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Cosas pendientes en Siros

Ulyfox | 28 de enero de 2021 a las 13:12

 

Vista panorámica de Kini, uno de los centros veraniegos más populares de Siros.

Vista panorámica de Kini, uno de los centros veraniegos más populares de Siros.

 

Manda la creencia que las islas Cícladas (Kiklades, en griego) se llaman así por estar dispuestas en un círculo (kiklos) en torno al sagrado santuario de la isla de Delos, pero si nos ponemos quisquillosos veríamos que el centro más bien parece estar un poco más al oeste, precisamente en Siros, que es la capital del archipiélago.

Ermoúpol, desde el puerto.i

Ermoúpol, desde el puerto.i

Y es verdad que es el centro administrativo y se diría que incluso estratégico. Tras visitarla durante cuatro días, Siros aparece como un lugar ideal para vivir en las Cícladas, puesto que fuera de temporada cuenta con instalaciones, servicios y distracciones impensables en las otras Cícladas, en las que el invierno debe de ser duro. En cambio, si vives aquí tienes de todo y las mejores playas de Grecia a un tiro de catamarán. Me da a mí que es lo que hacen la mayoría de los residentes en Siros.

Playa de Finikas por la tarde.

Playa de Finikas por la tarde.

Tras pasar el primer día en Ermoúpoli, dedicamos las tres jornadas restantes a recorrer buena parte de la isla. No se distingue especialmente por las playas, sobre todo si se compara con las espléndidas de las vecinas Mikonos, Naxos, Paros, Koufonisia… pero se defiende bien en este terreno. Cuenta con arenales pequeños, recogidos y nada masificados, una ventaja en comparación con sus preciosas pero atestadas compañeras de archipiélago.

Recorriendo la isla de Siros.

Recorriendo la isla de Siros.

Así que con la práctica cabalgadura de un buen coche alquilado, y a través de carreteras inusualmente buenas para ser las de una isla griega, nos dedicamos a ir de playa en playa y pueblo en pueblo, aunque, aparte de Ermoúpoli, es difícil considerar como tales a las pocas agrupaciones de casas que se reparten por el interior y el litoral.

Playa de Megalos Yialós

Playa de Megalos Yialós

La playa de Varis.

La playa de Varis.

Como disponíamos de tiempo, lo tomamos con calma. El tiempo no acompañó en demasía, no apretaba el calor pasado mediados de septiembre y el viento, ese casi permanente meltemi que sopla desde el norte en las Cícladas, refrescaba el ambiente, pero no por eso fue imposible bañarse y disfrutar de las aguas del Egeo.

La iglesia de San Antonio, en la playa de Megalos Yialós.

La iglesia de San Antonio, en la playa de Megalos Yialós.

La playa y bahía de Gálissas.

La playa y bahía de Gálissas.

Ante la amplia bahía de Gálissas.

Ante la amplia bahía de Gálissas.

Nuestro primer día de gira fue una rápida visita a algunas playas renombradas del sur, como la popularísima Varis con su agua remansada en semicírculo y sus restaurantes sobre el agua, y Megalos Yialós, con la preciosa capilla de Agios Antonios en el promontorio, para recalar más tiempo, con baño incluido y cervezas en la amplia Gálissas, en una preciosa bahía.

Vista general de la azulada Ayios Yioannis.

Vista general de la azulada Ayios Yioannis.

Ayios Yioannis, entre los árboles.

Ayios Yioannis, entre los árboles.

Una mansión en Posidonias.

Una mansión en Posidonias.

En el segundo día, las aldeas tenían nombres tan bonitos como Posidonia y Fínikas. Esta última destaca entre la imagen seca de la isla por estar rodeada por una vegetación singularmente exuberante. Y por sus singulares edificios, algunos de ellos mansiones que parecen sacadas de regiones más nórdicas y europeas. Tiene pinta de que son lugares en los que la población pudiente de la capital se construía sus casas de veraneo. A la entrada de Posidonia llama la atención una iglesia completamente pintada de azul celeste: Agios Yioannis, o sea San Juan.

En la arreglada playa de Agathopes.

En la arreglada playa de Agathopes.

