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De Préveza a Creta volando por media Grecia

Ulyfox | 24 de noviembre de 2020 a las 20:23

Ante el islote de Mochlos, frente al pueblecito del mismo nombre.

Ante el islote de Mochlos, frente al pueblecito del mismo nombre, ya en Creta.

“Es muy probable que sean ustedes los únicos pasajeros en el vuelo a Sitía”, nos dijo la taxista que nos dejó en el aeropuerto de Préveza. Era el comienzo de una singular peripecia con final feliz, que ya conté hace poco y brevemente en otra entrada. Pero merece la pena relatarlo con más detalle.

Llegamos con mucho tiempo, y en el aeropuerto estábamos efectivamente casi solos. Lo achacamos a que era demasiado temprano y que alguien más se sumaría. No fue así. Abrieron el mostrador de facturación de Sky Express más tarde de lo previsto, y sólo nos acercamos nosotros dos. Y ahí ya nos advirtieron que el vuelo saldría con un retraso de casi una hora. En estos casos, nuestra preocupación no suele ser mucha. Estamos de vacaciones y en los viajes puede ocurrir de todo…

Nuestra única inquietud era que esa misma noche habíamos quedado para cenar en Sitía, al este de Creta, con un grupo de amigos. Bueno, pensamos, aún nos da tiempo de parar en el hotel, ducharnos y poco más. Al poco tiempo, un aviso en la pantalla nos anunció que el vuelo se retrasaba de nuevo, y ya dijimos: pues nos vamos a cenar sin ducharnos.

Por fin, la azafata nos vino a buscar diciendo que podíamos pasar a la zona de embarque y que lo haríamos en media hora. Muuuucho tiempo después, cuando ya habíamos retrasado también la hora de cenar con los amigos y solos ya en una sala desolada ante la puerta de embarque, la misma azafata y otra compañera nos vinieron a buscar con cara de circunstancias. “Su vuelo se ha cancelado -nos dijeron-, hoy no saldrán hacia Sitía”.

En el hotel Holiday Inn de Atenas, la noche extra que tuvimos que pasar allí por cuenta de Sky Express.

En el hotel Holiday Inn de Atenas, la noche extra que tuvimos que pasar allí por cuenta de Sky Express.

Se nos mudó la cara. El impacto no lo mitigó de momento ninguna de las tres alternativas que nos ofreció la empleada: “Podemos devolverles el dinero, o bien darles billete para otro vuelo en otro día, o bien podemos hacer que embarquen ahora en un vuelo hacia Alexandroúpolis, y a continuación tomar otro hacia Atenas, dormir en un hotel en Atenas y mañana temprano volar hacia Heraklion (capital de Creta); después tomarían un taxi hasta Sitía, todo por cuenta de la compañia, claro”…

El plan no estaba mal, pero tenía tres graves inconvenientes: primero, la cena con los amigos, principal motivo para recalar en Sitía, se perdería, y no sabíamos si podrían reunirse con nosotros al día siguiente; segundo, habíamos reservado un coche en esa ciudad para la mañana siguiente; y tercero, teníamos contratada esa noche en un hotel, y sin cancelación gratuita. Le pedimos unos minutos a las azafatas para decidir entre las tres opciones que nos daba, y en ese intervalo nos pusimos en contacto con nuestros amigos, que no tuvieron inconveniente en cambiar el día, con la agencia de alquiler, que tampoco puso ninguna objeción en que el coche lo recogiéramos en el aeropuerto de Heraklion, y con el hotel Itanos, que aceptó sin problemas ni coste adicional cambiar la noche en Sitía.

Así que después de cinco minutos, dimos el consentimiento para la opción número tres y al poco tiempo volábamos completamente solos en un avión con dos pasajeros (nosotros), cuatro azafatas y dos pilotos. Hicimos escala en Alexandroúpolis, el otro confín de Grecia junto a la frontera con Turquía, donde se subieron varios pasajeros más, y continuamos hacia Atenas. A los pies de la misma escalerilla nos esperaba otra azafata que nos acompañó a un bar del aeropuerto a que nos aprovisionáramos de la cena. Casi se peleó con nosotros para que pidiéramos más.

Una furgoneta de lujo nos llevó al Hotel Holiday Inn, muy cerca del aeropuerto, donde pasamos la noche, y por la mañana nos devolvió de nuevo al aeródromo que lleva el nombre de Elefterios Venizelos, por fin embarcamos para Creta, nuestra amada isla, con un retraso real de medio día, pero habiendo dado una verdadera vuelta aérea por Grecia. En el aeropuerto Nikos Kazantzakis de Heraklion recogimos el coche y nos dirigimos hacia nuestro destino momentáneo: el auténtico y casi virginal este de Creta.

Vista general del pueblecito de Mochlos.

Vista general del pueblecito de Mochlos.

