Mil sitios tan bonitos como Cádiz » peloponeso

Archivos para el tag ‘peloponeso’

Olimpia y la belleza eterna

Ulyfox | 14 de junio de 2020 a las 19:13

Rindiendo pleitesía al Hermes de Praxíteles.

Rindiendo pleitesía al Hermes de Praxíteles en el museo de Olimpia.

Las columnas del Philpeion, en el recinto arqueológico.

Las columnas del Philipeion, en el recinto arqueológico.

En aquel grupo de españoles, uno de los muchos que cerca del mediodía empezaban a abarrotar el yacimiento, se oyó la decepción: “Pues yo creía que esto estaría mejor conservado, la verdad, lo podían tener mejor…” La hablante pasaba por alto que los restos que estaba viendo tenían unos 2.500 años de antigüedad, por lo que se podía deducir que se conservaban bastante bien, teniendo en cuenta su edad. Obviaba también que Olimpia (esos eran los restos entre los que paseábamos) es tan importante por su significado histórico como por el estado de sus ruinas.

Ante el templo de Hera.

Ante el templo de Hera.

Ya es un contradiós llamar ruinas a lo que son realmente huellas del paso del hombre, de su cultura, de sus sueños, de sus ambiciones, por la Tierra. Esas piedras, la mitad derrumbadas por el suelo, son más bien apuntes de Historia, notas que repasar sobre nuestra propia asignatura vital.

El templo de Zeus, con sus columnas derribadas.

El templo de Zeus, con sus columnas derribadas.

Cuando empezaban a entrar en tropel los grupos de turistas, nosotros ya salíamos. Pero no pudimos evitarlos luego en el excepcional Museo. Habíamos llegado muy temprano al yacimiento, apenas pasadas las ocho de la mañana, cuando el sol era clemente aún y casi fuimos los primeros en entrar a lo que queda de la espléndida antigua Olimpia, que casi desde el principio de los tiempos fue centro de peregrinación y culto.

Pinos y columnata.

Pinos y columnata.

La Palestra, a la luz mañanera.

La Palestra, a la luz mañanera.

Fue magnífica la entrada en tan grandioso recinto, que aparecía casi en exclusiva para nosotros y sombreado por numerosos pinos, olivos y otros árboles. Y solos vimos el templo de Hera, el más antiguo, con su hilera de columnas gruesas, el Phileppion de estructura circular, recientemente restaurado, el solitario templo de Zeus con sus grandes columnas derrumbadas, que albergaba la estatua que esculpió Fidias (su taller también fue hallado en las inmediaciones) y que fue una de las Siete Maravillas del mundo antiguo, la palestra y el gimnasio con sus ecos de atletas participantes en los antiguos y auténticos Juegos Olímpicos…
20190811_080914 20190811_101350 DSC_0305

A partir de esa hora empezó a entrar la gente y el silencio se alteró no sólo por los gritos y conversaciones, sino por los silbatos de los guardas que cada dos por tres sonaban para llamar la atención de los bárbaros irrespetuosos que se subían sobre estas milenarias piedras para hacerse la foto, pese a los carteles que lo prohibían. Actitudes que han hecho que ya no se pueda acceder al Templo de Zeus, por ejemplo, ni acercarse a su impresionante columnata derribada por los terremotos.

DSC_0326 DSC_0329

El primer, único y verdadero Estadio Olímpico del mundo.

El primer, único y verdadero Estadio Olímpico del mundo.

El gentío se hizo patente en el mítico Estadio, con competiciones y carreras de turistas sobre la sagrada arena, con posados de falsas salidas sobre la línea de piedra, animados por los entusiastas y chistosos guías. Algunos se lo tomaban realmente en serio, y temí más de una congestión por el esfuerzo atlético bajo el calor que ya se empezaba a mostrar de manera muy dura. “La gente está fatal”, comentaba a nuestro lado un visitante.

La Victoria Alada, en el Museo.

La Victoria Alada, en el Museo.

Ninguno de esos espectáculos pudo quitar grandiosidad al sentimiento que despiertan unas ruinas bellísimas, que se hace aún más grande en el Museo, que exhibe los impresionantes hallazgos en las excavaciones. Obras maestras como la Victoria alada de Peonio, los grupos escultóricos pertenecientes a los frisos del Templo de Zeus y, sobre todo, el hermosísimo Hermes de Praxíteles, obra maestra universal que tenía en mi memoria indeleblemente desde aquella primera visita a Olimpia ¡en 1992! Seguía imperturbable pero cada día más bello con sus proporciones perfectas y el increíble brillo pulido de su mármol.

DSC_0343 20190811_101118

El Hermes de Praxíteles, brillante y perfecto.

El Hermes de Praxíteles, brillante y perfecto.

La acumulación de gente se hizo algo agobiante, y también indignante al ver las posturitas de algunas turistas delante de esas mavarillas del arte. En fin… tampoco pudieron evitarnos el disfrute pese a sus inconscientes y evidentes intentos.

La multitud en el Museo, ante uno de los frisos del templo de Zeus.

La multitud en el Museo, ante uno de los frisos del templo de Zeus.

Olimpia, seguirás ahí cuando hayamos pasado todos a otro estado, haciendo disfrutar a las generaciones sensibles.

DSC_0350 DSC_0351

Varios detalles de los frisos del Templo de Zeus, en el Museo.

Varios detalles de los frisos del Templo de Zeus, en el Museo.

 

Hacia Olimpia entre restos arcaicos

Ulyfox | 3 de junio de 2020 a las 18:31

Vista del golfo de Pilos desde el palacio de Néstor.

Vista del golfo de Pilos desde el palacio de Néstor.

 

En Grecia, por mucho que vayas, siempre te dejas cosas por conocer. En esta ocasión, en el camino entre Koroni y Olimpia, dejamos a un lado una maravilla, uno de los templos mejor conservados de la antigua Grecia: el de Bassae, dedicado a Apolo Epicuro. Construido poco después que el Partenón, a finales del siglo V antes de Cristo, está construido en estilo dórico, pero su disposición es original y avanzada. Tiene también una fila interior de columnas jónicas y una única central corintia, cuyo capitel es el más antiguo que se conoce de ese estilo.

bassae

Vistas del templo de Bassae, con su antiguo aspecto y el que presenta ahora, bajo la carpa. Las fotos no son nuestras, obviamente.

Vistas del templo de Bassae, con su antiguo aspecto y el que presenta ahora, bajo la carpa. Las fotos no son nuestras, obviamente.

 

Pues a pesar de esa descripción tan atractiva, no fuimos a verlo: está aislado en el interior montañoso. Esta ubicación le permitió pasar desapercibido durante siglos y a salvo de guerras y destrucciones, pero esa misma situación, al final de una larga y sinuosa carretera nos disuadió de ir a buscarlo: otra tarea que queda pendiente. Ahora el templo está bajo la protección de una gran carpa, lo que le quita espectacularidad a su presencia encima de una loma, pero le otorga seguridad.

Una vista general de los restos del palacio.

Una vista general de los restos del palacio.

La bañera de terracota del palacio.

La bañera de terracota del palacio.

