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A los pies del acantilado volcánico

Ulyfox | 9 de enero de 2021 a las 20:16

El puertecito de Ammoudi, en su pequeña bahía. Sobre él, las casas de Oia.

El puertecito de Ammoudi, en su pequeña bahía. Sobre él, las casas de Oia.

La lubina era hermosa, llamativa, gruesa de lomos y por tanto imposible que su procedencia fuera de piscifactoría. Su apariencia era tan atractiva que, pese a mis ganas de variar de pescado, tuve que pedirla. Estábamos en la taberna Sunset (extraño nombre en inglés, qué le vamos a hacer, con lo bien que suena en griego ‘Iliovasílema’), pegaditos al mar en un día ventoso pero luminoso, en el puertecito de Ammoudi, con el pueblo de Oía (recordemos que se pronuncia Ía) situado justo encima, a 120 metros y colgado del acantilado volcánico del extremo norte de Santorini.

Una orilla plagada de tabernas.

Una orilla plagada de tabernas.

Era el segundo y último día de los programados para la estancia en la bellísima isla del Egeo, la más meridional de las Cícladas. En realidad, el almuerzo en Sunset era la principal actividad que habíamos previsto para ese día. Recordábamos otra jornada pasada allí mismo, en nuestra última visita, con otro pescado memorable, esta vez frito y que nos recomendó el encargado del restaurante.

El desayuno en el Thera Suites.

El desayuno en el Thera Suites.

Desayunamos opípara y tranquilamente en el hotel, con el desayuno servido en la terraza del apartamento, abierta a una mañana brillante y cegadora. El plan no incluía, aparte del almuerzo, mucho más que volver a repasar Oia con parsimonia.

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Gente en las terrazas, disparando sus cámaras.

Otro paseo tranquilo por Oia.

Otro paseo tranquilo por Oía.

Esa mañana el pueblo registraba un poco más de actividad. Por encima de terrazas, en callejones, en todas las esquinas había grupo de jóvenes fotografiándose ante el escenario más hermoso posible, ellos adoptando poses heroicas y ellas con actitudes seductoras. Material inigualable para instagrammers.

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Había gente, pero nada comparable con los tiempos anteriores a la pandemia de coronavirus. Se dejaba notar sobre todo la ausencia de unos visitantes habituales como los chinos, y sobre todo de chinas, que suelen traerse vestidos coloridos, y muchas de ellas su traje de novia, para hacerse la foto irrepetible sobre las terrazas blancas y con el fondo azul del mar y de las cúpulas.

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Nos dio tiempo a tomar un café en un barecito asomado al acantilado, y a presenciar un amago de pelea grave entre un cliente azuzado por su compañera y un camarero. Un cliente seguramente nacido para mediador puso paz, frágil pero efectiva, entre los dos.

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Esta capilla tiene un atractivo irresistible.

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Una vivienda neoclásica en Oía.

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La segunda parada fue en un local minúsculo con balconcito sobre la calle, ideal para ver pasar a la gente. Allí fue una cerveza la que acompañó el descanso, mientras oíamos la conversación de unos italianos que contaban al dependiente, de la misma nacionalidad, cosas de su tierra natal y comparaban precios y calidades, y unas islas con otras. Como nos gusta criticar, dedujimos que eran un grupo de pijos repelentes.

Vista de Ammoudi, desde Oía.

Vista de Ammoudi, desde Oía.

Después, por fin bajamos a Ammoudi, desde las cercanías de las ruinas del antiguo castillo veneciano, descendiendo unos 300 escalones por un camino empedrado de cantos rodados que serpentea en algunos casos con pronunciada pendiente, y en el que hay que sortear (aunque en esta ocasión no tanto) una buena ración de excrementos de mulos. Hay que mirar mucho al suelo, pues, pero si no se va con prisa, la bajada da para numerosas paradas y, por supuesto, abundantes fotos.

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Visiones bajando hacia Ammoudi.

Visiones bajando hacia Ammoudi.

Abajo, en la pequeña bahía, tampoco falta el color, sobre todo en las tabernas y en algunas casetas usadas por los pescadores. Arriba, las casas de Oia parecen a punto de caerse sobre nosotros y enfrente aparece tentadora la costa del también habitado islote de Therasia, al que se puede arribar en barco en poco más de diez minutos y que alguna vez visitaremos para quedarnos al menos una noche. Pero tampoco fue esta vez.

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Otro almuerzo inolvidable sobre el mar.

Otro almuerzo inolvidable sobre el mar.

Acomodados en primera línea, en una mesa situada prácticamente sobre el agua, disfrutamos todo el tiempo que pudimos de la comida, que acompañamos con uno de los deliciosos vinos de Santorini, en esta ocasión de la variedad Assyrtiko.

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Después, como unos señores, pedimos un taxi que nos devolviera a las alturas, y aprovechamos para disfrutar de nuevo de las vistas y del sol declinante. No eran chinos, pero vimos también a los inevitables novios que usaban el decorado natural para perpetuar tan feliz momento.

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La novia sobre un fondo irrepetible.

En momentos como esos, se tiene necesidad de pocas cosas más, así que decidimos culminar el día simplemente en la terraza del hotel, con unas cervezas y unos aperitivos que habíamos comprado en un supermercado por el camino, mientras decíamos con el iliovasílema (puesta de sol) un ‘hasta luego’ a una de las islas más bonitas del mundo.

Extraña Santorini

Ulyfox | 27 de diciembre de 2020 a las 19:35

Santorini en toda su belleza.

