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Lejos de los turistas

Ulyfox | 21 de diciembre de 2011 a las 2:50

Paisaje otoñal junto a Mogarraz.

No odio a los turistas. No puedo odiarme a mí mismo. Eso sí, los grupos grandes son bastante molestos y ruidosos por lo general, excepción hecha de esos ciudadanos extremadamente educados y bien vestidos que son los japoneses, cada vez más desplazados por sus casi iguales pero incomparables chinos. En invierno, es mucho más difícil toparse con grandes masas, aunque es posible sufrirlo en destinos rurales cerca de Madrid o de las grandes ciudades. Pasa con La Alberca, por ejemplo, pasto del Inserso y de grandes familias de puente.

Un rincón de Mogarraz

Sin embargo, muy cerca de este hermoso y ejemplar pueblo podemos encontrar otros menos contaminados. Esto ocurre tal vez para su desgracia, porque el turismo deja mucho dinero, pero también para suerte de los que huimos de las grandes aglomeraciones. En esta estancia reciente que tuvimos en La Alberca, quisimos acercarnos a conocer Mogarraz y Miranda del Castañar, expresivos y descriptivos nombres, tan castellanos.

Carne de restauración en algunas casas de Mogarraz.

 

Son dos pueblos tan parecidos y tan diferentes. Mogarraz se derrama a un lado de la carretera, en unas callejas empinadísimas que acaban en una plaza mayor demasiado tomada por los coches. Posee un aroma a pueblo muy potente y las familiares calles empedradas, con casas de entramados de madera y aleros en sus fachadas. De la Iglesia en restauración parte una calle larga y suavemente ascendente, casi sin tiendas pero con algunas puertas en las que asoman grandes barriles de vino trasegado. Me pareció más auténtico e intenso que La Alberca, en su color gris oscuro que por un momento se iluminó con algunos rayos de sol y destacaba en un fondo paisajístico de árboles dorados por el otoño.

Miranda del Castañar, en su colina.

Miranda del Castañar, en cambio, aparece en lo alto de una loma con una silueta discreta y baja en la que sobresalen las torres de la iglesia y la del homenaje del castillo. Se llega precisamente en coche hasta justo delante de él, en la antigua plaza de toros, cuadrada, rodeada de casas y con unos burladeros de piedra muy particulares. La plaza está hoy, también desgraciadamente, convertida en aparcamiento. El castillo guarda la entrada de la muralla que rodea el pueblo y a la que se accede por arcos ojivales. Muy bonito.

Soledad en Miranda del Castañar.

A la hora que llegamos nosotros, la de comer, para entendernos, estaba el pueblo solitario en su pétrea presencia de casas bajas y muros rubios, encerrado en su muralla. Sólo una preciosa tienda-museo situada en una antigua bodega, mantenía algún signo de vida. Compramos vino y algunos recuerdos, y charlamos con la dueña de vidas, sueños y productos de la tierra. Terminamos comiendo en un asador argentino en la carretera una gran caldereta y un asado de carne, naturalmente. Mientras, en la tele, paradójicamente, España le ganaba a la Argentina la Copa Davis, una vez más. A la dueña no pareció importarle. Había una gran estufa muy eficaz. Una pareja acabó su comida y se acomodó ante la tele. Nosotros nos fuimos. Casi estaba anocheciendo y con la noche se iban nuestras últimas horas en la sierra de Francia.

Una de las puertas en la muralla de Miranda.