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Entrando por la Sublime Puerta

Ulyfox | 13 de noviembre de 2014 a las 14:25

La Mezquita de Sultanahmet, también llamada Mezquita Azul...

La Mezquita de Sultanahmet, también llamada Mezquita Azul…

... y enfrente, Santa Sofía.

… y enfrente, Santa Sofía.

La verdad es que estaba deseando escribir de Estambul. Era, fue nuestra única excursión fuera de territorios griegos en este pasado septiembre. Pese a todo, pese al gentío, pese a la invasión turística desconocida en nuestra anterior visita mucho antes de que a todo el mundo le diera por ir a todas partes, mucho antes de esta explosión viajera global de los últimos tiempos, pese a todo eso, Estambul es una ciudad asombrosa, todo un mundo felizmente inabarcable, una catarata de sensaciones, una sucesión de experiencias colectivas y a la vez íntimas, como si uno aspirara a buscar su lugar entre las multitudes y terminara descubriendo que, en esta ciudad, lo personal se desarrolla sumergiéndose en la marea humana, que en Estambul, la vieja Constantinopla, la antiquísima Bizancio, se mueve con las descomunales corrientes de la Historia.

Obelisco egipcio en el Hipódromo, ante los minaretes de Sultanahmet.

Obelisco egipcio en el Hipódromo, ante los minaretes de Sultanahmet.

Llegamos a la capital turca, la de tantos nombres, desde La Canea, en Creta, pasando por Atenas. Era una hora muy buena, a mediodía, cuando aterrizamos en el moderno aeropuerto internacional Ataturk, y poco después circulábamos por las amplias avenidas de la parte moderna, con un aspecto occidental y limpio. De pronto, poco después de las murallas, el taxista giró a la izquierda, y fue como si hubiera doblado una esquina de los siglos. Entró en el recinto histórico y lo que eran antes llanas calzadas se convirtieron en retorcidas, estrechas y empinadas callejuelas. Nos parecía imposible que el conductor supiera por dónde y a dónde iba en ese subir y bajar cuestas. Pero sí, al poco tiempo aparecimos casi en la puerta del Hotel Saphire ( http://www.hotelsapphire.com/ ) un establecimiento mejorable pero con bonitos detalles, un poco demasiado oriental en la decoración, pero con un agradable recibimiento y estupenda disposición del personal. Además, está situado en el meollo de la parte más turística, y en muchos sentidos más impresionante, de la ciudad, es decir en Sultanahmet. Allí mismo, a un paso, están el palacio de Topkapi, la Mezquita Azul, el Hipódromo, la Basílica de la Cisterna, Santa Sofía…

A las puertas de la Divina Sabiduría.

A las puertas de la Divina Sabiduría.

¡Ah, Santa Sofía!, Ayia Sophia, la iglesia de la Divina Sabiduría. Modelo de tantas cosas, asombro de muchas otras, iba a ser nuestra primera visita, pero nos demoramos haciéndola aún más interesante, paseando por la explanada de Sultanahmet, disfrutando la competencia enfrentada de siglos entre la imponente iglesia, luego templo musulmán y ahora museo, con la retadora Mezquita Azul allí al otro lado de la plaza repleta de gente. Antes había que tomar una cerveza, la riquísima Efes turca, paladeando la arrolladora atención de los camareros de ese país. Y también había que darle un margen y una satisfacción al estómago, sufriente desde la muy temprana hora en que salimos de Creta. Y de paso, darle un margen a los ingentes grupos de turistas y cruceristas que hacían unas desalentadoras colas ante los monumentos. Reparamos nuestra hambre con unas exquisitas albóndigas (köftes) en un lugar curioso y que no falla, el Sultanahamett Koftececisi, allí cerca. Prácticamente sólo se come eso, acompañado de ensalada de judías o de arroz. Ideal como tentempié barato.

Albóndigas exquisitas para coger fuerzas.

