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Esos rincones también en Skópelos

Ulyfox | 22 de julio de 2020 a las 12:09

Una de las calitas 'particulares' del cabo Amarantos.

Una de las calitas ‘particulares’ del cabo Amarantos.

 

En una anterior entrada ya confesé sin ambages nuestro amor por Skópelos, la isla más verde de las verdes Espóradas, ese archipiélago ubicado en el mar Egeo, al este de la península griega y pegado a ella. Pero quería dedicarle un espacio particular a algunos rincones especialmente hermosos, como si les hubiéramos cogido más cariño que a otros. Rincones que, dentro de la gran belleza que es Skópelos, son singulares. Por su situación o por su pequeño tamaño, están relativamente apartados del gran caos que genera el turismo masivo, sin ser por ello unos lugares desconocidos.

Taberna al pie de la playa de Agnondas.

Taberna al pie de la playa de Agnondas.

Agnondas es uno de esos parajes, sin más tesoro que un agua plácida y transparente, algunas tabernas que han devenido en restaurantes de más postín sobre el mar un pequeño embarcadero y un muelle más grandeque, cuando los temporales arrecian (lo que no es extraño en este Mediterráneo que gasta fama de calmado), se usa como puerto alternativo al de Skópelos capital. Recuerdo, en nuestra primera visita hace muchos años, habernos quedado dormidos en la playita y al despertar casi asustarnos al ver ante nosotros la inmensa mole atracada de un moderno ferry que ocupaba casi todo el espacio.

Vista general de la playa de Agnondas.

Vista general de la playa de Agnondas.

Penélope, en el embarcadero de Agnondas.

Penélope, en el embarcadero de Agnondas.

Agnondas, con su playa, no es precisamente una desconocida, está a pie de carretera y el autobús de línea para allí regularmente, pero algo parece mantenerla a resguardo del interés masivo, que se centra mucho más en las excelentes playas de Panormos, Kastani y Stáfilos, todas espléndidas como muchas otras en la isla. Por eso es una delicia acudir temprano y poder desayunar frente al verde de sus aguas. Nosotros lo hicimos para tomar un café antes de emprender una excursión a pie hacia otro rincón único: los Tres Pinos, en el cabo Amarantos.

Los tres pinos del Cabo Amarandos.

Los tres pinos del Cabo Amarantos.

El paseo tiene una cierta dificultad (en realidad, una pequeña subida) al principio y luego transcurre entre pinos y al borde del mar. Da tiempo a lamentarse ante las huellas calcinadas de los frecuentes incendios que castigan la isla, pero también a felicitarse por los rebrotes continuos y los carteles que advierten sobre dónde pisa uno para no destruir los pinitos recién nacidos.

Paisaje del Cabo Amarantos.

Paisaje del Cabo Amarantos.

El nombre de los Tres Pinos aparece evidente al final del sendero. En efecto, tres hermosos y altos ejemplares se alzan sobre una roca pelada y estrecha que se adentra en el mar, formando una imagen preciosa y emblemática de la isla, por cierto también usada en la película Mamma mía! A su alrededor, una agua turquesa que siempre aprovecha alguna pareja más atrevida para zambullirse.

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El entorno es espectacular: varias calas se adentran profundamente en los acantilados a los que se agarran los pinos. Bajar a sus tentadoras aguas es difícil, pero siempre hay quien lo ha hecho temprano y se ha apoderado de una especie de piscina natural y de una playita que es apenas algo más que unos pocos metros. Mil fotos es lo mínimo que apetece disparar.

Una cerveza frente al mar.

Una cerveza frente al mar.

Luego, lo suyo es volver a Agnondas y disfrutar de una cerveza y algo más en el par de tabernas que hay sobre la playa. arrojando de vez en cuando un trozo de pan al agua para ver como los peces se arremolinan, peleando por llevarse un bocadito.

