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Hacia Olimpia entre restos arcaicos

Ulyfox | 3 de junio de 2020 a las 18:31

Vista del golfo de Pilos desde el palacio de Néstor.

Vista del golfo de Pilos desde el palacio de Néstor.

 

En Grecia, por mucho que vayas, siempre te dejas cosas por conocer. En esta ocasión, en el camino entre Koroni y Olimpia, dejamos a un lado una maravilla, uno de los templos mejor conservados de la antigua Grecia: el de Bassae, dedicado a Apolo Epicuro. Construido poco después que el Partenón, a finales del siglo V antes de Cristo, está construido en estilo dórico, pero su disposición es original y avanzada. Tiene también una fila interior de columnas jónicas y una única central corintia, cuyo capitel es el más antiguo que se conoce de ese estilo.

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Vistas del templo de Bassae, con su antiguo aspecto y el que presenta ahora, bajo la carpa. Las fotos no son nuestras, obviamente.

Vistas del templo de Bassae, con su antiguo aspecto y el que presenta ahora, bajo la carpa. Las fotos no son nuestras, obviamente.

 

Pues a pesar de esa descripción tan atractiva, no fuimos a verlo: está aislado en el interior montañoso. Esta ubicación le permitió pasar desapercibido durante siglos y a salvo de guerras y destrucciones, pero esa misma situación, al final de una larga y sinuosa carretera nos disuadió de ir a buscarlo: otra tarea que queda pendiente. Ahora el templo está bajo la protección de una gran carpa, lo que le quita espectacularidad a su presencia encima de una loma, pero le otorga seguridad.

Una vista general de los restos del palacio.

Una vista general de los restos del palacio.

La bañera de terracota del palacio.

La bañera de terracota del palacio.

 

A esas dificultades se unió que ya veníamos ese mismo día de una experiencia de ruta complicada para visitar, cerca de allí, el palacio de Néstor, el afamado rey que fue uno de los caudillos micénicos que participaron en la guerra de Troya. De lo que fue uno de los centros de poder más importantes de la antigüedad, probablemente datado más de 1.500 años antes de Cristo, sólo quedan algunos restos de muros que permiten distinguir la disposición del palacio pero sobre todo allí está el eco inapagable de una época.

Entrada a la tumba.

Entrada a la tumba.

Penélope, en el interior de una de las tumbas micénicas junto al palacio de Néstor.

Penélope, en el interior de una de las tumbas micénicas junto al palacio de Néstor.

 

En un entorno protegido por una cubierta de madera y de aspecto polvoriento, se pueden observar algunas dependencias y sobre todo el curioso baño, con bañera de terracota incluida. En sus ruinas se pudieron encontrar restos de frisos decorados con frescos y una importante colección de tablillas de arcilla inscritas con una antigua escritura, cuyo descifrado fue importantísimo para el conocimiento de la Antigüedad. Además, en los alrededores han aparecido varias tumbas micénicas, en forma de tholos, como una gran cúpula de piedra bajo las que impresiona entrar. Me recordaron a la llamada Tumba de Agamenón en la misma Micenas, aunque de menor tamaño.

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Frescos del palcio de Néstor y una vasija con el dibujo de un pulpo, en el Museo de Hora.

Frescos del palcio de Néstor y una vasija con el dibujo de un pulpo, en el Museo de Hora.

 

El Museo Arqueológico de Hora, un pueblo cercano, acoge todos estos importantes hallazgos, pero requiere una inversión en renovación que permita entender mejor la importancia de lo expuesto. Algunos restos minúsculos de frescos son emocionantes pero están repartidos en vitrinas de manera penosa ¡Hay tantos siglos de historia europea allí metidos!

Anotado Bassae para una próxima vez, y camino de Olimpia, señalamos en el mapa una parada que parecía sugerente, la playa de Voidokilia, con una llamativa forma de letra Ω en la que la parte curva pertenece a un arco de arena dorada que linda con un agua transparente. Todo eso estaba allí cuando llegamos, pero también miles de personas abarrotando el lugar, además de un viento racheado y caliente. Suficientes razones para dar marcha atrás y buscar el baño en otra playa cercana, tampoco muy atractiva. Son los inconvenientes de una de las zonas más turistizadas de Grecia, la llamada Costa Navarino.

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La playa de Voidikila, magnífica y atestada.

La playa de Voidikila, magnífica y atestada.

 

Visto el plan, decidimos alcanzar ya Olimpia, a donde llegamos en medio de uno de los aires más calurosos que recuerdo. El hotel respondía casi con exactitud a lo que se esperaba, lleno de familias que habían tomado al asalto la piscina. Como un destino que no entiendo en mitad del ardiente Peloponeso. Menos mal que a la mañana siguiente nos esperaba muy tempranito la eterna Olimpia antigua.

