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Hacerse a la mar

Ulyfox | 12 de mayo de 2012 a las 1:35

Barcas en el caño y en el Club Puente de Hierro, y el Juan Sebastián de Elcano en La Carraca, San Fernando

Parece mentira. Tanta agua como nos rodea en Cádiz y la Bahía, y la mayoría de las veces sólo miramos al mar cuando entramos a bañarnos. A lo mejor es que aquí el mar es demasiado grande, un gigante que infunde mucho respeto. Miras y ves solo mar, y sabes que más allá de donde cae el horizonte sigue siendo azul líquido. Ni se adivina donde puede haber un trozo sólido. Si acaso, y afortunadamente, entre los caños de las salinas están surgiendo pequeños puertos, más bien clubes. Pasa en San Fernando, en el Puente de Hierro, en el clásico renovado Gallineras, ahora en La Casería. Pero en otras tierras, el panorama de enfrente está salpicado o interrumpido por salientes del fondo marino, islas, cabos, calas, penínsulas, islotes, radas que recortan o interrumpen la visión. En esos lugares privilegiados, cuando te tumbas en la hamaca o tomas algo en el bar, allá a lo lejos se dibuja durante el día una silueta inmóvil que primero es marrón, luego verde y luego azul violeta, un destino, una parada cercana tras el brazo de mar. Son los archipiélagos que te llaman. Por eso en esos lugares, en las islas griegas o croatas, o en la recortada costa turca, o en las Baleares, o en las grandes islas italianas, son tan populares los barcos de recreo que ahora fondean ante una playa, y después se refugian en una ensenada y terminan amarrando en un puerto ante la taberna: porque todo, incluido otro mundo, está a un paseo en barco.

Penélope, en el puerto de Agnondas, Skópelos, en el archipiélago griego de las Espóradas.

De estas embarcaciones son especialmente bellas las goletas, sobre todo las turcas con sus cuidadas y brillantes popas de madera. Y existe una amplia oferta de viajes en grupo para una semana. Y suena tan atractivo. Se puede calcular unos mil euros por personas como media con todo incluido. No hemos vivido esa experiencia, pero disfrutarla por la costa azul turca nos hace soñar. Me ha llegado esta oferta por Sicilia y os la expongo:

http://www.topsailingcharter.com/embarcacion.php?idioma=ESP&em=3644

Pero si queréis probar en otros países del Mediterráneo (y yo probaría con Turquía, su costa licia, desde Mármaris hasta Antalya, o con las Espóradas), no tenéis más que rellenar las casillas e ir viendo precios. Eso sí, os tenéis que juntar con gente que aguante la convivencia. No está permitido tirar a nadie por la borda.

Pueblo y puerto en la isla de Procida, frente a Nápoles.

Las huellas falsas del Padrino

Ulyfox | 26 de marzo de 2012 a las 2:07

Ante la cinematográfica escalinata del Teatro Massimo

A tantos que somos fans de ‘El padrino’, esa gran tragedia (griega como no podría ser de otra manera teniendo su origen en Sicilia) del cine nos parece lo mejor que ha dado el llamado séptimo arte, por su carácter de obra redonda y total, una tragedia porque retrata las grandes pasiones y tiene un final infeliz, de lucha imposible de los humanos contra su destino, o lo que es lo mismo, los dioses. Ahora se acaban de cumplir 40 años del estreno de la primera parte, que fue una explosión para muchos de nosotros, un deslumbramiento de imágenes, ritmo, música, interpretaciones, diálogos, frases inmortales, como un montón de cosas componiendo la perfección de una película memorable.

Un carromato vendedor de recuerdos del club Palermo, cerca de Quattro Canti.

