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Románico palentino, con los cinco sentidos y alguno más

Ulyfox | 15 de mayo de 2020 a las 13:17

Santa Eufemia de Cozuelo, no tan sola en el campo palentino.

Santa Eufemia de Cozuelo, no tan sola en el campo palentino.

Una columna de piedra etérea en San Andrés del Arroyo.

Una columna de piedra etérea en San Andrés del Arroyo.

Si lo hiciéramos como una descripción mecánica, vendríamos a decir que el románico es algo así como una sucesión de arcos, arquivoltas, ventanas lobuladas, vanos y capiteles esculpidos de manera frondosa e imaginativa. Pero lo que llama la atención es la capacidad de este estilo arquitectónico que dominó toda Europa durante casi tres siglos en la Edad Media para provocar emociones desde su aparente sencillez de concepto. La belleza de un cimborrio o de un triple ábside no es fácilmente descriptible con palabras técnicas. Habría que servirse de la mejor y menos rimbombante poesía, y ahí es donde el románico conecta con el alma del contemplador que acude a él de manera forzosamente inocente.

Santa Cecilia Vallespinoso San Juan Bautista de Matamorisca Detalles en San Martín de Frómista

Detalles decorativos en San Juan de Vallespinoso, Santa Juan de Matamorisca y San Martín de Frómista.

Detalles decorativos en San Juan de Vallespinoso, Santa Juan de Matamorisca y San Martín de Frómista.

Es verdad que el románico puede llegar a ser lujoso, y ahí están algunas muestras excelsas en Alemania, Francia e Italia. Sin duda, catedrales como la de Pisa producen arrobo por su belleza, pero en cuanto a emoción, y sabiendo siempre que este sentimiento responde a cuestiones personales, preferimos las pequeñas maravillas del románico palentino, por ejemplo, tan alejado de los mármoles toscanos. Así se nos quedó el corazón cuando lo descubrimos (qué alborozo conocer esas cosas todavía, pasada la sesentena) en un reciente viaje invernal por esos viejos campos de Castilla la Vieja.

San Matín de Tours, en Frómista.

San Matín de Tours, en Frómista.

El monasterio de Santa María la Real (que aloja una fundación dedicada al estudio y promoción del románico además de un hotel del que disfrutamos) y la ermita de Santa Cecilia en Aguilar de Campoo, la del mismo nombre en Vallespinoso, la de Santa Eulalia en Barrio de Santa María, la de Santa Eufemia de Cozuelo, solitarias en lo alto de una loma o sobre una piedra recia, con apenas una nave, una portada y algunas ventanas con arcos trenzados o ajedrezados, incluso bajo la lluvia del diciembre más cerrado, son capaces de impactar al corazón dispuesto. La majestuosidad de la modélica San Martín de Frómista, canon de escultura en capiteles en sus tres naves modélicas, sus ábsides armoniosos, sus remates exteriores profusamente labrados, sus dos torres cilíndricas… son un salto hacia arriba en la escalera de la belleza.

Santa Cecilia, sobre su roca en Vallespinoso.

Santa Cecilia, sobre su roca en Vallespinoso.

Santa Eulalia en Barrio de Santa María.

Santa Eulalia en Barrio de Santa María.

Y a un nivel sublime están el asombroso claustro de columnas labradas de manera casi aérea en el monasterio de San Andrés del Arroyo, los frisos de las portadas de la iglesia de Santiago en Carrión de los Condes (maravilloso hotel en el convento de San Zoilo) y de la de San Juan Bautista en Moarves de Ojeda. Un derroche escultural semejante en ambos casos, representando al Cristo Pantocrátor rodeado de los doce apóstoles, pero que en el segundo caso añade la el llamativo color rojizo de la piedra oxidada y la excepcionalidad de que esa maravilla artística sin igual está en un pueblo de poco más de una decena de habitantes, lo que acentúa la sensación de reino divino en solitario sobre la estepa. Ya lo escribimos hace un tiempo, pero no me resisto a repetirlo aquí: el amable y septuagenario señor que tiene la llave del templo nos dijo: “Ya tienen que tener ustedes amor a esto para venir aquí desde tan lejos…” ¡Claro, pero cómo no caer rendidamente enamorado ante esa fachada de color rojizo…!

El maravilloso claustro del convento de San Andrés del Arroyo.

El maravilloso claustro del convento de San Andrés del Arroyo.

Santa Cecilia, en Aguilar de Campoo.

Santa Cecilia, en Aguilar de Campoo.

Nuestro viaje se topó con varios inconvenientes que quedaron en simples contratiempos dada la magnitud de lo contemplado. Especalmente doloroso fue no poder ver algunas pinturas al fresco en los muros de pequeñas iglesias, cerradas y sin nadie visible para que las abriera, a causa de la temporada invernal.  En Barrio de Santa María localizamos a la mujer que tiene la llave de Santa Eulalia, a las afueras del pueblo, pero era un día lluvioso y frío, y la señora se asomó a la puerta en bata y pijama, para excusarse: “Es que miren ustedes, estoy regular y con este tiempo…”. Estaría de Dios…

Monasterio de Santa María la Real en Aguilar de Campoo

Monasterio de Santa María la Real en Aguilar de Campoo

Fachada de Santa María del Camino, en Carrión de los Condes.

Fachada de Santa María del Camino, en Carrión de los Condes.

Friso de la iglesia de Santiago en Carrión de los Condes.

Friso de la iglesia de Santiago en Carrión de los Condes.

