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Meganisi, pequeña gran isla

Ulyfox | 9 de noviembre de 2020 a las 19:46

El borde del mar en Vathy, Meganisi.

El borde del mar en Vathy, Meganisi.

Henchidos de Ítaca, embarcamos en el ‘Ionion Pelagos’ con destino (fuerte palabra) a Meganisi. Las restricciones por el coronavirus habían limitado los trayectos y el nuestro incluía una escala en Fiskardo, hermoso puerto de Cefalonia del que no guardamos más que buenos, preciosos y precisos recuerdos, y otra en Nydrí. El camino fue largo pero placentero, el barco no estaba desbordado como hubiera sido lo normal en otros momentos, y siempre divisábamos costas en el horizonte, la de Cefalonia y luego Lefkada a babor, y la del continente griego a estribor.

A bordo del Ionion Pelagos.

A bordo del Ionion Pelagos.

La bella Fiskardo, desde el 'Ionion Pelagos'.

La bella Fiskardo, desde el ‘Ionion Pelagos’.

Ya camino de Meganisi, en el ferry del mismo nombre.

Ya camino de Meganisi, en el ferry del mismo nombre.

Fiskardo sólo lo divisamos desde la borda, mientras que en Nydrí bajamos con tiempo de tomar una cerveza y un plato de gyros (la variedad griega del kebab). A las cinco de la tarde ya estábamos de nuevo embarcados, ahora en el ‘Meganisi II’ para, en una media hora, llegar a esa pequeña isla, cuyo nombre significa curiosamente Isla Grande. Pasamos junto a la famosa Skorpios, que perteneció en su día al magnate Onassis y ahora es propiedad de un colega ruso que cobra a quien la visita para rememorar los amores de couché del naviero con María Callas y Jackie Kennedy. El pequeño ferry hizo su parada en el puerto de Spartohori, y desde allí un microbús nos llevó al de Vathy. Habíamos reservado tres noches en el hotel Mistral, un agradable establecimiento de dos plantas situado junto al muelle y a la entrada de la población, que ni se acerca al centenar de casas distribuidas por las orillas.

Vathy, desde el balcón del Hotel Mistral.

Vathy, desde el balcón del Hotel Mistral.

El lugar tiene el poder de enamorarte a primera vista: un espigón para amarrar barcos recreativos y otro para los pesqueros. A lo largo del paseo marítimo, por llamarle así, se amontonan algunas tabernas y restaurantes, algunas tiendas, un par de supermercados  y una iglesia con un alto campanario. En los locales hosteleros, las flores ocupan un importante espacio junto a las mesas. Una plaza triangular cierra el puerto y tras ella apenas tres callejuelas y colinas verdes y pedregosas, en las que se esconden sólo otros dos pueblecitos, Katohori y el ya nombrado Spartohori.

El paseo de Meganisi.

Una de las tabernas floridas.

La islita tiene además media docena de calas de agua cristalina y una atracción singular: la cueva de Papanikolis, llamada así porque dicen que durante la Segunda Guerra Mundial era el refugio del submarino griego del mismo nombre. El ‘Papanikolis’ tuvo una exitosa carrera hundiendo buques y transportando fuerzas del servicio secreto inglés a Creta. Lo que no es tan seguro es que la historia de esta cueva no sea una leyenda destinada más a atraer turistas que a otra cosa. Parece difícil que allí cupiera un submarino, pero eso no importa mucho a los numerosos turistas que se suben a los barcos de excursión para acercarse masivamente, como podéis ver en este horripilante vídeo. Aclaro que nosotros no fuimos.

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En el hotel sólo se alojaba una familia más, con la que sólo coincidíamos durante los copiosos y sabrosos desayunos que nos servía el callado encargado. La habitación tenía un precioso balcón a la bahía. El escenario resultante te invitaba a un solo propósito: tomártelo todo con mucha tranquilidad. La primera tarde y noche fue pues de reconocimiento, bebiendo la calma del sitio.

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Playa de Fanari.

Playa de Fanari.

El cuerpo pedía playa al día siguiente, luminoso. Pensamos en alquilar una moto, pero sólo tenían de las grandes, así que recurrimos a nuestra solución favorita en estos casos: llamamos al teléfono del único taxista de la isla. A los diez minutos apareció el joven Kostas Soldatos, apellido que vimos repetido en un supermercado y en una gasolinera. Una familia que desde luego vive bien del turismo. Tras las presentaciones, nos transportó a la playa de Fanari.

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Los juegos acuáticos no estropeaban la calma en Fanari.

Los juegos acuáticos no estropeaban la calma en Fanari.

Todo el mundo parecía estar allí, sobre todo en un chiringuito que incluía entre sus servicios el de juegos acuáticos, así que niños y mayores de pelo rubio, piel blanca y hablares nórdicos ocupaban la transparente agua con canoas, tablas y otros artilugios de flotar divirtiéndose. Tampoco molestaban mucho.

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Rincones para explorar en las cercanías de playa Fanari.

Rincones para explorar en las cercanías de playa Fanari.

Tomamos dos tumbonas y una sombrilla y pedimos un café griego con azúcar para empezar la mañana. Probamos el agua varias veces, nos dimos una excursión a pie por algunas calmadas calas vecinas, volvimos, tapeamos, nos volvimos a bañar… completando el día de playa con la llegada de Kostas para devolvernos al hotel, lo suficientemente temprano para que la noche fuera más larga. Kostas nos contó sin quejarse la bajada del turismo este año, lo que para él parecía ser más bien una buena noticia. “Otros veranos ha sido insufrible. He ganado mucho dinero, pero es muy difícil vivir seis meses sin soltar en todo el día el volante, sin vacaciones, sin días libres, sin poder salir con los amigos… Así es mejor”

La cena al atardecer en el restaurante Tilevoes.

La cena al atardecer en el restaurante Tilevoes.

Sólo faltaba culminar la jornada. Desde hace varios años ya, hemos cogido el gusto a la temprana hora europea de cenar en verano. Sobre todo porque hay pocas cosas que igualen al gusto de empezar una comida junto al mar con el sol aún poniéndose. Así lo hicimos en el restaurante greco-italiano Tilevoes, nombre de los antiguos habitantes de la isla, ya nombrados por Homero y con fama de excelentes remeros. El establecimiento goza de una excelente ubicación al otro lado del puerto, sitio ideal para disfrutar de su comida, mientras el día se diluía lentamente como la luz sobre las aguas del Jónico.

Como Telémaco recibiendo a Ulises

Ulyfox | 6 de noviembre de 2020 a las 20:38

 

Dexá, abierta a la evocación.

La playa de Dexá, que recibió a Ulises en su vuelta a Ítaca

 

Lo pensamos, de verdad que lo pensamos: planeamos hacer otras caminatas por Ítaca y conocer lugares con nombres tan evocadores como la Cueva de las Ninfas, la Fuente de Aretusa y la Cueva de Eumeo. La isla rebosa de lugares con reminiscencias homéricas. En la Cueva de las Ninfas se dice que escondió Ulises su tesoro al regresar; la fuente y la cueva últimas son los lugares donde Eumeo llevaba a pastar y beber a los cerdos que criaba para Ulises y donde se encontraban las caballerizas del rey héroe: pues no fuimos.

