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Esa risa en el puerto de Mikonos

Ulyfox | 4 de febrero de 2021 a las 18:09

Penélope en las alturas de Mikonos.

Penélope en las alturas de Mikonos.

Seguramente no exagero si digo que hemos paseado cientos de veces por el viejo puerto de Mikonos, apenas un par de espigones en el que ya sólo atracan los barquitos que hacen la excursión a la sagrada isla de Delos, los pesqueros y los botes que trasladan a los pasajeros de los grandes cruceros. Estos, y los ferris de todo tipo amarran desde hace pocos años en la terminal nueva, mucho más lejos del centro. El puerto viejo, al que no le falta una playita, es uno de los lugares de concentración de los turistas que visitan a millares la preciosa isla, sobre todo por la tarde y noche, pasado ya el horario habitual de playas, aunque aquí el horario playero se extiende las 24 horas del día, de manera casi siempre demasiado estruendosa.

Barcas en el puerto.

Barcas en el puerto.

El paseo en el puerto de Mikonos, inusualmente solitario.

El paseo en el puerto de Mikonos, inusualmente solitario.

Pues esa era una noche de finales de septiembre, y volvíamos de cenar por el paseo frente a la playa, extrañamente solitario por culpa del covid. De pronto, Penélope oyó algo y se paró en seco. Me miró y me dijo: “¡Ayy… esa risa, esa risa… ¿a qué te suena esa risa, a quién te recuerda?”. Era un “¡aahh,jajajaja!” jovial y continuado, y sólo podía ser de… ¡Síííí! Nos volvimos y allí estaba, charlando con un cliente y riendo, que en él es lo mismo, nuestro Vasilis. Vasilis, el guapo camarero y gerente durante años del restaurante Nautilus, en pleno corazón de Hora, como también se conoce a la capital de Mikonos.

El gran Vasilis, ahora sin melena, ante su restaurante en el puerto de Mikonos.

El gran Vasilis, ahora sin melena, ante su restaurante en el puerto de Mikonos.

Hace cinco años, el Nautilus cambió de ubicación y en ese trasiego Vasilis, con su incomparable risa, su melena, sus copiosas invitaciones a mastiha y sus músculos bajo la camiseta ajustada, desapareció de nuestras noches mikonianas. Y cada año lo echábamos de menos. Preguntamos la primera vez a su antigua socia en el nuevo local, pero no nos dio indicaciones muy precisas. De modo que lo perdimos, y creíamos que para siempre.

Vasili, con su melena y ante el Nautilus, hace siete años.

Vasili, con su melena y ante el Nautilus, hace siete años.

Pero no, Mikonos, con todo su glamour, no deja de ser un pueblo pequeño y, por el sonido de su risa inconfundible esta vez, lo reencontramos. Así que nos volvimos y allí estaba. Era el mismo, sólo que su melena había desaparecido en este tránsito. Nos acercamos y nos reconoció en seguida, y la explosión de alegría y risas fue al nivel esperado de su bien ganada fama… y amistad, diría. Entre abrazos ligeros y más risas, nos puso al día brevemente de sus últimos años, nos mostró su franca alegría por el reencuentro, y como es natural, quedamos para venir otra noche a cenar en su nuevo restaurante, instalado frente a la playa y en una zona de mucho paso: el Pelican.

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Calles solitarias en un Mikonos extraño.

Calles solitarias en un Mikonos extraño.

Y volvimos a los dos días, y volvió la excelente cocina, el trato gentil, la risa estentórea “aaahjajajaja”. Y volvió el postre de regalo y el chupito, que esta vez no era de mastija pero prometió que la próxima vez lo sería, por supuesto. En algunas noches de otros años  habíamos llegado a beber de esta manera bastantes más chupitos de los recomendables. Esta vez la cosa fue moderada en una terraza repleta.

Cerca de la Pequeña Venecia, y de noche, había un poco más de animación.

Cerca de la Pequeña Venecia, y de noche, había un poco más de animación, pero nada comparable al gentío habitual.

