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Recorriendo la isla de Kea

Ulyfox | 19 de octubre de 2021 a las 14:09

Baños transparentes en la estupenda playa de Otzias.

Baños transparentes en la estupenda playa de Otzias, organizada y cómoda.

Kea es pequeña, al menos para nuestros esquemas mentales. Pero no por eso deja de encerrar bellezas. Al verla en el mapa no se esperaría que fuera tan montañosa, y el interior es especialmente salvaje. pese a que las zonas costeras, sobre todo las de las playas del oeste, estén bastante masificadas. Entiéndase, no se habla de grandes resorts ni hoteles de cientos de habitaciones, pero sí hay una saturación de viviendas y chalés, y sobre todo de piscinas, muchas piscinas, en una isla en la que el agua dulce debe de ser escasa y en la que sobra mar para bañarse. Pero esos son los patrones de la felicidad moderna, qué le vamos a hacer.

La playa de Otzias, desde las alturas.

La playa de Otzias, desde las alturas.

Alquilamos un coche para recorrer en lo posible la isla durante tres días, pero sin un ánimo excesivamente veloz ni explorador: ¡estábamos de vacaciones! Así que lo primero que hicimos fue irnos a una playa fantástica a apenas un cuarto de hora de carretera: la de Otzia, con la intención de pasar unas cuantas horas tumbados y bañándonos.

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Otra imagen de la playa de Otzias.

La playa, totalmente organizada, se reveló como ideal para esos fines. Como Kea es un lugar que vive para el descanso, aunque no llegamos demasiado temprano, había un buen número de hamacas disponibles, con un servicio esmerado. Luego, la zona se llenó, pero ya nosotros estábamos perfectamente acomodados. La mañana y buena parte de la tarde se nos fue entre la tumbona, la lectura y los baños en un agua transparente como acostumbra a ser la del Egeo. Como el ambiente lo pedía, bebimos y tapeamos en las mismas hamacas.

El monasterio de Panagia Kastriani, sobre el acantilado.

El monasterio de Panagia Kastriani, sobre el acantilado.

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Cuando el sol empezó a declinar, decidimos que era una buena hora para visitar el monasterio de Panagia Kastriani, un poco más al norte y situado sobre un acantilado. La carretera era tan difícil como se esperaba, pero mereció la pena acercarse a divisar su silueta blanca frente al mar, y adentrarse en su patio igualmente blanco con el toque azul de su cúpula y campanario. No parecía haber nadie en el monasterio, aunque se escuchaba un rumor de voces en el interior, y la limpieza del recinto y del interior de la iglesia hacía sospechar que más de una mano se ocupaba de su cuidado.

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Nos gustó la visita en solitario que nos permitió mirar al mar y hacer decenas de fotografías, tanto del monasterio como de la playa que se divisaba tentadora abajo y que lleva el mismo nombre del convento.

La playa de Kastriani, bajo el monasterio del mismo nombre.

La playa de Kastriani, bajo el monasterio del mismo nombre.

Abandonamos el lugar con la misma discreción, y nos encaminamos de vuelta al hotel, para culminar ese día con nuestra segunda subida a Ioulida y cena al atardecer. En la capital interior de la isla la luz era mágica, y presenciamos cómo los vehículos de los invitados a una boda, coincidentes con la llegada del único autobús por una estrecha y empinada calle, pueden colapsar un pueblo entero. Pero a base de paciencia y maniobras todo se resolvió en pocos minutos. Es extraordinaria la capacidad y habilidad que los griegos tienen para la conducción en los lugares más complicados.

Atardecer desde las alturas de Ioulida, con otras islas al fondo.

Atardecer desde las alturas de Ioulida, con otras islas al fondo.

El día siguiente nos dirigimos al sur, a ver otras playas famosas. Primero nos paramos en Pisses, donde estuvimos un buen rato, pero tampoco nos entusiasmó. El lugar dio para un par de cervezas y un rato tumbados, pero no nos inspiraba mucho para el baño el ligero viento que soplaba y el oleaje de la orilla, nada espantoso pero suficiente para quitarle el encanto.

Las calas de Koundouros y Kampi, las más turísticas de la isla.

Nos habían hablado de lugares turísticos como Koundouros y Kampi, no demasiado lejos de Pisses, así que decidimos ir a conocerlos. Sólo puedo decir que salimos huyendo: el tráfico intenso, los coches aparcados en las estrechas carreteras y el sonido fuerte de la música y los motores de las lanchas y motos náuticas nos hicieron comprender que no era nuestro sitio. Probablemente sí lo era para quien quisiera lucir glamour y ropa cara allí, pero ese no es nuestro caso. Demasiadas urbanizaciones sobre un mar azul, y en unas calas sin duda muy bellas, pero con un ambiente Riviera de estelas blancas de embarcaciones que hacían figuras sobre el agua. Nos fuimos.

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Atardecer junto a la capilla de Agios Georgios, en Corissia.

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La vuelta hacia el puerto de Corissia, sin embargo, fue agradable, recorriendo colinas abruptas de color terroso con el Egeo de fondo. Esa noche, además, nos vestimos de verano y paseamos hacia la ensenada, subimos hasta el promontorio presidido por la capilla blanca de Agios Georgios, y cenamos en un lugar más que recomendable, Magazés, un restaurante frente a los muelles donde dimos cuenta de un fresquísimo sargo a la parrilla, con entrantes de boquerones en vinagre y calabacines fritos, mientras veíamos llegar y salir los ferries, que se tragaban largas colas de personas y vehículos abandonando la isla en el último fin de semana de agosto, y anunciándonos que una estación más tranquila llegaba a las Cícladas.

Nos quedaba un apasionante último día, pero eso lo relataremos en otra entrada…

La mejor playa de Kythira, la más fácil

Ulyfox | 11 de junio de 2021 a las 14:25

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En el agua transparente de la playa de Diakoftí.

Nos habían dicho que era muy buena playa, pero no tiene ni mucho menos la ‘fama’ que en la redes atesoran todas las demás que Kythira ofrece. Pero Diakoftí es maravillosa, un espectáculo azul de aguas calmadas por la cercanía de un islote que le hace de rompeolas, y sobre el que se asienta el puerto principal de la isla, donde atracan los ferries que la comunican con el Peloponeso y con Creta.

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Al fondo, el ferry que va a Creta.

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Es muy fácil llegar a Diakoftí, puesto que se hace por la mejor carretera de la isla, la misma que conecta también con el aeropuerto, así que por eso se hace más incomprensible que no esté tan visitada como las otras playas, con mucho peores accesos. Debe de ser que estas dificultades de los lugares llamados ‘salvajes’ les otorgan más interés, pero sin duda las aguas más transparentes y tranquilas están aquí.

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Vista general de Diakoftí, con el islote que la cierra y donde se sitúa el puerto.

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Diakoftí es, aparte de su grandioso espectáculo marino, un brevísimo grupo de casas de vacaciones desperdigadas, un café y un arenal con hamacas que cuenta con un kiosco de bebidas y aperitivos como único servicio hostelero. En un extremo, un puente la une con el islote donde se asienta el puerto. La llegada de los escasos ferries, con su trasiego de coches, camiones y furgonetas de suministros, es el único momento ‘animado’ del día. Los vehículos pasan rápidos en busca de los escasos núcleos turísticos de la isla, y ninguno parece tener interés en quedarse. Mejor para los que tengan el acierto de quedarse a pasar un día de baños.

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Barcos atrapados en Diakoftí.

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Es difícil dejar de asombrarse a cada momento por las tonalidades del agua. La vista vuelve una y otra vez a los azules y turquesas, y de vez en cuando se desvía hacia la silueta parcial de un par de cascos oxidados de barcos embarrancados, o tal vez abandonados, y semihundidos a unos pocos metros de la orilla. No tiene más tema Diakoftí que esa gradación de añiles y esmeraldas, pero en querer salir y entrar de ellos constantemente se pasa el día.

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También aquí coincidimos en el primer café con el grupo de mujeres que iban recorriendo la isla, y que seguramente estaban alojadas en Agia Pelagia, el único centro turístico que merece ese nombre, porque tiene apartamentos y hoteles, alguno de ellos incluso con piscina. No podemos decir nada más, porque ni nos acercamos.

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En la calle principal de Potamós.

