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Durrell, otro regalo

Ulyfox | 27 de agosto de 2012 a las 0:47

Fuente turca en la calle Sokratous de Rodas

 

Ayer traía el suplemento Babelia de El País un maravilloso artículo de Jacinto Antón ( http://cultura.elpais.com/cultura/2012/08/23/actualidad/1345723266_009314.html )sobre una de las últimas novedades de la editorial Edhasa: la Trilogía mediterránea de Lawrence Durrell. Eso quiere decir ni más ni menos que poner en un solo tomo los tres libros que escribió el novelista y poeta inglés de espíritu griego sobre tres islas en las que vivió largo tiempo: Corfú (La celda de Próspero), Rodas (Reflexiones sobre una Venus marina) y Chipre (Limones amargos). Tres obras espléndidas, brillantes y luminosas, que yo tengo ya la suerte de poseer juntos gracias a un reciente, espléndido e impagable regalo (ah0ra que caigo: di por supuesto que era un regalo cuando me lo trajeron) de Ricardo y Cana, dos amigos en el espíritu helénico, ya hermanos de luz aun con tan poco tiempo.

De este Durrell comencé y terminé sin mucho entusiasmo Justine (ya sé que entre mis múltiples tareas pendientes tengo la de retomar el Cuarteto de Alejandría) y tengo como una de mis guías su obra Las islas griegas. Hace tiempo ya me zampé La celda de Próspero (que ya estoy releyendo y disfrutando aún más), después de nuestra primera visita a Corfú, y hace apenas dos meses leí precisamente Limones amargos, pero es un gozo enorme tener entre las manos este grueso volumen, lleno de vivencias y de poesía, repleto de amor forastero por el pueblo griego, una extraordinaria mirada inglesa, de esos ingleses dominadores pero también amantes de los sitios donde gobernaban. Nunca agradeceré bastante el regalo. Del otro Durrell (su hermano Gerald) siempre reviviré los inmensos ratos pasados con su trilogía de Corfú, sobre todo el primero de la serie, el divertidísimo, recomendable y grande Mi familia y otros animales, que leí precisamente en esa isla tan griega, tan veneciana y tan inglesa a la vez.

¿Qué queréis que os diga? Es impagable la cantidad de impulsos que estamos recibiendo desde que empezamos a trabajar en la guía de Creta: una agenda Moleskine, un gran bolígrafo Faber Castell, la bibliografía facilitada por Ricardo y Cana, una cena de ánimos, vinos y besos previa… Una colección de amistades en su forma más pura, una avalancha de buenos deseos de seres voluntariosos en la misma fe de que nuestro trabajo salga bien, y que estoy seguro se sentirán igual de contentos cuando el resultado vea la luz. Ellos serán, en buena parte, coautores.

Viejos y felices

Ulyfox | 23 de octubre de 2011 a las 20:59

Una vista parcial de Halki y su puerto

Hemos tardado, pero creo que os valdrá la pena

Otra vista de Halki, la colorida capital de la isla.

Algo nos dijo desde el principio que la estancia en aquella isla iba a ser memorable. Desde que subimos al ‘Preveli’, un ferry como los de antes, en el puerto de Rodas, nos acomodamos en sus salones y disfrutamos de un tranquilo viaje de dos horas, a ratos leyendo, a ratos dormitando, sobre un mar apacible hasta el puerto de Chalki, o Halki según la transcripción.

En la amplia terraza del hotel Hiona Art, con el pueblo y la bahía al fondo.

Allí nos recibió un muelle mínimo, un pueblecito de casas neoclásicas, fachadas de colores y tejas, dos esbeltas torres escalonadas, una de ellas con un hermoso reloj, y un aire tan calmado como caluroso. Eran apenas las nueve de la mañana y el sol pintaba un cielo tan azul…

Así luce por la mañana esta isla del Dodecaneso.