Sin haberse rodado más que una pequeña parte, aunque esplendorosa, en Sicilia, todo el espíritu de esta isla sobrevuela la obra. Y a pesar de esta presencia testimonial en lo que es una película sobre todo neoyorquina, en Sicilia se la han apropiado. Allí, multitud de recuerdos de todas las maneras (camisetas, manteles, delantales, mecheros, pegatinas…) evocan a la familia Corleone, y les falta poco para nombrar a Marlon Brando, sobre todo a él entre todos los personajes, hijo predilecto. Si preguntas a un siciliano por la Mafia, te dirán que ya no es lo que era, pero también ¿qué esperas que te contesten? Parece una relación contradictoria: ha habido mucha lucha contra la Cosa Nostra. Incluso en Corleone, donde mucho empezó, las autoridades municipales hacen ímprobos esfuerzos por sacudirse el estigma, pero sin embargo, han creado un museo sobre la Mafia.

El barroco ha tomado Sicilia.

Para nosotros, visitantes, aun así eso no es lo más importante. Sicilia es una isla maravillosa, exuberante, con capitales y pueblos bellísimos, con playas extraordinarias, con una cocina exquisita, con una historia apabullante y un arte admirable. Es la mezcla imperfecta, caótica y equilibrada a la vez, de Grecia, Roma y África, como un resumen del la historia y la cultura del Mediterráneo. Y ahí se cuela ‘El padrino’ como si formara parte de ese devenir, asimilado y vendido como los templos de Agrigento, el barroco de Noto, los restos griegos de Siracusa o el glamour de Taormina.

El Templo de la Concordia, en Agrigento.

Yo sucumbí también, lo admito, a la atracción de la gran obra de Coppola y en Palermo peregriné al Teatro Massimo a hacer la foto a la escalinata donde cae muerta la hija de Michele Corleone, y quise acercarme a Savoca, cerca de Taormina, a fotografiarme en la terraza del Bar Vitelli, donde aquel pide la mano de Apolonia, pero no pude. Y esta pequeña frustración pesa tanto en el recuerdo como la emoción del glorioso teatro palermitano. Y en estos días, en un esfuerzo digno de mayor empeño tal vez, intento aprenderme la canción de amor de la película, la que suena durante las escenas sicilianas de la primera parte y reaparece en la tercera, para que Anthony se la dedique a su padre Michele. Mientras suena su bellísima melodía en la voz del hijo tenor, Al Pacino viejo recuerda el día de su boda con Apolonia, lo que es lo mismo que decir la vida que pudo ser y no fue: “Bruccia la luna in cielu e ju brucciu d’amuri…” Y tal vez solo por esta escena merece la pena la tercera parte, que dicen que es la peor, pero que a mí, tras verla por segunda vez, me parece la conclusión perfecta de una obra monumental, trágica y hermosa. Como Sicilia.

La espectacular playa Scala dei Turchi, al sur

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Primer viaje con una fotógrafa ciega (Resumen gráfico)

Ulyfox | 16 de agosto de 2011 a las 1:56

Ante el Duomo de Palermo, fotografía a ciegas.

 

A ver cómo os lo cuento. Pepa vive con nosotros desde hace 10 años. En el padrón municipal, quiero decir, porque de verdad, de verdad, vive con nosotros desde toda nuestra vida, desde que somos dos en uno. En nuestra casa, desde que murió su madre; a nuestro lado, desde que compartimos lado. Entonces, en aquel principio, iba en un carrito de resultas de una mala operación que no tendría que haber sido muy complicada, en esa edad a la que el sufrimiento de un niño hace a la familia sobrepasar los límites descriptibles de la pena y de la capacidad de afrontar los problemas de verdad, después. Para arriba, para abajo, al norte y al sur, calle Real, calle Argüelles, Chiclana, San Fernando y Cádiz, conocí a Pepa a la vez que a Penélope. Tan unidas están las hermanas, tan unidos los tres, inevitable, necesariamente. Justamente, tal vez.

En el tren a Agrigento. No está mal ¿eh?

 

Pepa no ve. Bueno, no sabemos lo que ve y ella tampoco. Se mueve torpemente para lo que se considera normal, pero no está impedida. Sus piernas tienen una marcha desacompasada y sus manos son incapaces de ejecutar los llamados movimientos finos. Pero el resultado, después de tantos años de lucha común, no se puede decir que sea desalentador: anda, canta, piensa, razona cuando su genio incontrolable se calma, hace planes, se relaciona, se comunica por internet, manda sms, maneja los teclados, va al cine… y viaja con nosotros, de vez en cuando.