 

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Sí nos desviamos un momento para visitar esa tarde el pueblo más grande del interior de la isla, Potamós, con una gran iglesia y unas muestras interesantes de arquitectura popular. Tomamos un café en una plaza casi desierta. Era precisamente el último día en Kythira, una de las grandes sorpresas del año de nuestro gran periplo griego, y la llegada al atardecer a nuestra base de Kapsali fue de nuevo gloriosa con la luz declinante y el islote de Hitra en el horizonte.

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Doble visión, al atardecer y por la mañana, de la iglesia de San Juan en el Acantilado, pegada a la roca.

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Al día siguiente teníamos que tomar el avión a Atenas para dirigirnos a nuestros acostumbrados destinos finales en Creta y Mikonos, pero todavía tuvimos una larga mañana para disfrutar de un desayuno largo y de un último paseo hasta el promontorio donde reposan la iglesia y el faro, y disfrutar de la preciosa y luminosa visión de la Bahía de Kapsali mientras disparábamos nuestras cámaras.

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El castro de Jora, desde la bahia de Kapsali.

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En el faro.

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La capilla, el faro, en la bahía de Kapsali…

Un taxista nos esperaba a mediodía para llevarnos al aeropuerto, en un corto viaje de media hora por las serpenteantes y estrechas carreteras de la isla, amenizado por una conversación en griego dubitativo con el conductor. Nos contó que estaba acabando la temporada y entonces la isla se duerme durante largos meses. “En Kapsali cierra todo”, nos dijo, y la gente se va a vivir a los pueblos de Livadi y Potamos. “Y entonces, un taxista no tiene trabajo”, le dijimos, pero nos contradijo: “Sí, sí, claro que sí, en invierno trabajo para el ayuntamiento y llevo a los niños al colegio”.

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Última visión de Kapsali, desde la capilla en el promontorio.

Atravesábamos aldeas y dejábamos al lado numerosas iglesias bien conservadas. “Aquí tenemos 365 iglesias -contó a bote pronto-, una para cada día del año. Así que cuando morimos, vamos seguro al Paraíso”, concluyó el conductor con una sonrisa, la misma que dejó para siempre en nuestro interior esta isla maravillosa…

Cascadas, puentes y playas en Kythira

Ulyfox | 31 de mayo de 2021 a las 21:00

La cascada de Milopótamos, en el centro de la isla de Kythira.

La cascada de Milopótamos, en el centro de la isla de Kythira.

Kythira no sólo tiene unas espléndidas aguas rodeando su costa, sino que ofrece otras ‘presentaciones’ del líquido elemento mucho más inesperadas: las cascadas de Milopótamos, una sorpresa de verdor y agua en el centro de la isla. Ese fue el primer objetivo de nuestro segundo día completo allí.

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Iglesias en el camino.

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Tras serpentear por las estrechas y dificiles carreteras, admirando a nuestro paso iglesias y pueblecitos, dejamos el coche en la plaza de Milopótamos (que podría traducirse como Molino de Río) y emprendimos una corta y placentera excursión hacia las cataratas, como las llaman pomposamente allí. El camino tiene un trecho de carretera, y luego se desvía por un carril hacia el rio. Es más cómodo, saludable y ecológico hacerlo a pie, pero demasiada gente accede en su propio coche hasta la profundidad cercana a la cascada, y además sin ningún pudor de dejar su huella por allí en forma de restos, envases y bolsas. Una pena.

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El lugar tiene el encanto de pasar en pocos metros de un paisaje ‘normal’ a un pequeño hábitat selvático, por el rumor del agua y la abundante vegetación que lo sombrea. La cascada cae sobre una pequeña laguna, que, pese a la poca afluencia de la hora, estaba ocupada por una familia que se bañaba desafiando el frío del agua para hacerse algunos selfies. Nosotros no. Nos limitamos a hacer fotos.

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Paseo por el río de Milopótamos.

Después de eso, emprendimos un paseo a lo largo del río en busca del Molino de Filipos, una construcción de piedra con regueros de agua, que aún funciona, según parece, pero en el que sólo había un hombre mayor trabajando y no muy hablador.

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Torre campanario en Milopótamos.

 

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Un café frappé, auténtica bebida nacional griega, en la plaza de MIlopótamos.

A la vuelta, paramos en la plaza del pequeño pueblo a tomar un café frappé, auténtico vicio griego . La taberna y su amplia terraza, que en principio estaban muy tranquilos, se llenó de pronto con la llegada del autobús de la misma excursión de señoras mayores con la que coincidimos en todos sitios. El alboroto al ocupar las mesas, dejarlas señaladas con alguna prenda y largarse con su charla a las cercanas cataratas fue monumental.

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Playa de Jolkós.

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Nosotros decidimos que ya era hora de un baño y fuimos a la playa de Jolkós, accesible en coche por un carril de tierra. Se trata de un lugar de aguas frescas y transparentes y con una orilla formada por grandes guijarros, y con la ventaja práctica de tener un servicio de hamacas  y sombrillas, además de una cantina con algunas contadas vituallas para comer y beber.

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Jolkós es una playa rocosa y hermosa.

Rodeada de rocas, es ideal para bañarse y tomar buenas fotos si trepamos a alguno de los peñascos desde los que los más valientes se lanzan al agua. Cuando fuimos nosotros, estaba muy tranquilo.

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El puente Koutani, una obra extraordinaria en una islita griega.

Antes de llegar a la playa, paramos junto al pueblo de Livadi para admirar el bello puente Katouni, construido en el siglo XIX por los ingleses. Con más de 100 metros de largo y sus trece arcos es una de las construcciones más llamativas e impresionantes de la isla.

Acabamos el segundo día en la sorprendente Kythira cruzando la isla para acabar la jornada con nuestra habitual cena en Kapsali, lugar de reposo de todas las inquietudes. En esta ocasión, la comida fue en Apagio, un lugar interesante con modernas presentaciones de la comida tradicional griega.

Esa risa en el puerto de Mikonos

Ulyfox | 4 de febrero de 2021 a las 18:09

Penélope en las alturas de Mikonos.

Penélope en las alturas de Mikonos.

Seguramente no exagero si digo que hemos paseado cientos de veces por el viejo puerto de Mikonos, apenas un par de espigones en el que ya sólo atracan los barquitos que hacen la excursión a la sagrada isla de Delos, los pesqueros y los botes que trasladan a los pasajeros de los grandes cruceros. Estos, y los ferris de todo tipo amarran desde hace pocos años en la terminal nueva, mucho más lejos del centro. El puerto viejo, al que no le falta una playita, es uno de los lugares de concentración de los turistas que visitan a millares la preciosa isla, sobre todo por la tarde y noche, pasado ya el horario habitual de playas, aunque aquí el horario playero se extiende las 24 horas del día, de manera casi siempre demasiado estruendosa.

Barcas en el puerto.

Barcas en el puerto.

El paseo en el puerto de Mikonos, inusualmente solitario.

El paseo en el puerto de Mikonos, inusualmente solitario.

Pues esa era una noche de finales de septiembre, y volvíamos de cenar por el paseo frente a la playa, extrañamente solitario por culpa del covid. De pronto, Penélope oyó algo y se paró en seco. Me miró y me dijo: “¡Ayy… esa risa, esa risa… ¿a qué te suena esa risa, a quién te recuerda?”. Era un “¡aahh,jajajaja!” jovial y continuado, y sólo podía ser de… ¡Síííí! Nos volvimos y allí estaba, charlando con un cliente y riendo, que en él es lo mismo, nuestro Vasilis. Vasilis, el guapo camarero y gerente durante años del restaurante Nautilus, en pleno corazón de Hora, como también se conoce a la capital de Mikonos.

El gran Vasilis, ahora sin melena, ante su restaurante en el puerto de Mikonos.

El gran Vasilis, ahora sin melena, ante su restaurante en el puerto de Mikonos.

Hace cinco años, el Nautilus cambió de ubicación y en ese trasiego Vasilis, con su incomparable risa, su melena, sus copiosas invitaciones a mastiha y sus músculos bajo la camiseta ajustada, desapareció de nuestras noches mikonianas. Y cada año lo echábamos de menos. Preguntamos la primera vez a su antigua socia en el nuevo local, pero no nos dio indicaciones muy precisas. De modo que lo perdimos, y creíamos que para siempre.

Vasili, con su melena y ante el Nautilus, hace siete años.

Vasili, con su melena y ante el Nautilus, hace siete años.

