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Las hermosas playas y el arte de la prudencia

Ulyfox | 8 de noviembre de 2013 a las 13:49

Pahia Ammos, la gran playa de arena de Paleohora.

Pahia Ammos, la gran playa de arena de Paleohora.

Parece que cada vez más los mil sitios tan bonitos como Cádiz se estuvieran concentrando en el Mediterráneo o, más aún, en Grecia, o más aún, en Creta. Cosas de las experiencias vitales, de las acumulaciones temporales, de los deseos coincidentes. No sé si es un defecto mío, pero quedan aún bastantes cosas por decir de nuestra última estancia y, a pesar del peligro de caer en la redundancia y bordear la reiteración, tengo que contarlo. Hemos vuelto tantas veces a Creta… Os hemos hecho volver tantas veces…

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Las calles y la iglesia pastel de Paleohora.

Las calles y la iglesia pastel de Paleohora.

El caso es que allí estábamos otra vez. Tras nuestra entrada siempre amable por La Canea, planeamos una visita de pocos días a la salvaje Costa Sur, extraordinario lugar de playas amplias y montañas cercando la arena, legendaria tierra rebelde y nunca dominada, ni siquiera por los venecianos ni los turcos que se sucedieron en la invasión durante siglos. Esa región, Sfakiá, permaneció siempre independiente o rebelde. La costa es espectacular, poco visitada, remota y a la vez acogedora. Tiene un solo centro turístico: Paleohora, que empezó como refugio hippie y ahora es un tranquilo lugar de veraneo para independientes y familias, mezclados de manera natural. El pueblo tiene restos casi invisibles de un castillo veneciano en un pequeño promontorio, y lo demás son calles cuadriculadas con la mayoría de las casas crecidas a su aire al calor de ese turismo. Aun así, el centro, con las pocas edificaciones tradicionales y una iglesia como un pastel de colores, es una delicia. Al atardecer se cierra al tráfico y se llena de terrazas, los visitantes se sienten como en casa y pasan largas veladas a las mesas. Lo mismo ocurre con el paseo marítimo que da a una de las dos playas, la de piedra o Halikia.

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El paseo marítimo, para ver llegar el 'Samaria'.

El paseo marítimo, para ver llegar el ‘Samaria’.

La otra playa, Pahia Ammos, en el lado contrario es un largo arenal cerrado a un lado por el castillo y al otro por la cadena montañosa que cierra el paso, bastante más allá, al espectáculo único de arena, agua y viento que es Elafonisi. En Pahia Ammos es muy fácil y barato alquilar una cómoda hamaca con sombrilla, y pedir que te sirvan la comida allí mismo. Un placer al alcance de todos para dejar caer las horas y tomar baños justo antes de que el sol se ponga. Entonces, en lugares como este, lo que toca es recoger toallas y andar hasta el paseo marítimo, mirando tiendas pequeñas y haciendo fotos con esa luz mágica. Y eso hicimos, amén de tomar la excelente cerveza biológica de Rethimnon, la Brinks Dark o Blond, y divisar la lenta llegada al puerto del ‘Samaria’, el barco que recorre esta costa tocando los pueblos que no tienen comunicación por carretera. Y ver cómo desembarcan los cansados excursionistas que vienen de recorrer alguna de las espectaculares gargantas que dan al mar de Libia, ese mar.

Tras el recodo... ¡Gialiskari!

Tras el recodo… ¡Gialiskari!

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Tiene el sur de la provincia de La Canea una atractiva luz violeta al atardecer, y suele deparar, cuando el frecuente viento da descanso, unos amaneceres también espléndidos porque el agua calmada es un inmenso barreño de oro. Con ese despertar, nos propusimos visitar un lugar vecino y prometedor, la playa de Gialiskari, que Penélope tenía desde hacía tiempo en su mapa de intenciones. A cuatro kilómetros al este del pueblo, es muy fácil hacer el camino de tierra andando, pero a eso de las once ya hacía demasiado calor como para marchar por un sendero sin ni siquiera un trozo sombreado. Teníamos el coche y lo usamos como urbanitas precavidos. Y encontramos, en primer lugar, un hermoso pedregal que moría en un agua transparente. Casi nos quedamos allí pero al fondo apareció otro recodo y decidimos explorarlo. En buena hora lo hicimos, porque descubrimos una media luna de arena con montañas recortadas en el fondo, y un promontorio rocoso con forma de codrilo y un plato de agua a resguardo incluso de la ligera brisa que soplaba pero no aliviaba casi nada el calor.

