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Dos playas y una taberna en Serifos

Ulyfox | 28 de noviembre de 2021 a las 20:52

La playa de Kaló Ampeli, y el cabo Kálamo, desde la carretera.

La playa de Kaló Ampeli, y el cabo Kálamo, desde la carretera.

El segundo día en Serifos de la heterogénea familia que formábamos lo dedicamos a recorrer una parte de la isla, y en consecuencia, a empezar a descubrir sus múltiples bellezas. Un poco apretados en el coche que habíamos alquilado para los seis, nos dirigimos al sur en busca de una de las playas más nombradas, la de Gánema. Costeando por la carretera avistamos panoramas hermosísimos, en los que a un lado sobresalía el fuerte contraste entre la tierra y la roca resecas con el intenso azul del mar,  y al otro se elevaban cimas pardas. Entre estos paisajes, sobresalía la playa aparentemente salvaje de Kaló Ampeli, que precede al cabo Kálamo y que nos no visitamos ese día pero que nos dejó, al paso, el deseo de visitarla, aunque fuera otro día.

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Parada en la carretera.

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La playa de Gánema.

En poco más de media hora llegamos a la playa de Gánema, una de esas medialunas azules que embellecen las islas griegas. En este caso, se trata de una de las pocas que en Serifos tiene servicios de hamacas y sombrillas. Sería por eso, o más bien porque es una costumbre que se está extendiendo, la primera y segunda filas estaban reservadas. Nos acomodamos en la tercera, tampoco es tan importante cuando tienes todo el mar para ti.

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No es que se llenara, pero al poco tiempo empezó a llegar alguna gente que nos hizo sentir, por comparación, los buenos de la playa. Algunos de los llegados eran portadores de unos ademanes de superioridad y de jet set de saldo, y en seguida, como si fuera lo distinguido, pidieron champán con una naturalidad tan fingida que, al menos, nos sirvió para divertirnos.

 

 

Los baños los alternamos con algunas bebidas que pedimos al bar que era también responsable de las tumbonas, lo que se viene llamando beach bar y que está reemplazando, para mí desafortunadamente, a las tradicionales tabernas playeras en las islas. Tanto baño y tanta charla nos trajeron un saludable apetito que no nos apetecía saciar sólo con los snacks que ofrecía en su menú el mencionado establecimiento.

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La playa de Koutalas, desde la capilla.

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Imágenes de la comida en la taberna Porto Cadena, en la playa de Koutalas.

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Precisamente junto a Ganema hay otra playa, llamada de Koutalas, en la que sí habíamos descubierto desde la carretera una de esas tabernas, con mesas y sillas en la arena, bajo los tarages. Así que todo fue recordarla, advertir al encargado de las hamacas de Gánema de que volveríamos en un rato (no puso buena cara), y acercarnos a un minuto de coche. Y fue un disfrute desde que nos sentamos en la taberna Porto Cadena, a la sombra de los árboles, hasta que terminamos con el café y el preceptivo chupito de tsípouro, pasando por las sardinas a la parrilla, las judías verdes y los calamares. Es verdad que el servicio podría haber sido más cálido, pero eso forma parte de los cambios indeseables que hemos apreciado este año en algunos lugares de Grecia.

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El antiguo muelle de descarga minera en la playa de Koutalas.

Koutalas tiene, como tantas playas en Grecia, una capilla blanca de techo azul que parece puesta allí, aparte de su natural destino religioso, para embellecer las fotografías. Agia Theodora, o sea Santa Teodora, es el nombre de estaque se sitúa en uno de los extremos. Más adelante, permanecen en buen estado los restos de uno de los muelles de hierro que sirvieron para la descarga de la riqueza minera que dio vida a esta isla hasta mediado el siglo pasado.

 

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Sagaz dirige mientras Penélope y Paciencia posan para las fotos ante la capilla de Agia Theodora.

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Agia Theodora nos sirvió para una improvisada y divertida sesión fotográfica en la que Entusiasta y yo mismo éramos los fotógrafos que dirigían sus objetivos hacia Penélope y Paciencia bajo la dirección, se diría que muy experimentada, de Sagaz. Por allí debía de andar también Adolescente, pero seguramente abducida por la pantalla de su móvil o tal vez más que preocupada por el descenso de la rayita que marca el nivel de la batería, no estaba nada interesada en quedar inmortalizada con fondo azul.