 

A esas dificultades se unió que ya veníamos ese mismo día de una experiencia de ruta complicada para visitar, cerca de allí, el palacio de Néstor, el afamado rey que fue uno de los caudillos micénicos que participaron en la guerra de Troya. De lo que fue uno de los centros de poder más importantes de la antigüedad, probablemente datado más de 1.500 años antes de Cristo, sólo quedan algunos restos de muros que permiten distinguir la disposición del palacio pero sobre todo allí está el eco inapagable de una época.

Entrada a la tumba.

Entrada a la tumba.

Penélope, en el interior de una de las tumbas micénicas junto al palacio de Néstor.

Penélope, en el interior de una de las tumbas micénicas junto al palacio de Néstor.

 

En un entorno protegido por una cubierta de madera y de aspecto polvoriento, se pueden observar algunas dependencias y sobre todo el curioso baño, con bañera de terracota incluida. En sus ruinas se pudieron encontrar restos de frisos decorados con frescos y una importante colección de tablillas de arcilla inscritas con una antigua escritura, cuyo descifrado fue importantísimo para el conocimiento de la Antigüedad. Además, en los alrededores han aparecido varias tumbas micénicas, en forma de tholos, como una gran cúpula de piedra bajo las que impresiona entrar. Me recordaron a la llamada Tumba de Agamenón en la misma Micenas, aunque de menor tamaño.

20190810_133002 20190810_132916 20190810_132716 20190810_132403 20190810_132346

Frescos del palcio de Néstor y una vasija con el dibujo de un pulpo, en el Museo de Hora.

Frescos del palcio de Néstor y una vasija con el dibujo de un pulpo, en el Museo de Hora.

 

El Museo Arqueológico de Hora, un pueblo cercano, acoge todos estos importantes hallazgos, pero requiere una inversión en renovación que permita entender mejor la importancia de lo expuesto. Algunos restos minúsculos de frescos son emocionantes pero están repartidos en vitrinas de manera penosa ¡Hay tantos siglos de historia europea allí metidos!

Anotado Bassae para una próxima vez, y camino de Olimpia, señalamos en el mapa una parada que parecía sugerente, la playa de Voidokilia, con una llamativa forma de letra Ω en la que la parte curva pertenece a un arco de arena dorada que linda con un agua transparente. Todo eso estaba allí cuando llegamos, pero también miles de personas abarrotando el lugar, además de un viento racheado y caliente. Suficientes razones para dar marcha atrás y buscar el baño en otra playa cercana, tampoco muy atractiva. Son los inconvenientes de una de las zonas más turistizadas de Grecia, la llamada Costa Navarino.

20190810_141251

La playa de Voidikila, magnífica y atestada.

La playa de Voidikila, magnífica y atestada.

 

Visto el plan, decidimos alcanzar ya Olimpia, a donde llegamos en medio de uno de los aires más calurosos que recuerdo. El hotel respondía casi con exactitud a lo que se esperaba, lleno de familias que habían tomado al asalto la piscina. Como un destino que no entiendo en mitad del ardiente Peloponeso. Menos mal que a la mañana siguiente nos esperaba muy tempranito la eterna Olimpia antigua.

 

Koroni, un pueblo y un ‘kastro’

Ulyfox | 26 de mayo de 2020 a las 12:14

Vista del pueblo y el kastro veneciano de Koroni.

Vista del pueblo y el kastro veneciano de Koroni.

Veníamos de asombrarnos con las columnas, las piedras y la ubicación de la antigua Messeni, de un disfrute que sólo podíamos calificar de espiritual, aun con todo lo manido del término. Andando por el Peloponeso, las distancias siempre son aparentes, así que tardamos más de lo previsto en llegar a Koroni, un pueblo costero que durante muchos años habíamos tenido en nuestro pensamiento sin saber muy bien por qué. Seguramente por lo eufónico de su nombre, pero también por ciertos recuerdos de haber oído cosas buenas de él, no me preguntéis dónde.

Llegada a Koroni por carretera.

Llegada a Koroni por carretera.

Afortunadamente, se llega bordeando la costa, y eso quiere decir que la primera visión es hermosa: un caserío al borde del mar, rematado por una fortaleza oscura veneciana y turca como tantas en Grecia. Después de dejar las pesadas maletas en el Sofotel situado a la entrada del pueblo, era la hora perfecta para el paseo. Pero Koroni tiene unas cuestas tremendas. De momento, tomamos la mejor decisión posible en los pueblos griegos: bajar al puerto. Nos encontramos un ambiente más bien pueblerino, de gente en las puertas, niños corriendo y panaderías olorosas, lo que siempre es agradable.

20190808_200003

Ambiente en las calles de Koroni.

Ambiente en las calles de Koroni.

Encontré una óptica en la que me repararon un estropicio autoinfligido a mis únicas gafas, de resultas del cual acabó con una patilla rota. Un desastre menor que Penélope arregló con sus manitas, utilizando un trozo de cuchillo de plástico. Varios días anduve con este remedio casero, más bien horroroso pero que funcionó. En la óptica fueron más profesionales, con una soldadura, pero no más efectivos.

La bajada hacia el puerto.

La bajada hacia el puerto.

El puerto no es ni mucho menos el más bonito que se puede encontrar, ni las terrazas de los restaurantes tienen esa condición de buen gusto que encontramos en tantos lugares de ese país. Parecen más bien enfocados a un turismo, abundante pero no agobiante. Al final del paseo, la vista de la fortaleza sobre el promontorio sí es reconfortante. Vemos de lado las pendientes que hay que tomar para recorrer el pueblo y decidimos que es mejor buscar un sitio en la planicie frente al mar, en el que cenar. Al pasar, habíamos reparado en un cerdo dando vueltas y asándose en un espeto a la puerta de un restaurante, el Barbarossa. Así que estaba claro. El cerdo (jirinó) resultó sabroso, bien acompañado de tatziki y patatas, y lo completamos con una ensalada de judías verdes (fasoulakia) buenísima. Un acierto.

Ante la gran puerta veneciana del kastro.

Ante la gran puerta veneciana del kastro.

Teníamos dos noches reservadas en el hotel, que nos despertó con un gran desayuno a la griega. Koroni tiene una gran playa al otro lado del cabo, la de Zaga, y queríamos disfrutarla, pero subiendo y cruzando por la fortaleza. A la gran puerta veneciana nos dirigimos trepando la colina. Ante ella, una joven pareja con una niña pequeña hablaba entre ellos en euskera, así que me agradó saludarlos con un ‘egun on’ sonoro para sorprenderlos. Ello dio pie a una corta conversación sobre Grecia, y tuvimos tiempo para intercambiar consejos sobre recorridos.

DSC_0283

Habitantes de una casa dentro del Kastro.

Habitantes de una casa dentro del Kastro.

 

Ante la entrada del complejo del monasterio.

Ante la entrada del complejo del monasterio.

Otra vista general del monasterio.

Otra vista general del monasterio.

20190809_105847

Ante la iglesia de Santa Sofía (Agia Sophia) en el kastro.

Monasterio de Timios Prodromos.

Monasterio de Timios Prodromos.

El gran castillo (kastro para los griegos), levantado en el siglo VI, fue ampliado y reforzado por los venecianos, albergó en tiempos casi todo un pueblo. Hoy sólo quedan algunas casas, ruinas y un bien mantenido monasterio de monjas, el de Timios Prodromos, así como varias iglesias en distinto estado de conservación. Visitar estas iglesias es especialmente agradable, tanto como pasear por entre los restos de lo que fue un bastión inexpugnable importantísimo para el dominio veneciano y que tiene una gran vista sobre el pueblo y el mar circundante.

