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Vos dijiste que me amabas en Montevideo

Ulyfox | 11 de marzo de 2010 a las 14:23

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Montevideo me atrapó para siempre no por sus restos coloniales, casi inexistentes, ni por su entorno natural (pese a la abierta belleza inabarcable del Río de la Plata), ni por su riqueza artística. Es el tipo de ciudad que enamora, y no siempre el amor que te engancha es la mujer más despampanante. La capital oriental me cautivó por su gente, por su ambiente, por la movilización social de sus barrios, por ese aire de izquierda todavía combativa y humanista. Es de los recuerdos que llevan aparejado un temblor cada vez que aparecen.

En uno de los trabajos que he hecho con más gusto, una semana en el Carnaval montevideano, parábamos muchas veces a cenar en Lo de Silverio, una parrilla al aire libre junto al tablado del Velódromo. Una de esas noches del extraño verano en febrero, nuestra tertulia multinacional (periodistas uruguayos, gallegos, brasileños, argentinos…) se vio interrumpida por un sonido identificable sólo con una gran bofetada. Lo era, en efecto, y le siguió un grito de mujer despechada: “Me estás haciendo pegarte al pedo (sin querer) ¿¡Quién es ella!?”, dirigido a un hierático joven. Luego, otro cachetazo, que el tipo aguantó como un verdadero hombre, y un reproche a continuación proferido por la chica: “¡Vos dijiste que me amabas!”.

.-¡Y sííí! ¡No más era una loca que me estaba agarrando!  Fue la desesperada e increíble excusa del hombre, que aguantó incluso una patada, mientras salían de la terraza.

Nuestro anfitrión, el jovial Eduardo Rabelino, director del Museo del Carnaval de Montevideo, fue enviado de espía ante nuestra imperiosa sed de cotilleo (cotisheo, en uruguasho), y volvió con la historia: “Se conooose que el tipo había dicho a su novia que se iba con unos amigos a las Llamadas (el desfile de las comparsas negras del Candombe), pero en realidad se vino con otra a escuchar las murgas en el tablado. Con tan mala fortuna, que unas amigas de su novia le vieron y, con esa implacable solidaridad que practican las mujeres en estos casos, la avisaron. Claro, ella (esha) vino y los pilló a los dos infieles, cuando estaban a los besos, y ahí empezó la batalla”. 

Mala suerte para el chico, que siguió un buen rato recibiendo gritos y empellones de la engañada, finalmente consolada por las chivatas. Para algo están las amigas.

P.S. La estupenda foto de la playa de Quibón, en la larguísima Rambla de Montevideo, es de Julio González, mi amigo y compañero en ese viaje, que dará para muchas entradas.