Nos encontramos maravillosamente desorientados, veíamos nuestro hotel, el Hionas Art, allá en un extremo, no muy lejos pero a una distancia lo suficientemente temible con nuestro pesado equipaje para un mes. Tendríamos que haber avisado de la hora de nuestra llegada, pero no lo hicimos. Nadie nos esperaba, y por contra, los escasos turistas que desembarcaron con nosotros iban siendo recogidos por pequeñas furgonetas con destino a sus alojamientos. Tomamos la decisión adecuada: nos sentamos en el café justo enfrente a desayunar y a esperar que la solución apareciera.

Existen miles de formas de disfrutar de una misma cosa, si es bella.

Entre suspiros de bienestar por el paisaje, en esos desayunos con vistas de las islas griegas, la solución no aparecía, el único taxi de la isla llevaba un rato parado en el muelle sin nadie al volante, así que optamos por lo más lógico. Preguntamos al encargado si tenía el teléfono del hotel; queríamos avisar que vinieran a recogernos, o por lo menos el equipaje. Pero, como esperábamos, la solución apareció en ese momento: “Ahí está el dueño del hotel, precisamente”, nos dijo el amable hostelero. Efectivamente, en la esquina, vestido elegantemente como un griego, camisa blanca suelta y pantalón sport, junto a un gran Mercedes brillante, estaba O Kyrios Michalis, es decir, el Señor Miguel. Serio, pero amable, tras un educado “kalimera, tí kánete?” (buenos días ¿cómo están?) nos abrió el amplio maletero, y nos llevó en pocos minutos al establecimiento. Menos mal, porque la carretera daba un amplio rodeo, y descubrimos que hubiera sido una tortura acarrear las maletas. Enseguida descubrimos que el Señor Miguel se movía también con un jeep y con una moto que cogía alternativamente él sabría por qué, y además por las tardes daba una larga vuelta en su lancha largando y recogiendo un aparejo de pesca en la bahía. Nunca le vimos coger un pez, pero…

Un rincón colorido de Halki, al atardecer.

Por el camino descubrimos que Penélope, como siempre, había acertado en su decisión de visitar Halki. La isla, una roca de 10 kilómetros de largo por tres y medio de ancho en el Mar Egeo, era piedra y azul. Al volver una curva, apareció la vista general del pueblo derramándose sobre el puerto, como si tuviera sobre él una cúpula invisible de serenidad; pero hay veces que estas cosas son visibles para el ojo humano. Nosotros lo vimos. Llegamos al hotel, un establecimiento nuevo (  http://www.hionaart.gr/en/index.php ), reluciente, brillante y hermoso, con una vista impactante de todo el pueblo sobre el mar, con embarcadero y acceso al baño propios. No es posible pedir más. 

Comodidades del hotel Hiona Art

Tuvimos que aguardar a que arreglaran la habitación un buen rato, pero O Kyrios Michalis dispuso que nos sirvieran zumo de naranjas y algo de fruta para entretener la espera, que nos trajo el atento Eri. Esa atención, la compañía de Vargas Llosa en el libro electrónico, y las miradas extasiadas al entorno hicieron que el largo prólogo mereciera la pena. Ya acomodados en la habitación de amplio horizonte marino, decidimos que el almuerzo y el primer baño serían en el hotel, y la larga siesta. Claro. Teníamos cuatro días por delante en lo que aparentaba ser un paraíso del dolce far niente. Halki, con el transcurso de las horas, se reveló acorde con nuestras expectativas. Bueno, en realidad las desbordó.

Sale la luna sobre Halki, de detrás de Rodas.

El programa en los siguientes días incluyó un vergonzoso recorrido de dos minutos en autobús a la playa de Pótamos (naturalmente, la vuelta la hicimos andando en poco más), largas estancias en la hamaca sobre la arena de esa serena bahía, baños en cristal líquido turquesa, almuerzos en la taberna (prueben la ensalada de berenjenas, melitsanosalata, casera); visita a la playa de Ftenagia, a cinco minutos del hotel, con inolvidable inmersión transparente; una excursión a Horió, la deshabitada y ruinosa antigua capital de la isla; cenas en el pueblo frente al muelle…

La recogida playa de Pótamos, tras el pueblo.