Santorini en toda su belleza. El islote del fondo es el volcán activo.

Santorini es la belleza.

Santorini es la belleza.

Los restos del ciclón ‘Jano’, que la tarde anterior había descargado sobre Heraklion, soplaban sobre el barc0, agitando las olas cuando salíamos del puerto de la antigua Candia rumbo a Santorini. El Egeo estaba movidito pero el Superferry, un catamarán enorme, aguantaba bien los embates camino de la isla también llamada Thira, que fue destruida hace más de 3.000 años por la catastrófica erupción de su volcán, explosión que según parece también pudo ser la causante de la desaparición de la civilización minoica en la lejana isla de Creta. A su encuentro íbamos, impulsado también por la certidumbre de que sería una de las últimas ocasiones de ver tan hermoso lugar sin las aglomeraciones insoportables de los últimos años, y con la extraña sensación de viajar en un barco casi vacío.

A bordo del Superferry, extrañamente vacío en esas fechas.

A bordo del Superferry, extrañamente vacío en esas fechas.

Poco antes de la llegada, el viento amainó bastante y, de cualquier forma, dada la forma semicircular de la isla y las altas paredes de lo que fue el cráter y ahora es un abrupto acantilado, en el interior de esta bahía las aguas siempre se calman. En medio de la bahía, el volcán todavía activo. Su última erupción ocurrió en 1956, y destruyó parte del pueblo de Imerovigli.

Llegada a Fira, que se ve en lo alto del acantilado de la Caldera de Santorini.

Llegada a Fira, que se ve en lo alto del acantilado de la Caldera de Santorini.

A punto de desembarcar en el puerto de Athinio.

A punto de desembarcar en el puerto de Athinio.

Arribamos al puerto de Athinio, el único preparado para grandes barcos, a media mañana y allí nos recogió nuestro transporte hacia el hotel Thirea Suites, en el extremo septentrional de Santorini, en Oia (pronúnciese Ía), la población más bonita de la isla. Ascendimos las curvas desde el muelle y, al cabo de media hora y de recorrer casi toda la isla, la furgoneta paró a la entrada del pueblo. El sistema funciona así: el transporte deja a los viajeros ahí, y en ese lugar los empleados de los hoteles esperan y conducen a sus clientes hasta las puertas del establecimiento, llevando además sus maletas.

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Las capillas blancas nos recibieron en las alturas de Oía.

Las capillas blancas nos recibieron en las alturas de Oía.

Se agradece porque la mayoría de los hoteles en Oia están colgados del acantilado, y eso supone que la entrada y salida de ellos se hacen por unas empinadas y muchas veces estrechas escaleras. Los diferentes establecimientos están prácticamente unos encima de otros, lo que garantiza unas vistas espléndidas sobre la caldera, como se llama a la parte de la isla que mira hacia el volcán. El trabajo de los maleteros es duro, así que lo apropiado es darles una buena propina.

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Empleados de los hoteles, esperando a sus clientes en la parte alta.

Empleados de los hoteles, esperando a sus clientes en la parte alta.

A nosotros nos tocó Aslan, un albanés fornido que manejaba las valijas de 20 kilos como si fueran portafolios. Le comentamos: hace bastante viento. “Aquí arriba sí, pero abajo no se nota”, dijo convencido. Y era verdad, el fresco que se sentía en el borde superior de la caldera se convertía en calor un poco más abajo, protegido como estaba del aire del norte por la pared volcánica.

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Hoteles colgados sobre la Caldera.

Hoteles colgados sobre la Caldera.

Habíamos elegido el Thirea Suites porque esta vez, aprovechando también la bajada de precios, queríamos conocer la forma más popular de alojarse en Santorini: el lujo. En nuestras numerosas visitas anteriores, nos habíamos quedado siempre en el mismo lugar: los apartamentos Vallas, mucho más modestos pero espléndidamente situados en un barrio algo alejado de Fira, en la apacible Firostefani, casi colgados sobre la Caldera. Atendidos por los hermanos Andonis y Vasilis, siempre había sido nuestra parada, y en su pequeño bar se toman unos desayunos con vistas incomparables. A Oia siempre habíamos ido de visita, pero ahora queríamos vivir dos días allí, y no nos movimos del pueblo.

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Dos imágenes de Oía.

Dos imágenes de Oía.

Oia es la postal de Santorini. Cuando uno piensa en esta parte de Grecia, imagina siempre sus cúpulas azules, sus campanarios blancos y sus fachadas multicolores que se derraman sobre el mar, sus cuevas habitadas y sus atardeceres admirados en todo el mundo. Todo esto es verdad, pero la estancia en el Thirea Suites nos demostró algo que ya sabíamos: que la mejor vista no está en esta incomparable y pequeña población que ha crecido enormemente al amparo del turismo, sino en Fira, la capital situada a unos kilómetros, y que por su posición central domina todo el singular panorama.

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El hotel, sin ser ni mucho menos el más lujoso de Santorini, es un derroche. En sus instalaciones sobra espacio, sobra confort, y rebosa la vista frontal sobre el mar, justo a la entrada de cada apartamento. Una bañera jacuzzi en la terraza exterior completa la sensación de placeres innecesarios. En realidad, basta con estar echado en las tumbonas mirando el horizonte.