Ante las rectas columnas del Templo de la Concordia, en Agrigento.

 

Nadie, entre los que nos conocen, es capaz de imaginarnos sin ella. Hemos tenido grandes peloteras, enormes, espectaculares, dolorosas, muy dolorosas algunas, cada uno tal vez intentando defender su territorio, cada uno tal vez reclamando reconocimiento. El gran teatro del mundo se representa cada día en los hogares familiares, y todos los actores son a la vez espectadores del drama, con unos ojos intransferibles, con unas posiciones irreductibles. Desde dentro, la velocidad con la que circula la sangre familiar nubla la vista. Desde fuera, el público desinteresado es incapaz de comprender. Y la vida sigue, porque el corazón sabe encontrar razones donde la razón encuentra enigmas. Y seguimos juntos, los tres.

Bajando la Scala dei Turchi. La fotógrafa mejoraba.

 

Hemos viajado el trío a Portugal, a Túnez, a Cantabria, a Castilla, a Grecia, a Mallorca… la última vez, a Sicilia. Pepa no puede ver, pero quiere hacerlo, y por eso nos pidió hacernos fotos en este último viaje. Misión imposible. Tal vez, o tal vez no, como otras ocasiones en nuestra vida. El resultado, de nuevo, ha sido inesperadamente feliz. De momento, tenemos más fotos de los dos juntos que nunca en cualquier otro viaje.

Cenando junto al hotel L'Antica Via de Agrigento. Dispara Pepa.

 

Entonces, le dejamos nuestra cámara muchas veces. “Os voy a hacer una foto aquí”. Y ese aquí era el Duomo de Siracusa, o el de Palermo, o la increíble piedra de espuma blanca de la Scala dei Turchi, o los templos griegos de Agrigento. Y nos poníamos delante y le decíamos “baja un poco la cámara” o “súbela” o “un poco a la derecha”. Y cuando ella disparaba, la máquina se movía por la presión hacia un lado, o hacia abajo, por pura física activada por su dedo tieso, y gritábamos “¡no! espera, repite, así”. Y hemos salido doblados, esquinados o ladeados, pero algunas veces también milagrosamente centrados.

Imagen frente a Ragusa Ibla

Entonces, por eso esta entrada, con todas las fotografías realizadas por Pepa, que es como un resumen del viaje a Sicilia. O un resumen de todo. Tal vez.

Esta es en la Piazza del Duomo de Siracusa.

 

Se podría decir que vimos el empeño de ella en hacer fotos, y comprendimos la importancia PEQUEÑA del asunto.

En el hotel de Taormina. Casi perfecta.

 

Ante el Teatro Grecorromano de Taormina

 

Con una pequeña ayuda, el último día, en la playa de Cefalú.

 

Sí, salimos en todas, pero ya sabéis que en esta ocasión, la protagonista es otra. Miradla, descansando a la sombra en una milenaria piedra de Agrigento, es ella, nuestra fotógrafa ciega:

El descanso de la fotógrafa.

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Nos quedaba Cefalú

Ulyfox | 7 de agosto de 2011 a las 18:23

La plaza del Duomo de Cefalú, con la imponente catedral.

Naturalmente, a Cefalú el nombre se lo pusieron los griegos cuando fundaron allí un importante puerto, en el norte de Sicilia, porque la roca que se eleva a la espalda del pueblo y que lo ensombra casi toda la mañana les recordaba una cabeza humana: kefalos=cabeza. De Cefalú nos queda una impresión amarilla, si tenemos que ponerle un color al recuerdo. Quizá fuera más bien dorado. Porque así es la ardiente arena de su magnífica playa, el enorme sol poco antes de ponerse, y el color del extraordinario Duomo casi fortaleza, que domina todo el perfil urbano.

Frente marítimo del casco antiguo y playa de Cefalú.