Un largo transcurrir por un tiempo inmóvil, en el que destacaremos además un momento culinario, aquél en el que el georgiano dueño de la taberna ‘Mar Negro’ (Mavrí Thalassa) nos ofreció un pescado para comer a la parrilla, una especie de besugo, que rechazamos por excesivamente grande. Él mismo halló la alternativa: “¿Y si les hago una sopa de pescado (psarósoupa)?” Claro, claro, sonreímos. Al rato, y mientras saboreábamos los aperitivos, dos platos de humeante caldo con algunas verduras aparecieron sobre nuestras mesas, y al lado, otro con trozos del besugo hervido. Momento gastronómico marinero. El resto del pescado y sopa supongo que se lo comió la familia.

Escalinata de entrada a una iglesia blanqueada, casi los únicos edificios en pie en Horió.

 

La serenidad. Calculamos que la edad media de los turistas que pernoctaban en Halki rondaba los 70 años. Nos sentíamos casi unos adolescentes en ese mundo de andares vacilantes, arrugas bajo los bermudas y bastones. Sin embargo, qué felicidad y alegría de vivir transmitían. Debían de ser asiduos al paraíso, parecía que todos se conocieran y conocieran a los dueños de bares y restaurantes, al chófer del microbús, de belleza varonil tan elogiada por Pe, a los policías portuarios. Pasaban el día en la playa, con una larga interrupción al mediodía temprano para zamparse unas enormes cervezas en la taberna sobre la arena y quizá un almuerzo.

Turistas en una taberna del puerto

 Al segundo día, ya saludábamos a algunos, claro. Por la noche, se reunían por el puerto, cenando juntos o deteniéndose entre todas las mesas, siempre entre risas y bromas en inglés ¡no paraban de reír! Pensamos cuánta diferencia con muchos mayores de por aquí, a los que ves parados en las esquinas y a los que cazas frases siempre relacionadas con sus males y enfermedades. Eran viejos, felices, comilones y bebedores: los turistas ideales.

También hay niños en Halki, aunque pocos.

La exclusiva, insólita calma de Halki, se veía alterada considerablemente todos los días durante unas horas por la llegada de uno o dos barcos de excursión procedentes de Rodas. Entonces, la playa de Pótamos se llenaba de personal que, ansioso, se despojaba de las ropas, extendía la toalla y se metía en el agua con prisas. Eso sucedía al mediodía y mientras, los escasos habitantes nos refugiábamos en la taberna. Al final del almuerzo, la playa ya estaba de nuevo tranquila, y era la hora de la siesta y de esperar el atardecer…

Barcas en el puerto.

Fueron días de cientos de fotos, miles de miradas, decenas de miles de latidos al compás sereno de Halki.

Otro rincón de la isla.

Nos dio mucha pena abandonar la isla en la tarde del quinto día. O Kyrios Michalis nos llevó al puerto y en un hermoso griego nos agradeció la estancia, y respondió a nuestros halagos a su hotel con una promesa de llevarnos el año que viene en su lancha a playas escondidas, azules y calmadas, tras aquellas rocas… ¿quién se resiste a aceptar la invitación y repetir?

El baño más transparente en la playa de Ftenagia, a un paso del hotel.

Después de todo esto, es hasta posible que a algunos os entren ganas de visitar Halki. Si es así, sabed que el camino desde España es largo pero interesante: hay que volar desde Madrid a Atenas, y desde allí a Rodas. Una vez en la isla de los Caballeros, donde ya sabéis que es obligatorio pasar unos días, las posibilidades de viajar en barco a Halki son de una o dos al día, según la temporada. En el Preveli son dos horas, y en catamarán, la mitad. Elegid, no hay prisa, esto es lo que os espera:

La mañana de Halki.