La playa de Zaga, desde el kastro.

La playa de Zaga, desde el kastro.

La fortaleza, desde la playa de Zaga.

La fortaleza, desde la playa de Zaga.

Como habíamos salido temprano, aún disponíamos de bastante tiempo para disfrutar de la playa de Zaga, bastante familiar y bien organizada. Un poco ruidosa por esto, pero preciosa al caer la tarde, hora en la que todo se remansa en esa parte del mundo. Bañarse con el castillo de fondo es una bonita experiencia. Para volver, el camino más recto incluía una nueva subida atravesando el pueblo. Y fue duro. Pero no hay cuesta que no se pueda vencer haciendo las paradas necesarias. El paseo nos descubrió rincones agradables, y nos confirmó que el turismo no ha derrotado aún a la forma de vida tradicional. Koroni no es una maravilla, sólo un pueblo griego amable al que en esta ocasión nos costó cogerle el punto que te hace trasladarte a la emoción.

En la parte más alta de Koroni.

En la parte más alta de Koroni.

Nos sentó muy bien, eso sí, parar dos noches en un lugar tranquilo.

Vista del mar frente a Koroni, desde la ventana del Sofotel.

Vista del mar frente a Koroni, desde la ventana del Sofotel.

 

Antigua Messeni (o Messini), tan nueva para mí

Ulyfox | 19 de mayo de 2020 a las 12:11

Las ruinas de la Antigua Messeni, un descubrimiento maravilloso.

Las ruinas de la Antigua Messeni, un descubrimiento maravilloso.

DSC_0264 DSC_0267

La principal ventaja que conllevaba nuestro inolvidable periplo de dos meses  y medio por Grecia era la libertad de cambiar de rumbo y de planes sobre la marcha. Siempre dentro de un margen, puesto que era temporada alta y pleno verano. Pero podíamos mirar los mapas y calcular rutas y sus variantes. Dentro de esos vistazos, me topé en uno de los caminos previstos, el que nos llevaba a Koroni, con un nombre: Antigua Messeni (Palea Messini, en griego). Ya de por sí sonaba muy bien, pero haciendo averiguaciones en esa herramienta maravillosa aunque controladora que es Google, las ganas de hacer un desvío aumentaron hasta convertirse en certeza ineludible. Había que parar.

El contundente desayuno en Mavromati.

El contundente desayuno en Mavromati.

Bajo una de las pocas sombras del yacimiento.

Bajo una de las pocas sombras del yacimiento.

En la pista del estadio.

En la pista del estadio. Al fondo, Mavromati.

Salimos de Kardamili temprano y enfilamos las hermosas y resistentes carreteras del Peloponeso costero. Bordeamos la populosa Kalamata, verdadera capital de la zona. La meta final de esta etapa era Koroni, la del alto castillo, pero en el camino la ilusión nos esperaba en Messeni. Llegamos a mediodía, en un día de calor considerable, a Mavromati, el pueblo que está junto al yacimiento arqueológico, en un alto desde el que el panorama sobre las ruinas es espléndido.

Una de las entradas al teatro de Messeni (abajo)

Una de las entradas al teatro de Messeni (abajo)

20190808_134738

Allí mismo, a la entrada de Mavromati (que significa Ojo Negro y se llama así por un agujero del que mana una fuente en la plaza principal) nos dimos un desayuno tardío en una gran taberna con vistas a los restos. El tabernero se resistió a ponernos dos huevos fritos arguyendo que no ponían desayunos, pero al final cedió y los acompañó con rodajas de tomate y aceitunas que nos supieron a gloria. ¡Estaban buenos…! Y fue la mejor manera de coger fuerzas para emprender la visita a la Antigua Messeni.

Vista general de la Antigua Messeni desde Mavromati.

Vista general de la Antigua Messeni desde Mavromati.

Messeni fue fundada por el gran general y dirigente tebano Epaminondas tras derrotar a Esparta, y dentro de una línea fortificada construida precisamente para vigilar y mantener bajo control al gran reino espartano. La situó bien, desde luego, en ese verde valle al pie de grandes montañas, allá por el siglo IV antes de Cristo. De la importancia que tuvo dan fe los restos, pero sobre todo la imponente muralla que causaba el asombro de todo el mundo griego y de la que quedan algunos restos que dicen impresionantes. Digo eso porque no los encontramos. De nada nos valió darnos cuenta después de que sólo había que haberse acercado en coche un par de kilómetros más adelante, a pie de carretera. Lo tenemos pendiente… también.

Ante el Asclepeion, y los mosaicos de una antigua basílica.

Ante el Asclepeion, y los mosaicos de una antigua basílica.

20190808_134456

Pero es que los restos que pudimos ver son asombrosos. Allí en medio de la gran llanura, y ya desde lejos, se divisa una gran cantidad de columnas dóricas. Cuando te adentras en el lugar lo primero que ves es el muro exterior de un teatro. Es emocionante traspasar alguna de las estrechas puertas de piedra y acceder al graderío, aunque no es el teatro antiguo más grandioso que hemos visto.

El graderío de la cámara municipal.

El graderío de la cámara municipal.

La palestra de los atletas, cerca del estadio.

La palestra de los atletas, cerca del estadio.

Seguimos paseando los restos de la antigua ágora, de fuentes monumentales, de un grandioso Asclepeion, numerosos cimientos de templos, las gradas de una cámara municipal… Pero la fila de columnas que divisaba a lo lejos, un pórtico y una curiosa construcción de cúpula apuntada me llamaban. La columnata rodeaba como un rectángulo al que le faltara un lado el estupendamente conservado graderío de un enorme estadio. En el lado sin columnas, un templo dórico es el mausoleo de una importante familia romana. A un lado, el curioso edificio de cúpula cónica es el monumento funerario de otra familia… En un vértice, otra columnata cuadrada perteneciente a la palestra de los atletas. Todo tan antiguo, y tan nuevo para nosotros.

DSC_0279 DSC_0254

Vistas del grandioso estadio, rodeado de columnas.

Vistas del grandioso estadio, rodeado de columnas.

Deambulamos durante largo rato asombrados entre tanta belleza arcaica, imaginando batallas, competiciones y ritos viejos, hasta que el calor nos aconsejó la vuelta. Una pareja insensata con un bebé en el carrito entraba a esa hora tórrida en el yacimiento. El guarda intercambió con nosotros una mirada y un gesto incrédulos por la osadía temeraria de esa familia… Retomamos el coche y nos dirigimos a Koroni. En el camino, ya en la hora de la siesta, paramos en un enorme bar de carretera de cuyo interior salió un chaval somnoliento a servirnos un par de cervezas. Los padres, seguramente, dormían. Al lado, un grupo de amigos bebía una y otra jarra de vino y discutían de política, una de las distracciones favoritas de los griegos.

DSC_0246

Dos vistas del mausoleo familiar en forma de templo dórico, en el fondo del estadio.

Dos vistas del mausoleo familiar en forma de templo dórico, en el fondo del estadio.

 

 

 

El camino que lleva a Kardamili

Ulyfox | 10 de mayo de 2020 a las 20:01

Una esquina de Areópoli, corazón del Mani.

Una esquina de Areópoli, corazón del Mani.