Fue nuestra última etapa en el extraordinario periplo de diez días por Sicilia, y no podía tener mejor final, o así nos lo parece ahora. Seguramente si hubiéramos acabado en las no pisadas Trapani o en Erice, o en la impar Siracusa, traspasada por la historia, diríamos lo mismo. Pero fueron dos días de playa y paseo. Paseo vespertino por el cuadriculado y bellísimo casco antiguo, y paseo repetido a la mañana siguiente.

Casi de noche sobre el pueblo.

Creo que es muy conveniente recorrer al menos en dos horas distintas los pueblos hermosos: la luz diferente los hace diferentes, como si pisaras dos poblaciones distintas. Tal vez sea más bonito a la mañana, cuando la luz es más brillante, pero no hay que despreciar el dol declinante llenando la fachada de la Catedral. Esta domina con su imponente planta una hermosa plaza llena de terrazas. ¿Por qué no tendremos estas terrazas por nuestra tierra? Sitios donde puedes tomar un café por la mañana, almorzar una buena pasta, merendar o saborear un helado a la tarde y cenar una pizza generosa, todo con un servicio de categoría? Y bien dispuestas, bien adornadas, respetando el entorno urbano.

Una de las calles del centro de Cefalú.

Las calles de Cefalú son estrechas y con fachadas altas, empinadas y trabajosas en las travesías, llanas en el caso de los corsos principales. Y te puedes encontrar con la sorpresa temporal de un lavadero medieval tras un arco y aprovechando un manantial subterráneo.

El lavadero medieval de Cefalú.

 

Muy cinematográfico. Si habéis visto Cinema Paradiso, sabréis que este el pueblo donde se rodó.

Gótico normando y mosaicos bizantinos en el Duomo.

En el interior del Duomo, tienes que dejarte subyugar por los impresionantes mosaicos bizantinos del ábside, por ese enorme rostro del Cristo Pantocrátor, dominador y protector a la vez. Brillo cerámico y esmaltado de siglos, perfección de una técnica nunca conseguida otra vez, vigilando a los visitantes con una mirada divina, imperturbable desde hace siglos. Tranquilizador, diría yo, aunque igualmente podría decirse temible.

El Lido, una sabrosa institución playera italiana

Y en la playa, esa institución italiana que son los Lidos, las playas privadas, esa especie de chiringuitos llevados a la sublimación, con servicio completo de hamacas, juegos, duchas, vestuarios y restaurantes, en algunos casos de gran categoría. Muy recomendable el Lido Poseidón, donde comimos un antipasto del chef, con mejillones y almejas abiertas al natural de sabor profundísimo.

Escalinata y fachada del Duomo de Cefalú

En las tiendas, los vendedores son habladores. Uno nos preguntó por España, claro y declaró su admiración por nuestro país. Otro, artista al que adquirimos una acuarela, lamentó lo que él consideraba como una desgracia: que Cefalú estaba perdiendo su autenticidad e incluso su limpieza por culpa del turismo. Y eso que a nosotros nos parece un pueblo precioso. Tanto como para lamentar grandemente nuestra marcha de Sicilia, hace ya más de un mes, ay.

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Sí, Taormina

Ulyfox | 4 de agosto de 2011 a las 1:05

En Isola Bella, la playa más bonita de Taormina

El taxista que nos llevó desde la estación de Giardini Naxos a Taormina nos dejó su tarjeta. Se llamaba Giovanni Parlatore. Y hacía honor a su apellido. Después de un inicio mudo, bastó una pregunta clásica para romper el hielo: ¿mucha gente ahora en Taormina? Y Parlatore rompió en charlatán, con ademanes muy finos, casi afeminados, resaltados por su tez un poco sonrosada y un bigote ya blanco demasiado perfilado. Durante el corto trayecto fue un auténtico cicerone , esa palabra que tanto me gusta para designar al guía. “Ese pueblecito que está allí arriba, en la cima de ese peñasco (muy arriba) se llama Castelmola. É molto romántico. Y ahí está el Etna, siempre fuma, noche y día, no tiene competencia. Por aquí se va al centro, por ahí a su hotel…”

Una iglesia en el centro de Taormina

Fue nuestra entrada en Taormina, la antigua Taurimenia de los toros, la del teatro griego reformado por los romanos con el mar de telón, sobre el acantilado como todo el pueblo, la del glamour y los cipreses, las calles y las iglesias sencillas, y a la que todos los novios sicilianos quieren venir a casarse. En resumen, lo más turístico de Sicilia, la de la playa de Isola Bella, preciosa como su nombre indica.

