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Selinunte, templos sobre el mar

Ulyfox | 5 de julio de 2014 a las 19:57

El templo E de Selinunte, dominando el terreno.

El templo E de Selinunte, dominando el terreno.

Selinunte fue llamada así por los griegos porque la ciudad estaba asentada sobre un campo donde abundaba el apio (sélinon, en griego, tendríais que probar el jirinó me sélino, cerdo con apio, que hago yo, me sale bueno ) En realidad, muchas cosas recuerdan y conmemoran a Grecia en esta costa suroeste de Sicilia, los rótulos de las calles, los nombres de hoteles y restaurantes, los apelativos de los lugares, pero lo que más evoca la gloriosa historia de la Magna Grecia son los hermosos templos dóricos en las ruinas de la ciudad, junto al mar. Y eso, pese a la destrucción que sufrió a manos de los élimos de Segesta (ya hablaremos de ella) y de las de sus aliados, los cartagineses. La borraron de la tierra. Al cabo de los siglos, los arqueólogos pusieron en pie algunas columnas, arquitrabes, frisos y metopas, de manera que ha quedado un conjunto impresionante, para quien se impresione con la historia, aunque mucho de lo hallado se encuentra ahora en el museo arqueológico de Palermo.

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Esplendor del dórico en el templo E de Selinunte.

Esplendor del dórico en el templo E de Selinunte.

Llegamos a Marinella de Selinunte, el destartalado pueblo en cuesta que ha heredado el glorioso nombre pero no la preocupación por la arquitectura de sus antepasados, después del accidentado día que ya hemos contado (es verdad que hace demasiado tiempo, perdón) con el pinchazo en la rueda. La tarde la empleamos en el reconocimiento del terreno y en comprobar el increíble e intenso tráfico que soporta el centro de la población, casi sin aceras, y en cenar en un lugar curiosísimo, el bar Boomerang, con un excesivo y delicioso antipasto de frituras de pescado, que no te deja hueco para el pasto: gambas, pijotas, puntillitas, pulpo, spatola, sardinas… un derroche interminable e inabarcable. Pero hubo gente que se atrevió luego con un plato de espaguetis. Uf.

El tamanño de un capitel derruido...

El tamanño de un capitel derruido…

... y el de las columnas por el suelo.

… y el de las columnas por el suelo.

El día siguiente fue el de la visita a los templos, en realidad un desconsolado montón de ruinas esparcidas por una gran extensión de terreno, excepto un par de impresionantes ejemplos de arquitectura dórica levantados por los restauradores y que son majestuosos. Destaca sobre todos el llamado Templo E, señalado con una letra como todos porque la destrucción fue tal que resulta imposible adivinar siquiera a qué deidad estaban consagrados. Una fachada de columnas impresionantes y, cosa rara y afortunada, en este se puede entrar y al menos imaginar cómo sería esta ciudad en sus tiempos de esplendor. Es imperativo y gozoso rodear su peristilo y apreciar todas las perspectivas según uno se aleja y se acerca a él.

El templo C a lo lejos sobre el mar.

El templo C a lo lejos sobre el mar.

Junto al templo E se encuentran las colosales ruinas de otro que debió ser uno de los más grandes de la antigüedad, con las columnas aún sin el clásico acanalado dóricoacabar derribadas al parecer, además de la acción cartaginesa, por un terremoto. Dan unas ganas enormes de tener dinero y ponerse a levantar de nuevo estas grandes piedras, que parecen estar aguardando la mano salvadora para recuperar siquiera sea un poco de su pasado esplendor.

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Allá a lo lejos, sobre la línea de costa puede verse el templo C, una hilera de columnas recortadas sobre el mar y el cielo, y las murallas de la antigua acrópolis, pero no tuvimos el ánimo suficiente para acercarnos. Preferimos, como viajeros tranquilos, tomarnos con calma esto de la arqueología, sobre todo si hace calor y el recinto empieza a llenarse de grupos de turistas. Tras una granita en el bar del yacimiento, nos retiramos con una emoción clásica más en el corazón.

 

Y tanto por redescubrir...

Y tanto por redescubrir…

Il gommista (seconda parte)

Ulyfox | 24 de junio de 2014 a las 0:53

En el taller del gommista (seconda parte), cerca de Palermo.

En el taller del gommista (seconda parte), cerca de Palermo.

Este es tal vez un caso para el comisario Montalbano. Supongo que el sagaz policía siciliano diría a todo el mundo que no es que hubiera nada raro, pero que preferiría un poco mas de tiempo para estudiar el caso. Os lo cuento.