Albóndigas exquisitas para coger fuerzas.

Y ya sí, ya fue llegada la hora de aprender algo de la Divina Sabiduría, ya la cola, que aún era considerable, había disminuido. Tengo una debilidad por este templo levantado de manera casi imposible hace mil quinientos años, por su desmayante cúpula que desafía el vacío a 56 metros de altura, por sus galerías de columnas antiquísimas, por los ecos del Imperio Romano de Oriente que aún se oyen en sus espacios. Sabía lo que iba a ocurrir en cuanto traspasara su umbral, llevaba preparando el suspiro desde que aprendí de este edificio incomparable en mis libros de Historia del Arte, desde que entrené en una anterior visita hace ya tanto, y lo comprobé en cuanto entré de sus pórticos y levanté la vista. Sé que a la mayoría le impresionan más la Mezquita Azul o la de Suleimaniye, o el serrallo de Topkapi, pero yo soy un devoto admirador de este templo de Constantinopla que imitaron sin descanso todas las mezquitas de la que luego se llamó Estambul y después del imperio otomano, logrando, como mucho, acercarse al dominio de su espacio espiritual.

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Mil quinientos años después, Santa Sofía aún luce así.

Mil quinientos años después, Santa Sofía aún luce así.

Pretendíamos y logramos en ese día visitar lo imprescindible de esa área mágica, el largo Hipódromo y sus columnas, la seductora Mezquita Azul, tan amable, tan acogedora de alfombras y pies descalzos, tan luminosa del color que domina su interior y que le da nombre a pesar de que el oficial sea el de Sultanahmet, la elegancia no impertinente de sus altos alminares, la constatación de la imitación de la cúpula de Santa Sofía, la paz importunada por muchos de nosotros visitantes.

Cascada de cúpulas y semicúpulas en Sultanahmet.

Cascada de cúpulas y semicúpulas en Sultanahmet.

En el magnífico patio de Sultanahmet.

En el magnífico patio de Sultanahmet.

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Dos imágenes del magnífico interior.

Dos imágenes del espléndido interior.

Un refrescante zumo de granada a la salida de la Mezquita.

Un refrescante zumo de granada a la salida de la Mezquita.

Y también, después de tomarnos un delicioso y ácido zumo de granada, ya sin colas casi a la caída de la tarde, la bajada a la Basílica de la Cisterna, en realidad un gran aljibe construido en los tiempos de Justiniano, una belleza de cientos de columnas de todos los estilos destinada a recoger miles y miles de litros de agua para el abastecimiento de la siempre gran ciudad, algo que durante siglos fue casi un secreto y que ha caído también víctima de la voracidad turística. Hace muchos años, visitamos casi solos este inmenso manantial junto a la calle Yerebatan. Esta vez, anduvimos por las pasarelas sobre el agua acompañados de familias enteras procedentes de todos los continentes y casi de todos los planetas. No quisimos imaginar lo que habría sido este paseo subterráneo a una hora punta de agosto. Sólo puedo decir que, a diferencia de los dos casos anteriores, aquí la magia desapareció. Las dos enormes cabezas de Medusa que soportan un par de columnas, y que antes había que buscar o adivinar medio hundidas, ahora han sido señalizadas, y aisladas del agua para que se puedan fotografiar ¿mejor?

La Cisterna de Yerebatan.

La Cisterna de Yerebatan.

 

La cabeza de Medusa que sostiene una de las columnas de la Cisterna.

La cabeza de Medusa que sostiene una de las columnas de la Cisterna.

 

Nos recogimos contentos de este primer e intenso contacto con la capital turca, cansados tras un largo día que empezó a las cuatro de la mañana en Creta, llenos de promesas para las cuatro jornadas que nos esperaban en esta ciudad eterna, Bizancio, Constantinopla, Estambul, la Sublime Puerta a tantas cosas.

Descanso en la Mezquita Azul.

Descanso en la Mezquita Azul.