Pero no, Mikonos, con todo su glamour, no deja de ser un pueblo pequeño y, por el sonido de su risa inconfundible esta vez, lo reencontramos. Así que nos volvimos y allí estaba. Era el mismo, sólo que su melena había desaparecido en este tránsito. Nos acercamos y nos reconoció en seguida, y la explosión de alegría y risas fue al nivel esperado de su bien ganada fama… y amistad, diría. Entre abrazos ligeros y más risas, nos puso al día brevemente de sus últimos años, nos mostró su franca alegría por el reencuentro, y como es natural, quedamos para venir otra noche a cenar en su nuevo restaurante, instalado frente a la playa y en una zona de mucho paso: el Pelican.

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Calles solitarias en un Mikonos extraño.

Calles solitarias en un Mikonos extraño.

Y volvimos a los dos días, y volvió la excelente cocina, el trato gentil, la risa estentórea “aaahjajajaja”. Y volvió el postre de regalo y el chupito, que esta vez no era de mastija pero prometió que la próxima vez lo sería, por supuesto. En algunas noches de otros años  habíamos llegado a beber de esta manera bastantes más chupitos de los recomendables. Esta vez la cosa fue moderada en una terraza repleta.

Cerca de la Pequeña Venecia, y de noche, había un poco más de animación.

Cerca de la Pequeña Venecia, y de noche, había un poco más de animación, pero nada comparable al gentío habitual.

Recuperamos así una de nuestras citas gastronómicas anuales en la preciosa isla, que en los últimos años se habían reducido a la tradicional noche en la ‘psarotaverna’ (taberna especializada en pescado) Kounelas, otro de nuestros santuarios y refugios. Esa noche del feliz reencuentro veníamos precisamente de cenar allí. Kounelas es una taberna excelente, y con uno de los comedores más divertidos de las islas. Se trata de un patio de dimensiones reducidísimas en el que se amontonan muchas más mesas de las verosímiles, lo que hace necesario dejar constantemente paso a los que se sientan o se van de los lugares a tu lado y propicia unas conversaciones jugosas, puesto que todo el mundo allí parece ser muy comunicativo.

Con Manolito, hace dos años.

Con Manolito, hace dos años.

Entre 'Manolito' y Yiannis en 2013.

Entre ‘Manolito’ y Yiannis en 2013, junto al patio del Kounelas.

 

El público, de procedencias lejanísimas entre sí, siempre tiene muchas historias que contar y la cercanía y el ambiente festivo propician el intercambio de ellas. Hemos pasado grandes noches allí, al calor de la conversación, el pescado a la parrilla, la ensalada de erizos, la taramosalata y el vino blanco de la casa. En esta ocasión, las medidas anticovid obligaban a una mayor distancia, aparte de que la afluencia era menor. Pero volvió a producirse la cálida acogida de Yiannis, que siempre nos saluda y recibe con una graciosa mezcla de italiano y español. En todos estos años, el personal ha cambiado casi en su totalidad, pero Yiannis se mantiene al frente de Kounelas. Con alguno de los camareros entablamos un cierto conocimiento, pero sigue la amistad con uno de ellos, un albanés que ahora trabaja allí sólo por las mañanas, limpiando pescado, que nos permite llamarle ‘Manolito’ y que procuramos ver todos los años donde sea.

 

El atardecer desde nuestra habitación 27 en el Damianos Hotel.

El atardecer desde nuestra habitación 27 en el Damianos Hotel.

La misma vista, por la mañana, con la terraza donde se da el desayuno.

La misma vista, por la mañana, con la terraza donde se da el desayuno.

Pero, sin duda, nuestra ‘familia’ en Mikonos es la que regenta como propietarios el entrañable Damianos Hotel, en la zona alta del pueblo llamada Drosopésoula. Damianos es el nombre del marido de Eleni, que es la verdadera alma del establecimiento, labor en la que poco a poco la está relevando su hijo, el dispuesto Thanasis al que hemos visto crecer desde menudo casi adolescente hasta el robusto hombre de ahora. Uno u otro son los encargados de ir a recogernos siempre a nuestra llegada a la isla, bien en el puerto bien en el aeropuerto. Al principio con un coche más o menos precario, luego con una furgoneta roja que se iba destartalando y últimamente con una especie de minibus moderno, pero siempre con la misma afabilidad y cariño a unos clientes fieles de más de quince años.

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Diferentes vistas de nuestra 'casa' en Mikonos, el Damianos Hotel.

Diferentes vistas de nuestra ‘casa’ en Mikonos, el Damianos Hotel.

Con la misma fidelidad por su parte se vienen los abrazos y los besos, y es imposible que nos dejen pagar las consumiciones que hacemos en el hotel. A la hora de la marcha, se empeñan en que paguemos lo mismo que el año anterior, y así llevamos un montón. Tanto que cada cierto tiempo, nos subimos nosotros mismos el precio cuando respondemos a esa pregunta.

El Damianos, de noche.

El Damianos, de noche.

La piscina que nunca usamos, pero que merece la pena.

La piscina que nunca usamos, pero que merece la pena.

Recordamos a Eleni aquella primera vez, en el puerto de Mikonos, a la caza de posibles clientes desplegando una carpeta que era un álbum con fotografías de su hotel, cuando eso era una práctica habitual en el sector turístico de Mikonos y todas las islas. La gran afluencia de turistas y las reservas por internet han hecho desaparecer ese sistema por innecesario, pero lo que sí permanece es que los vehículos de los establecimientos siguen acudiendo a recoger a sus huéspedes de manera gratuita. En el hotel, las empleadas nos reciben también con abrazos y parabienes… una delicia.

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Distintas formas de descansar en la playa de Paranga.

Distintas formas de descansar en la playa de Paranga.

Con Petros, el encargado de las hamacas, en Paranga.

Con Petros, el encargado de las hamacas, en Paranga.

En nuestra playa favorita, la de Paranga, el encargado de alquilar las hamacas se llama Petros y este principio de otoño nos recibió con su sonrisa discreta de siempre, pero con una matización: “Ya me estaba preguntando si vendrían este año”.

En las aguas de Paranga.

En las aguas de Paranga.

Con las delicias de la taberna Tasos.

Con las delicias de la taberna Tasos.

Pues aquí estábamos otra vez, disfrutando de las atenciones de Petros, de las aguas más frescas y limpias, y comimos como siempre en la taberna Tasos, sobre la arena, sus irrepetibles mejillones al vino, y su sabrosa taramosalata. Y repetimos al día siguiente, con unas sardinas de esas mediterráneas y pequeñitas, para aprovechar el estupendo tiempo con el que Mikonos nos acogió este año para despedir, como siempre, nuestras vacaciones griegas. ¿Cómo no volver, una y otra vez?

Paseando por un belllísimo y vacío Mikonos.

Paseando por un belllísimo y vacío Mikonos.

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La desgracia del covid nos permitió, sin embargo, ver (y nunca mejor dicho) Mikonos como aquellas lejanas y primeras veces, sin multitudes. Calles solitarias y vendedores ociosos eran el panorama, triste por momentos pero tremendamente propicio para contemplar las bellezas innegables de uno de los pueblos más bonitos del mundo.

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La iglesia Panagia Paraportiani, extrañamente sola.

La iglesia Panagia Paraportiani, extrañamente sola.

Qué fácil fue hacerse una foto ante la Paraportiani.

Qué fácil fue hacerse una foto ante la Paraportiani.

Este año desaparecieron los pasos apretujados por las calles traseras de la singular iglesia Paraportiani, y ante ella no había que pelear un hueco para hacerse la foto; en la maravillosa y normalmente atestada Pequeña Venecia (Mikrí Venetía) era sencillo encontrar mesa para contemplar el atardecer.

Construcciones en la Pequeña Venecia.

Construcciones en la Pequeña Venecia.

Pocos placeres como un dry martini al atardecer en la Pequeña Venecia.

Pocos placeres como un dry martini al atardecer en la Pequeña Venecia.

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Alrededor del molino de Boni, que domina el pueblo, no había un enjambre de turistas, sino la extraña estampa de una familia griega sentada en su exterior. Uno de sus miembros, un hombre mayor, no pudo aguantarse y lanzó un grito indignado a una pareja de turistas que se había subido al tejado de una capilla cercana para hacer la típica foto ‘original': “Bastardos, ¿qué tenéis en la cabeza? (tí ejis sti kefali?) ¿cómo se os ocurre subiros encima de una iglesia (pano stin eklissía)?”, según lo que pude entender con mi precario griego.