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Lo primero que hicimos, una vez que dejamos nuestro equipaje y a la espera de que las habitaciones estuviesen listas, fue planear un paseo por el pueblo y buscar un lugar donde desayunar. El paseo se hizo lento por la imperiosidad de parar a cada momento a disfrutar del espectáculo y sacar fotos. El día no estaba muy brillante, pero, desde lo alto, la imagen de cúpulas y terrazas sobre un fondo marino azul plateado que reflejaba los rayos de sol entre las nubes componían una visión de gran belleza.

Teníamos que hacer por fuerza muchas paradas para disparar las cámaras.

Teníamos que hacer por fuerza muchas paradas para disparar las cámaras.

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Desde luego, no estaba lleno, pero la cantidad de turistas por la estrecha calle principal era mucho mayor que la que habíamos visto este año en las otras islas. Santorini sigue siendo escenario para instagrammers, influencers y todos esos nombres ingleses que se han inventado para denominar al exhibicionista fotográfico. Aunque estaba prescrito aquí, nadie llevaba mascarilla excepto nosotros y, por supuesto, los camareros y dependientes de los comercios y hoteles.

Desayuno-almuerzo en el 128.

Desayuno-almuerzo en el 128.

Así que se nos pasó la hora del desayuno y terminamos haciéndolo a esa hora intermedia para la que los sajones, expertos en flexibilidad lingüística, han llamado brunch, híbrido entre breakafast y lunch. Y fuimos a caer en un lugar, el café 218, en el que dimos cuenta, sobre el mar y frente al infinito, de un potente desayuno, inglés por supuesto.

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Como todo era tan perfecto, prolongamos el mini almuerzo y luego el paseo hasta el extremo de Oia, donde confluyen todos los ávidos de atardeceres programados del mundo. La belleza permanece intacta y aún más evidente por la ausencia de multitudes, aunque eso no quiere decir que hubiera poca gente. Era sólo que se podía andar por las calles y hacer fotos con algo más de tranquilidad.

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El hotel Thireas Suites, casi no hace falta salir...

El hotel Thireas Suites, casi no hace falta salir…

Volvimos al hotel para aprovechar las horas de la tarde en nuestro hotel de lujo: miradas al atardecer, pequeño baño por compromiso y capricho en el jacuzzi, lectura frente al mar, aseo y afeites en un cuarto de baño inmenso y salida para ver el atardecer, fotografiar su luz y sus reflejos y cenar temprano.

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Salida para la cena al atardecer.

Salida para la cena al atardecer.

Lo que parecía una tarde tranquila y sin masas se convirtió de pronto en un río de gente en sentido contrario a nuestra marcha: la gente acababa de contemplar el atardecer en el extremo de Oia, sobre las ruinas casi irreconocibles del antiguo castillo veneciano, y volvía probablemente a sus coches y autocares de excursión. Por un momento, Santorini se pareció al de los años previos al coronavirus.

 

Las calles se llenaron de gente para ver atardecer...

Las calles se llenaron de gente para ver atardecer…

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Y luego, la mini multitud llenó la calle mientras nosotros buscábamos un lugar adecuado para cenar. A lo justo encontramos un sitio y recalamos en Thalami, un restaurante  de aire moderno, con especialidades sabrosas y un servicio amable y dispuesto. Disfrutamos con la fava (especialidad de la isla, una especie de humus pero con judías), los rollitos de pasta filo rellenos de marisco y los filetes de sardina a la parrilla.

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Ya de noche, regresamos al hotel.

Ya de noche, regresamos al hotel.

El primer día fue perfecto, en una extraña Santorini sin masificar.

La zona VIP del Paraíso

Ulyfox | 26 de agosto de 2013 a las 12:42

Oia, frente a la caldera de Santorini.

Oia, frente a la caldera de Santorini.

Esta es la descripción feliz y certera que me envían Rafa e Isa desde Grecia, tras haber pasado tres días en Santorini y cuando empezaban su estancia de cuatro en Paros. “Esto es la zona VIP del Paraíso” me dicen para agradecernos el diseño de viaje que le hemos hecho, y con eso nos han hecho felices.  Me parece una definición acertadísima, y si es suya, les felicito por el titular y se lo copio. Espero que el resto de su periplo helénico, que incluye también dos noches en Atenas para rematar y que ya está acabando, les vaya tan bien. “El viaje ha superado nuestras expectativas” me cuentan, y a nosotros, que sabemos del encanto irresistible de aquellas tierras y mares, no nos sorprende. Y nos hablan de la gente del Vallas Apartments, y de la comida, y nos alegran el día. Porque esto de recomendar a alguien un sitio, lo sabéis, te crea una responsabilidad. Como cuando hablas bien de un restaurante a un amigo. Si te hace caso y tiene una mala experiencia, sin saber por qué, te sientes en parte culpable del chasco, pero si te viene hablando de lo bien que comieron crees que es también mérito tuyo.

La playa de Martselo, en Paros.

La playa de Martselo, en Paros.

Pues eso: Santorini, Paros, Grecia… la zona vip del Paraíso. Ya sé que somos pesados en esto, pero vamos teniendo cada vez más aliados.

Capilla y calle en Parikia, capital de Paros.

Capilla y calle en Parikia, capital de Paros.