Recuperamos así una de nuestras citas gastronómicas anuales en la preciosa isla, que en los últimos años se habían reducido a la tradicional noche en la ‘psarotaverna’ (taberna especializada en pescado) Kounelas, otro de nuestros santuarios y refugios. Esa noche del feliz reencuentro veníamos precisamente de cenar allí. Kounelas es una taberna excelente, y con uno de los comedores más divertidos de las islas. Se trata de un patio de dimensiones reducidísimas en el que se amontonan muchas más mesas de las verosímiles, lo que hace necesario dejar constantemente paso a los que se sientan o se van de los lugares a tu lado y propicia unas conversaciones jugosas, puesto que todo el mundo allí parece ser muy comunicativo.

Con Manolito, hace dos años.

Con Manolito, hace dos años.

Entre 'Manolito' y Yiannis en 2013.

Entre ‘Manolito’ y Yiannis en 2013, junto al patio del Kounelas.

 

El público, de procedencias lejanísimas entre sí, siempre tiene muchas historias que contar y la cercanía y el ambiente festivo propician el intercambio de ellas. Hemos pasado grandes noches allí, al calor de la conversación, el pescado a la parrilla, la ensalada de erizos, la taramosalata y el vino blanco de la casa. En esta ocasión, las medidas anticovid obligaban a una mayor distancia, aparte de que la afluencia era menor. Pero volvió a producirse la cálida acogida de Yiannis, que siempre nos saluda y recibe con una graciosa mezcla de italiano y español. En todos estos años, el personal ha cambiado casi en su totalidad, pero Yiannis se mantiene al frente de Kounelas. Con alguno de los camareros entablamos un cierto conocimiento, pero sigue la amistad con uno de ellos, un albanés que ahora trabaja allí sólo por las mañanas, limpiando pescado, que nos permite llamarle ‘Manolito’ y que procuramos ver todos los años donde sea.

 

El atardecer desde nuestra habitación 27 en el Damianos Hotel.

El atardecer desde nuestra habitación 27 en el Damianos Hotel.

La misma vista, por la mañana, con la terraza donde se da el desayuno.

La misma vista, por la mañana, con la terraza donde se da el desayuno.

Pero, sin duda, nuestra ‘familia’ en Mikonos es la que regenta como propietarios el entrañable Damianos Hotel, en la zona alta del pueblo llamada Drosopésoula. Damianos es el nombre del marido de Eleni, que es la verdadera alma del establecimiento, labor en la que poco a poco la está relevando su hijo, el dispuesto Thanasis al que hemos visto crecer desde menudo casi adolescente hasta el robusto hombre de ahora. Uno u otro son los encargados de ir a recogernos siempre a nuestra llegada a la isla, bien en el puerto bien en el aeropuerto. Al principio con un coche más o menos precario, luego con una furgoneta roja que se iba destartalando y últimamente con una especie de minibus moderno, pero siempre con la misma afabilidad y cariño a unos clientes fieles de más de quince años.

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Diferentes vistas de nuestra 'casa' en Mikonos, el Damianos Hotel.

Diferentes vistas de nuestra ‘casa’ en Mikonos, el Damianos Hotel.

Con la misma fidelidad por su parte se vienen los abrazos y los besos, y es imposible que nos dejen pagar las consumiciones que hacemos en el hotel. A la hora de la marcha, se empeñan en que paguemos lo mismo que el año anterior, y así llevamos un montón. Tanto que cada cierto tiempo, nos subimos nosotros mismos el precio cuando respondemos a esa pregunta.

El Damianos, de noche.

El Damianos, de noche.

La piscina que nunca usamos, pero que merece la pena.

La piscina que nunca usamos, pero que merece la pena.

Recordamos a Eleni aquella primera vez, en el puerto de Mikonos, a la caza de posibles clientes desplegando una carpeta que era un álbum con fotografías de su hotel, cuando eso era una práctica habitual en el sector turístico de Mikonos y todas las islas. La gran afluencia de turistas y las reservas por internet han hecho desaparecer ese sistema por innecesario, pero lo que sí permanece es que los vehículos de los establecimientos siguen acudiendo a recoger a sus huéspedes de manera gratuita. En el hotel, las empleadas nos reciben también con abrazos y parabienes… una delicia.

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Distintas formas de descansar en la playa de Paranga.

Distintas formas de descansar en la playa de Paranga.

Con Petros, el encargado de las hamacas, en Paranga.

Con Petros, el encargado de las hamacas, en Paranga.

En nuestra playa favorita, la de Paranga, el encargado de alquilar las hamacas se llama Petros y este principio de otoño nos recibió con su sonrisa discreta de siempre, pero con una matización: “Ya me estaba preguntando si vendrían este año”.