Sólo una famiia griega en el molino de Boni.

Sólo una familia griega en el molino de Boni.

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Mil detalles en el Mikonos nocturno.

Mil detalles en el Mikonos nocturno.

Este año, por primera vez, decidimos volver al continente pasando por el puerto de Rafina, a unos 20 kilómetros del aeropuerto de Atenas. Nos apetecía cambiar la ruta.  Pasamos una agradable última velada de vacaciones con cena en una desierta taberna de un desértico puerto que seguramente estará atestado en un año normal.

El puerto de Rafina, la última noche de nuestras vacaciones.

El puerto de Rafina, la última noche de nuestras vacaciones.

Por una ruta o por otra, nunca dejaremos de volver a Mikonos.

Heel, la tienda favorita de Penélope en Mikonos.

Heel, la tienda favorita de Penélope en Mikonos.

Vista general de Mikonos.

Vista general de Mikonos.

Otra vista de la capital, Hora.

Otra vista de la capital, Hora.

Líneas y sombras de una construcción en Mikonos.

Líneas y sombras de una construcción en Mikonos.

Un alto en el camino a pie hacia la playa de Paranga.

Un alto en el camino a pie hacia la playa de Paranga.

Deliciosa sombra floral.

Deliciosa sombra floral.

En el puerto de Mikonos o Hora.

En el puerto de Mikonos o Hora.

Mejillones en Paranga, exquisitos.

Mejillones en Paranga, exquisitos.

Cosas pendientes en Siros

Ulyfox | 28 de enero de 2021 a las 13:12

 

Vista panorámica de Kini, uno de los centros veraniegos más populares de Siros.

Vista panorámica de Kini, uno de los centros veraniegos más populares de Siros.

 

Manda la creencia que las islas Cícladas (Kiklades, en griego) se llaman así por estar dispuestas en un círculo (kiklos) en torno al sagrado santuario de la isla de Delos, pero si nos ponemos quisquillosos veríamos que el centro más bien parece estar un poco más al oeste, precisamente en Siros, que es la capital del archipiélago.

Ermoúpol, desde el puerto.i

Ermoúpol, desde el puerto.i

Y es verdad que es el centro administrativo y se diría que incluso estratégico. Tras visitarla durante cuatro días, Siros aparece como un lugar ideal para vivir en las Cícladas, puesto que fuera de temporada cuenta con instalaciones, servicios y distracciones impensables en las otras Cícladas, en las que el invierno debe de ser duro. En cambio, si vives aquí tienes de todo y las mejores playas de Grecia a un tiro de catamarán. Me da a mí que es lo que hacen la mayoría de los residentes en Siros.

Playa de Finikas por la tarde.

Playa de Finikas por la tarde.

Tras pasar el primer día en Ermoúpoli, dedicamos las tres jornadas restantes a recorrer buena parte de la isla. No se distingue especialmente por las playas, sobre todo si se compara con las espléndidas de las vecinas Mikonos, Naxos, Paros, Koufonisia… pero se defiende bien en este terreno. Cuenta con arenales pequeños, recogidos y nada masificados, una ventaja en comparación con sus preciosas pero atestadas compañeras de archipiélago.

Recorriendo la isla de Siros.

Recorriendo la isla de Siros.

Así que con la práctica cabalgadura de un buen coche alquilado, y a través de carreteras inusualmente buenas para ser las de una isla griega, nos dedicamos a ir de playa en playa y pueblo en pueblo, aunque, aparte de Ermoúpoli, es difícil considerar como tales a las pocas agrupaciones de casas que se reparten por el interior y el litoral.

Playa de Megalos Yialós

Playa de Megalos Yialós

La playa de Varis.

La playa de Varis.

Como disponíamos de tiempo, lo tomamos con calma. El tiempo no acompañó en demasía, no apretaba el calor pasado mediados de septiembre y el viento, ese casi permanente meltemi que sopla desde el norte en las Cícladas, refrescaba el ambiente, pero no por eso fue imposible bañarse y disfrutar de las aguas del Egeo.

La iglesia de San Antonio, en la playa de Megalos Yialós.

La iglesia de San Antonio, en la playa de Megalos Yialós.

La playa y bahía de Gálissas.

La playa y bahía de Gálissas.

Ante la amplia bahía de Gálissas.

Ante la amplia bahía de Gálissas.

Nuestro primer día de gira fue una rápida visita a algunas playas renombradas del sur, como la popularísima Varis con su agua remansada en semicírculo y sus restaurantes sobre el agua, y Megalos Yialós, con la preciosa capilla de Agios Antonios en el promontorio, para recalar más tiempo, con baño incluido y cervezas en la amplia Gálissas, en una preciosa bahía.

Vista general de la azulada Ayios Yioannis.

Vista general de la azulada Ayios Yioannis.

Ayios Yioannis, entre los árboles.

Ayios Yioannis, entre los árboles.

Una mansión en Posidonias.

Una mansión en Posidonias.

En el segundo día, las aldeas tenían nombres tan bonitos como Posidonia y Fínikas. Esta última destaca entre la imagen seca de la isla por estar rodeada por una vegetación singularmente exuberante. Y por sus singulares edificios, algunos de ellos mansiones que parecen sacadas de regiones más nórdicas y europeas. Tiene pinta de que son lugares en los que la población pudiente de la capital se construía sus casas de veraneo. A la entrada de Posidonia llama la atención una iglesia completamente pintada de azul celeste: Agios Yioannis, o sea San Juan.

En la arreglada playa de Agathopes.

En la arreglada playa de Agathopes.

En una playa cercana, la también muy renombrada Agathopes, asentamos nuestros cuerpos por un buen rato. El bar playero y las instalaciones, así como el personal que iba llegando a sus aparatosas tumbonas, usaba apariencias de lo que se viene llamando comúnmente ‘pijerío’, pero eso no sé cómo se dice en griego.

La estrecha playa de Finikas.

La estrecha playa de Finikas.

La playa de Finikas es estrecha, y tiene partes de guijarros, pero gasta fama de tener los mejores sitios para comer pescado y otras especialidades. En uno de ellos, afamado Calmo Mare, hicimos nuestro almuerzo tardío, sin que tengamos un especial recuerdo del mismo.

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Playa de Kini.

Playa de Kini.

Antes del almuerzo en Kini.

Antes del almuerzo en Kini.

Y el último día completo decidimos pasarlo en la playa de Kini, otro centro vacacional popular. Pero hay que tener en cuenta que esto no significa aquí lo mismo que en otras islas: nada de bloques de apartamentos o grandes hoteles. Apenas unas tabernas y bares alineados a lo largo de la pequeña playa y algunos estudios salpicados por las cercanías. Ese día el viento soplaba con más fuerza, pero no nos fastidió la jornada. Comimos muy bien, y muy bien atendidos, en un sitio con nombre español, pero comida griega: Asado. El dueño nos dijo que había escogido el nombre simplemente porque le parecía sonoro y claro, y por lo que significaba, por supuesto. Unos calamaritos fritos y una ensalada jugosa fueron más que suficientes, y reconfortantes.

Restaurantes en Ermoúpoli.

Restaurantes en Ermoúpoli.

Todos los días regresábamos temprano en la tarde a Ermoúpoli, con tiempo para un café en la habitación o en alguna terraza y para un paseo por el agradable centro de la capital. Las cenas fueron también recordables. Una de ellas en un precioso local con terraza en la calle: Seariani, donde degustamos unos especiales boquerones en vinagre y unos spaghetti con atún deliciosos. Un comensal en la mesa de al lado se empeñó en darle la noche al encargado con una serie de extrañas exigencias y reclamaciones que hicieron que el resto de los clientes nos pusiéramos de inmediato del lado del sufrido encargado.

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Dos vistas nocturnas de la catedral ortodoxa de San Nicolás, Ayios Nikolaos.

Dos vistas nocturnas de la catedral ortodoxa de San Nicolás, Ayios Nikolaos.