Baños en aguas míticas de Dexá.

Baños en aguas míticas de Dexá.

Porque el cuarto día amaneció espléndido de sol como todos, pero esta vez sin viento, y el mar lucía plano y acogedor desde por la mañana. Así que decidimos cambiar las sendas montañosas  por un paseo más plano, corto y plácido hasta la playa de Dexá, a solo media hora andando desde la capital, Vathy. Y además esa playa está llena también de significado odiseico, y de qué manera. Dice la leyenda que a sus orillas de guijarros fue a donde llegó Ulises tras 20 años fuera de su hogar (10 en la guerra de Troya y otros 10 navegando por el Mediterráneo).

Delicias bajo los olivos en Dexá.

Delicias bajo los olivos en Dexá.

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En esa playa comienza la narración de la Odisea, ahí empieza a contar Ulises su historia, allí se le apareció Atenea y le ayudó a disfrazarse de mendigo viejo, allí se encontró con su hijo Telémaco. A nosotros Dexá nos esperaba verde y calmada, tranquila y casi sin gente, en una pequeña ensenada de guijarros y con una especie de murete frente al agua, pero con unas tentadoras tumbonas colocadas bajo los olivos. En el centro del olivar, una pareja mayor (incluso más que nosotros) entraba y salía constantentemente con platillos y botellas desde una casa hasta las tumbonas. La vivienda era en realidad dos apartamentos y ofrecía una promesa de relax casi inigualable. Tan felices que se veían en lo que parecía su paraíso, que seguramente se volvía privado en cuanto caía la tarde.

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Las playas en Ítaca no suelen estar dotadas de servicios, pero Dexá tenía al menos un encargado de alquilar las hamacas, y una pequeña cantina en la que el hombre que la atendía ofrecía algunas cosas básicas como tzatziki casero y boquerones fritos, que fue lo que nos encargamos a la hora del almuerzo. Por supuesto, bajo un olivo.

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Vathy, a la vuelta del día de playa.

Vathy, a la vuelta del día de playa.

El dia se nos fue (bueno, lo dejamos ir) entre la conversación, el tapeo, las fotos, los espléndidos baños y la lectura. La vuelta a Vathy nos brindó además una hermosa vista de la capital a esa hora de la tarde en que la luz, más que alumbrar, acaricia los paisajes y las fachadas.

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A la izquierda de la imagen, el hotel Omirikon, nuestro alojamiento en Ítaca.

De nuevo al día siguiente, último en Ítaca, pensamos en ir a las cuevas o a la fuente… pero caímos en que en realidad aún no habíamos recorrido el pueblo, ni visto sus museos, ni tocado unos cañones venecianos que nos habían dicho que había cerca de allí. Así que hicimos todo eso con parsimonia. Un museo arqueológico modesto pero, como todos en Grecia, interesante. Y un precioso Museo Naval y Folklórico, una joyita.

La catedral de Vathy.

La catedral de Vathy.

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Vathy, en su tranquilidad.

Vathy, en su tranquilidad.

Es precioso, emocionante y ejemplar la cantidad de museos folklóricos que hay en Grecia. Casi cada pueblo mediano tiene uno. Normalmente, son una colección de herramientas, vestidos, muebles, utensilios varios que dan una idea certera de la vida cotidiana en el lugar correspondiente. Demuestran el amor de los griegos por su tierra, y hacen pensar cuántas cosas mandamos a la basura por aquí sin pensar en que tiramos a la vez buena parte de nuestra historia, que es como decir de nosotros mismos.

Un rincón de Vathy.

Un rincón de Vathy.

Penélope, ante la entrada del Museo Naval y Folklórico de Vathy.

Penélope, ante la entrada del Museo Naval y Folklórico.

El de Vathy hace especial hincapié en la tradición marinera, con numerosas muestras de uniformes, barcos, fotografías y carteles de navieras. Imaginaos lo que podría hacerse en Cádiz con su historia comercial con las Indias, y desde los fenicios…

El paseo por la bahía de Vathy hasta la playa de Loutsa.

El paseo por la bahía de Vathy hasta la playa de Loutsa.

Nos apetecía un poco de playa, e hicimos una pequeña caminata a la de Loutsa, a muy poca distancia del centro de Vathy. La playa no era gran cosa, y además hacía un día especialmente ventoso, así que estuvimos poco tiempo más que para darnos un baño casi solos. Pero el camino hasta allí fue delicioso, bordeando la bahía, sombreado a trozos, tropezando a cada paso con pequeños embarcaderos y disfrutando de la hermosa vista del otro lado de la capital, allí enfrente.

Un descanso en el paseo.

Un descanso en el paseo.

Casi llegando a la playa está señalizada una pequeña batería de cuando la dominación veneciana, encargada de vigilar la entrada al puerto natural. Sobre un alto, aún sobreviven dos cañones de la época, apuntando al mar, todavía amenazantes pese a estar desarmados, entre los restos de la pequeña fortificación.

Los cañones venecianos guardando la entrada en la bahía.

Los cañones venecianos guardando la entrada en la bahía.

Al regreso a Vathy, nos paramos a almorzar en el restaurante Tsiribis, casi encima de lo que llaman, algo pomposamente, Marina de Ítaca. El lugar es, como tantos en las islas griegas, agradable al máximo, y la comida bastante buena. Hace nada, en un programa reemitido sobre Javier Reverte con motivo del fallecimiento de este gran periodista viajero, hemos visto esta taberna, cuyo dueño, Dimitris, pasó muchas horas con el escritor y se convirtió en uno de los personajes de su gran libro ‘El corazón de Ulises’, o ‘Η καρδια της Οδισσεας’ (I cardiá tis Odiseas’) como leí en las manos de un pasajero griego hace muchos años.

Almuerzo en la taberna Tsiribis, la del amigo de Javier Reverte.

Almuerzo en la taberna Tsiribis, la del amigo de Javier Reverte.

La comida en ese lugar se prolongó y nos dio tiempo a contemplar una discusión bastante encendida entre dos familias de catalanes que habían amarrado su barco frente al local, se habian sentado a comer tan amigablemente hasta que la conversación derivó en una estúpida y violenta situación a causa de una de las adolescentes que los acompañaban. Prácticamente atardecía cuando regresábamos al hotel.

Las maravillosas calas cerca de Frikés.

Las maravillosas calas cerca de Frikés.

La mañana siguiente fue la de la despedida de Ítaca. Salíamos de la isla con destino a otra minúscula situada frente a la de Lefkada, y llamada Meganisi. El barco que debía llevarnos hasta allí partía a mediodía del puertecito de Frikés, que nos había acogido hacía casi 20 años. Gerásimos nos transportó por última vez (de momento), con bastante antelación puesto que queríamos desayunar tranquilamente en Frikés y aprovechar, tal vez para un último baño.

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Baños solitarios de Penélope.

Baños solitarios de Penélope.