 

Piedras en el estómago

Ulyfox | 15 de septiembre de 2013 a las 20:10

Penélope, ante las piedras enormes de la muralla de Tirinto

Penélope, ante las piedras enormes de la muralla de Tirinto

La cena había sido buena de verdad, en la taberna Savouras.

La cena había sido buena de verdad, en la taberna Savouras.

La cena había sido maravillosa, en el frente marítimo de Nauplia: un buen pescado fresco a la parrilla, de buen tamaño, con el solo entrante de unos gávros marinatos, es decir, boquerones en vinagre, y un acompañante muy griego, horta, o lo que es lo mismo, hierbas tipo espinaca hervida simplemente. El vino, también muy bueno. Un festín la primera noche en la capital de la Argólida.

Muros altos, gruesos y milenarios es lo que queda de Tirinto.

Muros altos, gruesos y milenarios es lo que queda de Tirinto.

Pero me sentó mal, qué le vamos a hacer, hasta el punto de no poder disfrutar de la excursión del día siguiente a mi mitológica Micenas, a las imponentes murallas de Tirinto, hasta renunciar a la revisita a Epidauro. Una molestia estomacal y las más altas ínfulas culturales se diluyen como un eructo. Ecco lí quá!

Galería interior del muro de Tirinto.

Galería interior del muro de Tirinto.

No digo yo que no apreciara los gruesos muros de la ciudadela de la que fue gran Tirinto, más importante aún que la propia Micenas según dicen los que saben, con sus enormes sillares que sólo pudieron mover los cíclopes, con sus puertas de acabado triangular y sus galerías interiores. Desde la carretera misma es imposible no quedar impresionado con sus dimensiones de hace miles de años, en aquellos tiempos de Odiseas y guerras de Troya.

La Puerta de los Leones de Micenas, sacada de los libros de aventuras. Es real.

La Puerta de los Leones de Micenas, sacada de los libros de aventuras. Es real.

Y cómo no recordar, de nuevo, mis libros de Historia del Arte, inexperto bachiller deslumbrado por esa foto que parecía sacada de una película de aventuras, mucho antes de que ni siquiera Steven Spielberg empezara a imaginar sus imaginaciones: la puerta de los Leones de Micenas era la misma que hace 21 años, con dos pilares, un dintel y un relieve inmortales que debió contemplar Paris cuando echó la vista atrás al fugarse con Elena, y que albergaron la furia de Menelao y la astucia de Agamenón.

Círculos mágicos de piedra dentro de Micenas.

Círculos mágicos de piedra dentro de Micenas.

Sí, sí… pero mi cuerpo no respondía nada más que con quejas, insensible a las historias de la Historia. Así que el tercer día en este septiembre griego, en la mítica Argólida, transcurrió con mirada triste y sensaciones desagradables, sin hambre y acabó en la playa de Karathonas, cerca de Nauplia, en una hamaca y esperando que los malestares dejaran mi cuerpo como el diablo a la niña del exorcista.

Tumbas monumentales en la ciudad de Agamenón.

Tumbas monumentales en la ciudad de Agamenón.

  • El impresionante interior de la tumba de un rey micénico.

    El impresionante interior de la tumba de un rey micénico.

 

Y sí, al final no hizo falta el padre Karras ni ninguna intervención eclesiástica. Dulcemente, poco a poco, el mal abandonó mi estómago. Tanto que a media tarde estaba dispuesto a ayudarle con un Martini dry. El aparato digestivo aceptó tan distinguida ayuda y empezó a regir, tanto que al final del día nos dirigió a la taberna ‘To Koutouki’ justo al lado de nuestro hotel, el Family Latini, muy recomendable.

El Martini Dry alivió mis males.

El Martini Dry alivió mis males.

Y se cumplió el designio de los dioses: el trabajo previo del Martini fue finalizado con maestría inigualable por esta taberna: unos bourekakia (especie de flamenquines envueltos en pasta filo) y una pantorrilla (si se dice asi) de cerdo antológica, cocinada en salsa, tipo estofado, con  sus verduritas, sus zanahorias, su vino… Me pusieron  bueno, dormí estupendamente, y tuve que reconocer que los caminos de los dioses hacia su gloria son infinitos, y desconocidos. Una deliciosa comida tradicional curó mi cuerpo. Así sea siempre.

La muralla ciclópea

Ulyfox | 12 de abril de 2013 a las 16:22

Ante la ciclópea Puerta de los Leones de Micenas.

De aquel primer viaje nuestro a Grecia tengo un montón de recuerdos maravillosos. Nos quedaron clavadas tantas cosas como un clavo sin dolor y con olor. Pero había dos o tres para las que estaba predispuesto y yo esperaba con ansia. No ya las islas y sus azules luminosos, ni las gozosas tabernas, ni que el Peloponeso fuera verde y montañoso, todas ellas embriagadoras sorpresas. Yo anhelaba el encuentro con el Partenón, maravillarme ante los monasterios suspendidos en el aire de Meteora, y ver por fin de cerca la Puerta de los Leones de Micenas.