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Baños constantes en Gialiskari, frente al gran cocodrilo.

Baños constantes en Gialiskari, frente al gran cocodrilo…

...amenazanate.

…amenazanate.

Entrábamos y salíamos del mar, nos acostábamos en la tumbona de alquiler, nos adormecíamos, fuimos a tapear algo en la taberna salvadora que hay casi siempre en las playas griegas, volvimos a la hamaca, sesteábamos, y finalmente volvimos por el pedregal para las obligadas fotos y para retomar el coche. Entre todos los grandes días de playa que hemos vivido en Grecia este fue uno de los mejores, tal vez por el carácter de descubrimiento que supuso para nosotros. Antes de volver a Paleohora, nos desviamos por una estrecha y sinuosa carretera hasta las alturas de Anydri, un pueblecito tradicional con una peculiar taberna situada en la antigua escuela, y llamada así To Scholeio, La Escuela, desde la que se divisa el mar de Libia, allá abajo al final de la garganta. Allí merendamos sabrosamente: un queso tradicional de untar con hierbas y el pastel de Sfakiá, una especie de torta fina rellena también de queso, que se toma con miel. Delicioso. Y allí, en ese mirador sombreado al Sur, nos ocurrió uno de esos episodios ridículos evitables fácilmente con la prudencia.

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La singular playa de piedra de Gialiskari.

La singular playa de piedra de Gialiskari.

 

Estaba un grupo de senderistas alemanes disfrutando grandemente de la comida tradicional cretense, celebrando el buen sabor del vino de barril y el posterior rakí de cortesía. Y a nosotros no se nos ocurrió otra cosa que comentar algo así como “a estos alemanes no les importa obligar a los griegos a recortes criminales y calificarlos de vagos, pero bien que les gusta venir por aquí y disfrutar de este modo de vida, de su comida, del vino, del buen trato…” Durante un buen rato criticamos lo que entendíamos como alarde de superioridad, pero el hombre que parecía comandar el grupo nos sorprendió cuando se puso a hablar en griego con el camarero y a comentar entre risas algunos aspectos de la comida. Al final, parecía que eran en realidad unos amantes de Grecia. Y más nos sorprendió cuando al despedirse, él y su mujer se dirigieron a nosotros con un “buenas tardes” y “que disfruten de sus vacaciones en Grecia” en casi perfecto castellano. Con media sonrisa disimuladora les devolvimos el deseo con un “gracias, igualmente” semiavergonzado y que quería parecer natural. Después de la rajada, sólo esperábamos que nuestro cerrado acento andaluz les hubiera impedido entender los peores calificativos que les habíamos dedicado. Apuro aleccionador para terminar el día, estupendo día.

Ahí, el grupo de alemanes políglotas en la taberna To Scholeio.

Ahí, el grupo de alemanes políglotas en la taberna To Scholeio.

En barco a no hacer nada

Ulyfox | 12 de agosto de 2012 a las 21:35

Hora Sfakion, desde el barco que lleva a Loutro

 

Los que han viajado a las islas griegas lo saben. Hay lugares a los que solo se puede llegar en barco: calas, pueblecitos, playas de privilegio con alguna taberna en la orilla. Suelen ser lugares apartados y que se venden en las guías como solitarios y maravillosos. No siempre es así. Para mí, por ejemplo, un sitio sin huella humana ninguna no es atractivo. No, porque necesitamos ese mostrador al menos con bebidas, y si puede ser con unas mesas donde comer. Lo contrario es tener que llevar bocadillos, o botellas o las dos cosas. Demasiado mayores. Hasta Robinson necesitó a su Viernes.

