicioso relato de Gerald Durrell que tuvo continuación en Bichos y demás parientes y El jardín de los dioses, hasta llegar a componer la conocida como ‘Trilogía de Corfú’? Yo tuve precisamente la inmensa suerte, o la habilidad, de leer buena parte de ella, hace 25 años, en nuestra primera visita a esa isla jónica.

Vista panorámica de la pequeña bahía de Kalami.

Vista panorámica de la pequeña bahía de Kalami.

También, como hemos hecho en este pasado julio, en aquella primera ocasión visitamos Kalami, un pueblecito verde al borde del mar, casi una hora en coche al norte de la capital de la isla. En ese lugar, también marcado por las divinidades del Olimpo en su agenda, tuvo la familia Durrell una de las tres casas que habitaron durante su estancia allí. Las andanzas y correrías de este peculiar grupo formado por la madre y los hermanos de Gerald en Corfú son retratadas con una gracia irresistible por éste.

Gerald era entonces un niño, más que interesado, embelesado por la naturaleza que le rodeaba. La isla griega ofrecía un escenario singular a este interés por los búhos, los gatos, los pelícanos, las salamanquesas, las serpientes y todo lo que anduviera, se arrastrara o volara. Andando el tiempo, se cumplió el destino y se convirtió en un enorme naturalista. Su familia representaba una fauna no menos peculiar y desde luego no menos extraña en Corfú. La combinación de estos dos retratos hacen del libro una obra sin parangón, menos celebradas tal vez que las escritas por Lawrence Durrell, el hermano mayor, que también tiene un estupendo libro dedicado a Corfú: La celda de Próspero, además de otros dos maravillosos dedicados a las islas griegas: Una Venus marina (dedicado a Rodas) y Limones amargos, con Chipre como escenario.

Calitas y barcas en Kalami.

Aguas azules, calitas y barcas en Kalami.

Así que, aunque nuestras maletas seguían perdidas, y equipados sólo con el coche de alquiler y con bañadores y toallas comprados de urgencia, no tuvimos más remedio que visitar de nuevo Kalami. Y prácticamente no había cambiado. Aunque con algunos alojamientos más, allí seguía ese conjunto pequeño de casas de colores en medio de un casi jardín de pinos, allí seguía el promontorio de olivos y cipreses que cerraba la pequeña bahía, allí seguían el mar sereno, las barcas blancas y, naturalmente, la Casa Blanca de los Durrell.

La recordábamos más descuidada. Ya hace 25 años había instalada una taberna en sus dependencias, pero con una modesta terraza sobre el mar. Ahora es un restaurante y alojamiento en toda regla, preciosamente decorado, a cargo de un chef galardonado y con dificultades para encontrar mesa. The White House sale en todas las revistas de viajes y en las de los aviones. Y no es sólo un restaurante, sino una agencia que ofrece además servicios turísticos. Todo bajo el reclamo de la impar historia de los Durrell.

Casi un paraíso particular, increíblemente tranquilo.

Casi un paraíso particular, increíblemente tranquilo.

Encontramos una mesa de pura suerte. Comimos muy bien, la verdad, el servicio era un poco estirado, aunque las numerosas fotos de la familia, de Gerald joven y mayor, y el entorno azulado y verde permitían a la informalidad abrirse paso.

Baños transparentes...

Baños transparentes…

Con los bañadores ‘prestados’ nos dejamos acariciar por las aguas y la sombra de los cipreses. La bahía estaba tranquila, nada de aglomeraciones. Su modestia parece que la pone a salvo de la invasión turística que llena otros lugares de Corfú. Exploramos algunas calas y recovecos preciosos, con playitas casi unipersonales y pequeños embarcaderos. Casi un paraíso ahora, imagino que un paraíso absoluto en aquellos tiempos en que la loca familia de los Durrell crecía, vivía y discutía aquí.

En Kalami, los primeros de cientos de baños...

En Kalami, los primeros de cientos de baños…

El cuerpo y el alma reconfortados, volvimos a la capital, atravesando de vez en cuando ese tipo de aglomeraciones turísticas que van en contra de aquel espíritu de los Durrell y que pueden terminar ahogando esta bellísima isla, llevándola por un camino muy distinto del que vivieron ellos. Como muestra: esa misma noche, cenando al borde del Egeo, en una taberna, ante la aparición de un precioso escarabajo verde dorado, un par de turistas italianas dieron un grito terrible y una de ellas plantó todo el peso de su cuerpo sobre el del insecto. “¡Lo maté!”, dijo satisfecha y aliviada. De inmediato me acordé de Gerald, que habría sido capaz de oficiar un funeral por el infortunado bichito.

Corfú tan bello, tanta gente

Ulyfox | 8 de noviembre de 2019 a las 18:49

Corfú, asomada al mar Jónico.

Corfú, asomada al mar Jónico.