En el mismo café en el que desayunamos (estaba casi todo cerrado) dejamos las maletas durante un rato y nos acercamos a unas calas idílicas que están muy cerca y que recordábamos de aquella vez. Un mar verde y una orilla de guijarros nos abrazaron durante un rato a Penélope y a mí mientras hacíamos tiempo para el viaje.20200906_111147

De vuelta, casi llegando a Frikes, vimos venir el ‘Ionion Pelagos’, que arribó casi a la vez que nosotros al puerto. Recogimos nuestras maletas y allí íbamos de nuevo, en otro barco a otra isla…

El difícil adiós a Ítaca.

El difícil adiós a Ítaca.

Esos rincones también en Skópelos

Ulyfox | 22 de julio de 2020 a las 12:09

Una de las calitas 'particulares' del cabo Amarantos.

Una de las calitas ‘particulares’ del cabo Amarantos.

 

En una anterior entrada ya confesé sin ambages nuestro amor por Skópelos, la isla más verde de las verdes Espóradas, ese archipiélago ubicado en el mar Egeo, al este de la península griega y pegado a ella. Pero quería dedicarle un espacio particular a algunos rincones especialmente hermosos, como si les hubiéramos cogido más cariño que a otros. Rincones que, dentro de la gran belleza que es Skópelos, son singulares. Por su situación o por su pequeño tamaño, están relativamente apartados del gran caos que genera el turismo masivo, sin ser por ello unos lugares desconocidos.

Taberna al pie de la playa de Agnondas.

Taberna al pie de la playa de Agnondas.

Agnondas es uno de esos parajes, sin más tesoro que un agua plácida y transparente, algunas tabernas que han devenido en restaurantes de más postín sobre el mar un pequeño embarcadero y un muelle más grandeque, cuando los temporales arrecian (lo que no es extraño en este Mediterráneo que gasta fama de calmado), se usa como puerto alternativo al de Skópelos capital. Recuerdo, en nuestra primera visita hace muchos años, habernos quedado dormidos en la playita y al despertar casi asustarnos al ver ante nosotros la inmensa mole atracada de un moderno ferry que ocupaba casi todo el espacio.

Vista general de la playa de Agnondas.

Vista general de la playa de Agnondas.

Penélope, en el embarcadero de Agnondas.

Penélope, en el embarcadero de Agnondas.

Agnondas, con su playa, no es precisamente una desconocida, está a pie de carretera y el autobús de línea para allí regularmente, pero algo parece mantenerla a resguardo del interés masivo, que se centra mucho más en las excelentes playas de Panormos, Kastani y Stáfilos, todas espléndidas como muchas otras en la isla. Por eso es una delicia acudir temprano y poder desayunar frente al verde de sus aguas. Nosotros lo hicimos para tomar un café antes de emprender una excursión a pie hacia otro rincón único: los Tres Pinos, en el cabo Amarantos.

Los tres pinos del Cabo Amarandos.

Los tres pinos del Cabo Amarantos.

El paseo tiene una cierta dificultad (en realidad, una pequeña subida) al principio y luego transcurre entre pinos y al borde del mar. Da tiempo a lamentarse ante las huellas calcinadas de los frecuentes incendios que castigan la isla, pero también a felicitarse por los rebrotes continuos y los carteles que advierten sobre dónde pisa uno para no destruir los pinitos recién nacidos.

Paisaje del Cabo Amarantos.

Paisaje del Cabo Amarantos.

El nombre de los Tres Pinos aparece evidente al final del sendero. En efecto, tres hermosos y altos ejemplares se alzan sobre una roca pelada y estrecha que se adentra en el mar, formando una imagen preciosa y emblemática de la isla, por cierto también usada en la película Mamma mía! A su alrededor, una agua turquesa que siempre aprovecha alguna pareja más atrevida para zambullirse.

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El entorno es espectacular: varias calas se adentran profundamente en los acantilados a los que se agarran los pinos. Bajar a sus tentadoras aguas es difícil, pero siempre hay quien lo ha hecho temprano y se ha apoderado de una especie de piscina natural y de una playita que es apenas algo más que unos pocos metros. Mil fotos es lo mínimo que apetece disparar.

Una cerveza frente al mar.

Una cerveza frente al mar.

Luego, lo suyo es volver a Agnondas y disfrutar de una cerveza y algo más en el par de tabernas que hay sobre la playa. arrojando de vez en cuando un trozo de pan al agua para ver como los peces se arremolinan, peleando por llevarse un bocadito.

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Un taxista loco de Skiathos

Ulyfox | 24 de junio de 2020 a las 19:47

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Dos vistas generales de Skiathos capital.

Dos vistas generales de Skiathos capital.

 

“Esta es la peor época para venir”, nos dijo cuando todavía parecía un conductor normal. Pero no tardamos mucho en descubrir que estaba loco, o lo quería aparentar, o quizá desplegaba su catálogo de locuras para impresionar al turista interpretando su papel de taxista de película. Estábamos en Skiathos, la más visitada del archipiélago de las Espóradas, un conjunto impresionante de pinos, olivos y calas azules, la preciosa y tópica estampa de las islas griegas, al menos desde el estreno de la película Mamma Mía!

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Callejeando por Skiathos a mediodía. Tranquilidad

Callejeando por Skiathos a mediodía. Tranquilidad

Habíamos llegado unos días antes, en un vuelo que se retrasó más de lo normal, al aeropuerto de Skiathos después de abandonar el Peloponeso en coche hasta Atenas. Un taxista, otro distinto a nuestro protagonista, aceptó llevarnos a los Apartamentos Sirayna, pero compartiendo el vehículo con otra pareja y su también abundante equipaje. Amontonados en el coche, nos acercó a nuestro destino. Allí, Vasili, un hombre en permanente camiseta de tirantes blanca, y su trabajadora mujer, bastante mayores, nos recibieron con sonrisas. Él ya estaba retirado, pero a ella aún le quedaban varios años de labor. Nuestro apartamento estaba en un segundo piso, un calvario con las pesadas maletas. Seguramente por eso, el agarre de una de ellas se rompió nada más empezar a subir. Otro inconveniente. Con la decidida ayuda de Vasili, aun con una pierna operada, pudimos llegar arriba.

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Skiathos pueblo es agradable cuando no hay mucha gente.

Skiathos pueblo es agradable cuando no hay mucha gente.

Los apartamentos, no los mejores de nuestras vidas, fueron lo único que pudimos encontrar en un Skiathos atestado en pleno agosto. La isla está tomada por el turismo en esas fechas, bajamos por la calle principal, Papadiamantis, buscando un lugar donde cenar. En algunos puntos casi no se podía andar, atrapados entre los expositores de las tiendas a uno y otro lado de la calle. Es una isla muy visitada desde hace tiempo, pero el turismo masivo ha llegado a desbordarla. Le sobran atractivos de montes, bosques y playas, pero creo que no da abasto para tanto. Un par de noches hubo apagones y estoy convencido de que se produjeron por sobrecarga. Sólo apartándonos de las zonas más comerciales se podía pasear con una cierta tranquilidad.

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Un ferry atestado en el puerto de Skiathos, y barcos de excursiones en el muelle deportivo.

Un ferry atestado en el puerto de Skiathos, y barcos de excursiones en el muelle deportivo.