A nuestro lado, dos iraquíes residentes en Londres nos miraban cómplices e igual de asombrados. Uno de ellos hablaba muy buen español porque lo había estudiado (sí, eso que parece imposible a los millones de jóvenes españoles que han estudiado inglés), y juntos comentamos la increíble jugada, amén de otras cosas. Eran cristianos del norte del país, y ganaron mi curiosidad y admiración cuando contaron que la lengua vernácula de su región era ¡el arameo! pero que desgraciadamente ya sólo lo hablaban con normalidad los viejos. ¡Arameo, la lengua en la que se escribió la Biblia, el idioma en el que hablaba Cristo a sus apóstoles! Una verdadera reliquia milenaria que yo creía desaparecida, pero no, aunque moribunda por lo visto.

Edificios neoclásicos en Ermoúpoli.

Edificios neoclásicos en Ermoúpoli.

 

La estancia en Siros se convirtió, pues, en una sorpresa de las agradables. Y además nos dejamos cosas pendientes. Nos hablaron de un pequeño núcleo, Agios Mijalis o San Miguel, con el mejor queso y con uno de los restaurantes más famosos, el Plakostroto, con una cocina de pueblo y situado en las alturas con una vista privilegiada. Luego conocimos de la existencia de un asentamiento prehistórico de la cultura cicládica llamado Kastri, que también quedó para una próxima visita. O ya veremos…

Adiós,  de momento, a Siros.

Adiós, de momento, a Siros.

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Meganisi, pequeña gran isla

Ulyfox | 9 de noviembre de 2020 a las 19:46

El borde del mar en Vathy, Meganisi.

El borde del mar en Vathy, Meganisi.

Henchidos de Ítaca, embarcamos en el ‘Ionion Pelagos’ con destino (fuerte palabra) a Meganisi. Las restricciones por el coronavirus habían limitado los trayectos y el nuestro incluía una escala en Fiskardo, hermoso puerto de Cefalonia del que no guardamos más que buenos, preciosos y precisos recuerdos, y otra en Nydrí. El camino fue largo pero placentero, el barco no estaba desbordado como hubiera sido lo normal en otros momentos, y siempre divisábamos costas en el horizonte, la de Cefalonia y luego Lefkada a babor, y la del continente griego a estribor.

A bordo del Ionion Pelagos.

A bordo del Ionion Pelagos.

La bella Fiskardo, desde el 'Ionion Pelagos'.

La bella Fiskardo, desde el ‘Ionion Pelagos’.

Ya camino de Meganisi, en el ferry del mismo nombre.

Ya camino de Meganisi, en el ferry del mismo nombre.

Fiskardo sólo lo divisamos desde la borda, mientras que en Nydrí bajamos con tiempo de tomar una cerveza y un plato de gyros (la variedad griega del kebab). A las cinco de la tarde ya estábamos de nuevo embarcados, ahora en el ‘Meganisi II’ para, en una media hora, llegar a esa pequeña isla, cuyo nombre significa curiosamente Isla Grande. Pasamos junto a la famosa Skorpios, que perteneció en su día al magnate Onassis y ahora es propiedad de un colega ruso que cobra a quien la visita para rememorar los amores de couché del naviero con María Callas y Jackie Kennedy. El pequeño ferry hizo su parada en el puerto de Spartohori, y desde allí un microbús nos llevó al de Vathy. Habíamos reservado tres noches en el hotel Mistral, un agradable establecimiento de dos plantas situado junto al muelle y a la entrada de la población, que ni se acerca al centenar de casas distribuidas por las orillas.

Vathy, desde el balcón del Hotel Mistral.

Vathy, desde el balcón del Hotel Mistral.

El lugar tiene el poder de enamorarte a primera vista: un espigón para amarrar barcos recreativos y otro para los pesqueros. A lo largo del paseo marítimo, por llamarle así, se amontonan algunas tabernas y restaurantes, algunas tiendas, un par de supermercados  y una iglesia con un alto campanario. En los locales hosteleros, las flores ocupan un importante espacio junto a las mesas. Una plaza triangular cierra el puerto y tras ella apenas tres callejuelas y colinas verdes y pedregosas, en las que se esconden sólo otros dos pueblecitos, Katohori y el ya nombrado Spartohori.

El paseo de Meganisi.

Una de las tabernas floridas.

La islita tiene además media docena de calas de agua cristalina y una atracción singular: la cueva de Papanikolis, llamada así porque dicen que durante la Segunda Guerra Mundial era el refugio del submarino griego del mismo nombre. El ‘Papanikolis’ tuvo una exitosa carrera hundiendo buques y transportando fuerzas del servicio secreto inglés a Creta. Lo que no es tan seguro es que la historia de esta cueva no sea una leyenda destinada más a atraer turistas que a otra cosa. Parece difícil que allí cupiera un submarino, pero eso no importa mucho a los numerosos turistas que se suben a los barcos de excursión para acercarse masivamente, como podéis ver en este horripilante vídeo. Aclaro que nosotros no fuimos.

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En el hotel sólo se alojaba una familia más, con la que sólo coincidíamos durante los copiosos y sabrosos desayunos que nos servía el callado encargado. La habitación tenía un precioso balcón a la bahía. El escenario resultante te invitaba a un solo propósito: tomártelo todo con mucha tranquilidad. La primera tarde y noche fue pues de reconocimiento, bebiendo la calma del sitio.

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Playa de Fanari.

Playa de Fanari.

El cuerpo pedía playa al día siguiente, luminoso. Pensamos en alquilar una moto, pero sólo tenían de las grandes, así que recurrimos a nuestra solución favorita en estos casos: llamamos al teléfono del único taxista de la isla. A los diez minutos apareció el joven Kostas Soldatos, apellido que vimos repetido en un supermercado y en una gasolinera. Una familia que desde luego vive bien del turismo. Tras las presentaciones, nos transportó a la playa de Fanari.

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Los juegos acuáticos no estropeaban la calma en Fanari.

Los juegos acuáticos no estropeaban la calma en Fanari.

Todo el mundo parecía estar allí, sobre todo en un chiringuito que incluía entre sus servicios el de juegos acuáticos, así que niños y mayores de pelo rubio, piel blanca y hablares nórdicos ocupaban la transparente agua con canoas, tablas y otros artilugios de flotar divirtiéndose. Tampoco molestaban mucho.

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Rincones para explorar en las cercanías de playa Fanari.

Rincones para explorar en las cercanías de playa Fanari.

Tomamos dos tumbonas y una sombrilla y pedimos un café griego con azúcar para empezar la mañana. Probamos el agua varias veces, nos dimos una excursión a pie por algunas calmadas calas vecinas, volvimos, tapeamos, nos volvimos a bañar… completando el día de playa con la llegada de Kostas para devolvernos al hotel, lo suficientemente temprano para que la noche fuera más larga. Kostas nos contó sin quejarse la bajada del turismo este año, lo que para él parecía ser más bien una buena noticia. “Otros veranos ha sido insufrible. He ganado mucho dinero, pero es muy difícil vivir seis meses sin soltar en todo el día el volante, sin vacaciones, sin días libres, sin poder salir con los amigos… Así es mejor”

La cena al atardecer en el restaurante Tilevoes.

La cena al atardecer en el restaurante Tilevoes.

Sólo faltaba culminar la jornada. Desde hace varios años ya, hemos cogido el gusto a la temprana hora europea de cenar en verano. Sobre todo porque hay pocas cosas que igualen al gusto de empezar una comida junto al mar con el sol aún poniéndose. Así lo hicimos en el restaurante greco-italiano Tilevoes, nombre de los antiguos habitantes de la isla, ya nombrados por Homero y con fama de excelentes remeros. El establecimiento goza de una excelente ubicación al otro lado del puerto, sitio ideal para disfrutar de su comida, mientras el día se diluía lentamente como la luz sobre las aguas del Jónico.

Como Telémaco recibiendo a Ulises

Ulyfox | 6 de noviembre de 2020 a las 20:38

 

Dexá, abierta a la evocación.

La playa de Dexá, que recibió a Ulises en su vuelta a Ítaca

 

Lo pensamos, de verdad que lo pensamos: planeamos hacer otras caminatas por Ítaca y conocer lugares con nombres tan evocadores como la Cueva de las Ninfas, la Fuente de Aretusa y la Cueva de Eumeo. La isla rebosa de lugares con reminiscencias homéricas. En la Cueva de las Ninfas se dice que escondió Ulises su tesoro al regresar; la fuente y la cueva últimas son los lugares donde Eumeo llevaba a pastar y beber a los cerdos que criaba para Ulises y donde se encontraban las caballerizas del rey héroe: pues no fuimos.