Ya lo sabía Kavafis y así nos lo escribió. Lo importante es el camino. Y para eso, el Peloponeso es especialmente adecuado. ¡Qué caminos los del Peloponeso! Luminosos y abiertos por la costa, verdescentes por el interior. Pero siempre difíciles y sinuosos. Imposible transitar por ellos y olvidarlos. Son como un inconveniente y a la vez una alegría. Tienes que conducir con precaución, algunas veces con miedo, pero nunca te dejan indiferente, son un tratamiento contra el aburrimiento. Son un regalo. Circulas entre árboles que dejan ver iglesias y pueblos colgados, calas, cabos y playas, puertos y barcos varados.

Vistas por las carreteras costeras del Peloponeso. Allí abajo, Kardamili.

Vistas por las carreteras costeras del Peloponeso. Allí abajo, Kardamili.

Nuestro camino nos llevaba aquel día de agosto desde la isla de Elafónisos hasta el pequeño pueblo turístico de Stoupa, lo cual llevaba la agradable obligación de pasar de Laconia a Mesenia, cambiando de un ‘dedo’ a otro del Peloponeso, atravesando, aunque de manera rápida, el Mani. Teníamos la ventaja de haber salido temprano de Elafónisos, con la calma del primer barco de la mañana, en un embarque tranquilo, nada que ver con la excitación y los nervios del de entrada.

20190807_104638

Areópoli. Lo han puesto guapo.

Areópoli. Lo han puesto guapo.

Pasamos por caminos conocidos, bordeando el amplio golfo Lacónico, saludando otra vez a la misteriosa silueta varada del ‘Dimitrios’ cerca de Githio. Paisajes ya vistos en una anterior visita, escenarios de leyendas que cuentan momentos amorosos entre Paris y Helena. Teníamos ganas de parar de nuevo en Areópoli, nombre mítico desde que leyera y disfrutara con Mani de Paddy Leigh Fermor. Cuando estuvimos en Areópoli la primera vez ya no se parecía a aquella tierra ruda que describió el inglés errante, y recibía bastantes turistas.

20190807_115524

Dos vistas de la iglesia principal de Areópoli.

Dos vistas de la iglesia principal de Areópoli.

Esta segunda vez, ese aspecto se había agudizado. Las preciosas fachadas rubias de piedra vista estaban más cuidadas, y alguna torre en ruinas, aun  quedando todavía muchas, había sido restaurada. Habían crecido los pequeños hoteles y restaurantes. La gran iglesia en la plaza central relucía más limpia. Su esbelta torre brillaba más.

Un detalle de la iglesia principal de Areópoli.

Un detalle de la iglesia principal de Areópoli.

Como era temprano, el pueblo aún estaba en calma. Su belleza recia es un imán. Nos dejamos envolver por ella mientras paseábamos y poco después desayunamos en un bar que estaba casi abriendo. Al poco, bajamos de las alturas del pueblo y partimos hacia Stoupa.

20190807_105000

Rincones de piedra y flores.

Rincones de piedra y flores.

Ahora la carretera atravesó pueblos casi fortificados, con altas torres de aspecto defensivo e iglesias pétreas y hermosas, preciosos caseríos como los de Limeni, convertido en pijada junto al mar, y núcleos salpicados de capillas admirables como el de Étilo. Poco después, la vía transcurría con el mar allí abajo a la izquierda, flanqueada a la derecha por un inmenso farallón rocoso que nos trajo el recuerdo de una impresionante tormenta de agua, la vez anterior que recorrimos estos parajes.

El pequeño caserío de Limeni, en una amplia ensenada.

El pequeño caserío de Limeni, en una amplia ensenada.

Al fin llegamos a Stoupa, que habíamos elegido para dormir simplemente porque era una parada conveniente en nuestro itinerario. Se trata de un pueblo turístico de temporada, pequeño, sin grandes edificios y una magnífica playa. Familias y familias enteras atiborraban la playa llenando la arena y la orilla de inmensos flotadores con forma de todo tipo de animales terrestres, marinos y aéreos. Nos costó varias vueltas encontrar un sitio, dos tumbonas asediadas. Pero la cerveza y los baños nos aliviaron del calor y el bullicio.

La estupenda y familiar playa de Stoupa.

La estupenda y familiar playa de Stoupa.

El público era extranjero, pero parecía ser asiduo de varios veranos por la forma de desenvolverse y de saludar a vecinos y camareros. Como suele ocurrir con los ‘guiris’, bastante antes de que empezara a caer la tarde la playa se fue despoblando, a esa hora en la que en Cádiz se suele decir “ahora es cuando se está bien aquí”. Nosotros aprovechamos el momento para estar un rato tranquilos, y un poco más tarde que la ‘extranjería’ nos volvimos paseando a esa hora mágica, hasta el apartamento que habíamos alquilado por la mañana, en Vasilikí Apartments. Al rato, ya estábamos en el concurrido paseo marítimo, buscando un lugar donde cenar. Lo encontramos, para nuestra suerte, en Akrogiali, una terraza elevada sobre la orilla, amablemente servida y deliciosamente sabrosa.

20190807_192427

Otras dos imágenes de Stoupa, cuando la tarde cae.

Otras dos imágenes de Stoupa, cuando la tarde cae.

Supongo que para cierto público, Stoupa es un lugar ideal para vacaciones. Tiene un aire como de ‘Verano azul’, con lo bueno y lo malo que eso supone. Como parada para los viajeros sin prisas que éramos nosotros no estaba mal. Pero además, nos permitió hacer una deliciosa visita a la mañana siguiente: de nuevo Kardamili, donde el espíritu de Paddy está más presente (si hacemos excepción de su eterna presencia en Creta). Ahí está la casa que se construyó para vivir este inglés viajero, aventurero, guerrillero contra los nazis y grandísimo escritor, que encontró su hogar en Grecia sin dejar de ser nunca un intelectual británico de su tiempo.

La calle principal de Kardamili, por donde pasa la carretera.

La calle principal de Kardamili, por donde pasa la carretera.

Ahora la casa pertenece a una fundación que se encarga de perpetuar su memoria y su legado, pero también es desde 2019 un alojamiento de lujo para estancias más que especiales. Tal vez, el sueño de cualquier admirador de su obra. No pudimos visitarla porque tiene un horario muy restringido y no coincidía con nuestra estancia, pero quién sabe, más adelante…

DSC_0204

Vistas generales de la 'Antigua Kardamili'

Vistas generales de la ‘Antigua Kardamili’

Cuando ya nos marchábamos, una pequeña señal en la carretera nos alertó con su indicación: “Antigua ciudad de Kardamili’. No sabíamos de su existencia, pero nos adentramos a pie en ese camino de tierra y piedra que nos llevó a un descubrimiento.

20190808_105056

Una torre y una fortificación que alojaba los restos de una antigua población, con una iglesia del siglo XVIII, la de San Espiridon, de campanario airoso y bellamente labrado, y el palacio de un antiguo noble y señor de la guerra, la llamada Torre Mourtzinos, uno de los cabecillas de la revolución griega contra los turcos dominantes en 1821. No nos dejaron tranquilos, puesto que una familia con un niño revoltoso llegó casi detrás de nosotros. El diablillo no paraba de dar patadas a un banco, que se vengó volcándose sobre su pie, ya que los padres no intervenían. Nadie debería atreverse a desafiar a los Mourtzinos…

 

La altiva Torre Mourtzinos, en la antigua Kardamili.