Skiathos, al igual que sus compañeras Skópelos y Alónisos, nos conquistó las anteriores veces que la habíamos visitado. Tiene prácticamente una sola población y es agradable, el paisaje es verde y bello. Claro que eso era en septiembre y años antes de la explosión del turismo. De hecho, era la tercera vez que estábamos allí. Ahora, el aeropuerto no para en todo el día, y en su bello puerto partido en dos por una islita unida a tierra, los barcos salen y entran continuamente.

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La Torre del Reloj domina el empinado pueblo.

La Torre del Reloj domina el empinado pueblo.

En los cuatro días que pasamos esta vez no encontramos la paz casi nunca, fuera de un paseo que dimos a mediodía por el pueblo, en las horas en que todo el mundo está en la playa. Las carreteras eran una locura, los autobuses a las numerosísimas playas estaban abarrotados, era casi imposible encontrar un hueco para comer, de  noche la calle principal era un río de gente que te arrastraba. Bandadas de jovencitos, familias de nórdicos e ingleses se desparramaban por toda la superficie.

La estupenda playa de Koukounaries, una de las mejores de Grecia, pero demasiado 'animada'.

La estupenda playa de Koukounaries, una de las mejores de Grecia, pero demasiado ‘animada’.

En la playa de Koukounaries, considerada una de las mejores de Grecia (imaginaos lo que eso significa) nos las prometíamos muy felices delante de los pinos, en nuestra tumbona y tras pedir una cerveza. Pero al poco de estar allí vimos salir de una de las casetas a uno de los encargados de los servicios portando un gran altavoz. “¡Oh no, no estarán pensando en colocarlo por aquí cerca!”, dijo Penélope. Y tan cerca: justo detrás. Por lo visto, últimamente por allí no se concibe ir a una playa que no tenga música. ‘Beach bar’ es sinónimo de volumen alto y ritmo bailable. La cara que pusimos y nuestros ademanes debieron ser tan expresivos que nos preguntaron: “¿No les gusta la música”?

-Sí, claro, pero nos aguantaremos -les dijimos en un español que no entendían, claro.

Baño en la playa de Kolios.

Baño en la playa de Kolios.

Terraza en la zona de restaurantes sobre el mar.

Terraza en la zona de restaurantes sobre el mar.

Tal vez por cortesía, bajaron un poco el sonido, y pudimos disfrutar, resignados, de la jornada playera. El agua y los baños en la sin duda magnífica playa nos compensaron, o será que somos de buen conformar cuando estamos en Grecia. Otras playas no nos agradaron tanto, sea porque el tiempo se estropeó (nos llovió, siempre nos ha llovido en Skiathos y siempre con tormenta) sea porque el trabajo de llegar a ellas (tanta gente) no compensaba o sencillamente al final no era para tanto.

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Un alto en el paseo vespertino, frente al mar.

Un alto en el paseo vespertino, frente al mar.

Lo que sí nos redimió fue la comida. Hay demasiados bares y restaurantes turísticos en la isla, con los resultados esperables, pero supimos dar en la tecla. Así que podemos mencionar Vithós (gran scorpina a la parrilla y buenos boquerones), Lo&La (antológica pasta con atún y alcaparras, así como una deliciosa impepata de cozze, servidos por auténticos y engalanados italianos) y Ártima (gran risotto y un llamativo humus con atún, amenizados por la peculiar familia propietaria, todos médicos y cantantes que celebraban con música el cumpleaños de la madre).

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Skiathos tiene un cementerio muy bien situado.

Skiathos tiene un cementerio muy bien situado.

Pero aquel taxista del último día resultó como el resumen del ambiente de la isla. Hacía un aire fresquito y habíamos dado con la playa de Kanapitsa, pero no se estaba bien. Aguantamos el tirón porque mejoró algo el ambiente y el viento después de comer. A la hora de volver, tuvimos una larga espera, aguantando junto a una pareja insoportable que no paraba de gritarse y de gritar al niño que iba con ellos, hasta que llegó el autobús, pero no paró porque venía atestado. Estábamos debatiendo si volvernos andando (más de una hora de camino) o terminar acampando sin tienda bajo un pino cuando apareció un taxi por el camino de la playa. No lo dudamos y lo paramos. ¿Podía llevarnos a Skiathos? ¡Podía!

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Pero lo que siguió fue un show indefinible, un circo filmable, un catálogo de gritos y bocinazos a otros conductores ‘catastróficos’ según el joven taxista. Entre increpación e increpación, nos preguntó si nos gustaba Skiathos, a lo que contestamos algo obvio: que sí, pero que había demasiada gente.

-¡Pero es que esta es la peor época para venir! ¡Agosto! ¡La gente está loca ahora, y muy exigente! – decía, mientras respondía al teléfono a un cliente y miraba una larga lista de citas: ¡Sí, sí, habíamos quedado a las siete y media, ya estoy llegando! -y dirigiéndose a nosotros: ¿Ven lo que les digo? La gente está muy exigente.

A Penélope se le ocurrió comentar que en la isla se hacía muy difícil conducir, y ahí vio otra ocasión de lucirse:

-No para mí, señora, yo soy un gran conductor ¡Qué digo conductor! ¡Yo no soy taxista, soy piloto! ¡No tengan miedo!-gritaba entre grandes risotadas.

Y a partir de ahí, comenzó a hacer alardes por entre las calles estrechas, soltaba las dos manos del volante, aceleraba para coger las curvas, se tapaba los ojos, soltaba carcajadas, sorteaba rozando los coches y motos aparcadas a ambos lados a la manera griega… Un frenazo en un sitio cualquiera dio fin a la carrera. Una pareja joven con una maleta esperaba señalando el reloj y con cara preocupada, quizá por la hora de su vuelo. No sospechaban que tendrían en breve motivos más serios para preocuparse.

Por nuestra parte, salimos del taxi con gran alivio y con la felicidad de que lo que nos quedaba de camino lo haríamos andando.

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Uno de los rincones más bonitos de Skiathos.

Uno de los rincones más bonitos de Skiathos.

¡Skiathos, qué manera de estropearte entre foráneos y nativos! ¡Tan bella y tan maltratada!

La intensa noche en Skiathos.

La intensa noche en Skiathos.

Hacia Olimpia entre restos arcaicos

Ulyfox | 3 de junio de 2020 a las 18:31

Vista del golfo de Pilos desde el palacio de Néstor.

Vista del golfo de Pilos desde el palacio de Néstor.

 

En Grecia, por mucho que vayas, siempre te dejas cosas por conocer. En esta ocasión, en el camino entre Koroni y Olimpia, dejamos a un lado una maravilla, uno de los templos mejor conservados de la antigua Grecia: el de Bassae, dedicado a Apolo Epicuro. Construido poco después que el Partenón, a finales del siglo V antes de Cristo, está construido en estilo dórico, pero su disposición es original y avanzada. Tiene también una fila interior de columnas jónicas y una única central corintia, cuyo capitel es el más antiguo que se conoce de ese estilo.

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Vistas del templo de Bassae, con su antiguo aspecto y el que presenta ahora, bajo la carpa. Las fotos no son nuestras, obviamente.

Vistas del templo de Bassae, con su antiguo aspecto y el que presenta ahora, bajo la carpa. Las fotos no son nuestras, obviamente.