En una playa cercana, la también muy renombrada Agathopes, asentamos nuestros cuerpos por un buen rato. El bar playero y las instalaciones, así como el personal que iba llegando a sus aparatosas tumbonas, usaba apariencias de lo que se viene llamando comúnmente ‘pijerío’, pero eso no sé cómo se dice en griego.

La estrecha playa de Finikas.

La estrecha playa de Finikas.

La playa de Finikas es estrecha, y tiene partes de guijarros, pero gasta fama de tener los mejores sitios para comer pescado y otras especialidades. En uno de ellos, afamado Calmo Mare, hicimos nuestro almuerzo tardío, sin que tengamos un especial recuerdo del mismo.

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Playa de Kini.

Playa de Kini.

Antes del almuerzo en Kini.

Antes del almuerzo en Kini.

Y el último día completo decidimos pasarlo en la playa de Kini, otro centro vacacional popular. Pero hay que tener en cuenta que esto no significa aquí lo mismo que en otras islas: nada de bloques de apartamentos o grandes hoteles. Apenas unas tabernas y bares alineados a lo largo de la pequeña playa y algunos estudios salpicados por las cercanías. Ese día el viento soplaba con más fuerza, pero no nos fastidió la jornada. Comimos muy bien, y muy bien atendidos, en un sitio con nombre español, pero comida griega: Asado. El dueño nos dijo que había escogido el nombre simplemente porque le parecía sonoro y claro, y por lo que significaba, por supuesto. Unos calamaritos fritos y una ensalada jugosa fueron más que suficientes, y reconfortantes.

Restaurantes en Ermoúpoli.

Restaurantes en Ermoúpoli.

Todos los días regresábamos temprano en la tarde a Ermoúpoli, con tiempo para un café en la habitación o en alguna terraza y para un paseo por el agradable centro de la capital. Las cenas fueron también recordables. Una de ellas en un precioso local con terraza en la calle: Seariani, donde degustamos unos especiales boquerones en vinagre y unos spaghetti con atún deliciosos. Un comensal en la mesa de al lado se empeñó en darle la noche al encargado con una serie de extrañas exigencias y reclamaciones que hicieron que el resto de los clientes nos pusiéramos de inmediato del lado del sufrido encargado.

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Dos vistas nocturnas de la catedral ortodoxa de San Nicolás, Ayios Nikolaos.

Dos vistas nocturnas de la catedral ortodoxa de San Nicolás, Ayios Nikolaos.

A nuestro lado, dos iraquíes residentes en Londres nos miraban cómplices e igual de asombrados. Uno de ellos hablaba muy buen español porque lo había estudiado (sí, eso que parece imposible a los millones de jóvenes españoles que han estudiado inglés), y juntos comentamos la increíble jugada, amén de otras cosas. Eran cristianos del norte del país, y ganaron mi curiosidad y admiración cuando contaron que la lengua vernácula de su región era ¡el arameo! pero que desgraciadamente ya sólo lo hablaban con normalidad los viejos. ¡Arameo, la lengua en la que se escribió la Biblia, el idioma en el que hablaba Cristo a sus apóstoles! Una verdadera reliquia milenaria que yo creía desaparecida, pero no, aunque moribunda por lo visto.

Edificios neoclásicos en Ermoúpoli.

Edificios neoclásicos en Ermoúpoli.

 

La estancia en Siros se convirtió, pues, en una sorpresa de las agradables. Y además nos dejamos cosas pendientes. Nos hablaron de un pequeño núcleo, Agios Mijalis o San Miguel, con el mejor queso y con uno de los restaurantes más famosos, el Plakostroto, con una cocina de pueblo y situado en las alturas con una vista privilegiada. Luego conocimos de la existencia de un asentamiento prehistórico de la cultura cicládica llamado Kastri, que también quedó para una próxima visita. O ya veremos…

Adiós,  de momento, a Siros.

Adiós, de momento, a Siros.

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¿Siros es de verdad una Cíclada?

Ulyfox | 19 de enero de 2021 a las 18:59

 

La catedral ortodoxa de San Nicolás y el barrio de Vaporia en Ermoúpoli, desde las plataformas de baño.