La altiva Torre Mourtzinos, en la antigua Kardamili.

 

Elafónisos, baños de felicidad

Ulyfox | 22 de abril de 2020 a las 13:31

La playa de Simos, en Elafónisos, para soñar libertad.

La playa de Simos, en Elafónisos, para soñar libertad.

Hacen falta ganas para llegar hasta Elafónisos. Y a nosotros nunca nos faltan para descubrir lugares en Grecia. En realidad, mucha gente acumula estas ganas para visitar cada año esta minúscula islita, a un salto del Peloponeso más meridional, y que tiene una playa única, entre las más transparentes que hemos conocido.

20190805_125701

A bordo del transbordador desde Pounta hacia Elafónisos.

A bordo del transbordador desde Pounta hacia Elafónisos.

Nosotros viajamos por la costa este, veníamos de Leonidio con esa meta clara, casi cuatro horas de camino por esas carreteras del Peloponeso, y tuvimos que renunciar a hacer ni siquiera una parada gozosa en el peñón y pueblo amurallado de Monenvasia, que de todas formas ya conocíamos. Elafónisos (que significa ‘isla de los ciervos’ y no hay que confundir con otra maravilla playera cretense de nombre casi igual) no es una desconocida. Para embarcar hay que dirigirse al puertecito de Pounta, en el extremo sur la región de Laconia, de donde sale el transbordador. En temporada alta, hay barcos durante todo el día y cada media hora. Era temporada alta, principios de agosto nada menos, y una larga cola de coches se extendía por la carretera. Tuvimos que hacerla también. Muchísimo más tiempo de espera que los escasos diez minutos que emplea el barco.

20190805_160533

El puertecito de Elafónisos.

El puertecito de Elafónisos.

La maniobra de embarque del coche fue complicada: había que meterlo por una rampa no muy ancha marcha atrás, y luego pegarlo lo más posible a los otros vehículos. Penélope se empleó a fondo y con el apoyo entusiasta de uno de los tripulantes, ya experto, que cogió desde fuera el volante y gritaba animoso: “¡Ahí, más a la derecha, ahora a la izquierda, más, bien. Usted no es una conductora, es piloto de carreras!” Las risas pudieron a los nervios, porque esas instrucciones eran ¡en griego!

20190805_173355

Por las callejuelas de Elafónisos pueblo.

Por las callejuelas de Elafónisos pueblo.

Elafónisos resultó lo que nos esperábamos. Apenas un asentamiento de pescadores tranquilo que se revoluciona en verano. Y tan griego: su puertecito con su iglesia blanca en el espigón, sus barcos de colores pegados al cantil, y naturalmente, sus tabernas, bares y restaurantes para los turistas. Hace años debió ser un paraíso. A pesar de todo, ahora, y lleno de familias italianas en agosto, es un lugar amable, inigualable si el tiempo y el viento se portan bien, y te ofrece el plan perfecto de descanso: mucha playa durante todo el día, y un paseo con aperitivo y cena en el puerto tras la ducha en el apartamento, hotel o pensión.

Otra vista del puerto.

Otra vista del puerto.

A pesar de la saturación, habíamos logrado reservar por teléfono un par de días antes para una noche en Anett Studios. Allí nos recibió un hombre griego mayor del que no recuerdo el nombre. Sí me acuerdo, en cambio del de la perrita que nos recibió ladrando, Lily. En seguida apareció Anett, la esposa de aquel, sudafricana y gerente real del negocio. El marido no parece que haga nada más que acompañar a la habitación a los huéspedes. Pero eran los dos muy amables, a pesar del cerrado acento que nos impedía entender muy bien su inglés.

El sublime pastel de queso de la Taberna Ourania.

El sublime pastel de queso de la Taberna Ourania.

Ese día hicimos poco más que acercarnos al casi despoblado puerto, a través de unas sencillas callejulas, y almorzar en la espléndida taberna ouzeri (lugar donde sirven ouzo con mezedes, una especie de tapas) Ourania. Memorable su empanada de queso al estilo local. Luego nos dimos un baño en la cercana playa urbana. La tarde no era especialmente hermosa, pero al poco se quedó un atardecer entre nubes y rayos de sol que aprovechamos para pedir un café frappé sobre la arena. Queríamos leer, pero esa vez la belleza de la hora atrajo más nuestra mirada que el libro.

20190805_184557

El primer atardecer.

El primer atardecer.

Por la noche, el puerto era un hervidero. Familias enteras ocupando todas las terrazas y locales. Casi imposible encontrar un lugar para cenar, el típico ambiente veraniego que te puede llegar a agobiar pero en el fondo de tus recuerdos te reconcilia con tantos estíos de disfrute simple. Al final de la playa urbana, allí lejos, conseguimos cenar en el restaurante Aronis un buen pescado fresco y casi con los pies sobre el mar.

No teníamos donde quedarnos para el día siguiente, pero los buenos oficios de Annett nos consiguieron un alojamiento en el local de una amiga suya: Lisa’s Place. Se lo agradecimos y, con la cama resuelta, nos lanzamos muy temprano hacia la playa de Simos, la auténtica gema de este lugar. Esta vez sí madrugamos puesto que no queríamos encontrarla atestada. Y lo conseguimos: a las ocho de la mañana estábamos tomando posesión de un par de hamacas y una sombrilla en segunda fila de playa. La primera estaba toda reservada desde el día anterior o quién sabe si por varios días.

20190806_074120

El espectáculo de la playa de Simos, solitaria por la mañana.

El espectáculo de la playa de Simos, solitaria por la mañana.

No nos importó: el espectáculo de esa luminosa y maravillosa playa vacía a esa hora era inigualable. Una larga franja de arena dividida en dos por un tómbolo apareció ante nuestros ojos para nosotros solos. O casi solos: una pareja italiana con dos niños armaban bastante ruido. También lo dimos por bueno. Recorrimos la maravilla de una punta a otra, subimos a la cima del tómbolo, admiramos la transparencia de sus aguas calmadas. Empleamos el día en trabajos tan bien recompensados como bañarnos una y otra y otra y otra vez, hacer fotos y fotos y fotos, regodearnos en nuestra felicidad de bañistas privilegiados en el agua más acogedora, comentar y criticar a los vecinos de playa cada vez más numerosos, leer páginas y páginas y páginas del libro, y en felicitarnos a cada momento por estar allí…

20190806_104754 20190806_091040

Cuántos baños en esas aguas de cristal...

Cuántos baños en esas aguas de cristal…

Ni siquiera almorzamos, sólo pedimos unas cervezas al cercano bar, para así volvernos no demasiado tarde al pueblo, a apenas cinco minutos de carretera. Nuestro alojamiento, Lisa’s Place, está situado en una pequeña elevación de la isla, no muy lejos del ‘centro’ y, ¡oh casualidad! la dueña se llama Lisa y, quién lo iba a decir, es otra anglosajona, en este caso canadiense, casada con un griego. Y envidiamos esa situación. “Cásate con un griego, vete a vivir a su isla y pon un hotel”, deben decirse muchas. Qué buen consejo…

20190806_091727 20190806_122156

Como la distancia era razonablemente corta y como la tarde estaba como estaba de bonita, fuimos de paseo feliz entre los campos dorados, y luego entre las callejuelas blancas, hasta el puerto. Y acertamos otra vez con la hora: no había mucha gente, el ambiente era delicioso, y encontramos una mesa junto a las barcas de nuevo en Ourania, y de nuevo saludamos al peculiar dueño, un joven hirsuto y barbudo llamado Petros. Salmonetes fritos, taramosalata (una crema exquisita de huevas de pescado) y ensalada griega, mejor llamada horiátiki, fueron la opípara cena mientras se iba apagando la luz del sol. No hubo posibilidad de probar nuestra idolatrada ajinosalata (ensalada de erizos de mar), puesto que Petros nos informó en susurros que su pesca estaba prohibida.

