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Mensaje en una botella

Ulyfox | 6 de mayo de 2012 a las 1:30

El libro del Mani ya está en el equipaje de los preparativos para el viaje a Creta.

En la era digital, de los wasap y los sms, lo que mejor funciona es lo de siempre: un mensaje en una botella. Ese sí es un link misterioso a lo desconocido y prometedor. Nuestro amigo viajero Avenger lanzó una desde Creta hace unos meses, aunque él le ayudó en el empujoncito. Pero la botella ya venía desde Santorini. Con su ayuda voló hasta Cádiz y desde Cádiz a San Fernando, a una casa cerca de la playa de La Casería. El mensaje de amistad que ese envase de vidrio tenía dentro fue bebido hoy mismo en el merendero La Corchuela. Su dueño, Muriel, con la intervención de Ortiz, el mejor camarero del mundo según Lobeli, la acogió desde nuestras manos y la llevó amablemente al congelador para darle el punto justo de frío. Ricardo y Encarna, surgidos de la nada y amigos desde ya por el afán viajero y la pasión de contarlo, fueron los compañeros de degustación, entre almendritas, coquinas, croquetas y gambas.

Y qué gusto leer el generoso mensaje de uva de Avenger, fresquito, mientras alrededor la música de la conversación sonaba a Creta, a Paxos, a Corfú, a Rodas, a Chalki, a las Espóradas… con unas improvisaciones sobre Croacia, Cuba, Birmania, la India y Jordania. A veces no hace falta salir para dar la vuelta al mundo.

Ricardo y Encarna querían información, tal vez asesoramiento, y charla sobre un gustoso dilema: a la hora de su próximo viaje a Grecia, en julio, debían elegir entre Creta y un combinado Rodas-Halki, y nos concedieron el honor de tener voz y voto en esa decisón. Pero, además de ganas, venían cargados de presentes: numerosas revistas sobre Creta y el Dodecaneso, un recuerdo de Santorini en forma de mapa (con Il Cantuccio señalado), folletos de sus hoteles vividos… y un libro, hermoso ya desde la portada y el título: Mani, viaje por el sur del Peloponeso, de Patrick Leigh Fermor, un inglés aventurero y guerrillero en Creta, afincado para siempre en esa región continental de Grecia, un regalo que por ser libro y venir desde el mejor de los deseos, queda siempre en mi corazón. Una ofrenda que empezaré a leer ya, en cuanto ponga el punto final a esta entrada. Mani es una región remota, salvaje, casi rebeldemente espiritual de Grecia, que hasta ahora no hemos visitado, y que creo que después de esta lectura nos atraerá irremediablemente, no permitirá que desistamos de nuevo.

Como si fuera una afortunada y engordante bola de buen deseo, como la piedra que algunas veces lanzamos al lago y ondea su corriente concéntrica, unas palabras escritas en este blog sin ánimo de lucro, para nuestro disfrute, terminan volteando, retornando en forma de amistosas, desinteresadas dádivas. Unas líneas sobre Grecia, el país más desacreditado, alcanzan con su onda al receptor adecuado. Y ese amor a una tierra se ve correspondido por un hermoso lapso de cinco horas a la manera mediterránea: vino, libros, abrazos, palabras, sonrisas. Cómo no estar ilimitadamente, helénicamente agradecido. Cómo no creer en los dioses, si dos almas que cayeron rendidas ante la Puerta de los Leones de Micenas se encuentran inesperadamente en un bar de una modesta playa de bario para confesarse que en aquel lejano día se reencontraron con sus espíritus, frente a la muralla ciclópea. José Antonio y Moni, Ricardo y Encarna, entrenadores de viaje, prologuistas morales de guías: mensaje recibido.

Un día en la vida de un perro

Ulyfox | 29 de enero de 2012 a las 22:51

Fue un día extraordinario

 

Ha sido un día excitante y extraordinario. Desde por la mañana estaba nervioso, mi olfato detecta cosas que no se imagina mi amo, que se hace llamar Ulyfox. Por eso, aunque él se molestaba en gritarme que me callara, yo no podía dejar de gemir, de ladrar y de reclamar que me abriese la puerta de la terraza, la del patio, la ventana del salón. Le vi ceder como siempre, y levantarse de su sueño de día libre para acceder a todas mis peticiones, casi sonámbulo, con ese andar cansino con que se despiertan los humanos, tan distinto del mío, de orejas levantadas y cola basculante. Yo ya tenía un plan, y no me importaba que sospechara de mi nerviosismo, porque él ni siquiera sabía lo que debía sospechar.

Vista de la Bahía desde la playa de La Casería

Entonces, claro, salimos como todos los días, de camino al solar baldío, lleno de escombros y chatarra de la antigua fábrica de San Carlos, en el que extrañamente sobreviven con buena salud algunos olivos, se aprovechan los eucaliptos, moribundean naranjos y las palmeras son machacadas por el picudo rojo, ese animal mucho más pequeño que yo pero más dañino. En ese lugar poco frecuentado mi amo me deja una relativa libertad, corro, salto, persigo conejos (conejos en los restos de una fábrica) y afronto erizos. Pero hoy  mi olfato me pedía algo más, allá lejos, en la playa de fondos fangosos y aguas limosas. Sé que soy libre, sé que no debo atender las llamadas ni los silbidos cuando ese olor llega a mis finísimas narices. Desaparezco entre los matorrales, él no puede siguiera seguir o intuir por dónde voy a huir, en pocos segundos estoy en otro lugar, y no puedo suponer que mi amo ya empieza a preocuparse y a dar vueltas por el destartalado solar fabril, lleno de agujeros peligrosos, sótanos insospechados y boquetes hechos por los buscadores de chatarra, como miles de trampas para perros.

El antiguo muelle de la Fábrica San Carlos, en una tarde brumosa.

Me pierdo entre sensaciones: una hembra de mi especie anda buscando compañía y yo estoy seguro de que mi nombre, Aquiles, y mi planta bastan para impresionarla e imponerse a los rivales. Paso lo que los humanos llamarían horas en estas tareas felices, placenteras y despreocupadas, en lugares por los que siempre he paseado amarrado mientras mi amo Ulyfox tomaba fotos con su móvil de los atardeceres en la playa de La Casería, o los acompañaba a él y Penélope, mientras ellos almorzaban en el Muriel, junto al Bartolo. Cuando tras la escapada le veo aparecer, con andar cansino y sin creer que me ha recuperado, y oigo su llamada, entonces levanto mi cabeza y mi rabo y corro de una manera feliz a su encuentro, pero a él no lo hallo igual de alegre, sino más bien enfadado, no sé, como si hubiera pasado una mañana de viernes preocupado. No quiero ni pensar que haya estado llorando por mí, tal vez imaginándome atrapado o mal herido en uno de esos agujeros. Me ata rápidamente con su correa y volvemos hacia casa, yo girando constantemente la cabeza hacia mi paraíso momentáneo, extraordinario y excitante.

El Bartolo, compañero del Muriel, para comer en la playita sobre el agua.

 
Yo sólo sé que el resto del día lo paso envuelto en un agradable cansancio en ese sofá que permito de vez en cuando compartir a mis amos. Sospecho que durante unos días no voy a pasear sin correa. Bueno, es igual, no son malos dueños.