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Monemvasia, una sola entrada

Ulyfox | 26 de septiembre de 2013 a las 18:55

El puente de Gefyra, único modo de entrar en Monemvasia.

El puente de Gefyra, único modo de entrar en Monemvasia.

La puerta de Monemvasia. Arriba, la ciudadela o 'kastro',

La puerta de Monemvasia. Arriba, la ciudadela o ‘kastro’,

 

Monemvasia significa “una sola entrada”, pero es mentira, o no es exactamente la verdad. Es verdad que una de ellas es la que comunica directamente con el resto de Grecia, puesto que las otras tres dan o bien al mar, o al final del peñón que alberga esta hermosura de pueblo medieval, o a una empinada y sinuosa escalera que asciende por una pared de roca vertical a la ciudad alta, a 300 metros sobre el nivel del mar. Murallas por todos lados menos por uno que es esa pared vertical la guardaron durante siglos. Así que es verdad que entrar, entrar, sólo se podía entrar por la puerta principal.

Penélope, en la calle principal de Monemvasia.

Penélope, en la calle principal de Monemvasia.

 

Hace años que tenía apuntado en mi libreta de tareas griegas pendientes el nombre de Monemvasia, allá en uno de los confines del Peloponeso, en la región lacónica. Junto a esa anotación, los nombres de Pilion, la montaña donde habitaban los centauros, los pueblos de la Arcadia interior, Salónica, la Macedonia de Filipo y Alejandro… Ahora, ya puedo tacharlo.

Monemvasia y el mar.

Monemvasia y el mar.

Monemvasia estuvo unido en tiempos al continente hasta que un terremoto, de esos tan frecuentes en Grecia, lo separó. No mucho, tan poco que un pequeño puente la une ahora con el Peloponeso. Es un inmenso peñón, algunos la llaman el Gibraltar griego. Su mole pétrea se alza frente a Gefyra, el pueblo donde en realidad vive la gente, un lugar feo y destartalado de esos que los griegos trucan en agradabilísimo rincón con el simple movimiento de varita de poner un muellecito y algunos barcos pesqueros, y acompañarlos con bares y restaurantes de terrazas y comida espléndida. Así consiguen el milagro de las tardes y noches inolvidables frente al mar, pese a que detrás se levanten apartamentos y hotelitos construidos de aquella manera anárquica. La proverbial amabilidad y buen servicio hacen el resto.

Las casas, entre la roca y el mar.

Las casas, entre la roca y el mar.

Yendo a lo importante, a lo que nos llevó hace unas semanas hasta este rincón del Peloponeso, Monemvasia es una preciosidad: la muralla y las casas tienen el color de la piedra rubia que se enciende al atardecer. Su carácter de fortaleza le da un aire imponente y sus casas hablan de dominaciones venecianas, tan frecuentes en estas latitudes. Se entra de manera familiar por su “única puerta” y se está en un pueblo medieval, eso sí, transformado en los últimos años en un gran atractivo turístico. En realidad, aquí solo viven seis personas permanentemente. El resto son hoteles preciosos en palacios y mansiones restaurados, con unas vistas espléndidas, y algunas tiendas de recuerdos. Naturalmente, hay una antigua mezquita y varias iglesias. Todo esto unido por calles en cuesta o escalonadas, que dejan ver también numerosas casas abandonadas que gritan ¡cómprame! al viajero soñador y poco práctico.

La plaza mayor, con la gran roca al fondo.

La plaza mayor, con la gran roca al fondo.

 

 

Una mansión tradicional en el centro.

Una mansión tradicional en el centro.

 

A la entrada de la ciudadela o 'kastro', tan arriba.

A la entrada de la ciudadela o ‘kastro’, tan arriba.

El casco de Monemvasia, visto desde el kastro.

El casco de Monemvasia, visto desde el kastro.

 

La pared rocosa guarda un flanco de la ciudad.

La pared rocosa guarda un flanco de la ciudad.

Y otra vista.

Y otra vista.

También ofrece retos Monemvasia, como el de acometer la subida hacia la ciudadela, que los lugareños llaman ‘kastro’. El que esto suscribe no se arredró ni pese a la hora de mediodía. Valió la pena ascender por los escalones centenarios, contemplar la vista de los tejados del pueblo desde arriba, y franquear la hermosa puerta veneciana de la ciudad alta para subir aún todavía, en un alarde de salud, hasta la clausurada iglesia de Santa Sofía, colgada del acantilado por el otro lado. La ciudadela es sólo ruinas y viento allá cerca del cielo, pero da para imaginar una vida dura de asedios e historias.

La taberna Matoulas, frente al mar.

La taberna Matoulas, frente al mar.

