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En mi pueblo

Ulyfox | 17 de junio de 2010 a las 1:20

SALINA SAN VICENTE

Esta mañana he estado en una salina, la última que queda en San Fernando, la capital mundial de la sal no hace tanto tiempo. Y en poco más de unos minutos vi resumida la verdad de mi pueblo: el testimonio de la decadencia y la esperanza levísima de su resurgir. En la Salina San Vicente, un hombre, Manuel Ruiz Coto, y sus hijos luchan por evitar la muerte de una industria artesana enraizada en la zona, pero de la que prácticamente no quedan vestigios más que en las coplas, las buenas y las malas. En una orilla del caño Sancti Petri yacían los restos de tres embarcaciones de madera: un remolcador y dos barcazas usadas hace décadas para transportar la sal. Las mismas naves, ya míticas en el territorio de mis recuerdos, que gobernadas por Manolo Ruiz surcaron tantas veces el laberinto de caños que la Bahía de Cádiz. El remolcador aún puede ser restaurado. Los otros dos son poco más que esqueletos de grandes cetáceos, casi hechos una sola materia con el fango gris oscuro del fondo del caño. No es que se hayan hundido, es que los ha atacado una especie de polilla que vive en el agua y que los descompone: se están incorporando a la arcilla. El remolcador se salva aún porque permanece varado en tierra y raras veces lo alcanza la marea. Quizá sirva de pieza de museo algún día, del museo de lo ido (perdido, olvido, despido, corrompido, malentendido), pero nunca más para el antiguo arte de transportar la sal a ritmo lento, desplazando pequeñas ondas de agua oscura hasta los muros salineros. La foto dolida que cuenta esto mismo la hizo Rioja, el fotógrafo más isleño, todo amor por su pueblo.

A todo ese olvido la familia Ruiz se ha opuesto, como una palmera solitaria en un gran desierto de desidia. Y quieren seguir produciendo y producen sal artesana, natural, sin lavado, sin añadidos, esa que yo robaba del salero y con la que me untaba los labios para sentir su choque contra el paladar cuando mi madre no me veía “niño, que eso es malo”, pero a mí me gustaba. Y como el empeño, luchar contra los tiempos, es grande, los Ruiz se ayudan con otras cosas. Y ya han logrado introducir la Flor de Sal, ese producto delicado para salar dulcemente, en numerosos países. Y la salina se puede visitar, y se pueden hacer celebraciones de todo tipo, y degustar el singular pescado de estero, y saber todo lo que se puede-debe saber sobre el proceso de producción del mineral comestible, la extracción más antigua, la más isleña. Para que no se pierda, para que la Isla no lo pierda todo. Vean esta página:  http://www.salinasanvicente.es/ Si van a la salina, cerca del Puente de Hierro y frente a la Barriada Bazán, pueden pensar que es un viaje cortito en el espacio, pero Manolo Ruiz les llevará hasta el Plioceno y les guiará de regreso con sus explicaciones sencillas, amables y enamoradas de su antigua profesión. ¡Somos tan ignorantes!  ‘Salinero’ es algo más que una evocación de una feria de verano. Y si quieren conocer y adquirir la Flor de Sal, esta es su dirección http://www.cosasdecome.es/ . Como no cobro nada, me tomo la libertad de recomendárselo. Y que les aproveche en la boca, en el corazón y en el alma. Estarán alimentando, además, la esperanza.

Tendría que salir toda la familia, pero de momento sólo tengo la foto de Manuel Ruiz, en su terreno:

Manolo Ruiz, el hombre en su territorio

Manolo Ruiz, el hombre en su territorio