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Los baños felices

Ulyfox | 19 de noviembre de 2013 a las 0:49

 
Azul intenso en la playa de Elafonisi.

Azul intenso en la playa de Elafonisi.

Pasa el tiempo, llegan los fríos y sigo rememorando nuestra reciente estancia en Grecia. El blog avanza muy lento y, para quitarme la mala conciencia de este ritmo perezoso, me da por pensar que en realidad me estoy administrando una medicina espaciada y lenta, una vez o dos por semana, antes o después de las comidas, al acostarme o al levantarme, con la que curarme la nostalgia. O aliviarme, si no la enfermedad, al menos los síntomas.

Se puede llegar andando al islote.

Se puede llegar andando al islote.

Como diría Fray Luis, contábamos ayer que aún estábamos en Creta, nuestra visita a Paleohora y su cercana playa de Gialiskari. Y mencionábamos de pasada Elafonisi. Pero Elafonisi es una palabra mayor, es un asombro, es la playa con letras capitulares, es una invasión de azul infinito, es algo sin igual. Es difícil llegar, está lejos de cualquier núcleo de población grande, en uno de esos confines impactantes de la isla, pero está llena de sombrillas y hamacas, recibe a miles de personas todos los días en temporada alta. Los visitantes llegan en sus coches, en autobuses de excursión desde La Canea y en barco desde Paleohora, porque es una atracción única. Sí, puede llegar a ser un agobio. Sólo en junio o pasado mediados de septiembre es amable. De cualquier forma, si uno se toma la molestia de caminar un rato hacia el este, encuentra otra playa, descrita como maravillosa y aún no pisada por nosotros, la de Kedrodassos, en la que como su nombre indica, es posible descansar entre baño y baño a la sombra de los cedros y con mucha menos gente.

Hay pocos azules como el de Elafonisi.

Hay pocos azules como el de Elafonisi.

Tras la laguna, la arena.

Tras la laguna, la arena.

Bañarse en el azul.

Bañarse en el azul.

Deportes acuáticos a favor del viento.

Deportes acuáticos a favor del viento.

Y ya dejo de apabullaros.

Y ya dejo de apabullaros.

Ya os hemos hablado alguna vez de Elafonisi, esa gran flecha de arena, prolongada en su base y hacia los lados, que apunta hacia un islote de piedra y más arena. La flecha cambia de anchura según los vientos y las mareas, igual que lo hace la escasa profundidad de las aguas, más bien una serie de lagunas transparentes. Se puede ir andando al islote, hundido hasta la cintura. El lugar adquiere la apariencia de infinito. La mejor visión, como siempre, se obtiene desde las alturas, un poco antes de bajar a la playa. Hemos estado tres veces, siempre buscando la ocasión extraña en la que no sople el viento. En la última casi lo conseguimos, y con eso quiero decir que Eolo tenía un día tranquilito pero no estaba precisamente dormido. Se podía estar de manera agradable, paseamos por la orilla sin que la arena nos fusilara las pantorrilas, cruzamos hasta el islote, nos pudimos bañar sin que el agua perdiera su transparencia, pudimos tirarnos en las hamacas, y comer algo en la escueta cantina, antes de nuestro segundo encuentro de este viaje con La Canea. Os juro que volveremos para intentar ver y vivir Elafonisi sin viento.

La bahía de Souda, con la base de la OTAN y la fortaleza veneciana.

La bahía de Souda, con la base de la OTAN y la fortaleza veneciana.

El tiempo se estaba portando bien con nosotros, que anhelábamos tranquilos y completos días de playa. En Paleohora disfrutamos del calor y la calma. Elafonisi nos mostró su cara más amable esta vez. Y la racha se prolongó en La Canea. Sí, hacía viento, el enemigo mayor del bañista exigente. Pero eso tenía remedio. Miramos la dirección del aire, miramos el mapa y pensamos en nuestras ganas de conocer. Allí, en un rincón de la península de Akrotiri, casi pegada a la famosa base de la OTAN en Souda, aparecía el nombre de Marathi, al resguardo del viento. En llegando vimos que eran dos pequeños trechos de arena dorada divididos por un espigón que daba refugio a unas cuantas barcas. Un islote, de nuevo, cerraba la bahía calmando las aguas. Levantando la vista al otro lado de la bahía de Souda se podía divisar , de este a oeste el cabo Drapanos, con una enorme falla circular a modo de cráter, el farallón de Malaxa con sus ecos bélicos de la batalla de Creta y más allá, muy lejos pero muy grandes, las Montañas Blancas.