Isola Bella, desde la terraza del hotel Terra Rossa

Nos habían hablado tan bien de ella que fue una pequeña decepción. Tal vez demasiada gente han acabado con lo más aparente de su autenticidad, que sin embargo no ha muerto. La primera noche de paseo, sábado, había demasiadas bodas, excesivo público recorriendo el Corso Umberto I, lejos de la serenidad que habíamos encontrado en Ragusa o Siracusa.

Teatro grecorromano, Mediterráneo, Etna...

Es verdad que al día siguiente, de mañana, todo fue más tranquilo, más luminoso, más disfrutado. El Teatro grecorromano, enclavado en un lugar único, con el mar y el volcán allí delante, es evocador de ladrillos antiguos.

Los niños preparan adornos de colores en las calles de Taormina, para el Corpus

Las calles populares, no ya el Corso, estaban engalanadas con arena de colores para la procesión del Corpus, el Duomo es sencillo y espléndido. Pero la playa hermosa desde arriba era incómoda y atestada al descender tantos escalones, y Castelmola, al anochecer, no resultó tan romántica, aunque en la trattoria Le Mimose pudimos dar con unos deliciosos involtini di pesce espada. No está nada mal Taormina, tal vez demasido subida a la parra.

La catedral (Duomo) de Taormina, y la preciosa fuente ante ella.

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En resumen, Siracusa

Ulyfox | 24 de julio de 2011 a las 1:54

No es el Campo de Sur. Es el ‘lungomare’ de levante de Siracusa.

Qué inclemente lucha contra el tiempo. Qué poco tiempo para escribir aquí desde que empezó el duro verano laboral. Bueno, sigamos. Además de lo dicho en anteriores entradas, además de este lungomare que se ve arriba orientado al levante, con tantas reminiscencias gaditanas del Campo del Sur, hay muchas cosas que vivir en Siracusa. En resumen:

Tiene la Fuente de  Aretusa, un singular manantial de agua dulce junto al mar, que lleva brotando miles de años. Naturalmente, el fenómeno tiene una explicación mito-lógica: la ninfa Aretusa se bañaba cada día en el río Alfeo, que se enamoró de ella. Ante el acoso fluvial, la ninfa acudió a la diosa Artemisa que la transformó a su vez en río para que pudiera huir. Llegó hasta la isla de Ortigia, en Siracusa y allí se quedó. Pero Alfeo era persistente, la buscó y la encontró y terminaron uniendo sus aguas, precisamente en este lugar lleno de patos, carpas y papiros. Ahora, miles de años después, es el centro de reunión nocturna veraniega de la Siracusa antigua. Una delicia.

Las dos columnas, aún erguidas, del Templo de Apolo.

Tiene un ruinoso y oxidado Templo de Apolo, sólo unas columnas y parte de la cella. Dicen las guías que no es muy sugerente, pero el día que lo vimos, un grupo de voluntarios juveniles se afanaba en limpiar las malas yerbas de su alrededor, y el templo lucía y parecía vibrar de historias cuando ya estaba casi oscuro.

Una esquina en la isla de Ortigia

 

Paseando por Ortigia.

Tiene un callejero hermoso, amable y humano en la isla de Ortigia, peatonalizado en buena parte, barroco y popular y que da siempre al mar, como Cádiz. Un lugar lleno de trattorias buenas, de gente del pueblo, de vías sombreadas, de restaurantes mirando al mar de poniente.

La oreja de Dionisio, antigua cantera y prisión.