 

Pues a pesar de esa descripción tan atractiva, no fuimos a verlo: está aislado en el interior montañoso. Esta ubicación le permitió pasar desapercibido durante siglos y a salvo de guerras y destrucciones, pero esa misma situación, al final de una larga y sinuosa carretera nos disuadió de ir a buscarlo: otra tarea que queda pendiente. Ahora el templo está bajo la protección de una gran carpa, lo que le quita espectacularidad a su presencia encima de una loma, pero le otorga seguridad.

Una vista general de los restos del palacio.

Una vista general de los restos del palacio.

La bañera de terracota del palacio.

La bañera de terracota del palacio.

 

A esas dificultades se unió que ya veníamos ese mismo día de una experiencia de ruta complicada para visitar, cerca de allí, el palacio de Néstor, el afamado rey que fue uno de los caudillos micénicos que participaron en la guerra de Troya. De lo que fue uno de los centros de poder más importantes de la antigüedad, probablemente datado más de 1.500 años antes de Cristo, sólo quedan algunos restos de muros que permiten distinguir la disposición del palacio pero sobre todo allí está el eco inapagable de una época.

Entrada a la tumba.

Entrada a la tumba.

Penélope, en el interior de una de las tumbas micénicas junto al palacio de Néstor.

Penélope, en el interior de una de las tumbas micénicas junto al palacio de Néstor.

 

En un entorno protegido por una cubierta de madera y de aspecto polvoriento, se pueden observar algunas dependencias y sobre todo el curioso baño, con bañera de terracota incluida. En sus ruinas se pudieron encontrar restos de frisos decorados con frescos y una importante colección de tablillas de arcilla inscritas con una antigua escritura, cuyo descifrado fue importantísimo para el conocimiento de la Antigüedad. Además, en los alrededores han aparecido varias tumbas micénicas, en forma de tholos, como una gran cúpula de piedra bajo las que impresiona entrar. Me recordaron a la llamada Tumba de Agamenón en la misma Micenas, aunque de menor tamaño.

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Frescos del palcio de Néstor y una vasija con el dibujo de un pulpo, en el Museo de Hora.

Frescos del palcio de Néstor y una vasija con el dibujo de un pulpo, en el Museo de Hora.

 

El Museo Arqueológico de Hora, un pueblo cercano, acoge todos estos importantes hallazgos, pero requiere una inversión en renovación que permita entender mejor la importancia de lo expuesto. Algunos restos minúsculos de frescos son emocionantes pero están repartidos en vitrinas de manera penosa ¡Hay tantos siglos de historia europea allí metidos!

Anotado Bassae para una próxima vez, y camino de Olimpia, señalamos en el mapa una parada que parecía sugerente, la playa de Voidokilia, con una llamativa forma de letra Ω en la que la parte curva pertenece a un arco de arena dorada que linda con un agua transparente. Todo eso estaba allí cuando llegamos, pero también miles de personas abarrotando el lugar, además de un viento racheado y caliente. Suficientes razones para dar marcha atrás y buscar el baño en otra playa cercana, tampoco muy atractiva. Son los inconvenientes de una de las zonas más turistizadas de Grecia, la llamada Costa Navarino.

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La playa de Voidikila, magnífica y atestada.

La playa de Voidikila, magnífica y atestada.

 

Visto el plan, decidimos alcanzar ya Olimpia, a donde llegamos en medio de uno de los aires más calurosos que recuerdo. El hotel respondía casi con exactitud a lo que se esperaba, lleno de familias que habían tomado al asalto la piscina. Como un destino que no entiendo en mitad del ardiente Peloponeso. Menos mal que a la mañana siguiente nos esperaba muy tempranito la eterna Olimpia antigua.

 

Koroni, un pueblo y un ‘kastro’

Ulyfox | 26 de mayo de 2020 a las 12:14

Vista del pueblo y el kastro veneciano de Koroni.

Vista del pueblo y el kastro veneciano de Koroni.

Veníamos de asombrarnos con las columnas, las piedras y la ubicación de la antigua Messeni, de un disfrute que sólo podíamos calificar de espiritual, aun con todo lo manido del término. Andando por el Peloponeso, las distancias siempre son aparentes, así que tardamos más de lo previsto en llegar a Koroni, un pueblo costero que durante muchos años habíamos tenido en nuestro pensamiento sin saber muy bien por qué. Seguramente por lo eufónico de su nombre, pero también por ciertos recuerdos de haber oído cosas buenas de él, no me preguntéis dónde.

Llegada a Koroni por carretera.

Llegada a Koroni por carretera.

Afortunadamente, se llega bordeando la costa, y eso quiere decir que la primera visión es hermosa: un caserío al borde del mar, rematado por una fortaleza oscura veneciana y turca como tantas en Grecia. Después de dejar las pesadas maletas en el Sofotel situado a la entrada del pueblo, era la hora perfecta para el paseo. Pero Koroni tiene unas cuestas tremendas. De momento, tomamos la mejor decisión posible en los pueblos griegos: bajar al puerto. Nos encontramos un ambiente más bien pueblerino, de gente en las puertas, niños corriendo y panaderías olorosas, lo que siempre es agradable.

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Ambiente en las calles de Koroni.

Ambiente en las calles de Koroni.

Encontré una óptica en la que me repararon un estropicio autoinfligido a mis únicas gafas, de resultas del cual acabó con una patilla rota. Un desastre menor que Penélope arregló con sus manitas, utilizando un trozo de cuchillo de plástico. Varios días anduve con este remedio casero, más bien horroroso pero que funcionó. En la óptica fueron más profesionales, con una soldadura, pero no más efectivos.

La bajada hacia el puerto.

La bajada hacia el puerto.

El puerto no es ni mucho menos el más bonito que se puede encontrar, ni las terrazas de los restaurantes tienen esa condición de buen gusto que encontramos en tantos lugares de ese país. Parecen más bien enfocados a un turismo, abundante pero no agobiante. Al final del paseo, la vista de la fortaleza sobre el promontorio sí es reconfortante. Vemos de lado las pendientes que hay que tomar para recorrer el pueblo y decidimos que es mejor buscar un sitio en la planicie frente al mar, en el que cenar. Al pasar, habíamos reparado en un cerdo dando vueltas y asándose en un espeto a la puerta de un restaurante, el Barbarossa. Así que estaba claro. El cerdo (jirinó) resultó sabroso, bien acompañado de tatziki y patatas, y lo completamos con una ensalada de judías verdes (fasoulakia) buenísima. Un acierto.

Ante la gran puerta veneciana del kastro.

Ante la gran puerta veneciana del kastro.

Teníamos dos noches reservadas en el hotel, que nos despertó con un gran desayuno a la griega. Koroni tiene una gran playa al otro lado del cabo, la de Zaga, y queríamos disfrutarla, pero subiendo y cruzando por la fortaleza. A la gran puerta veneciana nos dirigimos trepando la colina. Ante ella, una joven pareja con una niña pequeña hablaba entre ellos en euskera, así que me agradó saludarlos con un ‘egun on’ sonoro para sorprenderlos. Ello dio pie a una corta conversación sobre Grecia, y tuvimos tiempo para intercambiar consejos sobre recorridos.