Lugares del alma

Ulyfox | 9 de noviembre de 2011 a las 15:25

Desde las alturas de Santorini

El camino que seguimos siempre para bajar del Hotel Damianos hasta el centro de Mikonos

Se me hace raro. Sé que puede resultar cansado. De nuestro último viaje, me queda por contaros Santorini y Mikonos, pero tantas veces he hablado de estas dos acogedoras, conocidísimas islas…

El placer de volver a Santorini

Si acaso, me queda decir que me siento contento de haber ayudado a gente, a alguna gente, a conocerlas. Tal vez sea mejor, hacer un rápido resumen de la estancia, aunque algunas cosas he contado ya. Recordad los que tengáis memoria, que ya hice entradas sobre nuestros amigos del Vallas Apartments, los singulares Andonis y Yiannis, sobre la improvisada sesión de canto en Il Cantuccio…

Mikonos, tan bello...

Esta vez fue como volver a esos lugares donde habita nuestra alma repartida, pero con el inconveniente del mal tiempo. El tiempo nos trató durante la mayor parte de las vacaciones con una amabilidad exquisita, nos dio días espléndidos de calor para bañarnos y de luz para admirar, en Jordania, en Angistri, en Rodas, en Halki, en Creta, pero se torció, aunque no de manera catastrófica en Santorini y Mikonos, las dos Cícladas más conocidas, amadas por nosotros.

Ayios Yiannis, un rincón de Mikonos

Ya la travesía en el ‘Flyingcat 4′ desde Creta fue bastante movida, con ese Mediterráneo que dicen tranquilo, pero que tiene esos terribles momentos de enfado. El viento no nos dejó ni un día desde entonces, de los ocho que nos quedaban de vacaciones. Podemos decir que nos dio CASI igual. Era ya el tiempo de volver a ver a los amigos; de redegustar las kremidópitas (empanadillas de cebolla) del Skala, en Ía, de disfrutar de la terraza del Vallas en desayunos, cafés y rakis.

Olas contra las casas de la Pequeña Venecia

Y, en llegando a Mikonos, reconocer los abrazos y besos de Eleni y Thanasis en el Damianos Hotel de Mikonos; comprobar como la familia de gatos okupas sigue creciendo (“desaparecen en invierno y reaparecen en verano”, nos dijo Thanasis). Madre e hijo repitieron sus gestos de amistad. Ni siquiera nos quisieron cobrar esta vez las comidas aparte. Volvimos a su fiesta de cumpleaños, nos emocionamos con los gritos y besos de recibimiento de las dos camareras búlgaras, tan morenas y tan guapas. Saludamos al dueño de la taberna Kounelas, que tiene el patio más estrecho del mundo para comer y un amplio salón con aire acondicionado, pero nadie quiere comer dentro.

La Trattoría Tassos de la playa de Paranga, en Mikonos. Garantía

El viento se puso demasiado desagradable en Mikonos, pero aún pudimos ir un día a la resguardada playa de Paranga, para comprobar que el turismo ha crecido considerablemente este año en Grecia, gracias a Zeus, a pesar de ser los últimos días de septiembre, y que los mejillones y la taramosalata de la Trattoria Tassos siguen siendo tan buenos como el agradable trato de sus camareros y la transparencia de su agua. Aún pudimos descubrir un rincón con tanto encanto como Ayios Yiannis, que parece mínimamente resguardado del furor crucerista.

Pe, ante la capilla de Ayios Yiannis

Y todavía pudimos certificar que es difícil competir con la belleza de las calles y las tiendas de Mikonos, con la blancura de su barrio de Alefkandra o con la perfección naïf de sus capillas de cúpula azul o roja, con la bravura de las olas en esos días, chocando contra la estrecha pasarela de la Pequeña Venecia donde los turistas juegas a esquivar la espuma.

Cruceros tras las casas de la Pequeña Venecia

 

Y nos relajamos con la serenidad de sus terrazas cuando la tarde pasa su ecuador, por ejemplo ante un risotto en Casa di Giorgio. Y mira que habremos estado veces en esta isla.

Dando el cante en Il Cantuccio

Ulyfox | 27 de septiembre de 2011 a las 23:53

Con el cocinero Romeo Russo, entonando 'Torna a Sorrento'

 

Il Cantuccio es una pequeña trattoría situada en Firostefani, esa aldea cercana a la capital de Santorini, a mitad de camino entre la tierra y el cielo pero más cerca de este último. Un grupo de napolitanos y sicilianos ofrecen, en el corazón de la volcánica isla, una auténtica comida italiana. No tienen ninguna cosa muy especial, pero todo está muy bueno, y siempre se agradece un poco de la mejor cocina de ese extraordinario recipiente gastronómico que es Italia.

Tiene además la ventaja de estar muy cerca de los apartamentos Vallas, nuestra parada en la isla, así que siempre que vamos a Santorini (y ya son unas cuantas veces), visitamos el local, compuesto por un recogido comedor y una no menos recogida terracita. En esta ocasión, no faltamos a nuestra costumbre, por partida doble. La segunda vez dimos cuenta de unos riquísimos calzoncini con trufas, aromáticos y suaves y de unos ya míticos spaguetti a le vongole. Nos encanta el sitio.

Cómo terminamos el cocinero, Romeo Russo, y yo cantando ‘O sole mío’  es difícil de explicar pero fácil de comprender. Tuve que ir a meter el pin de la tarjeta a la cocina, y allí estaba. Me saludó con un “buona sera” al que yo contesté educadamente con un “buona sera, come va?”

-Parla italiano?

-Un poco

-Ah, un poco. Da dove siete, greco, inglese, francese…?