 

Desde el interior de la Oreja de Dionisio

Tiene la Oreja de Dionisio, una antigua latomia (cantera) griega con esa forma de pabellón auditivo, también usada como prisión, que se puede visitar para sentir el misterio de la Antigüedad, adentrándose en ella e imaginándose los lamentos de los prisioneros. Dicen que su gran acústica permitía al tirano Dionisio oír las posibles conspiraciones de los trabajadores y prisioneros. Conviene creerse todas estas historias. Y muy cerca tiene todo el Parque Arqueológico, con el teatro griego en el que autores como Sófocles y Esquilo acudieron a ver representar sus obras, excavado en la roca blanca, y desgraciadamente cubierto de graderío plástico cuando lo visitamos, porque se celebraba el Festival de Verano. Aún sigue ofreciendo esas tragedias inmortales.

El 'lungomare' de Poniente, cuando el día muere

Y tiene un paisanaje y un personal gentil en la trattoria Archimede (el nombre de otro ilustre paisano para unas pizzas gloriosas), y el hotel Aretusa Vacanze http://www.aretusavacanze.com/italiano/default.htm para dormir en el centro de la ciudad.

Qué se le va a hacer. Nos han tocado estos tiempos...

Y un cocinero tunecino en el Restaurante La Medusa que se empeñó en demostrar que era seguidor del Barça, sacando banderines comprados en La Botiga blaugrana de Barcelona. Bueno, hombre. Se lo permití porque nos acababa de deleitar con la mejor insalata de mare que hemos comido.

El taxista y Pepa.

Y tiene un taxista muy mayor, de más de 75 años, que se conserva estupendamente y además no puede ni sabe pensar en retirarse, que nos reconoció en la estación, a punto de abandonar Siracusa, después de habernos llevado el primer día, y que se zampó una larga parrafada con Pepa, en italiañol, en ese banco.

Última tarde en Siracusa.

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Barroco por fuera, dórico por dentro

Ulyfox | 18 de julio de 2011 a las 1:37

La fachada barroca del Duomo

El bellísimo Duomo de Siracusa muestra una cara alegre y radiante por fuera, en la fachada que da a la plaza, llena de columnas clásicas y adornos barrocos, a juego con los palacios que la rodean, con las huellas de la dominación española por todos lados. Es una cara guapa, maquillada, juguetona, coqueta, seductora, sonriente, espléndida, en una plaza elegante y brillante, el verdadero centro ciudadano de la isla de Ortigia, la parte antigua de Siracusa. No nos cansábamos de mirar esa cara alta y esbelta. El barroco siciliano no empalaga, yo diría que tiene demasiadas resonancias clásicas del pasado griego y romano, benditas huellas. Y así los fustes lisos juegan con los capiteles corintios, y los frontones se parten en dos o se arquean, y se adornan con estatuas, pero todo ello sin perder la esencia casi renacentista, digo yo, que no entiendo pero siento. 

Pero hay pocas cosas en Sicilia que no guarden una sorpresa. Y la que esconde este Duomo es de marca mayor. Dentro está el templo dórico de Atenea, del siglo V antes de Cristo. El mundo está lleno de antiguos templos que luego fueron iglesias y luego mezquitas y luego otra vez iglesia. Este es uno de esos casos, pero es que el templo griego se ve. En el interior, las columnas acanaladas, el ábaco, el equino, sustentan la techumbre. Es el templo de Atenea aún visible, dos mil quinientos años después, las mismas columnas plantadas directamente sobre el suelo de piedra y sujetando el arquitrabe disfrazado pero ahí.

 
 

Por dentro es un templo dórico de cuando la dominación griega

Los sicilianos le pusieron una cara bonita a su arcaico templo, y la historia siguió su curso, abrazando lo nuevo y conservando lo viejo, en este caso el indestructible dórico. El Duomo fue la mejor forma de entrar en Siracusa. En los dos días que estuvimos allí volvimos a pasar varias veces frente a él, y tantas nos paramos a ver cómo la diferente luz cambiaba el rostro de esta obra de la historia. Y le sonreíamos.

En la luz dorada del interior del pórtico barroco

Y a la noche, la plaza era el lugar por donde se pasaba hacia todas partes.