20190806_191442

Y cena a la caída de la segunda tarde, de nuevo en Ourania.

Y cena a la caída de la segunda tarde, de nuevo en Ourania.

A la mañana siguiente, igualmente muy temprano, esperábamos en el puerto el primer barco para volver al continente, acumulando otra promesa más de volver a un lugar en Grecia.

20190806_170841

En el balcón de Lisa’s Place.

20190805_162632

La fachada de la iglesia en el puerto.

20190806_143708

¡Qué disfrute infantil!

 

Leonidio, el auténtico reino de la berenjena

Ulyfox | 3 de abril de 2020 a las 21:06

Leonidio, bajo la montaña.

Leonidio, bajo la montaña.

Amurallado en un flanco por un imponente farallón de piedra, la llanura de Leonidio, en la costa oeste del Peloponeso, es el reino de la berenjena. Dicho así puede parecer vulgar, verdulero, diríamos apropiada e inapropiadamente a la vez. Porque este pueblo antiguo, tiene una huerta espléndida escondida bajo un mar de plástico invernadero, sí, pero guarda a la vista y en sus calles tambén un pasado que se adivina bellísimo. Tiene además una playa familiar, modesta, local, pueblerina, partida en dos por la desembocadura de un arroyo y llena de restaurantes que llevan la fama de servir los mejores pescados frescos de la zona.

Vista general de Leonidio, con el cauce seco del río.

Vista general de Leonidio, con el cauce seco del río, al anochecer.

Podemos dar fe de casi todo eso. Partimos hacia Leonidio después de una experiencia dolorosamente frustrante en la noche de Nauplia (Nafplio en griego), una de las ciudades más bellas del país, que fue además la primera capital de Grecia tras la independencia de Turquía. Nauplia es maravillosa, pero estaba llena, rebosante de gente, por la temporada agosteña y porque ese día coincidía con el festival de teatro en Epidauro, el cercano, milenario y asombroso teatro griego de la acústica inmejorable. El caso es que esa noche allí fuimos a parar al único hotel que quedaba, una desgracia llamada Hotel Argolis, con una recepcionista mayor y desaliñada y una familia salidos todos directamente de una película de terror. De broma, llegamos a imaginar a alguno de ellos con una sierra mecánica… Y además carísimo. La dueña llegó a decirnos que si nos quedábamos un día más el precio bajaría considerablemente, porque ya habría acabado el festival de teatro… En fin.

Una de los puertecitos de la costa este del Peloponeso, camino de Leonidio.

Una de los puertecitos de la costa este del Peloponeso, camino de Leonidio.

El caso es que después de eso, el día nos compensó con un precioso recorrido en coche por la costa del Peloponeso disfrutando de olivares a la derecha y playas y calas a la izquierda. Una ruta antigua y bucólica.

20190804_101534

Un desayuno inolvidable servidos por dos mujeres camareras y gasolineras.

Un desayuno inolvidable servidos por dos mujeres (en la foto de arriba) camareras y gasolineras.

En el camino paramos a desayunar en un pueblo cuyo nombre no recordamos. La carretera lo atravesaba, y en un café grande y destartalado dos mujeres mayores nos sirvieron un desayuno magnífico con aceite y tomates de la zona, un pan tierno y sabroso y un huevo de campo para mojarlo como se merecía. Las mismas mujeres, orondas, servían gasolina a los conductores en el surtidor cercano, y se prestaban a la charla en un inglés impropio de su aspecto, a la vez que celebraban las pocas palabras que les lanzábamos en un griego osado. Fuimos felices en esa parada de media hora.

20190804_105303

Baños y almuerzo en la playa de Leonidio.

Baños y almuerzo en la playa de Leonidio.

Al llegar a Leonidio, nos vino a la mente y el alma el recuerdo de nuestra amiga Margarita, profesora y cocinera en Atenas, porque una de las últimas cosas que hizo en su demasiado corta vida fue participar en el Festival de la Berenjena de ese pueblo, una cita gastronómica y musical anual y, según contaba ella, divertidísima.

Nos dirigimos a la playa de guijarros finos. Aunque comparada con las hermosuras de Grecia no era particularmente bonita, nos gustó por su aire popular. Se veía que casi todos se conocían y saludaban, eran gente del pueblo, con sus niños y sus abuelos. Nos acomodamos en dos de las hamacas con sombrilla, que responden a un servicio muy común en el país: no cobran nada por ellas pero se supone que tienes que pedir alguna consumición al bar del que dependen.

Los baños, con la montaña al fondo, fueron agradables, y escuchar las animadas conversaciones mientras intentaba entender algo del griego rapidísimo que hablaban… El pescado fresco del restaurante no lo resultó tanto, pero dio paso a alguna anécdota. No estábamos por la labor de pedir una pieza grande, y en cambio nos apetecía algo ligero para acompañar el vino blanco. Pedimos unas berenjenas guisadas, claro, que estaban buenísimas, una ensalada griega (horiátiki)  y unos boquerones (gávros).

Al ver llegar a la mesa los boquerones con un aspecto oscuro nada apetecible los dos pusimos la misma cara de desagrado que el camarero interpretó equivocadamente: “¿No es esto lo que han pedido?”. “Sí, sí…” le dijimos sin terminar la frase, esperando a probarlos. En seguida notamos que no estaban frescos. Sí secos, así que se lo dijimos al dueño, que sabiendo que estábamos en lo cierto nos ofreció una alternativa: “Sin problema ¿les pongo unas atherina (algo parecido a los pejerreyes o chanquetes de por aquí)?” Estas sí que estaban buenísimas, y terminamos bien la comida, aunque no pudimos comprobar aquello del mejor pescado fresco…

20190804_175541

El magnífico Hotel Hatzi Panayotis.

El magnífico Hotel Hatzi Panayotis.

Tras el almuerzo y una pequeña estirada en la playa, nos dirigimos al pueblo, y al hotel que habíamos reservado, que resultó una sorpresa enorme, y más en comparación con el de la noche anterior. El Hotel Hatzipanayotis, instalado en una casa antigua con un precioso patio y habitaciones en dos niveles, es una preciosidad… y mucho más barato que el nefasto de Nauplia.

20190804_200821 20190804_195118 20190804_195033

Las calles de Leonidio tienen un precioso aire auténtico.

Las calles de Leonidio tienen un precioso aire auténtico.

Con la suave luz del atardecer recorrimos las calles de un pueblo tranquilo, sin turistas en plena temporada. Con sus mujeres y hombres de pueblo sentadas ante las puertas, con niños correteando, con casas que reflejaban algún pasado glorioso, pintadas de colores ocres, y otras que denotaban el paso inmisericorde del tiempo. Situado en la ladera y con el impresionante muro de roca detrás, descansa al lado de un río seco en verano y que debe correr estruendoso en invierno.