En las aguas de Paranga.

En las aguas de Paranga.

Con las delicias de la taberna Tasos.

Con las delicias de la taberna Tasos.

Pues aquí estábamos otra vez, disfrutando de las atenciones de Petros, de las aguas más frescas y limpias, y comimos como siempre en la taberna Tasos, sobre la arena, sus irrepetibles mejillones al vino, y su sabrosa taramosalata. Y repetimos al día siguiente, con unas sardinas de esas mediterráneas y pequeñitas, para aprovechar el estupendo tiempo con el que Mikonos nos acogió este año para despedir, como siempre, nuestras vacaciones griegas. ¿Cómo no volver, una y otra vez?

Paseando por un belllísimo y vacío Mikonos.

Paseando por un belllísimo y vacío Mikonos.

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La desgracia del covid nos permitió, sin embargo, ver (y nunca mejor dicho) Mikonos como aquellas lejanas y primeras veces, sin multitudes. Calles solitarias y vendedores ociosos eran el panorama, triste por momentos pero tremendamente propicio para contemplar las bellezas innegables de uno de los pueblos más bonitos del mundo.

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La iglesia Panagia Paraportiani, extrañamente sola.

La iglesia Panagia Paraportiani, extrañamente sola.

Qué fácil fue hacerse una foto ante la Paraportiani.

Qué fácil fue hacerse una foto ante la Paraportiani.

Este año desaparecieron los pasos apretujados por las calles traseras de la singular iglesia Paraportiani, y ante ella no había que pelear un hueco para hacerse la foto; en la maravillosa y normalmente atestada Pequeña Venecia (Mikrí Venetía) era sencillo encontrar mesa para contemplar el atardecer.

Construcciones en la Pequeña Venecia.

Construcciones en la Pequeña Venecia.

Pocos placeres como un dry martini al atardecer en la Pequeña Venecia.

Pocos placeres como un dry martini al atardecer en la Pequeña Venecia.

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Alrededor del molino de Boni, que domina el pueblo, no había un enjambre de turistas, sino la extraña estampa de una familia griega sentada en su exterior. Uno de sus miembros, un hombre mayor, no pudo aguantarse y lanzó un grito indignado a una pareja de turistas que se había subido al tejado de una capilla cercana para hacer la típica foto ‘original': “Bastardos, ¿qué tenéis en la cabeza? (tí ejis sti kefali?) ¿cómo se os ocurre subiros encima de una iglesia (pano stin eklissía)?”, según lo que pude entender con mi precario griego.

Sólo una famiia griega en el molino de Boni.

Sólo una familia griega en el molino de Boni.

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Mil detalles en el Mikonos nocturno.

Mil detalles en el Mikonos nocturno.

Este año, por primera vez, decidimos volver al continente pasando por el puerto de Rafina, a unos 20 kilómetros del aeropuerto de Atenas. Nos apetecía cambiar la ruta.  Pasamos una agradable última velada de vacaciones con cena en una desierta taberna de un desértico puerto que seguramente estará atestado en un año normal.

El puerto de Rafina, la última noche de nuestras vacaciones.

El puerto de Rafina, la última noche de nuestras vacaciones.

Por una ruta o por otra, nunca dejaremos de volver a Mikonos.

Heel, la tienda favorita de Penélope en Mikonos.

Heel, la tienda favorita de Penélope en Mikonos.

Vista general de Mikonos.

Vista general de Mikonos.

Otra vista de la capital, Hora.

Otra vista de la capital, Hora.

Líneas y sombras de una construcción en Mikonos.

Líneas y sombras de una construcción en Mikonos.

Un alto en el camino a pie hacia la playa de Paranga.

Un alto en el camino a pie hacia la playa de Paranga.

Deliciosa sombra floral.

Deliciosa sombra floral.

En el puerto de Mikonos o Hora.

En el puerto de Mikonos o Hora.

Mejillones en Paranga, exquisitos.

Mejillones en Paranga, exquisitos.

Cosas pendientes en Siros

Ulyfox | 28 de enero de 2021 a las 13:12

 

Vista panorámica de Kini, uno de los centros veraniegos más populares de Siros.

Vista panorámica de Kini, uno de los centros veraniegos más populares de Siros.