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El monasterio invisible

Ulyfox | 7 de noviembre de 2014 a las 13:51

Entrada al monasterio Gouvernetos, cerrado por obras de restauración.

Entrada al monasterio Gouvernetos, cerrado por obras de restauración.

No es culpa del monasterio de Gouvernetos, seguramente, el que no hayamos podido todavía visitarlo en nuestras numerosas visitas a Creta. El monasterio está situado en la bella península de Akrotiri, cerca de La Canea, una zona muy interesante de visitar, por sus centros religiosos de estilo veneciano y por sus magníficas playas. Además alberga el aeropuerto y el emocionante cementerio de las tropas aliadas que participaron en la Batalla de Creta, durante la Segunda Guerra Mundial. Nos gusta recorrer la península, pero no hemos logrado entrar en ese monasterio.

Lo que pude fotografiar de la fachada de la iglesia y el patio del monasterio.

Lo que pude fotografiar de la fachada de la iglesia y el patio del monasterio.

Llegar a Gouvernetos es sencillo, está muy bien indicado aunque la parte final de la carretera discurre durante sus últimos metros por lugares muy estrechos y pegados a las rocas. Esto, simplemente, lo hace más hermoso y fuera de temporada le da un aire aún más apartado y monástico. La primera vez que lo intentamos nos encontramos con la dificultad de su restringido horario. Simplemente, llegamos tarde, y en eso los pocos monjes son estrictos. Nos quedamos fuera. La segunda vez, este pasado septiembre, íbamos con la lección aprendida, y llegamos antes de las 12 del mediodía. Pero tampoco pudo ser: el monasterio estaba en restauración y no era posible la visita. Menos mal que me atreví a saltarme la cuerda de seguridad unos metros y me acerqué a la entrada del patio. Lo suficiente para robar un par de fotos de su acogedor patio y de la hermosa fachada veneciana de su iglesia. Y para proponernos intentarlo de nuevo otra vez, porque los monasterios cretenses son amistosos y reparadores.

La capilla troglodita a mitad del descenso.

La capilla troglodita a mitad del descenso.

Es famoso también Gouverneto por dos ruinas que están en sus cercanías, siguiendo un sendero pétreo, sencillo al principio y bastante escarpado luego, hacia el mar. El camino pasa por una cueva convertida en capilla por los monjes, y continúa hasta una pequeña cala junto a la que están los restos de lo que llaman katholikon, que viene a ser como una iglesia medio escarbada en la roca y junto a un puente sobre la garganta. Nos decidimos a emprender el camino, pero sólo llegamos hasta la mitad, donde está otro ejemplo de la afición de los ortodoxos griegos por instalar iglesias en huecos naturales, aprovechando las hendiduras de las rocas o en lo alto de colinas casi inaccesibles.

Comprenderéis que prefiriésemos esto: la playa de Stavros.

Comprenderéis que prefiriésemos esto: la playa de Stavros.

Dudamos si seguir hasta el final, pero la llegada desde abajo de un hombre de mediana edad con la cara roja y el cuerpo empapado en sudor, que dijo haber hecho el camino completo y no parecía muy entusiasmado con lo visto, más la constatación de que aún quedaba más de media hora para ese punto y que luego habría que rehacer lo andado y cuesta arriba, junto con el calor que hacía a esa hora nos hicieron dejar la intentona para otra ocasión. A cambio, nos dirigimos hacia la playa de Stavros, una maravilla transparente, pero famosa, más que por eso, por haber servido de paisaje para la famosa escena final de ‘Zorba el griego’, en la que Anthony Quinn baila el conocidísimo sirtaki creado para la ocasión por Mikis Theodorakis. Allí pasamos el día, con un almuerzo no muy recordable, y numerosos baños incoloros, hasta que regresamos a la dorada Canea y su atardecer.

La auténtica playa de Zorbas.

La auténtica playa de Zorbas.

 

Y el atardecer en el puerto veneciano de La Canea.

Y el atardecer en el puerto veneciano de La Canea.