Bajo la pared rocosa, una playa solitaria

Pero hay lugares intermedios. Sitios en los que sabes que todo el mundo está disfrutando o trabajando para el que disfruta. Si la cosa funciona, ambas partes pueden pasarlo bien. Y de esos lugares, las islas griegas andan sobradas. El ultimo que hemos conocido está, naturalmente, en Creta. En una región llamada Sfakia, nombre que en Grecia es sinónimo de lucha y rebeldía. Una región de difícil acceso. Los sfakiotas matuvieron durante siglos el estandarte de la resistencia contra el invasor turco y es incontable el número de héroes a los que la tradición venera. Sfakia, en ese sur cretense indómito, tiene una costa escarpada como pocas, tanto que si queremos llegar a los pueblos que dan al mar en coche, habremos de sufrir decenas de curvas cerradas hacia arriba y aún más hacia abajo. Es el caso de Hora Sfakion, Sougia o Agia Roumeli.

 

Tres imágenes de la llegada a Loutro

Pero aún es más difícil con Loutro: no hay carretera, y solo se puede salir o entrar en barco. O andando a través de empinados y hermosos senderos.

En la terraza del Hotel Sifis de Loutro

Como corresponde a un lugar así, Loutro tiene muy pocos habitantes, no llegan a cien. En verano, la población puede triplicarse, lo cual tampoco constituye una multitud precisamente. Sus edificios, la mayoría pequeños hoteles familiares y tabernas de muy buena calidad,  forman una media luna blanca en el estrecho espacio que cabe entre una franja de guijarros y la montaña que sube a cientos de metros. Sin embargo, la estancia allí es cualquier cosa menos asfixiante.

La vida, versión Loutro.

Cuando estuvimos el pasado junio, la mitad de la gente se dedicaba a bañarse en una honda bahía de agua de cristal, tomar el sol y pasar horas en las terrazas. La otra mitad se dedicaba a servir comidas y bebidas a los primeros, arreglarles las hamacas o prepararles las habitaciones, atender los dos minimarkets, y llevarlos a las calas vecinas en barco. O en barca. Y todos, con la vista frontal del mar, en el puerto natural que forma la pequeña, acogedora rada.

Nada más que nada.

Para llegar a Loutro hay que hacer una hora y media de carretera, la mitad plagada de curvas montañosas, desde La Canea hasta Hora Sfakion, y después coger el transbordador en un trayecto de un cuarto de hora. El ‘Daskalogiani’ sigue luego su rumbo por esta asombrosa costa, marrón al amanecer violeta y cuando cae el sol, navegando lentamente y parando en Agia Roumeli, Sougia y al final en Paleohora, antaño paraíso de los hippies.

 

El camino de ida y vuelta de Loutro a Finikas.

En Loutro, que precisamente significa ‘baño’, no se hace nada. Y se nada. Puedes variar entre las cinco tabernas de pescado fresco y erizos de mar. Puedes calzarte las botas, subir serpenteando por la pared rocosa a tus espaldas, saludando cabras y descender a otra bahía transparente, Finikas, donde tienes otra gran taberna con alojamiento aún más aislado. Puedes pasar largas horas leyendo, conversando de música con Cristina, la dueña del hotel, fan y amiga de Haris Alexiou, la gran estrella de la canción griega, que pasa aquí sus vacaciones todos los años. Puedes ver el atardecer más largo del mundo desde el balcón de tu habitación o en la idílica terraza del Hotel Sifis, encima de los peces. Puedes escribir, puedes enlazar las manos con tu pareja y cerrar los ojos. Puedes hacerte una foto con el móvil y enviarla a tus amigos para darle envidia. Puedes sentirte dueño del tiempo inmóvil, estirarlo y encogerlo, encarnar las mil formas del amor. Puedes descubrir lo que es un lugar sin más motores que los de los barcos, con silenciador de agua. Pero, desengáñate, no puedes hacer nada más.

Loutro en su bahía, desde las alturas