La Piazza del Duomo, de noche

Escribo tu nombre, Siracusa

Ulyfox | 17 de julio de 2011 a las 2:29

Un detalle del Duomo de Siracusa

Digo yo que Siracusa podría vivir solo de su nombre, de sus resonancias, de sus ecos históricos. La ciudad siciliana que disputó la capitalidad griega a Atenas, que acogió a Arquímedes, que resistió a los romanos hasta que capituló, sigue viviendo probablemente de manera muy parecida hoy en día a como lo hacía aquella esplendorosa ciudad de la Antigüedad. Por ella ha pasado el clasicismo y el barroco, y han dejado, en la isla de Ortigia, separada de la parte nueva de la ciudad por un estrecho canal, un casco antiguo bellísimo y decadente en algunos tramos, luminoso en las piedras del Duomo, mítico en la Fuente de Aretusa, romántico en las piedras grises que quedan del Templo de Apolo, sabroso en su cocina mestiza, marinero en su frente marítimo. Con esta ciudad, me siento incapaz de hacer una sola entrada. Es mejor repartirlas, sorpresa por sorpresa.

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Nunca te olvidaremos, Ragusa

Ulyfox | 11 de julio de 2011 a las 1:56

El Duomo de Ragusa Ibla, con su escalinata de entrada.

Ragusa Ibla, bajando desde Ragusa Superiore.

¡Qué gran sorpresa, qué magnífico encuentro en una tarde hermosa! Ragusa. Qué sucesión de nombres bellos, apropiados para lugares en consonancia, hay en Sicilia. Repasemos y a ser posible declamemos esta mixtura de sonidos griegos, latinos, árabes: Agrigento, Cefalú, Siracusa, Ortigia, Módica, Taormina. Parece obligatorio que nombres así no pueden corresponder a ciudades feas. Es así en Sicilia. Comienza uno a hacer el plan del viaje y ya empieza a disfrutar al repasar los topónimos. Por ejemplo, Ragusa está dividida en dos partes: Ragusa Ibla (¿habéis oído como suena?), que corresponde a la parte más antigua, y Ragusa Superiore, donde se reconstruyó la ciudad una vez que fue arrasada por un terrible terremoto en el siglo XVII.

Palacios barrocos durante el descenso.

Nos alojamos en Ragusa Superiore, y llegamos un poco tarde, por culpa del pinchazo en el coche. Pero eso nos permitió disfrutar de la caída lenta del sol. En esa parte alta de la ciudad nueva se hizo una planificación ilustrada del urbanismo, con calles cuadriculadas y palacios barrocos, así como una catedral, muy interesantes y llamativos, pero lo espléndido está escaleras abajo, en Ragusa Ibla, donde los viejos palacios destruidos por el seísmo fueron rehabilitados y cuyas calles encierran una belleza superior a lo esperado. Allá  nos dirigimos, desde el espléndido mirador junto a la iglesia de Santa María delle Scale, y desde allí bajamos cientos de escalones, pero cada vuelta de esa escalera mágica la vista era extraordinariamente bella: tejados, paredes de colores o despintadas, la ciudad vieja acercándose allí abajo. Y por el camino de calles estrechas, iglesias de piedra rubia, palacios de balcones estrambóticos, esculpidos con figuras grotescas, columnas y ventanales, un derroche de arte, un despilfarro de emociones.

Una viejísima barbería, al comenzar Ibla

Cuando se llega a la Piazza della República comienza Ragusa Ibla, y entonces hay que subir, aunque poco, de manera más suave, mezclándose a la vista la barbería más antigua con la fachada recargada, la informal parada de taxis con el atrio de una iglesia, el puesto de refrescos con la cúpula del Duomo allá al fondo.

Un detalle del extraordinario Duomo de Ragusa.

Y se llega a la Piazza del Duomo, poco a poco, entrando por la izquierda de la Catedral y mirando hacia arriba para asombrarse por las altísimas columnas sobre la altísima escalinata, hacia arriba, hacia arriba. La plaza ante el templo queda empequeñecida, sus paseantes reducidos a insectos ante el coloso barroco y apuntado de la fachada, de la artística reja que rodea todo el empinado atrio. Qué pequeños nosotros. No es extraño que las parejas quieran casarse en esta iglesia imponente.

