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Klima, los colores de Milos

Ulyfox | 3 de octubre de 2014 a las 13:50

Vista general de Klima, en la isla de Milos.

Vista general de Klima, en la isla de Milos.

No debía de vivirse muy a gusto en este lugar en los tiempos difíciles, aquellos en que Milos era una isla de mineros y pescadores. En Klima, fascinante rincón de blanco y colores, modelo de mimetización y adaptación del hombre a su medio de trabajo, ahora los turistas vamos buscando el encanto que le encontramos a los pueblecitos de pescadores de las islas griegas: casas encaladas con puertas pintadas con pintura de barco, y de ahí esos colores (chrómata, en griego, claro) que estallan tan bien en las fotos desde que la desaparecida Kodak inventó su sistema, el mar lamiendo los umbrales inexistentes, y decenas de miniembarcaderos individuales. Son las llamadas syrmata, esas viviendas de pescadores típicas de esta isla, y que existen también en otros lugares como Mandrakia o Firopótamos, aunque no con esta abundancia. Pero en aquellos tiempos duros, no tan lejanos, en los que el turismo no daba de comer en Milos, debía de ser difícil ser habitante de estas aldeas, comunicadas sólo por mar o por caminos enrevesados y empinados, y azotadas por los temporales, aquellos años en los que el mar debía adueñarse más de una vez de los hogares, tan asomados al agua.

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Otra vista, hacia el otro lado.

Otra vista, hacia el otro lado.

Ahora, en cambio, casi estaría por asegurar que quienes aún tienen su casa aquí, la vivienda en la planta alta, el almacén para los barcos y los aparejos en la baja, o quienes las alquilan para temporadas en verano, son unos privilegiados. Excepto en las horas puntas del día, en las que los turistas invaden su estrecho muelle para retratar esta singular visión, como uno de los recuerdos más buscados de la isla, o los barcos de excursiones asedian el enclave desde el mar, debe de ser un lugar bastante tranquilo y privado: el baño mañanero o al atardecer a un paso en unas aguas limpias, la cocina a mano y las sillas y sofás siempre dispuestos. Además, si estás acostumbrado a moverte por la estrecha y serpenteante carretera que te comunica con la capital y el puerto de Adamas, lo tienes todo a una distancia casi insignificante.

Unas niñas afortunadas.

Unas niñas afortunadas.

En el rato que pasamos allí pudimos ver familias disfrutando del mar, otras dentro de las casas en actitud que aparentaba reposo después de una buena comida, y otras que llegaban a una de las casas con un cargamento de utensilios y víveres que hacían adivinar una o varias noches de cenas a la luz de la luna y frente al mar. Sobre todo, y por lo visto, estas syrmata y su entorno deben de ser una especie de paraíso vacacional para los niños, que, digan lo que digan, disfrutan mucho más chapoteando y jugando a cazar cangrejos o a simular ser pescadores que frente a una pantallita. O simplemente, gran enseñanza, aprendiendo a aburrirse en las largas horas de siesta de los mayores. Como en los míticos veranos azules de aquella otra pantalla más gorda.

Penélope entre colores.

Penélope entre colores.

Nosotros, es decir Penélope, maniobró en la bajada por la difícil aunque corta carretera para dejar el coche alquilado aparcado en la difícil posición en la que suelen dejarlo los nativos. Bueno, no tanto, porque ellos se acercan más a la orilla. Pasamos junto a algún resto de muralla y miramos hacia arriba para divisar Plaka, la alta y blanca capital. Y echamos de menos, qué raro, la existencia de al menos un café en el lugar. Quizá sea mejor así, pero nos extrañamos de que estos griegos, tan aficionados, no hayan puesto una taberna o al menos unas mesas sobre uno de estos muelles, tan bonitos, recogidos y protegidos. Quizá sea mejor, sí, y el lugar, tan mágico, deba permanecer así de privado. Que miremos y no toquemos.

Y más colores.

Y más colores.

 

Debajo, Klima, y arriba el caseríode Plaka.

Debajo, Klima, y arriba el caserío de Plaka.