-Spagnolo, da Andalusia, Cadice

-Aaah, Andalusía, bellíssima. Siviglia, Granada… Granadaaa, tierra soñadaa por mí… -empezó a cantar, bastante bien entonado

-Bene, bene, adesso io canto O sole mío -contraataqué…

Y Romeo se acercó, me echó el brazo por encima, y comenzamos: “Chéee bella coosa, una giorná de sooole, l’aria sereeena dopo la tempeesta…” Inesperado, divertido, asombrosado elogio del pizzaiolo: “Lei canta bene, sei professionista?” Penélope entró intrigada por lo que pasaba y se oía en la cocina, intercambiamos piropos sobre Nápoles, Sicilia, España, sobre la cantidad de apellidos italianos que hay en Cádiz… “Pedro Almodóvar, il direttore spagnolo ha stato, tre messi fa, qui… ha stampato la sua firma…” Y la vimos, allí en la pared: “En recuerdo de una noche fantástica… Pedro Almodóvar”. “Me gustaban más sus primeras películas” “Sí, adesso é troppo melodramático, ma é veramente spagnolo” Sí, risas,  muchas risas… Pero no llevábamos la cámara.

El descuido lo subsanamos la tarde siguiente. Pasamos junto a la trattoría temprano, y allí estaba Romeo preparándose para el trabajo, en la terraza, así que fue la oportunidad. “Repitámoslo con foto”, y lo hicimos, aunque ahora entonando los primeros versos de Torna a Sorrento: “Vido mare cuanto é beeello, spira taantu sentimeeentu…” Intercambiamos correos, la dirección del blog. Fantástico, Romeo, tante grazie por el gran momento. Otro amigo en Santorini.

Lovely friends en Santorini

Ulyfox | 26 de septiembre de 2011 a las 0:58

Con Andonis el Grande y Yiannis el Tímido en la terraza del Vallas

Los Apartamentos Vallas se han convertido en nuestra casa en Santorini. Las últimas cinco veces que hemos estado en esa isla incomparable, única, asombrosa, nos hemos quedado en ese alojamiento sencillo pero imponente por la vista. Tiene en su frente la Caldera, uno de los paisajes más hermosos del mundo, una de las conjunciones de tierra y agua más subyugantes del planeta.

Pero no es solo eso para nosotros. Ha sido siempre la atención amable de sus encargados, sin sobrepasar el exceso de familiaridad, lo que ha ayudado. Y esta vez ha sido mejor aún. El amigo Obeli (o Lovely en su nueva personalidad bloguera) estuvo allí con su conexión Wifi sentimental, siguiendo nuestra recomendación, el pasado junio, y naturalmente disfrutó tanto como nosotros, sostuvo largas parrafadas con Andonis, el responsable del hotel, y con Yiannis, el recepcionista y hombre para todo, y les habló de este blog, que más de una vez ha nombrado con reconocimiento al Vallas. También Paco Piniella nos hizo caso hace un año. Y ahora el recibimiento ha sido mejor aún, agradecidos por la modesta difusión que hacemos del establecimiento, uno de los que tienen mejor relación calidad-precio en Firostefani, frente al volcán, aunque los atardeceres (y los amaneceres) son impagables.

El atardecer sobre la Caldera de Santorini, desde la terraza del Vallas

Andonis es muy grande, O Megalos Andonis podría ser su sobrenombre. Es reservado, de voz profunda y retumbante como corresponde a su estatura. Atiende normalmente de manera circunspecta y directa, y se desespera, por ejemplo, cuando los cruceristas españoles entran en el café del hotel y le piden “café con leche” sin molestarse en traducirlo al menos a algo parecido en inglés. Regenta el hotel en la larga temporada turística de Santorini, pero en invierno es patrón de un barco de pesca, lo que cuadra muy bien a su aspecto de lobo de mar permanentemente en camiseta. En la pequeñísima Recepción hay una foto suya de joven pilotando su barco, ya luciendo su gran bigote. Si se le pregunta por la política y las medidas económicas del Gobierno de Papandreu, hace un gesto obsceno y zambombero, y un diagnóstico certero que podría aplicarse a otros países en estos momentos: “Los que nos gobiernan no son políticos, sino niños (pediá, remacha en griego)”.

Yiannis es tímido y siempre dispuesto. Su larga jornada laboral empieza con el desayuno y acaba antes de la cena. Parece incapaz de negar nada a nadie. Con él cumplí el placentero encargo de entregarle un regalo de parte del Obeli, directamente desde Cádiz. Cortadísimo, no sabía cómo agradecerlo. Una vez que acabe la temporada, piensa dedicar el invierno a unas merecedísimas vacaciones tras seis meses sin descansar. Tal vez Cuba sea su destino en un viaje.

Grandes aficionados a las motos, y admiradores de Jorge Lorenzo y Dani Pedrosa, les hemos insistido en que vengan al Gran Premio de Jerez, y que tendrán alojamiento, por supuesto. Ojalá.

Por ellos, por Obeli y su Wifi, por Paco, por Santorini, por Grecia, esta entrada adelantada al normal orden cronológico de nuestro viaje de septiembre.

Emisarios

Ulyfox | 22 de agosto de 2011 a las 1:50

Plaza mayor de Monpazier, en el Périgord.

Se inicia la última semana antes de las vacaciones. Esto ya es cuesta abajo. A la vuelta nos cogerá de nuevo la vorágine informativa. Ha pasado el verano, casi, por fin. Ha sido duro. Por en medio, algunos amigos han viajado a lugares donde nuestro corazón tiene un pedacito. Paco se ha ido con toda su familia al Périgord, y mandaba mensajitos creadores de envidia, del tipo “estoy tomándome un carrillet de canard con vino rojo en una placita de Perigueux” y cosas así. No me daban envidia, sin embargo, sino alegría de saber que estaban disfrutando de una región divina que, en cierta forma, les descubrimos. También ha estado el doctor Manolo.