Baños en aguas míticas de Dexá.

Baños en aguas míticas de Dexá.

Porque el cuarto día amaneció espléndido de sol como todos, pero esta vez sin viento, y el mar lucía plano y acogedor desde por la mañana. Así que decidimos cambiar las sendas montañosas  por un paseo más plano, corto y plácido hasta la playa de Dexá, a solo media hora andando desde la capital, Vathy. Y además esa playa está llena también de significado odiseico, y de qué manera. Dice la leyenda que a sus orillas de guijarros fue a donde llegó Ulises tras 20 años fuera de su hogar (10 en la guerra de Troya y otros 10 navegando por el Mediterráneo).

Delicias bajo los olivos en Dexá.

Delicias bajo los olivos en Dexá.

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En esa playa comienza la narración de la Odisea, ahí empieza a contar Ulises su historia, allí se le apareció Atenea y le ayudó a disfrazarse de mendigo viejo, allí se encontró con su hijo Telémaco. A nosotros Dexá nos esperaba verde y calmada, tranquila y casi sin gente, en una pequeña ensenada de guijarros y con una especie de murete frente al agua, pero con unas tentadoras tumbonas colocadas bajo los olivos. En el centro del olivar, una pareja mayor (incluso más que nosotros) entraba y salía constantentemente con platillos y botellas desde una casa hasta las tumbonas. La vivienda era en realidad dos apartamentos y ofrecía una promesa de relax casi inigualable. Tan felices que se veían en lo que parecía su paraíso, que seguramente se volvía privado en cuanto caía la tarde.

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Las playas en Ítaca no suelen estar dotadas de servicios, pero Dexá tenía al menos un encargado de alquilar las hamacas, y una pequeña cantina en la que el hombre que la atendía ofrecía algunas cosas básicas como tzatziki casero y boquerones fritos, que fue lo que nos encargamos a la hora del almuerzo. Por supuesto, bajo un olivo.

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Vathy, a la vuelta del día de playa.

Vathy, a la vuelta del día de playa.

El dia se nos fue (bueno, lo dejamos ir) entre la conversación, el tapeo, las fotos, los espléndidos baños y la lectura. La vuelta a Vathy nos brindó además una hermosa vista de la capital a esa hora de la tarde en que la luz, más que alumbrar, acaricia los paisajes y las fachadas.

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A la izquierda de la imagen, el hotel Omirikon, nuestro alojamiento en Ítaca.

De nuevo al día siguiente, último en Ítaca, pensamos en ir a las cuevas o a la fuente… pero caímos en que en realidad aún no habíamos recorrido el pueblo, ni visto sus museos, ni tocado unos cañones venecianos que nos habían dicho que había cerca de allí. Así que hicimos todo eso con parsimonia. Un museo arqueológico modesto pero, como todos en Grecia, interesante. Y un precioso Museo Naval y Folklórico, una joyita.

La catedral de Vathy.

La catedral de Vathy.

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Vathy, en su tranquilidad.

Vathy, en su tranquilidad.

Es precioso, emocionante y ejemplar la cantidad de museos folklóricos que hay en Grecia. Casi cada pueblo mediano tiene uno. Normalmente, son una colección de herramientas, vestidos, muebles, utensilios varios que dan una idea certera de la vida cotidiana en el lugar correspondiente. Demuestran el amor de los griegos por su tierra, y hacen pensar cuántas cosas mandamos a la basura por aquí sin pensar en que tiramos a la vez buena parte de nuestra historia, que es como decir de nosotros mismos.

Un rincón de Vathy.

Un rincón de Vathy.

Penélope, ante la entrada del Museo Naval y Folklórico de Vathy.

Penélope, ante la entrada del Museo Naval y Folklórico.

El de Vathy hace especial hincapié en la tradición marinera, con numerosas muestras de uniformes, barcos, fotografías y carteles de navieras. Imaginaos lo que podría hacerse en Cádiz con su historia comercial con las Indias, y desde los fenicios…

El paseo por la bahía de Vathy hasta la playa de Loutsa.

El paseo por la bahía de Vathy hasta la playa de Loutsa.

Nos apetecía un poco de playa, e hicimos una pequeña caminata a la de Loutsa, a muy poca distancia del centro de Vathy. La playa no era gran cosa, y además hacía un día especialmente ventoso, así que estuvimos poco tiempo más que para darnos un baño casi solos. Pero el camino hasta allí fue delicioso, bordeando la bahía, sombreado a trozos, tropezando a cada paso con pequeños embarcaderos y disfrutando de la hermosa vista del otro lado de la capital, allí enfrente.

Un descanso en el paseo.

Un descanso en el paseo.

Casi llegando a la playa está señalizada una pequeña batería de cuando la dominación veneciana, encargada de vigilar la entrada al puerto natural. Sobre un alto, aún sobreviven dos cañones de la época, apuntando al mar, todavía amenazantes pese a estar desarmados, entre los restos de la pequeña fortificación.

Los cañones venecianos guardando la entrada en la bahía.

Los cañones venecianos guardando la entrada en la bahía.

Al regreso a Vathy, nos paramos a almorzar en el restaurante Tsiribis, casi encima de lo que llaman, algo pomposamente, Marina de Ítaca. El lugar es, como tantos en las islas griegas, agradable al máximo, y la comida bastante buena. Hace nada, en un programa reemitido sobre Javier Reverte con motivo del fallecimiento de este gran periodista viajero, hemos visto esta taberna, cuyo dueño, Dimitris, pasó muchas horas con el escritor y se convirtió en uno de los personajes de su gran libro ‘El corazón de Ulises’, o ‘Η καρδια της Οδισσεας’ (I cardiá tis Odiseas’) como leí en las manos de un pasajero griego hace muchos años.

Almuerzo en la taberna Tsiribis, la del amigo de Javier Reverte.

Almuerzo en la taberna Tsiribis, la del amigo de Javier Reverte.

La comida en ese lugar se prolongó y nos dio tiempo a contemplar una discusión bastante encendida entre dos familias de catalanes que habían amarrado su barco frente al local, se habian sentado a comer tan amigablemente hasta que la conversación derivó en una estúpida y violenta situación a causa de una de las adolescentes que los acompañaban. Prácticamente atardecía cuando regresábamos al hotel.

Las maravillosas calas cerca de Frikés.

Las maravillosas calas cerca de Frikés.

La mañana siguiente fue la de la despedida de Ítaca. Salíamos de la isla con destino a otra minúscula situada frente a la de Lefkada, y llamada Meganisi. El barco que debía llevarnos hasta allí partía a mediodía del puertecito de Frikés, que nos había acogido hacía casi 20 años. Gerásimos nos transportó por última vez (de momento), con bastante antelación puesto que queríamos desayunar tranquilamente en Frikés y aprovechar, tal vez para un último baño.

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Baños solitarios de Penélope.

Baños solitarios de Penélope.

En el mismo café en el que desayunamos (estaba casi todo cerrado) dejamos las maletas durante un rato y nos acercamos a unas calas idílicas que están muy cerca y que recordábamos de aquella vez. Un mar verde y una orilla de guijarros nos abrazaron durante un rato a Penélope y a mí mientras hacíamos tiempo para el viaje.20200906_111147

De vuelta, casi llegando a Frikes, vimos venir el ‘Ionion Pelagos’, que arribó casi a la vez que nosotros al puerto. Recogimos nuestras maletas y allí íbamos de nuevo, en otro barco a otra isla…

El difícil adiós a Ítaca.

El difícil adiós a Ítaca.

Esos rincones también en Skópelos

Ulyfox | 22 de julio de 2020 a las 12:09

Una de las calitas 'particulares' del cabo Amarantos.

Una de las calitas ‘particulares’ del cabo Amarantos.

 

En una anterior entrada ya confesé sin ambages nuestro amor por Skópelos, la isla más verde de las verdes Espóradas, ese archipiélago ubicado en el mar Egeo, al este de la península griega y pegado a ella. Pero quería dedicarle un espacio particular a algunos rincones especialmente hermosos, como si les hubiéramos cogido más cariño que a otros. Rincones que, dentro de la gran belleza que es Skópelos, son singulares. Por su situación o por su pequeño tamaño, están relativamente apartados del gran caos que genera el turismo masivo, sin ser por ello unos lugares desconocidos.

Taberna al pie de la playa de Agnondas.