Habíamos dejado Pepa, Penélope y yo, felices, la ciudad de Cefalú reencontrada y vuelta a admirar. Era relativamente temprano y nos encaminábamos hacia la Selinunte de los templos dóricos junto al mar pero pensando en hacer una parada para admirar el Duomo de Monreale, sus mosaicos bizantinos únicos y su claustro.  Casi desde la salida, la conductora Penélope venía diciendo que notaba que el coche que habíamos alquilado, un estupendo Fiat 500L rojo, se iba para los lados, como si el viento lo empujara. De pronto, un intenso sonido como de roce se hizo presente en el interior del coche. Los tres pensamos y dijimos lo mismo: “¿Ese ruido qué es?”, y al segundo siguiente “¿No habremos pinchado?”.

Era cuestión de paciencia..

Era cuestión de paciencia..

Y es que no lo podíamos creer, aunque lo temíamos. Hace tres años, en nuestra primera visita a Sicilia, alquilamos un coche y la rueda se pinchó. Fue con Avis, y entonces mitad en serio mitad en broma pensamos que la Mafia tenía algo contra esta compañía. Esta vez lo hicimos con Budget, pero no podíamos pensar que nos pudiera ocurrir lo mismo. Paramos el coche en la autovía y salí a comprobarlo ¡y ahí estaba, otro pinchazo en la rueda trasera derecha! ¡no, otra vez no, no podía ser! ¡dos veces alquilamos un coche en Sicilia  y las dos se nos pincha! Eso no era normal, pensamos, y eso nos repetimos el uno al otro, no, no, no: Un tornillo de considerable tamaño asomaba su cabeza entre el dibujo del neumático, y la cubierta aparecía estallada por algunos lados. Increíble.

Pero era lo que había pasado. Dos días antes, la encargada del alquiler en el aeropuerto de Palermo nos había recomendado que extendiéramos el seguro para prevenir cualquier imprevisto en el auto. “Son muchos días”, nos dijo. No le hicimos caso. El caso es que intentamos telefonear a la asistencia técnica, porque la rueda estaba deshecha, pero no hubo forma de contactar con ellos. Ya había empezado la para mí cabalística tarea de cambiar la rueda cuando acertó a pasar por allí una patrulla de la policía italiana de carreteras. Nuestros salvadores. Ellos pudieron contactar con la oficina de Budget ¡que resultó ser una filial de Avis! y prometieron mandarnos una grúa. Y, oh casualidades, de una carretera paralela surgió un grito. Nos volvimos todos y era una grúa, y el gruista gritaba ofreciéndonos ayuda… y nuestras sospechas se agigantaban. Le dijimos que ya estábamos esperando a otro, y pareció conforme.

Al rato apareció el vehículo de la compañía ¡y para mí que era el mismo que nos gritaba desde la otra carretera…! Trámites, papeles y la despedida de los amables policías, con una advertencia: “Non deve pagare niente“. Montamos los tres en la grúa y nos llevaron a un escondido taller de neumáticos. Por el camino, el conductor hablaba con la oficina. Desde allí le decían: “Deve portare la máchina a una oficina vulcanizatora…“, y él respondía “Qué cosa significa oficina vulcanizatora, deve essere il gommista”. La palabra conocida resonó en nuestros oídos. En efecto, recordábamos perfectamente el incidente de hace tres años, cuando algún gommista de Agrigento no quiso atendernos al conocer que debía ser Avis la que respondiera. Aquella vez, al final lo solucionamos por nuestra cuenta buscando uno que sí quiso, y por supuesto pagando nosotros.

...pero entretuvimos la espera a la sombra.

…pero entretuvimos la espera a la sombra.

Esta vez fue mejor. El gommista de Casteldaccia, a 13 kilómetros de Palermo, aceptó trabajar para Avis, usó la rueda de repuesto oficial y no hubo más problemas. Y no tuvimos que pagar nada. Al menos de momento. Mientras trabajaba, tomamos una cerveza y un café en un quiosco estratégicamente situado a la sombra, al otro lado de la calzada. Y charlamos con el encargado, de fútbol, de crisis y de si era normal que los coches se pincharan tanto en Sicilia. Se negaba a aceptar nuestras sospechas de un sabotaje. “Non é di propósito, no, sonno le strade” defendía, achacando el incidente al mal estado de las carreteras. No nos convenció.

La llegada, por la tarde, a Selinunte.

La llegada, por la tarde, a Selinunte.

La cosa acabó, sin más problemas que el considerable retraso que hizo que nos perdiéramos la visita a Monreale. Y lo malo es que ahora no sabemos cuándo lo haremos… Llegamos mucho más tarde de lo previsto a Selinunte, y el agua del Mediterráneo nos calmó. Pero seguimos sospechando que Avis tiene un problema con la Mafia en Sicilia… o lo tenemos nosotros.