Fofílico se quedó enganchado de la terraza del Vallas, en Santorini

Otros compañeros han viajado a Grecia, repartiendo 9 días entre Mikonos, Santorini y Paros. Me alegra ser en cierta forma embajador giego de buena voluntad. Otros más nos preguntan “¿y qué, cuándo os vais a vuestras islas? “. Isadora, una encantadora (espero que no le moleste el adjetivo) corresponsal de este blog, quiere también viajar al mundo helénico en octubre, que no es la mejor época. Yo te recomiendo, querida Isadora, septiembre o junio. Desde luego, nunca agosto, aunque Mangasverdes estuvo el año pasado en esa fecha, y no vio Santorini tan atestado. Fofílico y su señora se quedaron enganchados para siempre de la terraza del Vallas Appartments, frente a la inabarcable caldera de Thira.

Kastelorizo, último confín griego, desde el mar.

Emisarios que vamos mandando por ahí, y que vuelven enriqueciéndonos. Mi homenaje de hoy va para Kastellorizo, en el último confín griego, esa islita donde transcurre la película ‘Mediterráneo’, que debeis ver ya, pese a sus imperfecciones. Algún día, nuestros mejores amigos, irán a dar una vuelta por ese trozo de tierra insolente frente a Turquía, y tal vez quedemos allí para desear permanecer.

Y nosotros, mientras, precursores o seguidores de otros, antes de que suspiremos casi, estaremos en Jordania.

Firostefani

Ulyfox | 5 de mayo de 2011 a las 13:54

Panorama (otra palabra griega) desde Firostefani

Acabamos de enviar a una pareja amiga a Paros y Santorini. Entiéndaseme: les hemos facilitado, sobre todo Penélope con sus gestiones, los vuelos y una estancia de ocho días en esas dos islas, con un microprólogo (viva el idioma griego) de tarde noche en Atenas. Ha sido una gestión feliz, divertida y vivida con la alegría del que acomoda su casa para la visita de los seres más queridos. Quién sabe si es el embrión de la futura compañía Penélope Travels, de pingües beneficios.

Un lugar desde el que mirar.

Fue una comida provechosa, sábado tarde en un estupendo lugar del barrio de La Viña. Concertamos la cita y resultó un gozoso duelo con los portátiles como armas e internet como munición. En el intercambio volaron aviones, hoteles, barcos contados en euros y en días libres. Al final, sin heridos, sellamos el pacto de honor para empezar a compartir nuestro paraíso. Les dimos las pistas, las recomendaciones, y le dejamos encargado que dieran recuerdos por allí, a Manolis y a Sofía cuando se acomodaran en Parikia, a Adonis y a su madre cuando llegaran a Firostefani. Ellos aún no saben que así se llama el barrio alto (aún más) de la capital de Santorini donde vivirán, pero estoy seguro de que no se les olvidará ese nombre después de tres amaneceres y tres anocheceres frente al volcán, allá abajo, en el mar. Ahí arriba, las capillas de cúpula azul, las placitas y alguna taberna. Y ellos.

Firostefani. Así se llama y no adelanto más. Espero que les guste. No sé si alguna vez habéis recomendado algún sitio con tanto fervor como nosotros en esta ocasión. ¿Y no sentíais el cosquilleo levemente temoroso de que al final defraudara a esos amigos? “Estoy segura de que les va a encantar”, tranquiliza Pe. Pues entonces, kaló taxidi! (¡buen viaje!).

La bajada a Fira desde Firostefani

P.S. No se me ocurre otra ocasión mejor para celebrar el post número 200 de este blog que éste, resultado de un fraternal ágape, palabra que según la Academia designa a una comida para celebrar algún acontecimiento: naturalmente viene del griego, agápi, que significa amor, afecto (los curiosos aprenderán que ‘Agápi mu’ es Amor mío). Aún quedan ochocientos para llegar a contar esos mil sitios tan bonitos.

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¿Qué aconsejáis al Hombre Enmascarado?

Ulyfox | 7 de febrero de 2011 a las 1:49

Santorini, amor a primera vista.

Santorini, amor a primera vista.

He recibido un atento comentario de un misterioso personaje que firma ‘El Hombre Enmascarado”. Creo saber, con bastante certeza, de quién se trata, pero como no estoy seguro y como no añade nada al asunto, me lo callo. Quizá algunos ya lo habrán leído en algún comentario de una entrada mía. Pero, por si no, y por si tienen ustedes la bondad de ayudarle, lo reproduzco casi íntegro:

“Admirado Uly queria pedirle un favor suyo de usted. Vera, el proximo 5 de septiembre celebraré mi decimo aniversario de casado y queria hacer un viaje especial, muy especial. He pensado en tantas opciones que no se cual elegir y, ademas, temo que no haya caido en las mejores ideas.

Como soy gran seguidor de su blog aunque nunca haya comentado nada, he pensado en pedirle ayuda. Que usted vea si puede poner algun texto en el que se pidan sugerencias o en el que alguien me recomiende un viaje similar que haya hecho y le haya gustado. Mi presupuesto rondaria los 3.000 euros para una semana.