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Habitantes de una casa dentro del Kastro.

Habitantes de una casa dentro del Kastro.

 

Ante la entrada del complejo del monasterio.

Ante la entrada del complejo del monasterio.

Otra vista general del monasterio.

Otra vista general del monasterio.

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Ante la iglesia de Santa Sofía (Agia Sophia) en el kastro.

Monasterio de Timios Prodromos.

Monasterio de Timios Prodromos.

El gran castillo (kastro para los griegos), levantado en el siglo VI, fue ampliado y reforzado por los venecianos, albergó en tiempos casi todo un pueblo. Hoy sólo quedan algunas casas, ruinas y un bien mantenido monasterio de monjas, el de Timios Prodromos, así como varias iglesias en distinto estado de conservación. Visitar estas iglesias es especialmente agradable, tanto como pasear por entre los restos de lo que fue un bastión inexpugnable importantísimo para el dominio veneciano y que tiene una gran vista sobre el pueblo y el mar circundante.

La playa de Zaga, desde el kastro.

La playa de Zaga, desde el kastro.

La fortaleza, desde la playa de Zaga.

La fortaleza, desde la playa de Zaga.

Como habíamos salido temprano, aún disponíamos de bastante tiempo para disfrutar de la playa de Zaga, bastante familiar y bien organizada. Un poco ruidosa por esto, pero preciosa al caer la tarde, hora en la que todo se remansa en esa parte del mundo. Bañarse con el castillo de fondo es una bonita experiencia. Para volver, el camino más recto incluía una nueva subida atravesando el pueblo. Y fue duro. Pero no hay cuesta que no se pueda vencer haciendo las paradas necesarias. El paseo nos descubrió rincones agradables, y nos confirmó que el turismo no ha derrotado aún a la forma de vida tradicional. Koroni no es una maravilla, sólo un pueblo griego amable al que en esta ocasión nos costó cogerle el punto que te hace trasladarte a la emoción.

En la parte más alta de Koroni.

En la parte más alta de Koroni.

Nos sentó muy bien, eso sí, parar dos noches en un lugar tranquilo.

Vista del mar frente a Koroni, desde la ventana del Sofotel.

Vista del mar frente a Koroni, desde la ventana del Sofotel.

 

Elafónisos, baños de felicidad

Ulyfox | 22 de abril de 2020 a las 13:31

La playa de Simos, en Elafónisos, para soñar libertad.

La playa de Simos, en Elafónisos, para soñar libertad.

Hacen falta ganas para llegar hasta Elafónisos. Y a nosotros nunca nos faltan para descubrir lugares en Grecia. En realidad, mucha gente acumula estas ganas para visitar cada año esta minúscula islita, a un salto del Peloponeso más meridional, y que tiene una playa única, entre las más transparentes que hemos conocido.

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A bordo del transbordador desde Pounta hacia Elafónisos.

A bordo del transbordador desde Pounta hacia Elafónisos.

Nosotros viajamos por la costa este, veníamos de Leonidio con esa meta clara, casi cuatro horas de camino por esas carreteras del Peloponeso, y tuvimos que renunciar a hacer ni siquiera una parada gozosa en el peñón y pueblo amurallado de Monenvasia, que de todas formas ya conocíamos. Elafónisos (que significa ‘isla de los ciervos’ y no hay que confundir con otra maravilla playera cretense de nombre casi igual) no es una desconocida. Para embarcar hay que dirigirse al puertecito de Pounta, en el extremo sur la región de Laconia, de donde sale el transbordador. En temporada alta, hay barcos durante todo el día y cada media hora. Era temporada alta, principios de agosto nada menos, y una larga cola de coches se extendía por la carretera. Tuvimos que hacerla también. Muchísimo más tiempo de espera que los escasos diez minutos que emplea el barco.

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El puertecito de Elafónisos.

El puertecito de Elafónisos.

La maniobra de embarque del coche fue complicada: había que meterlo por una rampa no muy ancha marcha atrás, y luego pegarlo lo más posible a los otros vehículos. Penélope se empleó a fondo y con el apoyo entusiasta de uno de los tripulantes, ya experto, que cogió desde fuera el volante y gritaba animoso: “¡Ahí, más a la derecha, ahora a la izquierda, más, bien. Usted no es una conductora, es piloto de carreras!” Las risas pudieron a los nervios, porque esas instrucciones eran ¡en griego!

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Por las callejuelas de Elafónisos pueblo.

Por las callejuelas de Elafónisos pueblo.

Elafónisos resultó lo que nos esperábamos. Apenas un asentamiento de pescadores tranquilo que se revoluciona en verano. Y tan griego: su puertecito con su iglesia blanca en el espigón, sus barcos de colores pegados al cantil, y naturalmente, sus tabernas, bares y restaurantes para los turistas. Hace años debió ser un paraíso. A pesar de todo, ahora, y lleno de familias italianas en agosto, es un lugar amable, inigualable si el tiempo y el viento se portan bien, y te ofrece el plan perfecto de descanso: mucha playa durante todo el día, y un paseo con aperitivo y cena en el puerto tras la ducha en el apartamento, hotel o pensión.

Otra vista del puerto.

Otra vista del puerto.

A pesar de la saturación, habíamos logrado reservar por teléfono un par de días antes para una noche en Anett Studios. Allí nos recibió un hombre griego mayor del que no recuerdo el nombre. Sí me acuerdo, en cambio del de la perrita que nos recibió ladrando, Lily. En seguida apareció Anett, la esposa de aquel, sudafricana y gerente real del negocio. El marido no parece que haga nada más que acompañar a la habitación a los huéspedes. Pero eran los dos muy amables, a pesar del cerrado acento que nos impedía entender muy bien su inglés.

El sublime pastel de queso de la Taberna Ourania.

El sublime pastel de queso de la Taberna Ourania.

Ese día hicimos poco más que acercarnos al casi despoblado puerto, a través de unas sencillas callejulas, y almorzar en la espléndida taberna ouzeri (lugar donde sirven ouzo con mezedes, una especie de tapas) Ourania. Memorable su empanada de queso al estilo local. Luego nos dimos un baño en la cercana playa urbana. La tarde no era especialmente hermosa, pero al poco se quedó un atardecer entre nubes y rayos de sol que aprovechamos para pedir un café frappé sobre la arena. Queríamos leer, pero esa vez la belleza de la hora atrajo más nuestra mirada que el libro.

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El primer atardecer.

El primer atardecer.

Por la noche, el puerto era un hervidero. Familias enteras ocupando todas las terrazas y locales. Casi imposible encontrar un lugar para cenar, el típico ambiente veraniego que te puede llegar a agobiar pero en el fondo de tus recuerdos te reconcilia con tantos estíos de disfrute simple. Al final de la playa urbana, allí lejos, conseguimos cenar en el restaurante Aronis un buen pescado fresco y casi con los pies sobre el mar.