No pude resistirme a subir a esa muralla. Mal hecho

Esta puerta de entrada a la ciudad de Agamenón, la gran enemiga de Troya, la patria de los aqueos, el símbolo de la gran cultura micénica había sido para mí una imagen fija desde que la vi en una pequeña foto, creo que en blanco y negro en aquel libro de texto de Historia del Arte, mi asignatura favorita entre todas, en sexto de bachillerato. Dos grandes pilares de piedra de una sola pieza y un enorme dintel, y sobre este, un relieve con dos leonas rampantes para guardar el acceso por la muralla a uno de los lugares más míticos de la Antigüedad. Murallas ciclópeas se decían, porque parecía una obra sólo posible de hacer por aquellos gigantes forzudos de un solo ojo, capaces de trabajar con piedras de hasta seis toneladas para levantar una pared de 13 metros de alto.

El misterioso círculo funerario de Micenas.

Por eso fue tan grande mi emoción, tan intensa la incompartible alegría, cuando nos acercamos por fin a la ciudad, en el centro de la península de la Argólida, ese territorio que es como un museo al aire libre de la Historia Antigua. Allí estaba la muralla de la capital más poderosa de la Grecia de hace 4.000 años, el hogar de Agamenón y Menelao, los que comandaron las tropas que derrotaron a la poderosa Troya, esos que hasta los descubrimientos de Schliemann en 1870 se pensaba que eran invenciones del gran Homero. Los aqueos existieron y esta era la prueba. Apareció ante mí la Puerta de los Leones: también era de verdad, no solamente una imagen en un libro, y una verdad emocionante, hermosa y en cierta forma, amiga. Me demoré lo que pude delante, detrás, alrededor e incluso, pecado de turista, encima de la Puerta. Luego recorrimos la antigua ciudadela, ojeamos sus piedras, el círculo funerario, los restos de antiguas casas, y más lejos la impactante Tumba de Agamenón o Tesoro de Atreo, con su cúpula de piedra, y recorrimos el Museo.

Entrada a la Tumba de Agamenón, o Tesoro de Atreo

Pero yo pensaba siempre en la Puerta, nada podía superar a la realización de esa cita concertada tácitamente muchos años antes, y desde entonces tengo mezcladas la alegría de verla y la nostalgia de su piedra marrón. Igual que tenemos pendiente esa vuelta al Peloponeso, esa tierra de nombre resonante que me conecta, como el lenguaje, con lo antiguo.

En el interior y bajo la cúpula de la Tumba de Agamenón.

Aquí estoy

Ulyfox | 18 de febrero de 2010 a las 20:29

Penélope contempla el atardecer en Santorini
Mil sitios tan bonitos como Cádiz… o más. Lo primero es que estuve tentado de titular este blog ‘Mil sitios más bonitos que Cádiz’, pero luego recapacité que es mejor no molestar, si alguien se puede molestar por reconocer la incomparable belleza de Venecia. En realidad, está feo comparar. Si queréis le ponemos a esto ‘Diario de Ulyfox’, en homenaje a Ulises y alusión a mi verdadero nombre.

Lo segundo es por qué viaja uno. Por qué viajo yo. A lo mejor, sólo para tocar con la punta de mis dedos la Puerta de los Leones de Micenas, que hasta entonces y durante años fue sólo el recuerdo fijo de una mala foto en blanco y negro en el libro de Historia del Arte de sexto de bachillerato. Es una razón ¿Viajo, entonces, para tocar lo que he soñado? Claro, me he movido para comprobar si La Habana se parece a Cádiz (no tanto), y para llorar ante las colosales Pirámides; y para alegrarme porque se me saltaron las lágrimas de verdad en el primer patio del templo de Medinat Habu, o ante el Friso de los Arqueros del palacio de Darío, no allá en la inaccesible Persia, sino en la sala dedicada a ellos en el Louvre.

Viajo porque sí y por muchas razones, o tal vez sin razones y sólo porque necesito moverme, como esos zumos que hay que agitar para que lo sabroso suba del fondo y adquiera su sentido.

El viajero es valiente a su manera, porque busca el encuentro con lo desconocido fuera de su hábitat. Y un sentimental, porque tiende a encontrar un lugar preferido. Yo ya lo tengo, y está bajo el cielo de los dioses griegos. Soy un viajero acompañado. Ella me guía (no es una alusión religiosa, por favor) y se deja guiar. Es una Penélope que no se quiso quedar esperando. Prepara los viajes y me deja los mapas.Y tiene mucho que ver en estos cosas que os iré contando. Bien escoltado es más fácil sentirse valiente.

Podéis llamarme Uly, y además de compartir mis rincones, me gustaría que intercambiáramos lugares, recuerdos, vivencias, sensaciones… y por supuesto consejos sobre cómo llegar, dónde dormir, dónde comer o dónde conversar en esos mil sitios… o más. Si hay que estar en el mundo, estáis en vuestra casa.

Buen viaje.