Por dar una pista, por ahora me inclino por Paris-Berlin en tren, aunque no me importaria volar, cambiar de continente, no me cierro a nada. Lamento usar el anonimato, pero tengo un alto cargo en la administracion de la provincia y si usara mi nombre comprometeria mi privacidad, me espondria a burlas y tambien le podria meter a usted en un lio. Ademas, quiero que sea una sorpresa para mi mujer que, que yo sepa no entra mucho por aqui.”

Para mí que las faltas de ortografía son un subterfugio para despistar, pero yo se las respeto. He pensado en darle mi opinión, mi sugerencia, pero creo que sería mejor que lo hiciéramos entre todos, y contáramos algún viaje que hayamos hecho, del mismo estilo que el que él prepara para su mujer, o quizá, el viaje ideal que nos imaginamos para estas circunstancias, esas en las que, pese al paso de los años, una pareja sigue manteniendo ilusión por viajar juntos, o por darle una sorpresa de este calibre al otro. Un viaje que, creo, debe aunar sorpresas y calma, descubrimientos y lugares en los que reconocerse, un hotel precioso o varios, restaurantes sencillos y sabrosos, pueblos y paisajes por los que pasear el cuerpo y la mirada, algún monumento del patrimonio universal y un ambiente que no moleste en nada al amor que debe circular en todo momento. Fácil ¿no?

Él propone de entrada un París-Berlín, pero yo, modestamente, me permito opinar que para una semana son dos capitales demasiado grandes, y la visita se haría demasiado apresurada por la distancia que las separa y los incontables atractivos que reúnen. Para eso, posiblemente sea mejor el combinado París-Amsterdam, mucho más cercanas y bien comunicadas. O directamente una relajada semana en la Ville Lumiére. Yo lo preferiría, pero no soy yo el que va a viajar. Ahí queda la opinión.

La playa de Kolimbithres, en la isla de Paros.

La playa de Kolimbithres, en la isla de Paros.

Me permito, para romper el fuego de las propuestas, ofrecer aquí una terna que, viniendo de mí, no serán una sorpresa. En primer lugar, naturalmente, Grecia. Por los 3.000 euros de presupuesto de que habla el Enmascarado, creo que es posible volar Jerez-Madrid-Atenas ida y vuelta, pasar dos días en la inmortal capital ateniense, otros dos en Santorini y otros dos en Paros, utilizando los Blue Star Ferries, en billete de cubierta para ir y volver a esas dos maravillosas islas. También es posible, y más descansado, visitar sólo Santorini aparte de Atenas, y en ese caso no es desdeñable la posibilidad de usar el avión para ir y volver. Consulte el Hombre Enmascarado precios y horarios en Aegean Airlines y Olympic Air o Athens Airways. Es imposible no volver encantado de esta opción, con hoteles en el centro de Atenas y mirando a la caldera en la isla volcánica.

Paisaje de la Toscana desde las alturas de Montepulciano.

Paisaje de la Toscana desde las alturas de Montepulciano.

Segunda opción: la infalible Venecia. Hay vuelos bastante baratos desde Sevilla con Ryanair. Es posible hacer un combinado de la romántica y bella Serenísima con la impar Florencia, volviendo en avión con la misma compañía desde Pisa. Ahí está garantizado el goce de todos los sentidos, y son muchísimas las opciones de hoteles asequibles, así como la atractiva posibilidad de moverse en coche por esa Italia deslumbrante a cada kilómetro.

Venecia nunca falla.

Venecia nunca falla.

Una tercera que también dejaría huella: Croacia, aunque es complicadísimo volar desde España, y más aún desde esta Andalucía que a veces parece tan remota. Pero yo he encontrado la posibilidad: por poco más de 400 euros pueden ir y volver dos personas de Jerez a Dubrovnik, con escalas en Barcelona y Zagreb. En Croacia, lo mejor es buscarse apartamentos o habitaciones (sobe), mucho mejores y baratas que los hoteles. En una semana, da tiempo a visitar la increíble Dubrovnik y recorrer parte de la costa dálmata, y alguna de sus venecianas islas, como Korçula. O simplemente, pernoctar en Cavtat, a pocos kilómetros de Dubrovnik, y desde allí desplazarse por la verde y azul riviera, o acercarse a Montenegro, o visitar Mostar, en Bosnia. Con un coche de alquiler es posible. Igualmente, por un precio similar es posible hacer el Barcelona-Split y luego ir bajando por la costa hasta Dubrovnik, quizá con una parada también en Mostar. Cualquiera de los dos es un plan exquisito, puesto que en Croacia, además, se come increíblemente bien.

Dubrovnik, bella entre las bellas.

Dubrovnik, bella entre las bellas.

Sí, mis recomendaciones son todas a la orilla del Mediterráneo, pero ¿qué queréis? es el mare nostrum. Ahora es vuestro turno ¿Qué viaje propondríais al Hombre Enmascarado? O lo que es lo mism ¿cuál haríais vosotros? Echadnos una mano

Se vende esta casa

Ulyfox | 16 de agosto de 2010 a las 2:15

Una casa en Oia (Santorini)

La casa en Oia (Santorini)

Está en venta, aunque no creo que ninguno de los lectores de este blog se lo pueda permitir. No sé, igual hay algún ricachón al otro lado. La casa es la de la foto, y corona un saliente en la costa de Oia, en un extremo de la isla de Santorini. A su espalda están el mar Egeo y la profunda caldera del volcán, y al frente el increíble pueblo de casas-cueva, tejados redondeados y colores en las fachadas, surgido de la recuperación después de decenas de terremotos, el último hace medio siglo. Santorini, de donde acaba de regresar Mangasverdes y de la que espero que me cuente muchas cosas, las buenas y las malas, tiene un paisaje de contemplación incansable hacia el mar. Al filo de un acantilado de cientos de metros, los pueblos de Fira (la capital) y Oia (pronúnciese Ía) parecen haber nacido bellos, pero en realidad tienen un pasado tortuoso. Ahora son una parada habitual de cruceros y centro de un turismo de calidad, pero hace miles de años la brutal explosión de su volcán provocó la extraña forma semicircular de la isla y, según dicen, la extinción de la cultura minoica en Creta, a más de cien kilómetros de allí.