 

Dije una vez que era el puerto más bonito del mundo

Ulyfox | 3 de agosto de 2010 a las 1:31

El puerto de Symi, por la mañana

El puerto de Symi, por la mañana

 

Es muy posible que la isla de Symi, en el Dodecaneso (Doce Islas),  tenga el puerto más bonito del mundo, como dije una vez. Luego conocí muchos más, y habrá quien tenga otros criterios: los del marinero, los del comensal, los del turista. Pero Symi, a poco más de una hora de navegación de Rodas y a menos aún de la ciudad turca de Datça, es muy difícil de igualar. Por sus casitas neoclásicas de colores, muchas de ellas auténticas mansiones de viejos navieros o mercaderes de esponjas, otras muchas en penosa ruina y abandono, circundando la forma perfecta de U que tiene la rada, trepando por la montaña desde Gyalos, el puerto, hasta Horio, considerado el pueblo como tal; por la ingente cantidad de veleros que amarran en sus apretados muelles (qué hermosura las goletas turcas que vienen en excursión desde la península); por el aire mezclado del perfume de distinción que emana de esos barcos de recreo y del aroma a parrilla de las tabernas de pescado; porque tiene (tenía la última vez que fuimos) tres taxis y un pequeño microbús que recorre los pocos kilómetros de carretera hasta la aldea de Pedi, donde seguramente se inventó la palabra remanso, con su hotel, sus apartamentos tradicionales y sus barcas amarradas a la puerta de la calle.

Un velero en el puerto de Gyalos

Un velero en el puerto de Gyalos

La primera vez que ves Symi desde la borda echas mano a la cámara y te hartas de disparar: colores, luces, formas, sombras, todo creado por la mano del hombre. Si te sientas al atardecer en el puerto ante los yates, forzosamente tendrás que pedir un martini dry y esperar a que aparezca el mismísimo James Bond, o tal vez una extraviada Audrey Hepburn. Tal nivel de sofisticación ha alcanzado este lugar, en el que sin embargo las alternativas económicas son también estupendas y posibles. La mejor opción, a nuestro entender, es alojarse en la cercana Pedi, que dispone de una bahía de aguas calmas y transparentes y de una pequeña oferta de tabernas tradicionales para almorzar. Poco más que una docena de casas neoclásicas y un embarcadero desde donde coger las barcas a las playas cercanas, eso es Pedi.  Nosotros nos quedamos la primera vez en el Hotel Pedi, pegado a la playa, estupendo, y la segunda en los apartamentos Blue House, de deliciosa vista.

En la terraza de los apartamentos Blue House, sobre Pedi

En la terraza de los apartamentos Blue House, sobre Pedi. Al fondo en la montaña se adivina Horio

 

Instrucciones de uso: luego de la jornada de playa (una buena lectura es muy recomendable), al atardecer se coge el microbús, se saluda amablemente al conductor (‘kalyspera’, buenas tardes) y en diez minutos de curvas se está en el puerto principal, a la hora ideal para el paseo, el aperitivo y la cena a elegir entre los numerosos restaurantes. La vuelta, en bus de nuevo y no se olviden de despedirse del conductor: ‘kalynikta’, buenas noches.

Gyalos, desde la altura de Horio

Gyalos, desde la altura de Horio

Otra opción, enormemente agradable, para ir a Gyalos desde Pedi es hacerlo andando, saliendo más temprano, atravesando las huertas y olivares, ascender hasta Horio, recorrer sus calles de pueblo-pueblo, llorar ante las pétreas mansiones abandonadas, soñar con comprar una, tomar un café frappé en la terraza del ‘kafeneion’, contemplar el puerto más bonito del mundo desde esa altura y luego descender cómodamente hasta la dársena, a tiempo de todo lo anterior.

Concentración de veleros en Gyalos, el puerto de Symi

Concentración de veleros en Gyalos, el puerto de Symi

 

NO ES DIFÍCIL llegar a Symi si uno se lo propone. La base de movimientos está en Rodas, a la que es fácil acceder desde Atenas en un vuelo de una hora. Como la capital de los caballeros de San Juan es un sitio tan especial, bien haría uno en quedarse al menos una noche y, lo mejor, apuntarse en uno de los numerosos barcos que salen cada día de excursión desde el puerto donde una vez estuvo el Coloso hasta la pequeña isla vecina. Naturalmente también hay ferries, pero son mucho menos frecuentes, y las excursiones tienen la opción de dejar la vuelta abierta, y así prolongar los días de estancia en Symi hasta que queramos. Además, estos viajes de un día suelen incluir una parada en el Monasterio Mihail Panormitis, curioso ejemplo de vida monacal ortodoxa, en un bello emplazamiento.

No es difícil llegar, lo duro es despedirse de Symi:

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