La catedral ortodoxa de San Nicolás y el barrio de Vaporia en Ermoúpoli, desde las plataformas de baño.

 

Nadie lo diría. A nosotros por lo menos nos habría pasado que, si nos sueltan de pronto en Ermoúpoli, la señorial capital de Siros, con los ojos vendados y sin saber cómo se llega, nunca habríamos dicho que es una isla que está en el centro de las Cícladas. Sus sonidos y sus olores habrían delatado inmediatamente su carácter griego, pero por la apariencia tal vez la habríamos situado en otras latitudes, más hacia el Jónico e incluso en el continente. En esa hermosa, bien pavimentada y bien organizada ciudad no se ven fachadas cúbicas y encaladas, ni abundan las cúpulas azules, ni sus suelos tienen las uniones entre las irregulares baldosas pintadas de blanco, ni sus puertas y ventanas lucen colores netos azules y rojos.

Vista general de Ermoúpoli desde el mar.

Vista general de Ermoúpoli desde el mar.

A la llegada en ferry a Ermoúpoli (que vendría a significar ‘ciudad de Hermes’) se ven dos altas y empinadas colinas, repletas de casas y culminadas en iglesias, pero llama la atención la presencia de unos importantes astilleros junto a los muelles donde atracan los barcos de línea, así como la apariencia neoclásica de los edificios junto a los muelles. Por momentos, me recordó al frente marítimo de Mitilene, la capital de Lesbos, a un tiro de piedra de la costa turca.

Barcos en el paseo marítimo de Ermoúpoli.

Barcos en el paseo marítimo de Ermoúpoli.

La impresión oriental persiste al desembarcar y pasar con las maletas bajo las numerosas marquesinas de bares y tiendas. Poco después, es el asombro. Junto al puerto, unas calles rectas, con calzadas firmes y aceras bien dibujadas: en la mayoría de las ciudades griegas, el estado de las aceras delante de las casas parece depender de cada vecino, y solamente en los últimos tiempos ha pasado a ser una responsabilidad y un planteamiento municipal.

La plaza (plateía) Miaouli, centro de la vida social, con su imponente Ayuntamiento.

La plaza (plateía) Miaouli, centro de la vida social, con su imponente Ayuntamiento.

En la parte baja y llana de la ciudad, ganada al mar a finales del siglo XIX, una calle que sale del puerto desemboca en la impresionante plaza Miaouli, y uno parece haber cambiado de mundo hasta aterrizar en Europa continental. Pavimentada en mármol, la preside el llamativo y monumental ayuntamiento de estilo neoclásico, al que se accede por una solemne escalinata de piedra, y está rodeada por arcadas y edificios del mismo porte. Es el centro de la vida social de la urbe y en las noches de verano bulle de gente de todas las edades, con las familias que pasean, los niños que corretean y los jóvenes que se sientan en los escalones municipales.

Una placita con restaurantes, vacía a mediodía.

Una placita con restaurantes, vacía a mediodía.

Ermoúpolis no es normal en este archipiélago cicládico: tiene varios centros culturales importantes, un gran teatro con programación continua, un festival internacional de cine de animación, varios cines, y una llamativa vida social. Sus tiendas evidencian una clientela de alto poder adquisitivo.

Centro de la capital, con el Teatro al fondo.

Centro de la capital, con el Teatro al fondo.

Todo esto tiene una causa histórica. Como otra particularidad, hasta hace poco su población era de mayoría católica, una rareza en el predominio ortodoxo en todo el país y que venía de anteriores dominaciones italianas y francesas. De hecho a los católicos griegos se les conoce con el apelativo de ‘francos’. Pero a finales del XIX se produjo la venida de un gran número de griegos provenientes de Turquía, de donde fueron expulsados o de donde huyeron en uno de los cíclicos conflictos entre los dos países, después de siglos y siglos viviendo allí.

La plaza Miaouli, a mediodia.

La plaza Miaouli, a mediodia.