 

Manda la creencia que las islas Cícladas (Kiklades, en griego) se llaman así por estar dispuestas en un círculo (kiklos) en torno al sagrado santuario de la isla de Delos, pero si nos ponemos quisquillosos veríamos que el centro más bien parece estar un poco más al oeste, precisamente en Siros, que es la capital del archipiélago.

Ermoúpol, desde el puerto.i

Ermoúpol, desde el puerto.i

Y es verdad que es el centro administrativo y se diría que incluso estratégico. Tras visitarla durante cuatro días, Siros aparece como un lugar ideal para vivir en las Cícladas, puesto que fuera de temporada cuenta con instalaciones, servicios y distracciones impensables en las otras Cícladas, en las que el invierno debe de ser duro. En cambio, si vives aquí tienes de todo y las mejores playas de Grecia a un tiro de catamarán. Me da a mí que es lo que hacen la mayoría de los residentes en Siros.

Playa de Finikas por la tarde.

Playa de Finikas por la tarde.

Tras pasar el primer día en Ermoúpoli, dedicamos las tres jornadas restantes a recorrer buena parte de la isla. No se distingue especialmente por las playas, sobre todo si se compara con las espléndidas de las vecinas Mikonos, Naxos, Paros, Koufonisia… pero se defiende bien en este terreno. Cuenta con arenales pequeños, recogidos y nada masificados, una ventaja en comparación con sus preciosas pero atestadas compañeras de archipiélago.

Recorriendo la isla de Siros.

Recorriendo la isla de Siros.

Así que con la práctica cabalgadura de un buen coche alquilado, y a través de carreteras inusualmente buenas para ser las de una isla griega, nos dedicamos a ir de playa en playa y pueblo en pueblo, aunque, aparte de Ermoúpoli, es difícil considerar como tales a las pocas agrupaciones de casas que se reparten por el interior y el litoral.

Playa de Megalos Yialós

Playa de Megalos Yialós

La playa de Varis.

La playa de Varis.

Como disponíamos de tiempo, lo tomamos con calma. El tiempo no acompañó en demasía, no apretaba el calor pasado mediados de septiembre y el viento, ese casi permanente meltemi que sopla desde el norte en las Cícladas, refrescaba el ambiente, pero no por eso fue imposible bañarse y disfrutar de las aguas del Egeo.

La iglesia de San Antonio, en la playa de Megalos Yialós.

La iglesia de San Antonio, en la playa de Megalos Yialós.

La playa y bahía de Gálissas.

La playa y bahía de Gálissas.

Ante la amplia bahía de Gálissas.

Ante la amplia bahía de Gálissas.

Nuestro primer día de gira fue una rápida visita a algunas playas renombradas del sur, como la popularísima Varis con su agua remansada en semicírculo y sus restaurantes sobre el agua, y Megalos Yialós, con la preciosa capilla de Agios Antonios en el promontorio, para recalar más tiempo, con baño incluido y cervezas en la amplia Gálissas, en una preciosa bahía.

Vista general de la azulada Ayios Yioannis.

Vista general de la azulada Ayios Yioannis.

Ayios Yioannis, entre los árboles.

Ayios Yioannis, entre los árboles.

Una mansión en Posidonias.

Una mansión en Posidonias.

En el segundo día, las aldeas tenían nombres tan bonitos como Posidonia y Fínikas. Esta última destaca entre la imagen seca de la isla por estar rodeada por una vegetación singularmente exuberante. Y por sus singulares edificios, algunos de ellos mansiones que parecen sacadas de regiones más nórdicas y europeas. Tiene pinta de que son lugares en los que la población pudiente de la capital se construía sus casas de veraneo. A la entrada de Posidonia llama la atención una iglesia completamente pintada de azul celeste: Agios Yioannis, o sea San Juan.

En la arreglada playa de Agathopes.

En la arreglada playa de Agathopes.

En una playa cercana, la también muy renombrada Agathopes, asentamos nuestros cuerpos por un buen rato. El bar playero y las instalaciones, así como el personal que iba llegando a sus aparatosas tumbonas, usaba apariencias de lo que se viene llamando comúnmente ‘pijerío’, pero eso no sé cómo se dice en griego.

La estrecha playa de Finikas.

La estrecha playa de Finikas.

La playa de Finikas es estrecha, y tiene partes de guijarros, pero gasta fama de tener los mejores sitios para comer pescado y otras especialidades. En uno de ellos, afamado Calmo Mare, hicimos nuestro almuerzo tardío, sin que tengamos un especial recuerdo del mismo.