Playa de Marathi, con las Montañas Blancas al fondo.

Playa de Marathi, con las Montañas Blancas al fondo.

Un velero, desde la taberna en Marathi.

Un velero, y al fondo la falla-cráter de Drapanos.

Pero aquí cerca, a nuestros pies, el baño cristalino, el baño feliz de las playas domésticas con un público mayoritariamente griego. Detrás unas tabernas muy cuidadas, a medio camino entre la tradición y el diseño y cerrando la playa, como casi siempre, una pequeña capilla blanca. Marathi estaba bien abastecida de público y servicios, pero todo parecía transcurrir con la placidez aparentemente lubricada de lo espontáneo y bien organizado. Cuando ya abandonábamos el remanso, los camareros preparaban las preciosas terrazas para lo que prometía ser una colección de cenas agradables con luz tenue y a la orilla del mar. Nos dio cierta pena dejar aquel lugar, por mucho que este sentimiento se viera mitigado con la promesa de otras terrazas en el puerto veneciano de La Canea.

Los baños felices.

Los baños felices.

La Historia sale al paso

Ulyfox | 21 de octubre de 2012 a las 0:51

Restos de templos ante la muralla de Aptera.

Hay un lugar allí arriba en la colina, no muy alto, entre piedras ancestrales y olivos residuales, cerca de un pueblo medio recuperado. No hay que subir mucho desde la carretera que va de La Canea a Rethimnon, apenas unos kilómetros, pero tiene una vista privilegiada de la Bahía de Souda. El pueblo se llama Aptera, y el lugar del que os hablo, Antigua Aptera. Fue una de las más importantes ciudades primero minoica, luego doria, después helenística, más tarde romana y bizantina, en Creta, esa isla en la que la Historia, toda la Historia que estudiamos y algunos amamos desde chicos, toda la vida del hombre en esta tierra te sale a cada paso.

En la calzada, ante lo que fue la puerta principal de entrada a Aptera.

Es que vas por la carretera y ahí a la derecha te encuentras una muralla hecha de grandes piedras perfectamente encajadas, con una calzada que parece dirigirse a una abertura, es decir una antigua puerta. Y sí, eso era la entrada principal de la Aptera romana y antes helenística, con las huellas de los carros aún en el pavimento, el rastro de sus habitantes impreso para siempre, por los siglos de los siglos, per saecula saeculorum. A un costado, fuera del muro restos de templos y algunos edificios públicos.

Alguien levantará un día estas columnas del peristilo, en la villa romana.

No se puede entrar por aquella puerta, descubierta recientemente, porque toda la zona está en fase de esperanzadora excavación: más de un metro de tierra rojiza acumulada por el tiempo guarda quizá el rastro de calles y comercios, quién sabe. Dan ganas de ponerse el sombrero y empezar a descubrir artefactos, escombros, vasijas o desperdicios de hace 2.000 años. Dejemos que los expertos, cuando haya bastante dinero, hagan su trabajo. Un caminito medio arreglado sube hacia el interior de lo que fue la gran ciudad. En realidad, al principio, es difícil ver nada, pero la Historia vuelve a salirte al paso cuando varios nidos de ametralladoras de cuando la invasión nazi aparecen a la izquierda del camino. Debía de ser una posición estratégica sobre la bahía. Pero luego, un desvío entre olivos dirige tus pasos a una antigua villa romana, las columnas del peristilo caídas hacia adentro del impluvium, síntoma inequívoco del efecto de un terremoto. Nadie ha caído en levantar de nuevo las basas, fustes y capiteles dóricos, y erguirlos contra el horizonte, y se puede impunemente pisar sobre sus históricos sillares, románticamente solitarios en el campo, hundidos en el suelo.

Los obreros hacen surgir de la tierra el antiguo teatro.