Los inmigrados eran personas de alto poder adquisitivo y muchos de ellos comerciantes o industriales. Y llegaron a Siros, además de con su religión ortodoxa, con todo su capital y sus ganas. De modo que en poco tiempo hicieron de la isla uno de los centros económicos de Grecia, el más importante desde el punto de vista comercial, marítimo y de construcción naval. Como nos explicó el dueño de nuestro alojamiento en la ciudad, Dimitri, “llegaron con mucho dinero y dijeron queremos un teatro, y lo hicieron, hagamos una aduana, y la hicieron, construyamos un astillero y lo hicieron, una gran catedral, y la hicieron, un casino para nuestra élite…”

La catedral de San Nicolás (Agios Nikolaos).

La catedral de San Nicolás (Agios Nikolaos).

Y en verdad todo es impresionante y desusado en la zona: las grandes y altas mansiones neoclásicas, el resistente pavimento de las calles, la decoración de las fachadas, la esbelta y colorida catedral de San Nicolás (Agios Nikolaos) que rivaliza y supera en apariencia a la Metrópolis de Atenas, el barrio de Vaporia sobre el mar, la elegancia de los escaparates, la variedad de tiendas. Siros sigue siendo la capital administrativa de las Cícladas y a ella acuden para todo tipo de gestiones gentes del archipiélago entero.

Junto a la catedral, de camino al barrio de Vaporia.

Junto a la catedral, de camino al barrio de Vaporia.

Dejamos nuestras maletas en el 5 Hermoupolis Concept Sites (el largo nombre de nuestro hotel). Antes, Tonia, la dispuesta y risueña mujer de Dimitri que subió ella sola el equipaje las tres plantas de escaleras hasta nuestra habitación, desmintiendo su apariencia delgada, nos dio una serie de informaciones sobre la isla y su capital. Y, como era mediodía y hacía calor nos dirigimos a la zona de Vaporia, donde hay una pequeña zona de baño.

Vista del frente marítimo neoclásico de Ermoúpoli.

Vista del frente marítimo neoclásico de Ermoúpoli.

Bajando a la playa de Vaporia.

Bajando a la playa de Vaporia.

Al final, no nos animamos a bañarnos, la zona parecía estar tomada por una peculiar fauna de bañistas, solitarios y estrambóticos, pero disfrutamos de la vista más famosa de Siros, la colorida de las casas neoclásicas sobre el mar culminadas por la vistosa imagen de la catedral de San Nicolás, escenario de un conocido vídeo de la cantante Eleftheria Arvanitaki.

Desde el mar de Vaporia, con el barrio al fondo.

Desde el mar de Vaporia, con el barrio al fondo.

Plataformas para el baño en Vaporia

Plataformas para el baño en Vaporia

Deambulamos un rato por la ciudad despoblada por el calor del mediodía, los comercios y el mismo mercado parecían ir cerrando a nuestro paso; el momento pedía una cerveza fresca. La ribera del muelle está llena de bares y restaurantes como ocurre siempre en Grecia. El rubio elemento nos animó a pensar en comer, puesto que ya era hora.

Terraza de 'Stoa ton Athanaton', atendidos por la 'joven' camarera.

Terraza de ‘Stoa ton Athanaton’, atendidos por la ‘joven’ camarera.

Al paso habíamos visto un sitio peculiar en una esquina cercana al puerto. Unas pocas mesas en una terraza y un pequeñísimo local pintado en azul y blanco, atendido por dos mujeres bastante mayores. Respondía al extraño nombre de ‘Stoa ton Athanaton’, que yo quise traducir como ‘Galería de los Inmortales’, quizá porque la parte superior de su mínima fachada estaba decorada con fotografías de cantantes griegos ciertamente inmortales como Stelios Kazantzidis, Dimitris Mitropanos y otros.

Una de las mujeres nos atendió y nos recitó la lista de platos disponibles, inusualmente larga para las expectativas que despertaba el local. Nos recomendó especialmente la kakaviá (una sopa de pescado suculenta), y nos apetecía mucho, pero no nos parecía la hora apropiada, aunque nos hicimos el propósito de volver una de las cuatro noches que teníamos planeadas en la isla. Al final, no volvimos. Pero no porque nos decepcionara el lugar, ni mucho menos. Pedimos un plato de atherina, unos pescaditos fritos tipo chanquetes, y una buena ración de habichuelas con verdura, riquísima y caserísima.