Ábsides de San Martín de Frómista

Ábsides de San Martín de Frómista

 

 

 

Moarves de Ojeda, esa fachada

Ulyfox | 17 de febrero de 2020 a las 20:51

 

El espléndido friso de San Juan Bautista en Moarves de Ojeda.

El espléndido friso de San Juan Bautista en Moarves de Ojeda.

 

“Pues ya tienen que tenerle ustedes amor a esto para venir de tan lejos”, nos dijo el hombre que nos abrió la puerta de la iglesia románica de San Juan Bautista en Moarves de Ojeda. Apenas unos minutos antes, yo había entrevisto la maravillosa portada desde la carretera, visión de la que no había podido gozar Penélope, que estaba atenta a la conducción. Aparcamos detrás de la iglesia, y yo disfrutaba ya del momento en que rodeáramos el pequeño templo y pudiéramos compartir el asombro.

La sencilla fachada trasera de la iglesia.

La sencilla fachada trasera de la iglesia.

Es inútil escribir la onomatopeya de la estupefacción que nos produjo ese conjunto labrado en piedra que, de oxidada, parece hierro viejo. Un friso rojizo que muestra una representación clásica: en el centro el Cristo Pantocrátor rodeado del llamado Tetramorfos, es decir los cuatro animales que son el símbolo de los cuatro evangelistas. Y a un lado y otro, los doce apóstoles divididos en dos hileras de seis. Los expertos en arte dirán lo que tengan que decir de la calidad de las esculturas, nosotros nos limitamos a sufrir uno de los impactos artísticos más profundos que recordamos de los últimos tiempos.

Detalle del Pantocrátor y parte de los Apóstoles.

Detalle del Pantocrátor y parte de los Apóstoles.

Bajo el singular friso, la puerta está flanqueada por arquivoltas ajedrezadas, y los capiteles representan músicos, animales mitológicos y reales e incluso dos guerreros batallando. El color rojo y el casi perfecto estado de conservación ayudan al pasmo que produce esta obra singular con aspecto de retablo, en el centro de esta pedanía del municipio de Olmos de Ojeda, más que humilde y en la que en la actualidad viven sólo 14 personas. “Y todas mayores”, según nos dijo nuestro guía.

Ante la maravillosa fachada...

Ante la maravillosa fachada…

El hombre vive en una casa de piedra situada justo enfrente de la iglesia, y cuando lo fuimos a buscar al enterarnos de que era él quien guardaba la llave, nos advirtió:

-Pero dentro hace mucho frío, eh.

-No pasa nada -le tranquilizamos- venimos abrigados.

-Y además, saben que tienen que pagar un euro cada uno.

-Sí, hombre, no se preocupe- le repetimos. Hacía más de un mes que nadie había venido a visitar San Juan.

Los capiteles de la portada principal.

Los capiteles de la portada principal.

Al responderle a su pregunta que veníamos de Cádiz para ver el románico palentino, mientras abría la puerta, fue cuando dijo aquello: “Pues ya tienen que tenerle ustedes amor a esto para venir de tan lejos”. Y ciertamente es así. El románico es tal vez el estilo arquitectónico que despierta más enamoramiento. Al menos, el románico de esta gran cantidad de pequeñas iglesias y ermitas del campo y la montaña en las cercanías de Aguilar de Campoo, tan alejado de las imponentes catedrales del mismo estilo en  Santiago y Zamora o, no digamos, sus hermanas espléndidas en Francia, Alemania o Italia.

Más capiteles en el lado opuesto de la puerta.

Más capiteles en el lado opuesto de la puerta.

En el románico palentino, que visitamos en diciembre y del cual San Juan de Moarves es una de sus cumbres, te emociona la grandeza que supone que en estos enclaves humanos mínimos se erijan estas maravillas asombrosas. Nuestro humilde cicerone seguía con sus advertencias:

-Pero de todas formas lo importante está fuera -mientras nos contaba con expresión de experto los detalles escultóricos de la fachada.

Una peculiar imagen de San Juan Bautista, nada que ver con las representaciones tradicionales.

Una peculiar imagen de San Juan Bautista, nada que ver con las representaciones tradicionales.

Ya dentro relataba historias del casi desnudo interior: las pequeñas figuras de san Juan que sacaban en procesión antes para rogativas de las lluvias. No se veía muy creyente, puesto que de vez en cuando acotaba a sus intervenciones, con “eso dicen…” o “eso es lo que la Iglesia dice…”.

Detalle de la pila bautismal.

Detalle de la pila bautismal.

-Y miren la pila bautismal esta. Parece que es también Cristo con los apóstoles, como el friso de fuera, pero aquí hay trece apóstoles ¿cómo puede ser eso? A lo mejor el otro es San Pablo, eso dicen, pero para mí que igual es la Virgen ¿no?

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La visita es corta, claro, porque el hombre tiene razón y lo verdaderamente precioso está fuera, en esa fachada única que, una vez que se ha ido, y con la compañía silenciosa de otra pareja que se ha sumado a la cita de manera repentina, nos demoramos en seguir contemplando largo rato, prolongando la partida porque ¿quién sabe cuándo vamos a volver desde tan lejos?

En esos días fríos y lluviosos, nos sobrepusimos a los elementos para poder conocer esta y otras pequeñas maravillas en piedra. El tiempo y la soledad del invierno nos negaron la entrada en algunas. Lo iremos contando, pero San Juan de Moarves, su friso de piedra y su manera de reinar en el solitario frío de los campos palentinos, merecían el detalle de figurar solo aquí.