Por el camino pudimos comprobar los estragos que el covid-19 ha hecho en la industria turística: la inmensa mayoría de los establecimientos hosteleros de la carretera estaban cerrados. Pero el trayecto en la ruta por el norte de la alargada isla hasta Sitía encierra una parada siempre apetecible: el minúsculo puerto de Mochlos.

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Allí bajamos para hacer un alto, rememorar otros veranos y tomar una cerveza junto al mar, servidos por Giorgos, el dueño de la excelente taberna Ta Kokilia, al que nos permitimos recordar aquella otra tarde de hace años, cuando comentamos durante un buen rato la estancia de 15 días de Manolo García en el pueblo. El cantante había pasado allí 15 días un invierno, grabando parte de su álbum Salgamos a la lluvia en el estudio del cretense Stelios Petrakis. Y todas las noches, después de las sesiones de grabación, los músicos bajaban a la taberna a cenar, charlar, beber rakí y, por supuesto, seguir tocando. “Grandes noches”, nos dijo entonces.

Vista parcial de Mochlos.

Vista parcial de Mochlos.

El poblado minoico del islote de Mochlos.

Los restos del poblado minoico en el islote de Mochlos.

Esta vez, Giorgos, que sigue regentando la taberna junto al mar milenario y frente al yacimiento minoico del islote cercano, se alegró de que le recordáramos aquellos momentos, nos lo agradeció y sonrió cuando le mostramos una foto en la que aparecíamos juntos. “Eso debe ser de hace ocho años al menos, yo tenía el pelo negro, no me había dejado la barba. La tengo desde que murió mi hijo, y de eso hace siete años…”

Penélope disfrutando de la exquisita 'ajinosalata'.

Penélope disfrutando de la exquisita ‘ajinosalata’ en Ta Kokilia.

Ante el espléndido paisaje del salvaje Este de Creta.

Ante el espléndido paisaje del salvaje Este de Creta.

Era temprano, no pensábamos comer nada, pero recordábamos de otras veces la exquisita ensalada de erizos (ajinosalata) que sirve Ta Kokilia y que se ha convertido en muy difícil de encontrar en las cartas griegas. Preguntamos a Giorgos si la tenía y nos contestó: “¡Bebeos!, es decir, “por supuesto”. Penélope, gran fan del plato, no pudo resistirse a hacer de Mochlos, por un instante, un paraíso aún más agradable.

Con el cuerpo y el alma reconfortados continuamos nuestro viaje hacia Sitía. Allí celebramos cada año, por el mes de septiembre, una cena con nuestros amigos en la ciudad, casi todos profesores. Antes de caer la noche empieza un encuentro grandioso, y siempre en Inodion, un lugar fantástico con una comida natural, tradicional y exquisita elaborada por Gogo, la mujer de Dimitri, el dueño. Y todo regado con un raki destilado por él mismo de sus mismas uvas. Trasegamos grandes cantidades de este aguardiente milagroso que nunca cae mal. Y siempre, Mijalis, uno de esos amigos, nos obsequia con una buena cantidad de ese aguardiente, también hecho por él mismo. Este año vino con una ilusión muy especial porque por primera vez había envejecido su raki en un barril de vino, y nos regaló una hermosa botella. La desventura hizo que a los pocos días la botella volcara en el maletero del coche y se rompiera. Por la mañana cuando lo abrimos, un montoncito de cristales y un penetrante olor a bodega que no se fue en varios días delató el desgraciado percance. Eso sí que fue una auténtica tragedia griega. Lo sentimos, y mucho, por el licor y el por el bueno de Mijalis. Habrá otras oportunidades, espero…

La 'parea' o reunión de amigos en el Inodion. Brindando con raki, de izda a dcha, Mijalis, Ulyfox, Penélope, Gina, María, Sofía, Kyriakos y Andonis.

La ‘parea’ o reunión de amigos en el Inodion. Brindando con raki, de izda a dcha, Mijalis, Ulyfox, Penélope, Gina, María, Sofía, Kyriakos y Andonis.

En esta ocasión había también cosas nuevas que comentar. Buena parte de ese grupo de amigos está poniendo en marcha un proyecto de casa-museo de Vizentzos Kornaros, el escritor renacentista cretense, uno de los más importantes de la época en Grecia, contemporáneo de Cervantes y de Shakespeare y autor de Erotókritos, un poema épico sobre amores imposibles que aún hoy se sigue cantando, y del que no hay cantante cretense que no se precie de haber grabado una versión.

El ejemplar del 'Erotókritos', firmado y dedicado en griego por su traductor al español, José Antonio Moreno Jurado.

El ejemplar del ‘Erotókritos’, firmado y dedicado en griego por su traductor al español, José Antonio Moreno Jurado.