Vista de Ermoúpoli desde las alturas de Ano Siros.

Vista de Ermoúpoli desde las alturas de Ano Siros.

Exterior y torre de la catedral católica.

Exterior y torre de la catedral católica.

Interior de la catedral católic.

Interior de la catedral católica.

Y ese primer día también quisimos visitar el barrio todavía católico de Ano Siros (algo así como ‘Siros de arriba’), el primer núcleo de la capital, encaramado en una empinada colina y en realidad una población distinta a unos dos kilómetros. Ese sí, ese enclave parecía una isla griega, con callejuelas estrechas, intrincadas y laberínticas, cuestas casi imposibles y fachadas floreadas. Visitamos en primer lugar la catedral católica, que corona la colina y ofrece una vista espléndida de la ciudad y de las islas cercanas: Mikonos, Tinos, Naxos, Paros….

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Por las callejuelas de Ano Siros.

Por las callejuelas de Ano Siros.

Luego echamos a andar, casi a rodar, cuesta abajo, hasta tropezarnos ya anocheciendo con la calle principal, extrañamente llana y que, en tiempos normales debe estar más animada. Al pararnos y vernos dudar, una mujer sentada en una silla ante su casa nos indicó: “Ekí tragoudisa o Vamvakaris” o algo así, que yo inmediatamente me traduje como “Ahí cantaba Vamvakaris”. Se refería a Markos Vamvakaris, hijo ilustre de esta ciudad y otro más de los inmortales músicos griegos, que tiene también un museo en esa calle, y un recodo urbano pomposamente llamado ‘plaza’ dedicado a él.

Terraza de un restaurante en Ano Siros.

Terraza de un restaurante en Ano Siros.

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Las mujeres que nos dieron indicaciones.

Las mujeres que nos dieron indicaciones.

Tras un par de vueltas de inspección, volvimos a preguntarle a la misma mujer por donde se volvía a Ermoúpolis, y nos indicó una calle escalonada que empezaba allí mismo y que no acabó hasta más de media hora de descenso después. La calle típicamente griega, tras cruzar un puente y acercarnos al núcleo bajo, volvió a cambiar de aspecto y a mostrarnos altas y señoriales fachadas con puertas de piedra, amplias ventanas y balcones de rejas forjadas.

Llegando a lo más bajo...

Llegando a lo más bajo…

El sonido de un coro extraordinariamente afinado atrajo nuestra atención y nuestros pasos hacia el lugar de donde provenía: la catedral ortodoxa. La música salía de una puerta entornada, lo cual nos incitó aún más a entrar en un saloncito desierto que, unos pasos después, nos hizo aparecer en la galería superior del templo. Abajo se desarrollaba una función religiosa con la pompa y la solemnidad de los ritos ortodoxos, en el que unos sacerdotes lujosa y brillantemente ataviados de dorados entonaban sus cánticos ante los fieles. Fue un momento mágico, acentuado por la sensación de ser unos intrusos tolerados en una ceremonia ajena.

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En el exterior y el interior de la iglesia ortodoxa.

En el exterior y el interior de la iglesia ortodoxa.

Ya en la parte baja de Ermoúpoli volvimos a asombrarnos de la vida comercial de esta población que, con unos 15.000 habitantes, es la más grande de las Cícladas. Ahora sí, ahora los restaurantes, bien puestos y decorados, tenían sus terrazas llenas, iluminadas y animadas, cubiertas de flores y con aspecto invitador. Pero, frugales como nos hemos vuelto con la edad y como habíamos almorzado bien, nos contentamos con una cerveza y los abundantes aperitivos con que te obsequian por estas latitudes paradisíacas. Y hasta el siguiente día, que iríamos a recorrer la isla…

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Escaparates nocturnos en  Ermoúpoli.

Escaparates nocturnos en Ermoúpoli.

Una última curiosidad de Ermoupoli: está hermanada con El Puerto de Santa María, quién lo iba a sospechar. Siempre según Wikipedia.