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La decepción

Ulyfox | 3 de marzo de 2013 a las 2:44

El claustro de Santo Domingo de Silos

¿No os ha pasado nunca? Seguro que sí. Esperar ver algo que os va a emocionar porque lleváis años esperando, y al final no. Pasa a menudo. No sé. Yo, por ejemplo, esperaba más de las pirámides de Egipto, esperaba caerme rendido a sus pies, que me entrasen ganas de arrodillarme por la incomprensión ante tamaña grandeza. Habría sido feliz si hubieran brotado lágrimas. Y no. Sin embargo, los ojos se pusieron brillantes y la boca se abrió unos días antes, en el patio de mi primer templo egipcio, en Medinat Habu, ante esos muros llenos de relieves y esos techos coloreados.

Los maravillosos capiteles de Santo Domingo.

Ansiaba, mi gran sueño, temblar ante la visión del Tesoro de Petra tras el desfiladero del Siq, y el estremecimiento llegó en un ligero vibrar, mucho menor de lo deseado. No me decepcionó Petra, eso es imposible, pero mi corazón no se desbocó ante el Tesoro, como yo ansiaba, teatrero que soy, desde décadas atrás. Y sin embargo, recorriendo el Cardo Máximo de Jerash, mi asombro pasmado no cabía en mí, paseando entre las filas de columnas corintias y subiendo escaleras monumentales, deteniéndome ante las fuentes e imaginando aglomeraciones del tráfico romano de entonces, ante la piedra que señalaba el cruce del Cardo con el Decumano.

Ahí estaba yo, esperando la iluminación.

Debo declarar aquí y ahora que yo he sido prisionero en mis viajes del recuerdo de muchas fotos de aquel maravilloso libro de texto de Historia del Arte de sexto de Bachillerato. Y por eso he buscado en todas partes la realidad que mostraban sus imágenes. Por eso en Micenas realicé mi deseo ante la Puerta de los Leones, en Atenas ante las cariátides, en París ante Notre Dame, en Londres ante la Piedra Roseta, en el Louvre frente al friso persa de los arqueros (gran llorera) o en Toledo en unos minutos suspendidos en la iglesia de Santo Tomé, ante El entierro del conde de Orgaz de El Greco.

Relieves en una esquina del claustro románico.

Y esa pequeña decepción conmigo mismo me volvió a ocurrir cuando estuve ante una de mis visiones largamente anheladas: el claustro románico del monasterio de Santo Domingo de Silos, hace siete años. Amo los claustros. Quizá haya rasgos monásticos en mi subconsciente y la meditación aparece como un deseo oculto, pero adoro esos patios cuadrados rodeados de arcadas sucesivas, hechos como para darle vueltas a los deseos y los temores propios o para largas conversaciones profundas con un interlocutor inteligente y comprensivo o con uno mismo. Y ahí estaba Santo Domingo, con su románico sobrio, síntesis de mi estilo favorito, más primitivo que el orgulloso gótico triunfalista y puntero, más sencillo que el desmesurado barroco, y más humano que el rígido orden clásico. Y ocurrió: no me estremecí. Nos desviamos del camino para ver Santo Domingo, yo recordando para mis adentros el inicio del bello soneto de Gerardo Diego: “Enhiesto surtidor de sombra y sueño/ que acongojas al cielo con tu lanza…” también levemente olvidado de otro libro, el de Literatura. Y ante la sucesión de arcos, columnas y capiteles, y a pesar de la explicación del guía, del reconocimiento al labrado de los canteros anónimos, de la mañana soleada que daba la luz casi perfecta al claustro, no hubo nada de la admiración que yo esperaba, apenas un hálito de emoción casi forzada. No sentí la elevación y sí la decepción. Esas cosas pasan. Quién sabe, quizá después de todo y a pesar de lo que pensaba mi madre, yo no iba para cura. Y  bien que lo siento. Lo de la emoción, no lo de cura.