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El camino que lleva a Kardamili

Ulyfox | 10 de mayo de 2020 a las 20:01

Una esquina de Areópoli, corazón del Mani.

Una esquina de Areópoli, corazón del Mani.

Ya lo sabía Kavafis y así nos lo escribió. Lo importante es el camino. Y para eso, el Peloponeso es especialmente adecuado. ¡Qué caminos los del Peloponeso! Luminosos y abiertos por la costa, verdescentes por el interior. Pero siempre difíciles y sinuosos. Imposible transitar por ellos y olvidarlos. Son como un inconveniente y a la vez una alegría. Tienes que conducir con precaución, algunas veces con miedo, pero nunca te dejan indiferente, son un tratamiento contra el aburrimiento. Son un regalo. Circulas entre árboles que dejan ver iglesias y pueblos colgados, calas, cabos y playas, puertos y barcos varados.

Vistas por las carreteras costeras del Peloponeso. Allí abajo, Kardamili.

Vistas por las carreteras costeras del Peloponeso. Allí abajo, Kardamili.

Nuestro camino nos llevaba aquel día de agosto desde la isla de Elafónisos hasta el pequeño pueblo turístico de Stoupa, lo cual llevaba la agradable obligación de pasar de Laconia a Mesenia, cambiando de un ‘dedo’ a otro del Peloponeso, atravesando, aunque de manera rápida, el Mani. Teníamos la ventaja de haber salido temprano de Elafónisos, con la calma del primer barco de la mañana, en un embarque tranquilo, nada que ver con la excitación y los nervios del de entrada.

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Areópoli. Lo han puesto guapo.

Areópoli. Lo han puesto guapo.

Pasamos por caminos conocidos, bordeando el amplio golfo Lacónico, saludando otra vez a la misteriosa silueta varada del ‘Dimitrios’ cerca de Githio. Paisajes ya vistos en una anterior visita, escenarios de leyendas que cuentan momentos amorosos entre Paris y Helena. Teníamos ganas de parar de nuevo en Areópoli, nombre mítico desde que leyera y disfrutara con Mani de Paddy Leigh Fermor. Cuando estuvimos en Areópoli la primera vez ya no se parecía a aquella tierra ruda que describió el inglés errante, y recibía bastantes turistas.

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Dos vistas de la iglesia principal de Areópoli.

Dos vistas de la iglesia principal de Areópoli.

Esta segunda vez, ese aspecto se había agudizado. Las preciosas fachadas rubias de piedra vista estaban más cuidadas, y alguna torre en ruinas, aun  quedando todavía muchas, había sido restaurada. Habían crecido los pequeños hoteles y restaurantes. La gran iglesia en la plaza central relucía más limpia. Su esbelta torre brillaba más.

Un detalle de la iglesia principal de Areópoli.

Un detalle de la iglesia principal de Areópoli.

Como era temprano, el pueblo aún estaba en calma. Su belleza recia es un imán. Nos dejamos envolver por ella mientras paseábamos y poco después desayunamos en un bar que estaba casi abriendo. Al poco, bajamos de las alturas del pueblo y partimos hacia Stoupa.

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Rincones de piedra y flores.

Rincones de piedra y flores.

Ahora la carretera atravesó pueblos casi fortificados, con altas torres de aspecto defensivo e iglesias pétreas y hermosas, preciosos caseríos como los de Limeni, convertido en pijada junto al mar, y núcleos salpicados de capillas admirables como el de Étilo. Poco después, la vía transcurría con el mar allí abajo a la izquierda, flanqueada a la derecha por un inmenso farallón rocoso que nos trajo el recuerdo de una impresionante tormenta de agua, la vez anterior que recorrimos estos parajes.

El pequeño caserío de Limeni, en una amplia ensenada.

El pequeño caserío de Limeni, en una amplia ensenada.

Al fin llegamos a Stoupa, que habíamos elegido para dormir simplemente porque era una parada conveniente en nuestro itinerario. Se trata de un pueblo turístico de temporada, pequeño, sin grandes edificios y una magnífica playa. Familias y familias enteras atiborraban la playa llenando la arena y la orilla de inmensos flotadores con forma de todo tipo de animales terrestres, marinos y aéreos. Nos costó varias vueltas encontrar un sitio, dos tumbonas asediadas. Pero la cerveza y los baños nos aliviaron del calor y el bullicio.

La estupenda y familiar playa de Stoupa.

La estupenda y familiar playa de Stoupa.

El público era extranjero, pero parecía ser asiduo de varios veranos por la forma de desenvolverse y de saludar a vecinos y camareros. Como suele ocurrir con los ‘guiris’, bastante antes de que empezara a caer la tarde la playa se fue despoblando, a esa hora en la que en Cádiz se suele decir “ahora es cuando se está bien aquí”. Nosotros aprovechamos el momento para estar un rato tranquilos, y un poco más tarde que la ‘extranjería’ nos volvimos paseando a esa hora mágica, hasta el apartamento que habíamos alquilado por la mañana, en Vasilikí Apartments. Al rato, ya estábamos en el concurrido paseo marítimo, buscando un lugar donde cenar. Lo encontramos, para nuestra suerte, en Akrogiali, una terraza elevada sobre la orilla, amablemente servida y deliciosamente sabrosa.

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Otras dos imágenes de Stoupa, cuando la tarde cae.

Otras dos imágenes de Stoupa, cuando la tarde cae.

Supongo que para cierto público, Stoupa es un lugar ideal para vacaciones. Tiene un aire como de ‘Verano azul’, con lo bueno y lo malo que eso supone. Como parada para los viajeros sin prisas que éramos nosotros no estaba mal. Pero además, nos permitió hacer una deliciosa visita a la mañana siguiente: de nuevo Kardamili, donde el espíritu de Paddy está más presente (si hacemos excepción de su eterna presencia en Creta). Ahí está la casa que se construyó para vivir este inglés viajero, aventurero, guerrillero contra los nazis y grandísimo escritor, que encontró su hogar en Grecia sin dejar de ser nunca un intelectual británico de su tiempo.

La calle principal de Kardamili, por donde pasa la carretera.

La calle principal de Kardamili, por donde pasa la carretera.

Ahora la casa pertenece a una fundación que se encarga de perpetuar su memoria y su legado, pero también es desde 2019 un alojamiento de lujo para estancias más que especiales. Tal vez, el sueño de cualquier admirador de su obra. No pudimos visitarla porque tiene un horario muy restringido y no coincidía con nuestra estancia, pero quién sabe, más adelante…

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Vistas generales de la 'Antigua Kardamili'

Vistas generales de la ‘Antigua Kardamili’

Cuando ya nos marchábamos, una pequeña señal en la carretera nos alertó con su indicación: “Antigua ciudad de Kardamili’. No sabíamos de su existencia, pero nos adentramos a pie en ese camino de tierra y piedra que nos llevó a un descubrimiento.

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Una torre y una fortificación que alojaba los restos de una antigua población, con una iglesia del siglo XVIII, la de San Espiridon, de campanario airoso y bellamente labrado, y el palacio de un antiguo noble y señor de la guerra, la llamada Torre Mourtzinos, uno de los cabecillas de la revolución griega contra los turcos dominantes en 1821. No nos dejaron tranquilos, puesto que una familia con un niño revoltoso llegó casi detrás de nosotros. El diablillo no paraba de dar patadas a un banco, que se vengó volcándose sobre su pie, ya que los padres no intervenían. Nadie debería atreverse a desafiar a los Mourtzinos…

 

La altiva Torre Mourtzinos, en la antigua Kardamili.

La altiva Torre Mourtzinos, en la antigua Kardamili.