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Una piedra para un maestro

Ulyfox | 9 de diciembre de 2010 a las 14:57

 

Daskalopetra, la piedra del maestro, donde Homero daba sus lecciones en la isla de Quíos.

Daskalopetra, la piedra del maestro, donde Homero daba sus lecciones en la isla de Quíos.

Anonadado de nuevo, aunque nada sorprendido, con el último Informe Pisa y sus tristes conclusiones sobre la enseñanza en España y Andalucía, he vuelto el recuerdo y la vista inevitablemente a los clásicos. Desde que yo empezara a aprender lo poco que sé con el arcaico sistema de la tabla de multiplicar y la memorización de que la m con la a es ma, han pasado cientos de planes de estudios, decretos, pactos, reformas educativas y leyes orgánicas, para situarnos a un nivel peor. Puede que todas esas normas se hayan olvidado de la única fundamental: que para aprender hay que sufrir y que hace falta un maestro respetado, junto con unos padres que entreguen al niño a la autoridad del pedagogo. Vuelvo a los clásicos, digo: en la arcaica isla griega de Quíos, unos kilómetros al norte de la actual capital, en una pequeña elevación frente al mar, hay una piedra antigua, no muy grande, del tamaño de un sillón, gris y verde por el tiempo. Está en el centro de una pequeña plataforma pétrea natural, y a frente a ella y a los lados se puede ver casi un hemiciclo perfecto de roca. Se llama Daskalopetra (la piedra del maestro, en griego) y dice la tradición que, sentado allí, enseñaba Homero, natural de Quíos, a sus discípulos, dispuestos en torno a él. Naturalmente, nadie puede asegurar que eso sea cierto. Ni siquiera es seguro que el imprescindible autor de la Iliada y la Odisea naciera en esa isla; ni siquiera es seguro que Homero existiera. Pero estuvimos allí hace dos veranos, en esa Quíos extraña, plantada desafiante en su insularidad griega frente a la cercana costa turca del Egeo, con el recuerdo aún sangrante de la matanza que los otomanos hicieron en su población. Estuvimos, y pisamos la plataforma de piedra, vibrante de palabras bajo nuestras sandalias, y nos sentamos en ese sillón, imaginando con emoción, rodeados de pinos, un reducido grupo de atentos alumnos que repetían el ascentral, hermoso y necesario rito de escuchar al que sabe. Puede que no sucediera nunca hace 2.700 años, pero en ese lugar solitario, frente al mar, se hizo una vez más cierto que lo deseado puede ser más verdadero que la realidad. ¡Qué buen lugar para releer algunos pasajes de la Odisea! pensé. Y para aprender de ellos.

Y con ese infalible sistema de educación, el acuerdo entre pupilo y maestro sobre quién es el que enseña y quién es el que aprende, los griegos inventaron la Literatura, el Teatro, el Arte, la Virtud y hasta la Democracia. ‘Clásico’ se define como lo que es digno de imitación. Pues entonces.

Autóctona forma de decorar las casas en Pyrgi, Quíos.

Autóctona forma de decorar las casas en Pyrgi, Quíos.

Si queréis ir a Quíos, tenéis que tener en cuenta que es una isla muy poco turística. A sus habitantes no les hace falta ese moderna riqueza que es a la vez plaga y maná.  Pero tiene un montó de vuelos diarios con Atenas, y está muy bien comunicada por barco con toda Grecia y con Turquía. Otro día, tal vez, os contaré más cosas de este peculiar trozo de tierra griega. De momento, os dejo una foto de uno de sus pueblos más singulares: Pyrgi, que decora sus casas con una bellísima ornamentación en yeso.

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La gota mágica de Quíos

Ulyfox | 5 de marzo de 2010 a las 1:08

gota mastika

vieja mastika quiosSus habitantes griegos la llaman mastija, pero a los españoles nos llegó con el arabizado nombre de almáciga. Sólo en la isla de Quíos, en el Egeo nororiental, enfrente de la majestuosa Esmirna de dolorosos recuerdos, se produce esta sustancia pegajosa que lo mismo se convierte en goma de mascar que en cosmético, que aromatiza un delicado aguardiente o da sabor a los postres tradicionales. Sólo en Quíos se cultiva el lentisco, el arbusto de cuya resina se obtiene este resultado extraordinario.

Yo aún no sé si la palabra masticar viene de ahí o si es esta acción la que da nombre al producto. Lo cierto es que en estos extraños campos, los lentiscos brillan con multitud de perlas doradas al mediodía de septiembre, pero sobre todo al atardecer. Quienes los explotan hacen una y otra vez pequeñas incisiones en su corteza y esperan pacientemente a que la savia aflore y caiga al suelo, donde solidifica y es recogida.

Y desde hace siglos, las mujeres mayores de la región de la Mastihohoria (pueblos de la almáciga) componen una estampa común y tertuliante a las puertas de su casa, con las bolsas o barreños de resina a un lado y una especie de cedazo donde separan con las manos la mastija de hojas y otras impurezas. La selección del blanco fruto queda en cualquier envase, por ejemplo una tarrina de yogur. Una de esas mujeres nos explicó el proceso, que entendimos todo lo que nos permite nuestro elemental griego, de selección, lavado y elaboración. Luego se dejó hacer fotos, y nos dio a probar con una sonrisa la sustancia al natural. Es como un chicle pegajoso cuyo perfume arresinado y agradable permanece horas, y ha sido la base de la riqueza de la isla desde que se recuerda, al menos desde que en el siglo XIII los genoveses se apoderaron de su explotación y crearon pueblos fortificados para defender este tesoro.

Hoy los singulares y bellísimos pueblos de la almáciga son un atractivo turístico para viajeros especiales. Pero eso queda, de momento, para otro día.