20190804_184137 20190804_194309

El tranquilo paseo al atardecer

El tranquilo paseo al atardecer

De algún lado salían sonidos de una banda ensayando, y el sonido nos llevó a una vieja escuela de estilo neoclásico, muy parecida a otras que hemos visto en muchos pueblos griegos, y que deben responder a un plan nacional de enseñanza de principios del siglo XX. Es una preciosidad arquitectónica pintada en colores amarillo y azul, indudablemente griega. La escuela está muy cerca del lecho del río y eso nos permitió tener una panorámica general del pueblo.

La preciosa escuela municipal.

La preciosa escuela municipal.

 

Vida de pueblo...

Vida de pueblo…

La relajante y agradable jornada finalizó en la taberna I Metrópoli (la Catedral), situada en una amplia plaza junto al templo, y con una comida tradicional magnífica: ese cordero con berenjenas…

20190804_210216

Cena en I Metrópoli para rematar el día.

Cena en I Metrópoli para rematar el día.

Leonidio, con ese nombre tan bonito y ese ambiente tan rural, nos atrapó, como todo el Peloponeso, esa mal llamada ‘isla de Pélope’.

Acrocorinto, las tres murallas del Peloponeso

Ulyfox | 23 de febrero de 2020 a las 19:35

Acrocorinto domina desde su altura buena parte del Peloponeso norte.

Acrocorinto domina desde su altura buena parte del Peloponeso norte.

Acrocorinto vendrá a significar la parte más alta o la punta de Corinto, como Acrópolis significa la punta de la ciudad. Y si la de Atenas está alta, la de Corinto sí que hace honor a su nombre. Esto sí que es una fortaleza. Ahí arriba, a casi 600 metros sobre la llanura y el mar, una verdadera atalaya que domina buena parte del Peloponeso norte.

Acrocorinto, con sus tres murallas.

Acrocorinto, con sus tres murallas.

Hasta el verano de 2019 sólo había avistado desde la humildad del terreno llano esta imponente edificación compuesta de tres anillos fortificados. Pasando de camino hacia Nauplia, o hacia Patras varias veces la habíamos mirado como debían mirar sus altos muros los sitiadores desesperados, con una mezcla de admiración y estupor.

20190812_132818

Antes de entrar, una subida empinada y resbaladiza.

Antes de entrar, una subida empinada y resbaladiza. Arriba, ante la primera puerta, y abajo la segunda.

Así que esa vez, que teníamos tiempo, era forzoso parar, ascender a ese nido de águila. Es verdad que la carretera de acceso es sinuosa y no demasiado ancha, pero lleva casi hasta las mismas puertas del castillo que fue construido en la antigüedad más remota y reformado o reforzado por todas las civilizaciones que han pasado por ese lugar, o sea griegos, romanos, bizantinos, venecianos, otomanos… Muchas, dado que está en un paso casi obligatorio para acceder al Peloponeso, poco después de Corinto.

Entrando al segundo anillo amurallado.

Entrando al segundo anillo amurallado.

20190812_134152_001

Dentro del segundo círculo de murallas.

Dentro del segundo círculo de murallas.

Dejamos el coche a los pies de la fortaleza y empezamos la pequeña escalada, no tan ardua como peligrosa puesto que el pavimento sigue siendo de antiguos y resbaladizos cantos rodados. No lo puedo remediar, tengo casi una fijación con los castillos, con su poder evocador de asedios y batallas, lo que durante mucho tiempo fue elemento principal de la Historia. Y aquí, con el fuerte viento soplando en lo alto de la elevación rocosa y ante las tres enormes puertas que hay que traspasar para acceder al recinto, pude vivir casi en mi piel el terror que debió ser intentar conquistarlas.

La subida a la tercera puerta.

La subida a la tercera puerta.

La vista abarca decenas de kilómetros alrededor, hasta las altas montañas centrales del Peloponeso, por un lado, y los golfos de Corinto y Sarónico por otros. Pero no subimos hasta la cima. No nos hizo falta. Bastaba con haber llegado hasta allí, haber cumplido la tarea pendiente y aguantado el fuerte viento en el rostro ante los muros.

20190812_134806

La tercera y última puerta, desde fuera y desde dentro.

La tercera y última puerta, desde fuera y desde dentro.

Tren sin final de trayecto hacia Kalavryta

Ulyfox | 7 de febrero de 2020 a las 12:17

El train hacia Kalavryta recorre lugares inverosímiles. La foto es de los ferrocarriles griegos.

El tren hacia Kalavryta recorre lugares inverosímiles. La foto es de los ferrocarriles griegos.

Ese viaje en tren tan excitante, tan emocionante, tan hermoso, tan adrenalínico por momentos, no tiene un final feliz. Al menos no un final feliz como se entiende normalmente. Pero es el final adecuado, como una película redonda. Como un peliculón, un melodrama de Douglas Sirk o del mejor Almodóvar. El mínimo convoy que parte desde el nivel del mar en Diakoftó, en la misma orilla del Golfo de Corinto y asciende en una hora larga hasta Kalavryta, a más de 700 metros de altitud en el interior del Peloponeso, enseña mil historias mientras serpentea y escala, pero guarda la más conmovedora para el fin de trayecto.

La antigua locomotora, en la vieja estación junto al mar.

La antigua locomotora, en la vieja estación junto al mar.

Sale alegre este tren griego compuesto por tres vagoncitos, ahora modernos y dotados de aire acondicionado y hasta hace poco lleno de aromas antiguos, recorriendo los primeros kilómetros en llano. Pero al poco tiempo comienza su senda montañera por una vía muy estrecha, y por tramos parece que se despeñará sin remedio sobre el río que baja bravo, o que simplemente no acertará con los numerosos y estrechos túneles horadados a duras penas en la piedra hace más de cien años en una gesta ingenieril admirable. Apenas unos centímetros de holgura. Aunque se pudiera, no sería conveniente sacar una mano por la ventanilla. Mucho menos la cabeza.

El tren cruza numerosos puentes sobre el río bravo.

El tren cruza numerosos puentes sobre el río bravo.

Sube y sube, siguiendo la garganta de Vouraikós, casi mimetizado con la naturaleza. Y la vista de los pasajeros va desde los altos árboles a las profundas pozas y las frescas cascadas. Más vale no mirar abajo. El caminar es lento y más de una vez suena el silbato, porque algunos senderistas eligen la propia vía para hacer el camino de vuelta desde Kalavryta, degustando el peligro, que sobre gustos no hay nada fiable escrito.

El tren en la estación de Kalavryta.

El tren en la estación de Kalavryta.

El tren de Kalavryta, ahora pasto del turismo familiar en verano y también conocido por el nombre de Odontotos, nació de un sueño de desarrollo en 1896. Unos 22 kilómetros de recorrido que funciona todos los días del año y en todas condiciones atmosféricas. Un logro extraordinario, con trechos dificultosos de cremallera, a una velocidad que no supera los 40 kilómetros por hora. Y que es mucho menor en los tramos de cremallera. Histórico, en todos los sentidos. Hermoso.

20190803_133210

El puelo es ahora centro de turismo.

El puelo es ahora centro de turismo.