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Baños dorados en Koutalas..

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Tras esta corta escapada, volvimos a Gánema para unos baños doradamente vespertinos, y a tiempo de comprobar como los estirados vecinos se marchaban de sus hamacas dejando desordenado y lleno de restos el entorno, que en seguida otro empleado empezó a limpiar. “Todos los días es lo mismo”, se lamentó mientras él y nosotros nos mirábamos en reprobación cómplice.

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Caía la tarde ya cuando regresábamos a nuestros respectivos alojamientos, pero antes de llegar hicimos una parada en un extremo de Livadi para reservar la cena en un local que todos definían como auténtico: la taberna Margarita. La verdad es que comprobamos que era más bien dejada. Comimos bien, platos caseros que la tal Margarita y su hijo nos enseñaron a la antigua usanza en una cocina que parecía salida del túnel del tiempo y que trajera todo su poso desde la lejanía. Levantando la tapa de las cazuelas nos mostraron las especialidades tradicionales y omnipresentes, albóndigas, cabra guisada, patatas fritas, berenjenas rellenas… que acompañamos con un vino casero y turbio.

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La terraza de la taberna Margarita.

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Margarita, ante sus fogones.

Fue bastante barato, divertido aunque de ningún modo memorable, en una mesa larga sobre la tierra y afrontando un viento del norte bastante fresco: el meltemi que de una forma más o menos fuerte nos acompañó casi todos los días y a partir del siguiente…

 

Serifos, el viaje comienza

Ulyfox | 23 de noviembre de 2021 a las 21:54

 

El grupo viajero, a la sombra de un taraje en la playa de Agios Ioannis, en Sérifos.

Parte del grupo viajero, a la sombra de un taraje en la playa de Agios Ioannis, en Sérifos.

Empezábamos un viaje por Grecia en familia, algo nada habitual en nosotros, amantes como somos de la independencia de planear, transcurrir y disfrutar los dos en nuestra buena y única compañía. Si ya es difícil y afortunada casualidad que dos se pongan de acuerdo, las dificultades para que la conjunción se produzca aumentan cuanto mayor es el número de los que componen el grupo. Añádesele a esto las diferencias de sexos, caracteres, procedencias y edades y veremos la casi imposibilidad de que salga un cóctel agradable. Pues debemos de ser grandes artistas de la combinación, porque salió bien. Y lo decimos quienes somos jueces severos en esto de los viajes. Claro que en esta ocasión jugábamos con ventaja: con esta familia ya habíamos tenido una experiencia anterior, y genial, en Grecia.

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En la bodega del barco, a punto de desembarcar en Sérifos.

Muy temprano nos levantamos los seis en el hotel Phidias Piraeus, un establecimiento perfectamente situado para el viajero que vaya a embarcar hacia las islas, completamente renovado y equipado con nuestras amadas camas Cocomat. Estábamos descansados, aunque Sagaz y Adolescente yacían adormiladas en el sofá de la recepción cuando bajamos. Los mayores en cambio, sonreíamos ante la perspectiva. Pronto llegó el transporte gratis que nos trasladó al puerto, aún de noche.

Ya desembarcados.

Ya desembarcados.

En los muelles, la cola ante el ‘Champion Jet II’ era larga porque a la preceptiva recogida de las tarjetas de embarque había que sumar el rellenado de los papeles necesarios para subir a los barcos con motivo del covid 19. Todo se fue solucionando poco a poco, y por fin estuvimos a bordo a tiempo. El barco estaba lleno, puesto que aunque nosotros nos dirigíamos a la isla de Serifos, el trayecto incluía paradas en otras como Sifnos y Milos, cícladas cada vez más en auge turístico.

El puerto de Livadi, a los pies de Hora.

El puerto de Livadi, a los pies de Hora.

La amplia bahía de Livadi. Arriba, el caserío de Sérifos, o Hora.

La amplia bahía de Livadi. Arriba, el caserío de Sérifos, o Hora.