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Playa de Kini.

Playa de Kini.

Antes del almuerzo en Kini.

Antes del almuerzo en Kini.

Y el último día completo decidimos pasarlo en la playa de Kini, otro centro vacacional popular. Pero hay que tener en cuenta que esto no significa aquí lo mismo que en otras islas: nada de bloques de apartamentos o grandes hoteles. Apenas unas tabernas y bares alineados a lo largo de la pequeña playa y algunos estudios salpicados por las cercanías. Ese día el viento soplaba con más fuerza, pero no nos fastidió la jornada. Comimos muy bien, y muy bien atendidos, en un sitio con nombre español, pero comida griega: Asado. El dueño nos dijo que había escogido el nombre simplemente porque le parecía sonoro y claro, y por lo que significaba, por supuesto. Unos calamaritos fritos y una ensalada jugosa fueron más que suficientes, y reconfortantes.

Restaurantes en Ermoúpoli.

Restaurantes en Ermoúpoli.

Todos los días regresábamos temprano en la tarde a Ermoúpoli, con tiempo para un café en la habitación o en alguna terraza y para un paseo por el agradable centro de la capital. Las cenas fueron también recordables. Una de ellas en un precioso local con terraza en la calle: Seariani, donde degustamos unos especiales boquerones en vinagre y unos spaghetti con atún deliciosos. Un comensal en la mesa de al lado se empeñó en darle la noche al encargado con una serie de extrañas exigencias y reclamaciones que hicieron que el resto de los clientes nos pusiéramos de inmediato del lado del sufrido encargado.

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Dos vistas nocturnas de la catedral ortodoxa de San Nicolás, Ayios Nikolaos.

Dos vistas nocturnas de la catedral ortodoxa de San Nicolás, Ayios Nikolaos.

A nuestro lado, dos iraquíes residentes en Londres nos miraban cómplices e igual de asombrados. Uno de ellos hablaba muy buen español porque lo había estudiado (sí, eso que parece imposible a los millones de jóvenes españoles que han estudiado inglés), y juntos comentamos la increíble jugada, amén de otras cosas. Eran cristianos del norte del país, y ganaron mi curiosidad y admiración cuando contaron que la lengua vernácula de su región era ¡el arameo! pero que desgraciadamente ya sólo lo hablaban con normalidad los viejos. ¡Arameo, la lengua en la que se escribió la Biblia, el idioma en el que hablaba Cristo a sus apóstoles! Una verdadera reliquia milenaria que yo creía desaparecida, pero no, aunque moribunda por lo visto.

Edificios neoclásicos en Ermoúpoli.

Edificios neoclásicos en Ermoúpoli.

 

La estancia en Siros se convirtió, pues, en una sorpresa de las agradables. Y además nos dejamos cosas pendientes. Nos hablaron de un pequeño núcleo, Agios Mijalis o San Miguel, con el mejor queso y con uno de los restaurantes más famosos, el Plakostroto, con una cocina de pueblo y situado en las alturas con una vista privilegiada. Luego conocimos de la existencia de un asentamiento prehistórico de la cultura cicládica llamado Kastri, que también quedó para una próxima visita. O ya veremos…

Adiós,  de momento, a Siros.

Adiós, de momento, a Siros.

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A los pies del acantilado volcánico

Ulyfox | 9 de enero de 2021 a las 20:16

El puertecito de Ammoudi, en su pequeña bahía. Sobre él, las casas de Oia.

El puertecito de Ammoudi, en su pequeña bahía. Sobre él, las casas de Oia.

La lubina era hermosa, llamativa, gruesa de lomos y por tanto imposible que su procedencia fuera de piscifactoría. Su apariencia era tan atractiva que, pese a mis ganas de variar de pescado, tuve que pedirla. Estábamos en la taberna Sunset (extraño nombre en inglés, qué le vamos a hacer, con lo bien que suena en griego ‘Iliovasílema’), pegaditos al mar en un día ventoso pero luminoso, en el puertecito de Ammoudi, con el pueblo de Oía (recordemos que se pronuncia Ía) situado justo encima, a 120 metros y colgado del acantilado volcánico del extremo norte de Santorini.

Una orilla plagada de tabernas.

Una orilla plagada de tabernas.