Taberna al pie de la playa de Agnondas.

Agnondas es uno de esos parajes, sin más tesoro que un agua plácida y transparente, algunas tabernas que han devenido en restaurantes de más postín sobre el mar un pequeño embarcadero y un muelle más grandeque, cuando los temporales arrecian (lo que no es extraño en este Mediterráneo que gasta fama de calmado), se usa como puerto alternativo al de Skópelos capital. Recuerdo, en nuestra primera visita hace muchos años, habernos quedado dormidos en la playita y al despertar casi asustarnos al ver ante nosotros la inmensa mole atracada de un moderno ferry que ocupaba casi todo el espacio.

Vista general de la playa de Agnondas.

Vista general de la playa de Agnondas.

Penélope, en el embarcadero de Agnondas.

Penélope, en el embarcadero de Agnondas.

Agnondas, con su playa, no es precisamente una desconocida, está a pie de carretera y el autobús de línea para allí regularmente, pero algo parece mantenerla a resguardo del interés masivo, que se centra mucho más en las excelentes playas de Panormos, Kastani y Stáfilos, todas espléndidas como muchas otras en la isla. Por eso es una delicia acudir temprano y poder desayunar frente al verde de sus aguas. Nosotros lo hicimos para tomar un café antes de emprender una excursión a pie hacia otro rincón único: los Tres Pinos, en el cabo Amarantos.

Los tres pinos del Cabo Amarandos.

Los tres pinos del Cabo Amarantos.

El paseo tiene una cierta dificultad (en realidad, una pequeña subida) al principio y luego transcurre entre pinos y al borde del mar. Da tiempo a lamentarse ante las huellas calcinadas de los frecuentes incendios que castigan la isla, pero también a felicitarse por los rebrotes continuos y los carteles que advierten sobre dónde pisa uno para no destruir los pinitos recién nacidos.

Paisaje del Cabo Amarantos.

Paisaje del Cabo Amarantos.

El nombre de los Tres Pinos aparece evidente al final del sendero. En efecto, tres hermosos y altos ejemplares se alzan sobre una roca pelada y estrecha que se adentra en el mar, formando una imagen preciosa y emblemática de la isla, por cierto también usada en la película Mamma mía! A su alrededor, una agua turquesa que siempre aprovecha alguna pareja más atrevida para zambullirse.

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El entorno es espectacular: varias calas se adentran profundamente en los acantilados a los que se agarran los pinos. Bajar a sus tentadoras aguas es difícil, pero siempre hay quien lo ha hecho temprano y se ha apoderado de una especie de piscina natural y de una playita que es apenas algo más que unos pocos metros. Mil fotos es lo mínimo que apetece disparar.

Una cerveza frente al mar.

Una cerveza frente al mar.

Luego, lo suyo es volver a Agnondas y disfrutar de una cerveza y algo más en el par de tabernas que hay sobre la playa. arrojando de vez en cuando un trozo de pan al agua para ver como los peces se arremolinan, peleando por llevarse un bocadito.

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Un taxista loco de Skiathos

Ulyfox | 24 de junio de 2020 a las 19:47

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Dos vistas generales de Skiathos capital.

Dos vistas generales de Skiathos capital.

 

“Esta es la peor época para venir”, nos dijo cuando todavía parecía un conductor normal. Pero no tardamos mucho en descubrir que estaba loco, o lo quería aparentar, o quizá desplegaba su catálogo de locuras para impresionar al turista interpretando su papel de taxista de película. Estábamos en Skiathos, la más visitada del archipiélago de las Espóradas, un conjunto impresionante de pinos, olivos y calas azules, la preciosa y tópica estampa de las islas griegas, al menos desde el estreno de la película Mamma Mía!

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Callejeando por Skiathos a mediodía. Tranquilidad

Callejeando por Skiathos a mediodía. Tranquilidad

Habíamos llegado unos días antes, en un vuelo que se retrasó más de lo normal, al aeropuerto de Skiathos después de abandonar el Peloponeso en coche hasta Atenas. Un taxista, otro distinto a nuestro protagonista, aceptó llevarnos a los Apartamentos Sirayna, pero compartiendo el vehículo con otra pareja y su también abundante equipaje. Amontonados en el coche, nos acercó a nuestro destino. Allí, Vasili, un hombre en permanente camiseta de tirantes blanca, y su trabajadora mujer, bastante mayores, nos recibieron con sonrisas. Él ya estaba retirado, pero a ella aún le quedaban varios años de labor. Nuestro apartamento estaba en un segundo piso, un calvario con las pesadas maletas. Seguramente por eso, el agarre de una de ellas se rompió nada más empezar a subir. Otro inconveniente. Con la decidida ayuda de Vasili, aun con una pierna operada, pudimos llegar arriba.

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Skiathos pueblo es agradable cuando no hay mucha gente.

Skiathos pueblo es agradable cuando no hay mucha gente.

Los apartamentos, no los mejores de nuestras vidas, fueron lo único que pudimos encontrar en un Skiathos atestado en pleno agosto. La isla está tomada por el turismo en esas fechas, bajamos por la calle principal, Papadiamantis, buscando un lugar donde cenar. En algunos puntos casi no se podía andar, atrapados entre los expositores de las tiendas a uno y otro lado de la calle. Es una isla muy visitada desde hace tiempo, pero el turismo masivo ha llegado a desbordarla. Le sobran atractivos de montes, bosques y playas, pero creo que no da abasto para tanto. Un par de noches hubo apagones y estoy convencido de que se produjeron por sobrecarga. Sólo apartándonos de las zonas más comerciales se podía pasear con una cierta tranquilidad.

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Un ferry atestado en el puerto de Skiathos, y barcos de excursiones en el muelle deportivo.

Un ferry atestado en el puerto de Skiathos, y barcos de excursiones en el muelle deportivo.

Skiathos, al igual que sus compañeras Skópelos y Alónisos, nos conquistó las anteriores veces que la habíamos visitado. Tiene prácticamente una sola población y es agradable, el paisaje es verde y bello. Claro que eso era en septiembre y años antes de la explosión del turismo. De hecho, era la tercera vez que estábamos allí. Ahora, el aeropuerto no para en todo el día, y en su bello puerto partido en dos por una islita unida a tierra, los barcos salen y entran continuamente.

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La Torre del Reloj domina el empinado pueblo.

La Torre del Reloj domina el empinado pueblo.

En los cuatro días que pasamos esta vez no encontramos la paz casi nunca, fuera de un paseo que dimos a mediodía por el pueblo, en las horas en que todo el mundo está en la playa. Las carreteras eran una locura, los autobuses a las numerosísimas playas estaban abarrotados, era casi imposible encontrar un hueco para comer, de  noche la calle principal era un río de gente que te arrastraba. Bandadas de jovencitos, familias de nórdicos e ingleses se desparramaban por toda la superficie.

La estupenda playa de Koukounaries, una de las mejores de Grecia, pero demasiado 'animada'.

La estupenda playa de Koukounaries, una de las mejores de Grecia, pero demasiado ‘animada’.

En la playa de Koukounaries, considerada una de las mejores de Grecia (imaginaos lo que eso significa) nos las prometíamos muy felices delante de los pinos, en nuestra tumbona y tras pedir una cerveza. Pero al poco de estar allí vimos salir de una de las casetas a uno de los encargados de los servicios portando un gran altavoz. “¡Oh no, no estarán pensando en colocarlo por aquí cerca!”, dijo Penélope. Y tan cerca: justo detrás. Por lo visto, últimamente por allí no se concibe ir a una playa que no tenga música. ‘Beach bar’ es sinónimo de volumen alto y ritmo bailable. La cara que pusimos y nuestros ademanes debieron ser tan expresivos que nos preguntaron: “¿No les gusta la música”?

-Sí, claro, pero nos aguantaremos -les dijimos en un español que no entendían, claro.

Baño en la playa de Kolios.

Baño en la playa de Kolios.

Terraza en la zona de restaurantes sobre el mar.

Terraza en la zona de restaurantes sobre el mar.

Tal vez por cortesía, bajaron un poco el sonido, y pudimos disfrutar, resignados, de la jornada playera. El agua y los baños en la sin duda magnífica playa nos compensaron, o será que somos de buen conformar cuando estamos en Grecia. Otras playas no nos agradaron tanto, sea porque el tiempo se estropeó (nos llovió, siempre nos ha llovido en Skiathos y siempre con tormenta) sea porque el trabajo de llegar a ellas (tanta gente) no compensaba o sencillamente al final no era para tanto.