Tras un viaje tranquilo, antes de las nueve estábamos en nuestro primer destino, en una mañana reluciente en el bonito puerto de Livadi, admirando todos desde la lejanía, allá en las alturas, la blancura de Sérifos capital, que en las islas griegas suele ser nombrada como Hora. Allí nos encontramos la heterogénea familia, con dos primeras misiones: acudir a la agencia donde habíamos reservado un coche y buscar un lugar donde desayunar.

El copioso y reconfortante desayuno en el puerto de Livadi.

El copioso y reconfortante desayuno en el puerto de Livadi.

En la agencia se comportaron a la tradicional manera griega, fueron amables y nos dijeron que pagáramos cuando quisiéramos, es decir el último día. Y en el café en el que desayunamos nos resarcimos del madrugón con la variada carta. Lo que ya sabíamos era que ese primer día lo dedicaríamos a la playa, decisión que se vio reforzada en cuanto divisamos desde las alturas los casi gemelos arenales de Psili Ammos y Agios Ioannis, muy cerca de donde teníamos los alojamientos, con su aspecto solitario, sus aguas de tonos azules cambiantes y su arena bordeada de tarajes, en las que destacaba la presencia de una sola taberna bajo su sombra.

Desde nuestro hotel, el  Niovi, sobre Livadi.

Desde nuestro hotel, el Niovi, sobre Livadi.

Hora, vista desde el hotel de nuestros amigos.

Hora, vista desde el hotel de nuestros amigos.

En el asunto de los hoteles fue donde husmeamos por primera vez que algo está cambiando en el trato de los griegos hacia los turistas. Nosotros nos alojamos en el Niovi Studios, precioso con su blancura y sus habitaciones espaciosas con balcón hacia la bahía de Livadi. La recepción no tuvo ni mucho menos la calidez habitual. Sólo había dos empleadas, no griegas y atareadas con los desayunos, que nos atendieron de manera sumaria, y a las que fue difícil encontrar durante toda la estancia. Daba la impresión de que los dueños no estaban nunca por allí.

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Bajando a la playa de Agios Ioannis, junto a la capilla del mismo nombre.

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Pero nosotros veníamos a pasarlo bien, y a disfrutar de la bellísima isla. Primero probamos en la playa de Agios Ioannis, con sólo algunos  bañistas y con una fotogénica capilla blanca y azul que le da nombre, y también realce. Allí fueron unos iniciales baños e inmersiones, tan placenteros que decidimos probar la misma experiencia en la de Psili Ammos. La entrada en esta se hacía a través de la taberna sombreada, y al hacerlo, una mesa vacía nos llamó para la primera comida. Y caímos en la tentación con albóndigas, salchichas y tomates rellenos… y muchas patatas fritas!

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Las playas gemelas de Psili Ammos y Agios Ioannis.

Sagaz, con su abuelo postizo.

Sagaz, con su abuelo postizo.

La playa de Psili Ammos.

La playa de Psili Ammos.

El baño vino después, ya con abundante sombra en la arena y los primeros juegos acuáticos con la incansable Sagaz, en los que empecé a ejercer de abuelo sobrevenido y postizo, y tan a gusto. Ella tiene una edad en la que, afortunadamente, aún le puedo ganar. Los días son largos en vacaciones, los deleites más largos aún.

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La impresionante vista desde nuestra habitación en el Niovi.

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Así que después de los baños y los juegos nos dio tiempo a llegar al hotel, para asomarnos al atardecer sobre la bahía y ver cómo caía la luz del sol. El plan de esa primera noche era acercarnos a conocer el pueblo de Sérifos, es decir Hora, lo que exigía una subida a las alturas en coche y, lo más difícil, encontrar aparcamiento. Pero tuvimos suerte y atrevimiento, al buscar y encontrar un hueco, el último en el lugar dispuesto para ello, justo en el centro de Hora.

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Sérifos, o Hora, en su atalaya sobre la bahía.

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Calles de Hora, en nuestra primera noche.

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La plaza principal, con el precioso Ayuntmiento neoclásico.