Marta, otra víctima de Grecia

Ulyfox | 10 de octubre de 2011 a las 13:54

 

Marta, Penélope y Fernando, en las murallas de Rodas.

Resulta que a Marta, vallisoletana, nos la encontramos hace más de un año en Mikonos, en la excepcional terraza de los desayunos del hotel Damianos, allí con la vista lejana de Delos, nuestra casa en la isla blanca. Acababa sus vacaciones el mismo día que nosotros. Como suele suceder entre compatriotas, entablamos una conversación. Era la primera vez que iba a Grecia, y estaba encantada, yo diría que enamorada del país, aunque quizá todavía no lo sabía. Nosotros le contamos nuestra dilatada vivencia en este territorio hogar de tantas cosas.

Uno de los cientos de rincones bellos de Rodas intramuros.

Este año, Marta reconoció su enamoramiento, se entregó a él con pasión y ya sabemos que contra ese impulso nada se puede hacer: decidió volver a Grecia a vivir ese amor (Por lo que se ve, ella es así: apasionada, expansiva,  y clara de ideas): otra víctima del hechizo griego. Se acordó de nosotros en verano y nos escribió, intercambiamos opiniones por correo, consejos, sugerencias, y todo se rodeó de manera que hicimos por coincidir en Rodas, nada menos. Nos vimos, charlamos, cenamos de nuevo en la taberna Nireas, a la luz del emparrado, ella con su amigo Fernando; nosotros dos, los mismos recorriendo almanaques sin dejarnos exprimir por ellos. Los cuatro, unidos por el hilo griego, que hace un tejido de relación humana estupendo.

Reímos, comentamos, nos besamos y quedamos en vernos el año que viene, de nuevo, en Grecia. Y probablemente, en Creta. Así de sencillo. Así de grande. Por eso, nos hemos permitido poner esa foto, ahí arriba. La próxima, que sea en Chania, por ejemplo.

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Cristiana y mora

Ulyfox | 5 de octubre de 2011 a las 13:57

En la calle Sokratous de Rodas, mezquitas, iglesias, muchas tiendas...

(Empiezo ahora las crónicas desde la distancia, cuando hace ya casi una semana que volvimos del otro lado del espejo, y nos hemos reincorporado a la vida real. Cuesta)

En la calle de los Caballeros

 Hemos utilizado Rodas esta vez como etapa en nuestro viaje por dos razones: primera, porque sí, porque nos encanta, porque nos gusta esta isla con ese casco antiguo medieval del tiempo de los cruzados, tan bien conservado y restaurado; y segunda, como puerto para salir y volver desde Halki, otra de esas joyas griegas escondidas en el Egeo.

La evocadora visión de la calle de los Caballeros, a la luz del atardecer

El ‘Preveli’, uno de nuestros ferries históricos y favoritos, fue el encargado de llevarnos y traernos a Halki. Algún día haremos la fantástica ruta que recorre el ‘Preveli': Atenas, Milos, Santorini, Creta, Karpathos, Halki, Rodas, y vuelta.

El 'Preveli', a punto de atracar en el puerto de Halki

Veníamos desde Angistri, y tras volar otra vez desde Atenas, donde pasamos otra noche de tránsito. Rodas nos recibió con la luz dorada de la tarde. Nos alojamos en el hotel Via-Via, estupendamente situado en el centro histórico, pero que no recomendaremos en absoluto. Es barato, sí, pero eso no implica que tenga que estar descuidado, y más con detalles fácilmente subsanables. Pero el centro histórico de Rodas, rodeado de imponentes murallas almenadas, empedrado de historias de cruzados y otomanos, todo lo arregla.

Esperando a la puerta del hotel Via Via

No perdimos tiempo, y nos acercamos a comer a la Taberna Mikes, uno de nuestros clásicos, un sitio sin artificios ni preparativos especiales. No figura en ninguna guía, excepto en la nuestra particular, escondida en una callecita paralela a la esplendorosa y comercial calle Sokratous. Ya no estaba el anterior dueño, muy mayor, y suponemos que fallecido, pero nos dio corte preguntarlo al encargado actual.