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Un alto en el paseo vespertino, frente al mar.

Un alto en el paseo vespertino, frente al mar.

Lo que sí nos redimió fue la comida. Hay demasiados bares y restaurantes turísticos en la isla, con los resultados esperables, pero supimos dar en la tecla. Así que podemos mencionar Vithós (gran scorpina a la parrilla y buenos boquerones), Lo&La (antológica pasta con atún y alcaparras, así como una deliciosa impepata de cozze, servidos por auténticos y engalanados italianos) y Ártima (gran risotto y un llamativo humus con atún, amenizados por la peculiar familia propietaria, todos médicos y cantantes que celebraban con música el cumpleaños de la madre).

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Skiathos tiene un cementerio muy bien situado.

Skiathos tiene un cementerio muy bien situado.

Pero aquel taxista del último día resultó como el resumen del ambiente de la isla. Hacía un aire fresquito y habíamos dado con la playa de Kanapitsa, pero no se estaba bien. Aguantamos el tirón porque mejoró algo el ambiente y el viento después de comer. A la hora de volver, tuvimos una larga espera, aguantando junto a una pareja insoportable que no paraba de gritarse y de gritar al niño que iba con ellos, hasta que llegó el autobús, pero no paró porque venía atestado. Estábamos debatiendo si volvernos andando (más de una hora de camino) o terminar acampando sin tienda bajo un pino cuando apareció un taxi por el camino de la playa. No lo dudamos y lo paramos. ¿Podía llevarnos a Skiathos? ¡Podía!

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Pero lo que siguió fue un show indefinible, un circo filmable, un catálogo de gritos y bocinazos a otros conductores ‘catastróficos’ según el joven taxista. Entre increpación e increpación, nos preguntó si nos gustaba Skiathos, a lo que contestamos algo obvio: que sí, pero que había demasiada gente.

-¡Pero es que esta es la peor época para venir! ¡Agosto! ¡La gente está loca ahora, y muy exigente! – decía, mientras respondía al teléfono a un cliente y miraba una larga lista de citas: ¡Sí, sí, habíamos quedado a las siete y media, ya estoy llegando! -y dirigiéndose a nosotros: ¿Ven lo que les digo? La gente está muy exigente.

A Penélope se le ocurrió comentar que en la isla se hacía muy difícil conducir, y ahí vio otra ocasión de lucirse:

-No para mí, señora, yo soy un gran conductor ¡Qué digo conductor! ¡Yo no soy taxista, soy piloto! ¡No tengan miedo!-gritaba entre grandes risotadas.

Y a partir de ahí, comenzó a hacer alardes por entre las calles estrechas, soltaba las dos manos del volante, aceleraba para coger las curvas, se tapaba los ojos, soltaba carcajadas, sorteaba rozando los coches y motos aparcadas a ambos lados a la manera griega… Un frenazo en un sitio cualquiera dio fin a la carrera. Una pareja joven con una maleta esperaba señalando el reloj y con cara preocupada, quizá por la hora de su vuelo. No sospechaban que tendrían en breve motivos más serios para preocuparse.

Por nuestra parte, salimos del taxi con gran alivio y con la felicidad de que lo que nos quedaba de camino lo haríamos andando.

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Uno de los rincones más bonitos de Skiathos.

Uno de los rincones más bonitos de Skiathos.

¡Skiathos, qué manera de estropearte entre foráneos y nativos! ¡Tan bella y tan maltratada!

La intensa noche en Skiathos.

La intensa noche en Skiathos.

Hacia Olimpia entre restos arcaicos

Ulyfox | 3 de junio de 2020 a las 18:31

Vista del golfo de Pilos desde el palacio de Néstor.

Vista del golfo de Pilos desde el palacio de Néstor.

 

En Grecia, por mucho que vayas, siempre te dejas cosas por conocer. En esta ocasión, en el camino entre Koroni y Olimpia, dejamos a un lado una maravilla, uno de los templos mejor conservados de la antigua Grecia: el de Bassae, dedicado a Apolo Epicuro. Construido poco después que el Partenón, a finales del siglo V antes de Cristo, está construido en estilo dórico, pero su disposición es original y avanzada. Tiene también una fila interior de columnas jónicas y una única central corintia, cuyo capitel es el más antiguo que se conoce de ese estilo.

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Vistas del templo de Bassae, con su antiguo aspecto y el que presenta ahora, bajo la carpa. Las fotos no son nuestras, obviamente.

Vistas del templo de Bassae, con su antiguo aspecto y el que presenta ahora, bajo la carpa. Las fotos no son nuestras, obviamente.

 

Pues a pesar de esa descripción tan atractiva, no fuimos a verlo: está aislado en el interior montañoso. Esta ubicación le permitió pasar desapercibido durante siglos y a salvo de guerras y destrucciones, pero esa misma situación, al final de una larga y sinuosa carretera nos disuadió de ir a buscarlo: otra tarea que queda pendiente. Ahora el templo está bajo la protección de una gran carpa, lo que le quita espectacularidad a su presencia encima de una loma, pero le otorga seguridad.

Una vista general de los restos del palacio.

Una vista general de los restos del palacio.

La bañera de terracota del palacio.

La bañera de terracota del palacio.

 

A esas dificultades se unió que ya veníamos ese mismo día de una experiencia de ruta complicada para visitar, cerca de allí, el palacio de Néstor, el afamado rey que fue uno de los caudillos micénicos que participaron en la guerra de Troya. De lo que fue uno de los centros de poder más importantes de la antigüedad, probablemente datado más de 1.500 años antes de Cristo, sólo quedan algunos restos de muros que permiten distinguir la disposición del palacio pero sobre todo allí está el eco inapagable de una época.

Entrada a la tumba.

Entrada a la tumba.

Penélope, en el interior de una de las tumbas micénicas junto al palacio de Néstor.

Penélope, en el interior de una de las tumbas micénicas junto al palacio de Néstor.

 

En un entorno protegido por una cubierta de madera y de aspecto polvoriento, se pueden observar algunas dependencias y sobre todo el curioso baño, con bañera de terracota incluida. En sus ruinas se pudieron encontrar restos de frisos decorados con frescos y una importante colección de tablillas de arcilla inscritas con una antigua escritura, cuyo descifrado fue importantísimo para el conocimiento de la Antigüedad. Además, en los alrededores han aparecido varias tumbas micénicas, en forma de tholos, como una gran cúpula de piedra bajo las que impresiona entrar. Me recordaron a la llamada Tumba de Agamenón en la misma Micenas, aunque de menor tamaño.

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Frescos del palcio de Néstor y una vasija con el dibujo de un pulpo, en el Museo de Hora.

Frescos del palcio de Néstor y una vasija con el dibujo de un pulpo, en el Museo de Hora.

 

El Museo Arqueológico de Hora, un pueblo cercano, acoge todos estos importantes hallazgos, pero requiere una inversión en renovación que permita entender mejor la importancia de lo expuesto. Algunos restos minúsculos de frescos son emocionantes pero están repartidos en vitrinas de manera penosa ¡Hay tantos siglos de historia europea allí metidos!

Anotado Bassae para una próxima vez, y camino de Olimpia, señalamos en el mapa una parada que parecía sugerente, la playa de Voidokilia, con una llamativa forma de letra Ω en la que la parte curva pertenece a un arco de arena dorada que linda con un agua transparente. Todo eso estaba allí cuando llegamos, pero también miles de personas abarrotando el lugar, además de un viento racheado y caliente. Suficientes razones para dar marcha atrás y buscar el baño en otra playa cercana, tampoco muy atractiva. Son los inconvenientes de una de las zonas más turistizadas de Grecia, la llamada Costa Navarino.

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La playa de Voidikila, magnífica y atestada.

La playa de Voidikila, magnífica y atestada.

 

Visto el plan, decidimos alcanzar ya Olimpia, a donde llegamos en medio de uno de los aires más calurosos que recuerdo. El hotel respondía casi con exactitud a lo que se esperaba, lleno de familias que habían tomado al asalto la piscina. Como un destino que no entiendo en mitad del ardiente Peloponeso. Menos mal que a la mañana siguiente nos esperaba muy tempranito la eterna Olimpia antigua.