Y más aún, sabiendo que nos lo habíamos ganado, reparar nuestras fuerzas en la excelente taberna Matoula sobre el mar, con un vino rosado y delicias de la cocina griega. Los amantes del vino deberían saber, por cierto, que la variedad malvasía tiene aquí su origen puesto que el nombre de esta uva que aporta tanta suavidad y aroma a los vinos blancos es una italianización que hicieron los venecianos de la palabra monemvasía. Fin de la cita cultureta.

La iglesia de Santa Sofía, único edificio en pie en la ciudadela.

La iglesia de Santa Sofía, único edificio en pie en la ciudadela.

Para acabar: Monemvasia es un destino, no un camino. Se va a allí si uno tiene el antojo, como lo tenía yo. Cada uno tiene sus lugares míticos o deseados. A nosotros nos mereció la pena el viaje de tres horas y media desde Nauplia. Era nuestro destino.

Ecos de Cádiz en el Peloponeso

Ulyfox | 16 de septiembre de 2013 a las 0:37

Uly, Pe, Montse, Yiannis y Enrique, encuentro gaditano-catalano-navarro-griego en un bar de Gefyra.

Uly, Pe, Montse, Yiannis y Enrique, encuentro gaditano-catalano-navarro-griego en un bar de Gefyra.

No, no vienen muchos españoles por aquí, por el Peloponeso, por Creta. Normalmente, el español que viene a Grecia lo hace en el típico ‘crucero por las islas griegas’, y lo más corriente es que visite a paso ligero Mikonos, Santorini y en todo caso Rodas. Y, aparte de la obligada Atenas, poco más. Por eso resultó tan extraño recibir tantos ecos de España en tan sólo dos días entre Nauplia y Monemvasia.

La secuencia empezó en la playa de Nauplia, Karathonas, un lugar extrañamente poco frecuentado siendo la ciudad tan turística. Una playa bien surtida de servicios, con varios restaurantes y numerosas hamacas, con el agua muy tranquila, poco más allá de la fortaleza de Palamidi. Allí, la música que ofrecía la taberna no era griega, sino hispana. El segundo día fue un recital de versiones aflamencadas de grandes éxitos latinos. Incluso sonó el ‘Porompompero’, y por un momento temí que terminaran poniendo el Vaporcito del Puerto.

El peñón de Monemvasia, visto desde Gefyra.

El peñón de Monemvasia, visto desde Gefyra.

Al día siguiente viajamos hasta Monemvasia. Enfrente de este impactante pueblo medieval amurallado situado en un peñón (del que ya os hablaré, y bien pronto) unido a tierra por un puente, está Gefyra, que precisamente significa ‘puente’ y donde se encuentra todo lo práctico que no se puede hallar en Monemvasia. Gefyra son unas cuantas casas y apartamentos destartalados, un puertecito y varios restaurantes, bares y cafés. En uno de estos bares, el encargado nos oyó hablar y nos preguntó ¿sois españoles? en casi perfecto castellano. Se explicó: vive en Pamplona seis meses y los otros seis en este su pueblo, está casado con una pamplonesa que viene a verlo siempre cuando ella coge sus vacaciones de un mes. Así vive, siendo conocido como Yiannis en Navarra y como Juan en Monemvasia. “Aquí hay muchos Yiannis, pero sólo un Juan” dice riéndose.

Y al enterarse de que éramos de Cádiz dijo sonriendo: “Ah, de Cai”, evidenciando su conocimiento del país. “Pues precisamente estos días está por aquí un gaditano, que tiene un barco, si venís mañana os lo presento”. Claro que cuando nosotros venimos a Grecia no venimos buscando gaditanos para recordar nuestra tierra, pero nos movió la curiosidad y allí estábamos a la noche siguiente, porque además Juan nos dijo que tenía un buen surtido de cervezas belgas. Con dos Tripel Karmeliet por delante, nos presentó a Enrique Hormigo, hijo de conocido historiador gaditano, pero él mismo marchado de Cádiz desde muy joven, y trabajando de profesor de Comercio en Barcelona hasta que felizmente se prejubiló en la Ciudad Condal. Acompañado de una amiga, Montse, venía navegando por el Peloponeso desde hacía semanas y pensaba continuar hasta la isla de Egina para dejar pasar el invierno a su barco allí. Nos habló de antiguos compañeros y amigos suyos en Cádiz: Pettenghi, Ravina, Repeto, Tejuca… a los que ve o no cada vez que vuelve a su tierra. Hablamos de Cádiz, de Barcelona, de Grecia, del mundo, cenamos juntos…

Yiannis, o Juan, nos presentó y nos despidió diciéndonos “Esperad que os voy a poner una canciòn”. Me temí que sonara el ‘Viva España’, pero no, desde su aparato de sonido, bajo una gran ikurriña que tiene colocada sobre la barra, empezó a sonar poco a poco el ‘Cai’ de Alejandro Sanz cantado por Niña Pastori. Bueno, fue un buen detalle para una noche rara en un puertecito del Peloponeso, casi perdido en uno de los confines de Grecia.