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Fue nuestro primer contacto, y aunque nocturno y a la luz de las pocas lámparas, pudimos apreciar la belleza todavía auténtica del núcleo urbano que corona la isla, y nos encendió las ganas de visitarlo de día, como haríamos después. Cenamos en un lugar especial, Stou Stratou, en un rincón de la bellísima plaza principal que alberga el Ayuntamiento (en griego, Dimarjeio) y la iglesia de Agios Ioannis Chrisostomos, componiendo un conjunto de lo más llamativo y acogedor, inconfundiblemente cicládico.

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Sérifos, desconocida hasta entonces, nos enamoró a todos desde el primer día.

Resumen de más de un mes de gloria y un cierto dolorcito

Ulyfox | 3 de octubre de 2021 a las 20:29

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Baño azul en la playa de Kampos, en la isla de Patmos.

 

Aprovechando que aún quedan algunos lectores de este modesto blog de vivencias viajeras, comunico que hemos vuelto de más de un mes de periplo griego, de 35 días saltando de isla en isla, conociendo, descubriendo y reencontrando, certificando nuestro amor y también, por qué no decirlo, lamentando cierto cambio de ambiente. O a lo mejor somos nosotros, que simplemente envejecemos.

El viaje empezó a finales de agosto en el puerto de Lavrio, lugar de embarque para la isla de Kea, o Tzia, la más cercana de las Cícladas al continente, lo que la hace favorita de los atenienses. En ella pasamos cuatro hermosos días en los que tocamos de cerca la sonrisa de piedra de un león milenario y caminamos hacia las ruinas de una ciudad antigua, además de comprobar en sus playas y restaurantes el porqué de ser tan visitada.

Seguimos por una cita con los mejores amigos en otro puerto, El Pireo, donde embarcamos a las Cícladas ya siendo seis para probar en familia las delicias serenas de Sérifos y donde nos descubrimos como una comunidad de espíritu feliz y disfrutona, alma que nos guió durante cuatro días y otros tres más en la calmada y pequeña Kímolos, haciéndonos sabios para esquivar, capear y torear el pertinaz viento del norte.

Separados de nuevo, y ya otra vez sólo dos, tocaba la habitual visita a Creta, lugar de amigos acogedores y montañas desafiantes, donde aprovisionarnos de abrazos, baños entre palmeras en Preveli y música de la mano del didáctico Giorgos.

El siguiente salto fue a la isla más salvaje, Ikaria, llamada así por ser dónde cayó al mar el osado Íkaro. Una mole de piedra en medio del mar, con habitantes rudos y longevos y playas de caminos inciertos. Fue esta una parada corta en el norte del Egeo y desde allí el ferry nos llevó a la pequeña, íntima y casi privada Lipsí, en ese Dodecaneso que componen doce islas como su nombre indica.

Cuatro días allí y en esa calma, el último castigados por el feroz viento meltemi, nos llevaron a desear conocer islitas cercanas y de nombres prometedores como Arki, Agathonisi y Marathos, pero nos encaminamos a la de Patmos, visitada hacía tanto tiempo y tan brevemente que la recordábamos sólo a cachitos. La isla, en una cueva de la cual vivió San Juan y escribió el Apocalipsis, nos enamoró con su fortificado Monasterio de San Juan, la encalada y bellísima Hora que la rodea en la colina, sus montes suaves y sus playas azulísimas. Cinco días dieron para conocerla bastante mejor.

La última etapa, con una pequeña escala de unas horas para dormir en Syros, fue como siempre para Mikonos y nuestros amigos de la isla. Aquí el viento fue inmisericorde y el invierno parecía haber llegado de pronto, pero eso no nos importó mucho: lo esperábamos y además, con ella el objetivo es siempre estar allí, alojarnos en el Hotel Damianos y comer en los sitios acostumbrados entre abrazos, saludos e intercambio de buenos deseos para el siguiente año, que ya ha empezado como siempre en la rutina de octubre.

Todo eso iremos contando con mucho más detalle, y también el incierto dolorcito que nos ha producido detectar que Grecia está cambiando, como quizá es inevitable, y que cada vez hay que rascar más hondo para encontrar los seres humanos, el aire y la cercanía que nos enamoraron. O, como dije antes, a lo mejor es que somos nosotros…