No teníamos donde quedarnos para el día siguiente, pero los buenos oficios de Annett nos consiguieron un alojamiento en el local de una amiga suya: Lisa’s Place. Se lo agradecimos y, con la cama resuelta, nos lanzamos muy temprano hacia la playa de Simos, la auténtica gema de este lugar. Esta vez sí madrugamos puesto que no queríamos encontrarla atestada. Y lo conseguimos: a las ocho de la mañana estábamos tomando posesión de un par de hamacas y una sombrilla en segunda fila de playa. La primera estaba toda reservada desde el día anterior o quién sabe si por varios días.

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El espectáculo de la playa de Simos, solitaria por la mañana.

El espectáculo de la playa de Simos, solitaria por la mañana.

No nos importó: el espectáculo de esa luminosa y maravillosa playa vacía a esa hora era inigualable. Una larga franja de arena dividida en dos por un tómbolo apareció ante nuestros ojos para nosotros solos. O casi solos: una pareja italiana con dos niños armaban bastante ruido. También lo dimos por bueno. Recorrimos la maravilla de una punta a otra, subimos a la cima del tómbolo, admiramos la transparencia de sus aguas calmadas. Empleamos el día en trabajos tan bien recompensados como bañarnos una y otra y otra y otra vez, hacer fotos y fotos y fotos, regodearnos en nuestra felicidad de bañistas privilegiados en el agua más acogedora, comentar y criticar a los vecinos de playa cada vez más numerosos, leer páginas y páginas y páginas del libro, y en felicitarnos a cada momento por estar allí…

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Cuántos baños en esas aguas de cristal...

Cuántos baños en esas aguas de cristal…

Ni siquiera almorzamos, sólo pedimos unas cervezas al cercano bar, para así volvernos no demasiado tarde al pueblo, a apenas cinco minutos de carretera. Nuestro alojamiento, Lisa’s Place, está situado en una pequeña elevación de la isla, no muy lejos del ‘centro’ y, ¡oh casualidad! la dueña se llama Lisa y, quién lo iba a decir, es otra anglosajona, en este caso canadiense, casada con un griego. Y envidiamos esa situación. “Cásate con un griego, vete a vivir a su isla y pon un hotel”, deben decirse muchas. Qué buen consejo…

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Como la distancia era razonablemente corta y como la tarde estaba como estaba de bonita, fuimos de paseo feliz entre los campos dorados, y luego entre las callejuelas blancas, hasta el puerto. Y acertamos otra vez con la hora: no había mucha gente, el ambiente era delicioso, y encontramos una mesa junto a las barcas de nuevo en Ourania, y de nuevo saludamos al peculiar dueño, un joven hirsuto y barbudo llamado Petros. Salmonetes fritos, taramosalata (una crema exquisita de huevas de pescado) y ensalada griega, mejor llamada horiátiki, fueron la opípara cena mientras se iba apagando la luz del sol. No hubo posibilidad de probar nuestra idolatrada ajinosalata (ensalada de erizos de mar), puesto que Petros nos informó en susurros que su pesca estaba prohibida.

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Y cena a la caída de la segunda tarde, de nuevo en Ourania.

Y cena a la caída de la segunda tarde, de nuevo en Ourania.

A la mañana siguiente, igualmente muy temprano, esperábamos en el puerto el primer barco para volver al continente, acumulando otra promesa más de volver a un lugar en Grecia.

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En el balcón de Lisa’s Place.

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La fachada de la iglesia en el puerto.

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¡Qué disfrute infantil!

 

Parga, en la costa de Epiro

Ulyfox | 29 de enero de 2020 a las 19:53

Vista panorámica de Parga.

Vista panorámica de Parga desde el castillo veneciano.

Paxos nos había dejado varias evidencias gozosas, como cualquier experiencia viajera debe ser. Una era que la masificación turística provoca daños irreparables al lugar en cuestión, como pudimos comprobar al comparar la placidez de esta última isla con la aglomeración muchas veces insufrible de su hermosa hermana mayor, Corfú. Otra evidencia fue que es posible sustraerse a esos efectos, y que el disfrute es incomparable si uno no tiene que estar sorteando codos. Que las islas Jónicas son bellísimas por su mezcla italo-greca queda como la constatación mejor.

El paseo marítimo de Parga, con el castillo al fondo.

El paseo marítimo de Parga, con el castillo al fondo.

Después de cuatro días en Paxos era nuestra intención volver a Ítaca, visitada en tiempos remotos, mucho antes de esta explosión viajera de los últimos años. Pero no nos fue posible por dos circunstancias, una insospechada y otra sobrevenida. La primera es que no había disponibilidad hotelera. Muérete. La temporada alta de finales de julio, aunada con la fiebre turística, hicieron que no hubiera sitio para nosotros en aquellas fechas. Eso nos hizo añorar nuestra primera visita, cuando buscamos alojamiento al desembarcar, y lo encontrábamos. Una mínima posibilidad se abría uno de los días, pero coincidía con una previsión de viento fuerte que no prometía una buena travesía en los pequeños barcos.

Atardecer en el paseo marítimo de Parga.

Atardecer en el paseo marítimo de Parga.

Tras unas lamentaciones no demasiado profundas, convenimos en cambiar el plan (aláxoume to prógramma, como le dijimos a nuestra amable hotelera). Teníamos tiempo, mucho tiempo de vacaciones por delante, podíamos hacer la variación. Así que la cosa quedó en lo siguiente: un ferry nos llevaría hasta Igoumenitsa, en el continente; allí nos recogería un transfer que nos llevaría hasta Parga, donde pasaríamos unos días, y luego desde ahí nos dirigiríamos hasta Patras, en el Peloponeso, desde donde también salen grandes barcos para Ítaca. Confiábamos en que pasados unos días, el panorama hubiera cambiado y podríamos arribar a la patria del gran Ulises, el Odiseo pródigo en ardides que retrató Homero. Luego comprobaríamos que la isla del héroe de Troya no era fácil de alcanzar ni aun así…

La empinada cuesta que lleva al castllo y a los apartamentos Paraskevi.

La empinada cuesta que lleva al castllo y a los apartamentos Paraskevi.

Llegamos a Parga a media mañana. El hotel Paraskevi’s Luxury Studios resultó delicioso, simple en su aspecto exterior, pero excepcional en las vistas desde el balcón del apartamento y, sobre todo, en la insuperable amabilidad del dueño, Kyriakos (que es como llamarse Domingo en español, aunque también existe aquí el Ciriaco), siempre atento a nuestras preguntas y dudas. Los desayunos en la terraza privada aseguraban buenos ratos de disfrute, con el café caliente servido al momento y la playa y las montañas como fondo.

La vista desde los estudios Paraskevi.

La vista desde los estudios Paraskevi.

Parga tiene una visión única, tanto desde la playa del pueblo, con el caserío que asciende hacia el imponente castillo veneciano, como desde las alturas de este con la vista de la media luna de arena y el islote con la iglesia de Panagía en frente. La costa recortada y verde es hermosísima.

Anochecer desde el castillo.

Anochecer desde el castillo.

Para llegar hasta el paseo marítimo hay que bajar una calle larga y empinadísima que sería bonita si no estuviera llena de tiendas y expositores con artículos turísticos. Y al llegar a la parte llana, es imposible andar: el gentío, que a finales de julio era mayoritariamente ruso y de los Balcanes, invade el espacio. Las estrechas calles resultan intransitables a esa hora temprana en que cena la gente no española. El ambiente es intensamente vacacional y familiar. Llega a ser agobiante por momentos si vas buscando tranquilidad, que probablemente no encontrarás.