La Taverna Mikes, nuestra cita con el pescado en Rodas

Unas fabulosas almejas abiertas al natural con limón y una exquisita dorada a la parrilla (supongo que de piscifactoría, pero muy rica), acompañadas con jorta, esa hierba silvestre cocida tan popular en Grecia, fueron el primer contacto culinario con la antigua capital de los Caballeros de la Orden de San Juan.

Espléndido café turco en la calle Sokratous

Rodas tiene un encanto inmarcesible (me gusta esta palabra, lo siento), con mezquitas que conservan sus minaretes, sus fuentes para las abluciones, al lado de iglesitas bizantinas y de calles estrechísimas cubiertas de arcos, muchas pintadas en amarillo, otras con la piedra vista en las fachadas. Los italianos se quedaron con la isla en tiempos de Mussolini, igual que con otras del Dodecaneso, y quisieron recuperar el esplendor de los tiempos de los caballeros.

El casco amurallado de Rodas, junto al puerto

La verdad es que algunas restauraciones les quedaron de dulce. Pasear por la calle de los Caballeros, Ippoton, donde se conservan las Casas de los antiguos militantes de la Orden de San Juan, España, Italia, Francia, es realmente volver al tiempo de los cruzados (y una tortura para los pies).

La monumental puerta Colona, frente al puerto

En la calle Sokratous, un turco conserva un cafetín viejísimo, con pipas de agua, un bellísimo suelo de mosaico de guijarros, y recuerdos de Ataturk. El local tiene todo el sabor de la Rodas musulmana, cuyos ecos llegan a hace apenas un siglo.

Un rincón del casco antiguo de Rodas

El barrio judío, en cambio, tiene un aire un poco decrépito, pese a que los mártires sefardíes de la ocupación nazi tienen un memorial y una plaza céntrica dedicada. Pero en ese entorno, hay una ruinas de una iglesia gótica ideal para fotos, y sobre todo, un restaurante, Hatzikelis, donde nos zampamos un pescado enorme, de nombre desconocido y sabor inigualable. Muy recomendable también, en otro barrio, la taberna Nireas, con las mejores tiropitakias (pastelitos de pasta filo con queso y hierbabuena) de Grecia.

La entrada al puerto de Mandraki, donde se supone que estuvo el Coloso.

 

Para mucha gente, Rodas es la ciudad del Coloso, ese enorme faro con forma humana que era una de las siete maravillas del mundo. No queda nada como ya se sabe, pero en el lugar donde se supone que la estatua tenía sus pies, a la entrada del encantador puerto de Mandraki, se situaron hace tiempo dos tiernas figuras de un ciervo macho y hembra sobre dos columnas, que es una de las postales más conocidas de la ciudad.

Vista general de la plaza Sokratous

Pero de Rodas no nos gustó una cosa, si no nueva, sí en crecimiento: la proliferación de bares de copas en el centro histórico, tal vez con un excesivo gusto por la fiesta a gran volumen y hasta altas horas de la madrugada. Como que no pega, que diría el otro. Y molesta. Y Lindos, otrora un pueblecito blanco precioso (sigue siéndolo, con sus mansiones en piedra y mármol), con una espectacular acrópolis en las alturas, está tomado por el turismo masivo, cruceristas y de países del Este. La hermosa playa estaba atestada, y las callescasi no se ven con tanto expositor de artículos para turistas. Además, ha sido el único sitio en el que nos hemos tenido que ir de una taberna sin comer porque no nos atendían, en 20 años viniendo a Grecia. Lo sentimos mucho.

La preciosa playa de Lindos, con el pueblo y la Acrópolis al fondo

En Rodas, además, vimos a Marta. Pero lo contamos otro día, si os parece.

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