El pueblo, cuyo nombre viene a significar seguramente algo así como “fuentes buenas”, es en sí mismo un centro de turismo de invierno y sus construcciones son modernas aunque su edad es considerable. Kalavryta era un pueblo feliz y próspero hasta que les cayó encima la Segunda Guerra Mundial y con ella la atroz invasión alemana. La dominación nazi provocó la resistencia guerrillera, y la ejecución por parte de los milicianos de 70 soldados prisioneros alemanes conllevó una represalia brutal: unos 500 varones mayores de 14 años fueron apresados en el pueblo, encerrados en la escuela municipal y poco después sacados a las afueras y fusilados sin piedad ni, por supuesto, juicio el 10 de diciembre de 1943. Solo 14 hombres se salvaron porque se refugiaron bajo los cuerpos de los muertos. Las mujeres fueron encerradas en el colegio, que fue incendiado, aunque lograron escapar.

La escuela municipal, ahora memorial de la matanza.

La escuela municipal, ahora memorial de la matanza.

La escuela es ahora un emocionante museo memorial en donde se muestra cómo era la vida social de Kalavryta y su comarca (varias aldeas también fueron arrasadas) antes de aquel horrible suceso que acabó con el pueblo, y donde se puede conocer las circunstancias de la matanza. Y llorar ante las fotografías de niños y hombres poco antes de que fueran ejecutados.

Una placa recuerda la puerta que se cerró en la escuela para que las mujeres perecieran en el incendio.

Una placa recuerda la puerta por la que entraron para separarse y no verse más mujeres y hombres.

En el lugar donde ocurrió la masacre, a 15 minutos andando desde el pueblo hay ahora una gran cruz y un monumento que recuerda a los mártires con un gran letrero: “Oji pió polemoi,  No más guerras”. El descenso vespertino por la misma vía se hace ya de otra manera, más entristecidos pero también más sabios. El viaje a Kalavryta no acaba nunca.

El monumento levantado en el lugar donde fueron fusilados los hombres en 1943.

El monumento levantado en el lugar donde fueron fusilados los hombres en 1943.

 

Trizonia, allá en el golfo de Corinto

Ulyfox | 16 de julio de 2019 a las 21:30

 

El puertecito de Trizonia, y ahí cerca, al fondo, la tierra firme del continente.

El puertecito de Trizonia, y ahí cerca, al fondo, la tierra firme del continente.

Este episodio ha ocurrido hace poco, en una vida anterior a esta de jubileta que he empezado a disfrutar, y fue como un prólogo a un proyecto vital que estoy ya escribiendo. Os lo comencé a contar ya, si recordáis, cuando os hablé de Nafpaktos.

Era relativamente temprano y acabábamos de dejar la antigua Lepanto, la de glorioso nombre, y ya circulábamos por una carretera tranquila y sinuosa que bordeaba la ribera norte del Golfo de Corinto. Al otro lado brillaba la nieve todavía abundante sobre las montañas del Peloponeso, sobreponiéndose a una calima húmeda que refrescaba aquella mañana griega de finales de abril.

Penélope, en el puerto de Trizonia.

Penélope, en el puerto de Trizonia.

Penélope había descubierto una islita en los mapas que escudriña, apenas un suspiro, una mota de polvo pegada a la costa, por nombre Trizonia, y a ella nos dirigíamos. Llegamos en un suspiro y aparcamos en el solitario aparcamiento habilitado sobre la grava, junto al embarcadero. No había nadie todavía, y tras preguntarle al hombre que trajinaba en la barca que parecía nuestro transporte a la isla, nos confirmó que deberíamos esperar aún alrededor de una hora ‘o así’. Aunque el barquito tiene su horario, se apercibía que era el  administrador de una conveniente y mediterránea flexibilidad.

Sin perderlo de vista por si acaso, nos acercamos a una taberna que estaba abriendo sus puertas en ese momento para entretener la espera con un café griego bien dulce. Hasta que poco a poco se fue formando una fila que, aunque escasa de personas, parecía que podría rebasar la capacidad de la embarcación.

Ese ritmo presagiaba lo que encontraríamos en la isla. Tras un trayecto de apenas cinco minutos, desembarcamos rayando el mediodía en el pequeño muelle frente al hotel Iasmos, que nos habría de albergar esa noche. No había nadie. Llamamos a un teléfono apuntado en la puerta, y una muchacha muy amable nos dijo que venía ya para allá, que estaba a punto de embarcar ¡en el viaje de vuelta de nuestro barquero! “Debajo del felpudo está la llave por si quieren entrar” nos dijo. Lo hicimos, pero inmediatamente cerramos al ver que varios gato esperaban también que les franquearan el paso. Optamos por esperar en el porche sombreado.

La espera no se prolongó, y la encargada resultó ser una dicharachera joven que nos contó su vida en diez minutos, intercambiando opiniones sobre la vida en esta sociedad moderna y muchas cosas más imposibles de recordar. El hotel resultó ser tan agradable como la anfitriona, y una vez instalados nos dispusimos a hacer en pocas horas casi todo lo que se puede hacer en ese pequeño trozo de tierra.

Un alto en el sendero junto al mar.

Un alto en el sendero junto al mar.

Así que nos armamos de agua gentilmente provista por el alojamiento y echamos a andar por el sombreado sendero de la parte norte de Trizonia, hasta el cabo oeste. Poco más de media hora de camino de ida y lo mismo de vuelta por una vía que no parecía muy transitada. El pequeño esfuerzo nos lo premiamos con un gran almuerzo de exquisitas albóndigas en tomate y pescadito frito en uno de los apenas cuatro restaurantes del puertecito, un encanto de los que sólo se pueden encontrar en Grecia. A esa hora, desembarcaron varias familias de griegos de los que supusimos que iban a comer como el que se acerca a Chiclana o Conil. La familiaridad con la que se dirigían al personal de la taberna los identificaba como clientes asiduos. Y todo transcurría con la misma calma que parecía invadir la isla entera.

Una taberna junto al mar, como en todos los pueblos costeros de Grecia.

Una taberna junto al mar, como en todos los pueblos costeros de Grecia.

Tiene Trizonia un pequeño núcleo de casas tranquilas subiendo un leve promontorio, y a la vuelta de una de las esquinas, un desmesurado puerto deportivo construido tal vez en épocas más optimistas o quizá directamente especulatorias. A lo mejor es que no era temporada, pero no se veían más que unos pocos veleros con pinta de no haber visto la mano humana en muchos meses o tal vez años.

Tiene también dos playitas accesibles tras un paseo por el interior, que deben de ser muy agradables, pero el tiempo, ligeramente fresco, no acompañaba para animarse al baño.

Viendo atardecer desde el hotel Iasmos.

Viendo atardecer desde el hotel Iasmos.

Y poco más. Un breve descanso en el hotel mientras veíamos caer la tarde precedió a un encuentro casual con una pareja de italianos con el que nos animamos en una frugal cena de charla y entremeses, con intercambio de opiniones políticas. La mujer era de origen ecuatoriano y tenía un extraño discurso más bien anti inmigrantes. O eso me pareció entender…

A la mañana siguiente, deshicimos el camino de cinco minutos en barco, teniendo la sensación cierta de que Trizonia y su engañosa insignificancia se nos había quedado para siempre en el recuerdo. En realidad, no sé si he hecho bien en contarlo…