Vista de Imerovigli, cerca de Fira. Un ferry al fondo.

Vista de Imerovigli, cerca de Fira. Un crucero navega al fondo.

Quizá el mejor escritor del mundo podría describir Santorini de manera que no hiciera falta verla, pero entonces, si fuera el mejor escritor, debería dejar a sus lectores con ganas de conocer este lugar que, según parece, fue origen del mito de la Atántida, la civilización perdida por un enorme cataclismo, de dimensiones míticas. Ahora, todo es amable en Santorini (Thira para los griegos), pese a su aspecto amenazador.

Vista general de Fira, sobre el acantilado

Vista general de Fira, sobre el acantilado

Se llega en barco y se arriba a un puerto minúsculo, rodeado de altas paredes de basalto negro y rojo, el puerto nuevo. Hay que correr para encontrar plaza en el autobús de línea porque se llena pronto, o para pillar un taxi que normalmente debes compartir. Si no se anda listo, hay que esperar bastante para esperar el siguiente medio de transporte y poder alcanzar la capital, una mancha blanca y azul en lo alto de la caldera, a pico sobre el mar, uno de los lugares, sin duda, más bellos del mundo. Siempre habrá un voluntario de un bar cercano que se ofrece a llamarte un taxi mientras esperas consumiendo. Mejor tomárselo con tranquilidad en temporada alta.

Una vez arriba, el mejor pasatiempo es mirar al mar al amanecer, al mediodía,

A cualquier hora del día, tomar algo en un bar o restaurante mirando a la caldera

A cualquier hora del día, tomar algo en un bar o restaurante mirando a la caldera

 al glorioso atardecer con el sol poniéndose tras Thirasia, y recorrer las calles una y otra vez, asomándose a las esquinas del mar de cuando en cuando, entrando en tiendas y joyerías con vistas al mar, a ese Egeo de civilizaciones milenarias.

Una vista desde lo alto de Fira

Una vista desde lo alto de Fira. En medio del agua, el volcán dormido

Primera hora de la mañana en Fira

Primera hora de la mañana en Fira, llena de cruceros

 Es una pena que el yacimiento de Akrotiri, de coloristas y alegres frescos minoicos, esté cerrado desde hace años. Queda el consuelo de la cercana Playa Roja, hermosa e inhóspita o la más modesta de Akrotiri, menos espectacular pero con estupendas tabernas excavadas en la roca volcánica.

La extraordinaria Playa Roja

La extraordinaria Playa Roja

Taberna en la playa de Akrotiri

Taberna en la playa de Akrotiri

Hemos estado varias veces en Santorini. La primera fue en viaje organizado. Éramos tan jóvenes. Alquilamos unas motos baratísimas, tanto que la mía sufría como una burra vieja en las cuestas y en una de esas me dejó tirado camino de Oia. Penélope tuvo que volver a la capital y, sin saber ni papa de inglés, entenderse con el encargado que, al cabo de dos horas apareció para rescatarme. Desde aquella lejana ocasión no hemos vuelto a alquilar motos en Grecia. Pero sí hemos vuelto a Santorini, ya por nuestra cuenta y buscando siempre los apartamentos Vallas, sencillos y limpios. Y claro que hemos ido a Oia, pero no a ver atardecer, es demasiado multitudinario ese rito turístico perfectamente justificado. Y naturalmente hemos hecho la excursión al volcán dormido en el centro de la laguna interior, y nos hemos bañado en las aguas sulfurosas de su costa. Y siempre, siempre, hemos dedicado horas a mirar al mar desde su altura ciclópea.
Pe, en la cuesta marinas de Fira, la que bordea la caldera

Pe, en la cuesta marina de Fira, la que bordea la caldera

Iglesias y casas en Oia

Iglesias y casas en Oia

¿Más fotos? Tengo miles de Santorini, como tengo en mi mente miles de recuerdos de ratos apacibles en esa isla que puede ser tan tumultuosa cuando los cruceristas quieren subir o bajar todos a la vez en teleférico o en mulos. No es la forma, creo yo, como creo que es un crimen abandonar Santorini sin pasar una o dos noches al menos. Vale: algunas fotos más y me voy.
Un hombre conduce una reata de mulos, en Oia

Un hombre conduce una reata de mulos, en Oia. Podéis ver la casa que se vende, arriba a la izquierda.

El hotel y café Galini, en Firostefani, más arriba de Fira

El hotel y café Galini, en Firostefani, más arriba de Fira

Entrada a una vivienda en Firostefani, al atardecer

Entrada a una vivienda en Firostefani, al atardecer

Penélope se entrega al placer con un cigarro y un frappé, frente al atardecer de Santorini. Esta es repetida, pero lo merece

Penélope se entrega al placer con un cigarro y un frappé, frente al atardecer de Santorini. Esta es repetida, pero lo merece

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