Volviendo al camino, cinco minutos más allá están los principales restos: un pequeño teatro, un semicírculo de piedra y graderíos va surgiendo de la tierra gracias al trabajo de un montón de privilegiados obreros trabajando en su limpieza y recuperación, con sombrajos para los arqueólogos que despliegan en mesas alargadas hallazgos y papeles, lápices e instrumental solo útil para ellos.

En el interior de la cisterna, bóvedas milenarias de piedra, arcos de medio punto milagrosos.

Y más adelante, el signo infalible de que aquello fue algo importante: grandes cisternas, enormes almacenes de agua para abastecer a sus habitantes, algo en lo que los romanos eran expertos. Y una de ellas, sobre todo, está maravillosamente conservada. Se puede entrar y admirarse del definitivo invento que fue el arco de medio punto. Altas bóvedas sostenidas sobre gruesos pilares, un aljibe impresionante de cientos de años, que todavía se llena de agua en época de lluvia y ahora es hogar de palomas. Ante esos siglos, bajo ese recorrer diacrónico, uno se siente felizmente pequeño, aunque del mismo tamaño que aquellos hombre que fueron capaces de construir esto, luchando y venciendo contra leyes tan severas e implacables como la de la gravedad. Es Aptera, la que fue grande, una muesca más de la Historia en Creta. La misma Historia que pasó sobre ella, cuando abandonada, un sultán turco compró la mayor parte de sus piedras para edificar, un poco más allá, un poco más estratégica, la impresionante fortaleza otomana de Izedin.

 

La fortaleza de Izedin, edificada con piedras de la antigua Aptera.

Guerras y otras resistencias

Ulyfox | 30 de julio de 2012 a las 14:30

El cementerio aliado frente a la bahía de Souda, en Creta

  
 
 En la bahía cretense de Souda, muy cerca de la hermosísima Chaniá, frente a un mar azul y muy cerca de una importante base de la OTAN, se encuentra el cementerio de las tropas aliadas durante la II Guerra Mundial, recuerdo glorioso e infame de la terrible Batalla de Creta sucedida tras la invasión de las tropas nazis, un episodio que marcó el desarrollo de aquel sangriento conflicto y de paso toda la vida contemporánea de esta isla griega, azotada durante milenios por invasiones, guerras, matanzas y, si fuera poco, terremotos. Tal vez eso haya formado el carácter de sus habitantes, pero desde luego no ha sido con mal resultado. El cementerio de Souda aparece sencillo a primera vista (una vista espléndida), pero luego te va encogiendo poco a poco el corazón si se te ocurre deambular entre las tumbas. Entre el cuidado césped, tras las amorosas flores, muchas lápidas aluden a soldados desconocidos, pero otras tantas relatan trágicas novelas completas de final infeliz, con nombres y apellidos, historias con acento alemán, inglés o neozelandés, horrorosas evocaciones de vidas jovencísimas, de muertes tan tempranas.
 

La tumba de un soldado neozelandés, en el cementerio de Souda

 
 
 El camposanto memorial contiene los cuerpos, la mitad de ellos sin identificar, de 1.500 soldados de países de la Commonwealth, que fueron trasladados aquí tras el final del conflicto desde diferentes enterramientos que habían hecho los alemanes por toda la isla. Una comisión de la comunidad británica de naciones está encargada de su mantenimiento, que es ejemplar.
 

Monumento a la colaboración entre los monjes y los soldados ingleses, junto al Monasterio de Preveli

 
En Creta se cuentan y se muestran miles de estampas de heroísmo y represión con la Batalla como fondo, de resistencia frente a los nazis, de monjes ortodoxos refugiando a rebeldes y soldados, señalándoles caminos de huida, albergando arsenales en sus conventos amurallados, relatos que servirían para infinidad de películas bélicas y que de hecho han servido para ello. Pero si uno lee alguno de esos nombres grabados en el mármol fúnebre solo piensa en el horror de decenas de miles de jóvenes muertos por la locura de una invasión muy sangrienta. No hay heroísmo sino pena. No hay nada peor que la guerra, y uno siente la tentación, tal vez un impulso racional, de darle la razón a Boabdil el Chico antes que a esos monjes armados hasta los dientes. Aunque tampoco me cabe duda de que a veces, algunas veces, puede que no haya más remedio, cuando el código que usa el atacante, el único que entiende es el de la violencia. Yo qué sé.