Pues bien, dentro de ese proyecto figura la intención de contar con las traducciones del poema al mayor número de lenguas posibles. Sofía, una de mis amigas, se enteró de que existía una versión en español, a cargo del poeta y profesor sevillano José Antonio Moreno Jurado, pero el libro está descatalogado. Me pidió ayuda, y me fue relativamente fácil dar con el profesor, pedirle su colaboración y ponerlos en contacto. José Antonio Moreno resultó una persona tremendamente amable y colaboradora. El resultado de esa gestión: mis amigos cretenses ya tienen en su poder la traducción al español de su poema nacional, firmada y dedicada por su traductor, y figurará en el futuro museo, y hemos quedado emplazados todos para el día de su inauguración. Ojalá.

Hasta ahora, nunca nos habían permitido pagar en esas largas veladas de comida, raki y charla, a pesar de nuestra insistencia (Dimitris me dijo un día: “Si acepto que pagues tú, Kyriakos me mata….”), pero esta vez Penélope se adelantó y subrepticiamente y, supongo que con la decisión que solo puede mostrar ella, convenció al dueño de Inodion, que poco después vino a contarlo a la mesa. Andonis se levantó y gritó indignadamente divertido: “¡No puede ser, Penélope ha dado un coup d’état! Os puedo asegurar que cuesta muy poco ser feliz con estos amigos.

El refugio cretense de Manolo García

Ulyfox | 24 de junio de 2012 a las 12:57

Una vista 'general' de Mochlos

Es posible que ya os haya hablado alguna vez de Mochlos. Estuvimos en este rincón marinero al pie de una montaña, donde empieza la parte más salvaje del Este cretense, hace unos tres años, y ya nos enamoró. Unos 100 habitantes en invierno, una playa minúscula, un pequeño embarcadero, una luz brillante, algún pequeño hotel y varias casas que alquilan apartamentos, tres tabernas de pescado, y un islote con un importante yacimiento minoico separado apenas por un estrecho brazo de mar.

La vista desde la taberna Ta Kokilia

Desde el puertecito se puede ver a los arqueólogos trabajar allí enfrente. Y desde la taberna Ta Kokilia se les ve llegar a la hora de comer, atravesando el estrecho en una barquita, desembarcando frente a las mesas con sus bolsas llenas de piezas listas para limpiar, clasificar y estudiar. El otro día, algunos más osados cruzaron nadando para sentarse luego a refrescarse con una cerveza y a almorzar. Resultaba emocionante verlos, con su ropa de inconfundibles arqueólogos, pensando que tal vez llevaban en su histórica talega alguna pieza valiosa, jóvenes y procedentes de varios países, escarbando en el país con más historia de Europa, en el centro de la civilización avanzada más antigua, los minoicos.

Los arqueólogos de Mochlos, llegando de su trabajo

Recordé que en este pueblo se refugió durante unos 15 días el cantante Manolo García para grabar algunas canciones de su disco ‘Salgamos a la lluvia’, hará unos cinco años, y pregunté al camarero si recordaba algo. El joven, tan agradable como sólo pueden serlo los camareros griegos, no sabía nada, llevaba un año trabajando en la taberna de su tío. Pero a los pocos minutos vino éste, Yiorgos, un hombre grande de mediana edad, con una gran sonrisa, a preguntarme: “¿Me han dicho que es usted amigo de Manolo García?”. Inmediatamente lo saqué de su error, pero a él no le importó para empezar a recordar al cantante como una persona “muy atenta y amistosa”, que todas las noches, después de pasar el día trabajando en un estudio que hay cerca del pueblo, se acercaba a cenar con sus músicos a la taberna. Yiorgos se señaló el antebrazo con el típico gesto que indica que se le erizaba el vello de recordarlo: “Fueron noches fantásticas, Manolo vino a introducir en algunas de sus canciones el acompañamiento de músicos cretenses, intérpretes de la lyra y del laúd. Algunas veces se juntaban hasta 20 músicos en mi casa, y se dedicaban a improvisar y a hacer ritmos. Manolo García hacía ritmo con todo, con tambores, con vasos, con la mesa…”

La ensalada de erizos (ajinosalata) de la taberna Ta Kokilia.

Mientras hablaba, el hombre abrió su ordenador y me enseñó una carpeta con fotos muy malas de aquellos momentos, en las que se veía al cantante español rodeado de solistas de instrumentos tradicionales cretenses. En verdad se le notaba entusiasmado al contar a otro español sus recuerdos de aquel músico venido de lejos. Naturalmente, nos mostró el disco que le había enviado.

Con el amigo de Manolo García en Creta

Si os digo que además comimos una estupenda sopa de pescado, unos boquerones marinados deliciosos y una sabrosa ensalada de erizos, regados con retsina Kekrivari y obsequiados con fruta y rakí como es costumbre en las tabernas griegas, no tengo que esforzarme en describir la alegría con la que reemprendimos el camino, esta vez hacia Sitía, por una carretera bordeada de adelfas rosas y blancas.

¡Arriba ese rakí cretense!