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Parga, en la costa de Epiro

Ulyfox | 29 de enero de 2020 a las 19:53

Vista panorámica de Parga.

Vista panorámica de Parga desde el castillo veneciano.

Paxos nos había dejado varias evidencias gozosas, como cualquier experiencia viajera debe ser. Una era que la masificación turística provoca daños irreparables al lugar en cuestión, como pudimos comprobar al comparar la placidez de esta última isla con la aglomeración muchas veces insufrible de su hermosa hermana mayor, Corfú. Otra evidencia fue que es posible sustraerse a esos efectos, y que el disfrute es incomparable si uno no tiene que estar sorteando codos. Que las islas Jónicas son bellísimas por su mezcla italo-greca queda como la constatación mejor.

El paseo marítimo de Parga, con el castillo al fondo.

El paseo marítimo de Parga, con el castillo al fondo.

Después de cuatro días en Paxos era nuestra intención volver a Ítaca, visitada en tiempos remotos, mucho antes de esta explosión viajera de los últimos años. Pero no nos fue posible por dos circunstancias, una insospechada y otra sobrevenida. La primera es que no había disponibilidad hotelera. Muérete. La temporada alta de finales de julio, aunada con la fiebre turística, hicieron que no hubiera sitio para nosotros en aquellas fechas. Eso nos hizo añorar nuestra primera visita, cuando buscamos alojamiento al desembarcar, y lo encontrábamos. Una mínima posibilidad se abría uno de los días, pero coincidía con una previsión de viento fuerte que no prometía una buena travesía en los pequeños barcos.

Atardecer en el paseo marítimo de Parga.

Atardecer en el paseo marítimo de Parga.

Tras unas lamentaciones no demasiado profundas, convenimos en cambiar el plan (aláxoume to prógramma, como le dijimos a nuestra amable hotelera). Teníamos tiempo, mucho tiempo de vacaciones por delante, podíamos hacer la variación. Así que la cosa quedó en lo siguiente: un ferry nos llevaría hasta Igoumenitsa, en el continente; allí nos recogería un transfer que nos llevaría hasta Parga, donde pasaríamos unos días, y luego desde ahí nos dirigiríamos hasta Patras, en el Peloponeso, desde donde también salen grandes barcos para Ítaca. Confiábamos en que pasados unos días, el panorama hubiera cambiado y podríamos arribar a la patria del gran Ulises, el Odiseo pródigo en ardides que retrató Homero. Luego comprobaríamos que la isla del héroe de Troya no era fácil de alcanzar ni aun así…

La empinada cuesta que lleva al castllo y a los apartamentos Paraskevi.

La empinada cuesta que lleva al castllo y a los apartamentos Paraskevi.

Llegamos a Parga a media mañana. El hotel Paraskevi’s Luxury Studios resultó delicioso, simple en su aspecto exterior, pero excepcional en las vistas desde el balcón del apartamento y, sobre todo, en la insuperable amabilidad del dueño, Kyriakos (que es como llamarse Domingo en español, aunque también existe aquí el Ciriaco), siempre atento a nuestras preguntas y dudas. Los desayunos en la terraza privada aseguraban buenos ratos de disfrute, con el café caliente servido al momento y la playa y las montañas como fondo.

La vista desde los estudios Paraskevi.

La vista desde los estudios Paraskevi.

Parga tiene una visión única, tanto desde la playa del pueblo, con el caserío que asciende hacia el imponente castillo veneciano, como desde las alturas de este con la vista de la media luna de arena y el islote con la iglesia de Panagía en frente. La costa recortada y verde es hermosísima.

Anochecer desde el castillo.

Anochecer desde el castillo.

Para llegar hasta el paseo marítimo hay que bajar una calle larga y empinadísima que sería bonita si no estuviera llena de tiendas y expositores con artículos turísticos. Y al llegar a la parte llana, es imposible andar: el gentío, que a finales de julio era mayoritariamente ruso y de los Balcanes, invade el espacio. Las estrechas calles resultan intransitables a esa hora temprana en que cena la gente no española. El ambiente es intensamente vacacional y familiar. Llega a ser agobiante por momentos si vas buscando tranquilidad, que probablemente no encontrarás.

Una cena al atardecer en la taberna Stefano.

Una cena al atardecer en la taberna Stefano.

Tiene Parga tres playas, la amplísima de Valtos, de arena fina y capaz de acoger a miles de personas, y dos más pequeñas, una junto al casco urbano, Krioneri y otra separada por un promontorio, Piso Krioneri. Las tres están llenas de tumbonas y sombrillas y son la razón principal por la que tanta gente viene a esta ciudad costera de la región de Epiro. En la primera de ellas pasamos un buen día de baño, lectura y comida, pero en la segunda, el público resultó agobiante y sin miramientos en busca de un sitio en la arena.

Un baño en la playa de Valtos.

Un baño en la playa de Valtos.

Estos inconvenientes hicieron que Parga no fuera uno de los lugares griegos que más nos han gustado, aunque alguna cena al atardecer desde las alturas, las vistas desde el apartamento y la excelente atención de Kyriakos y el personal del hotel compensaron en buena parte esas partes negativas.

Vista mañanera de Parga.

Vista mañanera de Parga.