Teóricamente, no deberíamos estar con el mejor ánimo para visitar una ciudad tan bella como Corfú. Sin maletas aún tras habérnosla extraviado Vueling, podría pensarse que no tendríamos ganas. Pero no hay quien pueda con el ansia de un viajero de verdad al comienzo de un viaje. Con resignación no exenta de buen humor, y una vez hechas las presentaciones ante el propietario de los apartamentos Solomou, en pleno centro, nos echamos a la calle sabiendo que nos quedaban cuatro días para disfrutar de este lugar. Disgustados, pero contentos. A fin de cuentas, estábamos en una de las islas más bonitas del Mediterráneo. Ánimo.

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El casco antiguo de Corfú, casi Venecia.

El casco antiguo de Corfú, casi Venecia.

Kerkyra es el nombre griego tanto de la capital como de la isla, en una muestra más de esa dualidad nominativa que tienen muchos sitios en Grecia. Le ocurre también a Zakintos (o Zante), Lesbos (Mitilene), Santorini (Fira), Kastelorizo (Megisti), entre otras. Cosas de las diferentes dominaciones que esta tierra ha sufrido, y de su transcripción al alfabeto griego en otros casos. Pues eso, que salimos al aire de Corfú o Kerkyra, muy caliente en esa mañana de julio.

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A pesar de la multitud, hay rincones más solitarios...

A pesar de la multitud, hay rincones más solitarios…

Y era como si paseáramos por una ciudad italiana, por los colores de las fachadas, la arquitectura, la luz y hasta por algunos rótulos de calles y comercios. Se notaba que durante cientos de años, esta isla, al igual que otras muchas de Grecia, formó parte de los dominios venecianos. Puertas, arcos y columnas recuerdan el pasado ligado a la Serenísima República.

El inusual campo de cricket de Corfú.

El inusual campo de cricket de Corfú.

El palacio de San Miguel y San Jorge.

El palacio de San Miguel y San Jorge.

Pero de pronto llega uno a la Spianada y descubre asombrado ¡un campo de cricket! Porque la isla también tiene un pasado inglés, durante unos 60 años en el siglo XIX. La afición a este deporte tan británico sigue presente y los domingos se pueden ver los partidos de los clubs locales. De fondo, el Palacio de San Miguel y San Jorge, con su columnata dórica, construido también por los ingleses.

El Liston, un trozo de París en Corfú.

El Liston, un trozo de París en Corfú.

Pero si se mira más allá del campo de cricket a uno le parece estar en París. ¡Sí, esos arcos y soportales son calcados a la Rue Rivoli! Es el edificio conocido como el Liston, elegantísimo con su gran paseo delante: efectivamente, los franceses también administraron la isla durante dos cortos periodos. Todo esto hace de este espacio urbano uno de los atractivos mayores de la ciudad.

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Una ciudad única.

Una ciudad única.

Tanta mezcla da a Corfú, además de una gran belleza, un aire único, aromatizado por su vida y su gastronomía inequívocamente griega. Y las calles estaban atestadas . Habíamos estado una primera vez en Corfú, hace 25 años, y nos pareció hermosa. La hermosura no había desaparecido, sino que simplemente estaba oculta detrás de aquella multitud de grupos de turistas, tapada por cientos de expositores de recuerdos y camisetas del mismo tipo y diseño que se pueden encontrar en cualquier lugar de Grecia. Resultaba trabajoso circular por las vías más céntricas y afamadas. Una imagen no precisamente calmante.

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Italia y Grecia en una sola ciudad.

Italia y Grecia en una sola ciudad.

Afortunadamente, Corfú es mucho más, y con el paso de las horas la marea humana y comercial fue bajando. ¡Y fue una bajamar espléndida! Porque tomamos la decisión más sabia: ir a descansar al apartamento, a recuperarnos de una noche de tránsito en vela en el aeropuerto de Fiumicino y de paso a esperar que el calor amainara también. Y ya todo fue mejor. Corfú no estaba solitaria, pero la cantidad de gente era la justa. Había muchos corfiotas en las calles, paseando por el gran teatro social que forman la Spianada y los arcos del Liston. Si callejeabas un poco era posible encontrar retazos de la Kérkyra más auténtica, entrever portales, balcones, galerías y terrazas no repletas, esquinas floreadas, iglesias encantadoras, calzadas de piedra, escalinatas que llevaban a fachadas menos decoradas, un laberinto de disfrute para la vista.

La Fortaleza Vieja se adentra en el mar.

La Fortaleza Vieja se adentra en el mar.

 

El foso de la Fortaleza Vieja.

El foso de la Fortaleza Vieja.

¡Y el mar, en la primera de tantas tardes mediterráneas! El mar azul y violeta que lamía los pies de las casas, que acariciaba las zapatas de la Fortaleza Vieja y que separa este trozo de las Jónicas de la costa de Albania, allí enfrente.

Tarde mediterránea...

Tarde mediterránea…

Una llamada al aeropuerto nos confirmó que las maletas tampoco aparecerían por la tarde, así que simplemente compramos algunos artículos de urgencia (entre los que no podían faltar un par de bañadores), cenamos temprano en una taberna y dimos un paseo vespertino para comprobar que el verano corfiota es largo y sabroso. Y risueño como los niños que esperaban largas colas en las abundantes heladerías.

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