Una de las muchas bodas que vimos, en la piazza del Duomo

Vimos varias bodas, aunque no tantas como en Taormina después. Era obligado ver pasar a las novias sentados a la puerta de Gelati di Vini, una heladería famosa que hace extraordinarios helados de vino: riquísimo el de moscato d’Asti, muy especial, suavemente dulce. También venden excelentes vinos sicilianos y el chocolate de Módica, único. Apuntad el nombre, por si vais: http://www.gelatidivini.it/index.htm ¡Divinos!

Un riquísimo helado para ver pasar a las novias.

No acababa el paseo ahí. Discurría aún hacia abajo, por una calle de aspecto medieval en curvas, llena de restaurantes en las varias placitas que atravesaba, hacia los Giardini Ibleo, un parque civilizado, verde y tranquilo para rematar un pueblo maravilloso. El remate gastronómico lo pusimos nosotros poco después, apenas anochecía, en la trattoría La Rusticana, con un antipasto siciliano riquísimo, salchichas a la brasa y bistecca, acompañadas con una deliciosa ensalada de naranjas. El vino tinto, fabuloso, del que lamento no haber apuntado el nombre. Ay, fallo.

Una figura grotesca esculpida en un balcón.

La noche pudo haber acabado mal, puesto que en la informal parada de taxis 24 horas no había ningún vehículo, ni funcionaba el teléfono, así que tuvimos que hacer los mismos escalones cuesta arriba. Pero entre las risas, las pausas y la satisfacción de ver que pudimos hacerlo descansadamente en 20 minutos, la ascensión hasta el hotel fue el final perfecto. Ragusa, Ragusa, nunca te olvidaremos.

El tiempo aún está pasando en Ragusa

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Trabajo necesario

Ulyfox | 4 de julio de 2011 a las 1:27

El atareado guardia municipal de Agrigento

Ante una de las entradas al recinto del Valle de los Templos de Agrigento, el guardia municipal se afanaba, como única misión, en parar a los vehículos a motor para que los turistas o paisanos cruzaran la carretera. El paso de cebra casi despintado no parecía razón suficiente para que los conductores frenaran y cumplieran con la norma de dar paso al peatón. Así que ahí estaba él, con una impecable uniformidad de verano, para imponer las leyes del tráfico urbano. Un palo acabado en un disco rojo por un lado y verde por el otro era su arma de persuasión. Lo levantaba y los coches se detenían. Envidié ese trabajo, aunque se desarrollaba a pleno sol: parecía tranquilo, fácil y necesario, además de que él mismo era su propio jefe. Lo digo porque en un momento dado abandonó su quehacer para sentarse en una mesa de un bar vecino a charlar con un amigo.

Me dio que pensar cuántos trabajos aparentemente inútiles han desaparecido de nuestras calles o edificios. Ya no hay empleados que te pongan la gasolina, ni cobradores de autobús, y en numerosas estaciones ferroviarias han acababado con los taquilleros. En algunos lugares un poco más recónditos, los carteros ya no reparten el correo, y se han instalado buzones en cruces de carreteras. En los bancos, cada vez hay menos personal tras las ventanillas y más cajeros automáticos. No hablemos ya de porteros, ujieres o recaderos.

Es curioso, porque no hace tanto éramos un país pobre y había un montón de personal fijo para hacernos las cosas más fáciles. Y parece que, conforme nos hacemos más ricos, menos nos podemos permitir emplear a gente. A la vez, vamos asumiendo hacer más trabajos nosotros mismos: nos servimos la gasolina y vamos a hacer cola para pagarla; sacamos los billetes en máquinas expendedoras; compramos los muebles por piezas, nos los llevamos a casa y los montamos nosotros mismos; llenamos nuestros carros en los supermercados en lugar de pedírselo a un servicial dependiente tras el mostrador; facturamos el equipaje aéreo on-line… Se suponía que ser ricos era que otros te hicieran los trabajos. Pero nosotros, después o antes de hacer todo esto, también tenemos que realizar el nuestro. No sé, no sé… algo no me cuadra en este supuesto progreso.

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