Una cena al atardecer en la taberna Stefano.

Una cena al atardecer en la taberna Stefano.

Tiene Parga tres playas, la amplísima de Valtos, de arena fina y capaz de acoger a miles de personas, y dos más pequeñas, una junto al casco urbano, Krioneri y otra separada por un promontorio, Piso Krioneri. Las tres están llenas de tumbonas y sombrillas y son la razón principal por la que tanta gente viene a esta ciudad costera de la región de Epiro. En la primera de ellas pasamos un buen día de baño, lectura y comida, pero en la segunda, el público resultó agobiante y sin miramientos en busca de un sitio en la arena.

Un baño en la playa de Valtos.

Un baño en la playa de Valtos.

Estos inconvenientes hicieron que Parga no fuera uno de los lugares griegos que más nos han gustado, aunque alguna cena al atardecer desde las alturas, las vistas desde el apartamento y la excelente atención de Kyriakos y el personal del hotel compensaron en buena parte esas partes negativas.

Vista mañanera de Parga.

Vista mañanera de Parga.

Porto Timoni, esfuerzo y recompensa

Ulyfox | 20 de noviembre de 2019 a las 13:09

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Sostiene Penélope que la tendencia última en el turismo como fenómeno es que cuanto más difícil de acceder es un sitio, cuanto más recóndito o escarpado, más gente acude a visitarlo. Es la tendencia a presumir de “yo he estado”. Las redes sociales abundan en comentarios sobre estos lugares, normalmente preciosos, y extrañamente muchos insisten que se podrá estar sin gente. Mentira: ya no hay lugares secretos.

Vista general de las playas de Porto Timoni.

Vista general de las playas de Porto Timoni.

Pasa con Porto Timoni, una pareja de playas azules enfrentadas que se dan la espalda en su semicírculo, en el noroeste de Corfú. Hermosas de verdad, vistas desde las alturas, dos medias lunas esmeraldas de aguas tranquilas… pero con un acceso infernal por tierra. Hay que trepar, subir, bajar y mirar con cuidado donde se pisa por una estrecha senda sin sombra. No es que sea para montañeros expertos, pero tampoco para que se haga sin un calzado adecuado o con una cierta edad. Pues allí vimos a gente en chanclas, grupos de todas las edades y hasta algún padre temerario con su bebé a hombros. Con lo tranquilas y fáciles que son tantas playas griegas… e igual de hermosas.

Algunos valientes disfrutan de la playa.

Algunos valientes disfrutan de la playa.

Aun sintiendo que muchas veces no hay más remedio siempre me da reparo abominar del turismo masivo, sobre todo porque siento que es raro criticar que la gente vaya a un sitio donde yo también estoy. Pero no puedo evitarlo. El caso es que ahí estábamos también nosotros en el camino de cabras, siguiendo y siendo seguidos a y por otros. Antes habíamos dejado el coche en un pueblecito llamado Afionas, y tomado un desayuno con impresionantes vistas para coger fuerzas. Desde ahí, ya todo fue andar, no mucho, una media hora sobre el acantilado, a cien metros sobre el mar, en un suave descenso en busca de la playa.

Vistas en el camino a Porto Timoni.

Vistas en el camino a Porto Timoni.

Y en una de las curvas apareció, allí abajo, la estampa ciertamente impresionante de Porto Timoni, mucho más bella de lo que las fotos decían. Se veían algunas personas en la orilla y un par de barcos, más que flotando, sobrevolando el cristal del agua. Buscamos un hueco casi peligroso para hacer (nos) la foto, pensamos en la posibilidad de seguir descendiendo y zambullirnos en esa maravilla… pero la fila de gente que bajaba y la prespectiva de ser parte de la misma comitiva a la hora de la dura subida nos hicieron sacar lo que de razonable conservamos: decidimos darnos la vuelta y disfrutar con un solo sentido, el de la vista, en lugar de meter los cinco en las profundidades de Porto Timoni. También se puede llegar por barco, pero no tenemos tal privilegio…

Una cerveza en las alturas de Afionas, recompensa al esfuerzo.

Una cerveza en las alturas de Afionas, recompensa al esfuerzo.

La cerveza en la terraza de la taberna que nos esperaba a  la vuelta en lo alto nos confortó del esfuerzo y del calor de julio. Luego bajamos en coche a la mucho más fácil pero falta de encanto playa de Afionas, donde nos refrescamos un rato antes de volver a otra de nuestras mágicas tardes en Corfú capital. Porque por fin ¡las maletas habían aparecido! Y teníamos todo el equipaje a nuestra disposición. Ponerse guapos para la passegiata (así, en italiano, llaman los corfiotas al paseo vespertino, costumbre tan civilizadamente social mediterránea) es otro de los placeres de la vacación veraniega.

Playas de Creta, una inquietud inevitable

Ulyfox | 13 de marzo de 2019 a las 9:56

 

Era inevitable, lógico y justo. E incluso bueno para ellos, pero me produce un temblor inquietante. Ha ocurrido, claro: dos playas de la isla de Creta aparecen entre las 25 mejores playas del mundo de la lista de este año de la todopoderosa web TripAdvisor. Que me digan a mí si es justo. Claro que sí, no hay duda. Los amplios, brillantes, bellísimos arenales y lagunas de de Balos y Elafonisi, ambos en la provincia de La Canea allá en el oeste extremo de nuestra amada isla, son únicos, impensables en el continente europeo para el que no las conozca. Perfectamente comprensible que hayan terminado apareciendo en estas abundantes listas por las que el mundo se mueve hoy en día.

Pero a nosotros nos provoca esa inquietud. Las últimas veces que hemos ido a esas playas el temblor ha llegado a ser de estremecimiento. En Balos, la cola de coches aparcados en el inhóspito carril que da acceso al aparcamiento de tierra que da acceso a la playa tras un paseo a pie de media hora tenía una extensión de varios kilómetros. Y eso a finales de septiembre. Qué lejos aquella imagen que pudimos disfrutar en nuestra anterior visita a lo que era un paraíso único, el día del descubrimiento y de la boca abierta ante tal maravilla. Había gente, sí, pero no en las cantidades industriales en las que arriban ahora. Da miedo (al menos a mí) imaginar lo que pueda ser esta temporada… Lo indudable es que el paraje merece toda visita…

En Elafonisi, la de la arena rosada y las aguas transparentes, el efecto es el mismo o incluso más acentuado porque se puede llegar hasta ella por carretera bien pavimentada aunque llena de curvas. Allí acceden miles de autobuses y coches particulares, aparte de los barcos de excursión desde la cercana Paleochora. La invasión de hamacas y sombrillas ni siquiera da abasto para tanto turista. Qué se puede decir: la playa es hermosísima, sorprendente con su aspecto de mares del sur.

Esta inclusión en la lista, incluso este post modestamente puede contribuir aún más a la masificación, que de todas formas es insoslayable… pero al menos, que estéis avisados. No os puedo recomendar que no las conozcáis, pero evitad en lo posible los días y las horas punta. En fin…