Era el segundo y último día de los programados para la estancia en la bellísima isla del Egeo, la más meridional de las Cícladas. En realidad, el almuerzo en Sunset era la principal actividad que habíamos previsto para ese día. Recordábamos otra jornada pasada allí mismo, en nuestra última visita, con otro pescado memorable, esta vez frito y que nos recomendó el encargado del restaurante.

El desayuno en el Thera Suites.

El desayuno en el Thera Suites.

Desayunamos opípara y tranquilamente en el hotel, con el desayuno servido en la terraza del apartamento, abierta a una mañana brillante y cegadora. El plan no incluía, aparte del almuerzo, mucho más que volver a repasar Oia con parsimonia.

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Gente en las terrazas, disparando sus cámaras.

Otro paseo tranquilo por Oia.

Otro paseo tranquilo por Oía.

Esa mañana el pueblo registraba un poco más de actividad. Por encima de terrazas, en callejones, en todas las esquinas había grupo de jóvenes fotografiándose ante el escenario más hermoso posible, ellos adoptando poses heroicas y ellas con actitudes seductoras. Material inigualable para instagrammers.

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Había gente, pero nada comparable con los tiempos anteriores a la pandemia de coronavirus. Se dejaba notar sobre todo la ausencia de unos visitantes habituales como los chinos, y sobre todo de chinas, que suelen traerse vestidos coloridos, y muchas de ellas su traje de novia, para hacerse la foto irrepetible sobre las terrazas blancas y con el fondo azul del mar y de las cúpulas.

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Nos dio tiempo a tomar un café en un barecito asomado al acantilado, y a presenciar un amago de pelea grave entre un cliente azuzado por su compañera y un camarero. Un cliente seguramente nacido para mediador puso paz, frágil pero efectiva, entre los dos.

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Esta capilla tiene un atractivo irresistible.

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Una vivienda neoclásica en Oía.

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La segunda parada fue en un local minúsculo con balconcito sobre la calle, ideal para ver pasar a la gente. Allí fue una cerveza la que acompañó el descanso, mientras oíamos la conversación de unos italianos que contaban al dependiente, de la misma nacionalidad, cosas de su tierra natal y comparaban precios y calidades, y unas islas con otras. Como nos gusta criticar, dedujimos que eran un grupo de pijos repelentes.

Vista de Ammoudi, desde Oía.

Vista de Ammoudi, desde Oía.

Después, por fin bajamos a Ammoudi, desde las cercanías de las ruinas del antiguo castillo veneciano, descendiendo unos 300 escalones por un camino empedrado de cantos rodados que serpentea en algunos casos con pronunciada pendiente, y en el que hay que sortear (aunque en esta ocasión no tanto) una buena ración de excrementos de mulos. Hay que mirar mucho al suelo, pues, pero si no se va con prisa, la bajada da para numerosas paradas y, por supuesto, abundantes fotos.

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Visiones bajando hacia Ammoudi.

Visiones bajando hacia Ammoudi.

Abajo, en la pequeña bahía, tampoco falta el color, sobre todo en las tabernas y en algunas casetas usadas por los pescadores. Arriba, las casas de Oia parecen a punto de caerse sobre nosotros y enfrente aparece tentadora la costa del también habitado islote de Therasia, al que se puede arribar en barco en poco más de diez minutos y que alguna vez visitaremos para quedarnos al menos una noche. Pero tampoco fue esta vez.

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Otro almuerzo inolvidable sobre el mar.

Otro almuerzo inolvidable sobre el mar.

Acomodados en primera línea, en una mesa situada prácticamente sobre el agua, disfrutamos todo el tiempo que pudimos de la comida, que acompañamos con uno de los deliciosos vinos de Santorini, en esta ocasión de la variedad Assyrtiko.

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Después, como unos señores, pedimos un taxi que nos devolviera a las alturas, y aprovechamos para disfrutar de nuevo de las vistas y del sol declinante. No eran chinos, pero vimos también a los inevitables novios que usaban el decorado natural para perpetuar tan feliz momento.

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La novia sobre un fondo irrepetible.

En momentos como esos, se tiene necesidad de pocas cosas más, así que decidimos culminar el día simplemente en la terraza del hotel, con unas cervezas y unos aperitivos que habíamos comprado en un supermercado por el camino, mientras decíamos con el iliovasílema (puesta de sol) un ‘hasta luego’ a una de las islas más bonitas del mundo.