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Humos

Ulyfox | 14 de enero de 2011 a las 14:48

Un cigarrito y un café tras el almuerzo en una taberna de Katapola, Amorgós.

Un cigarrito y un café tras el almuerzo en una taberna de Katapola, Amorgós.

Tengo presente desde mis primeros recuerdos de viajes el humo del tabaco. Desde aquellos tiempos en los que se podía fumar en cualquier medio de transporte. Porque Pe, ya lo habréis visto en muchas fotos, es una gran fumadora, impenitente, orgullosa y casi militante de su libertad de intoxicarse. ¡Es que me gusta! dice. Durante todos estos años, su ámbito de libertad se ha ido reduciendo mientras crecía el de los no fumadores. Está bien, nunca se ha quejado, y por supuesto nunca ha encendido un cigarro donde no estaba permitido. Bueno, una vez se hizo la tonta, aparentemente sorprendida en su ignorancia. Estábamos en el aeropuerto de Roma en escala hacia Nápoles y al parecer acababa de prohibirse fumar en cualquier sitio público en Italia. En un rincón se agrupaban algunos fumadores y allí se colocó ella con su ducados. Un carabiniero se dirigió hacia ellos airado: “¡É vietato fumare!”, pero remolones protestaban: “Ma non c’é un area?” (“¿no hay una zona?”) Poco a poco fueron apagando sus cigarros. Pero Penélope es resistente, además de extranjera, y se hizo la sueca. El agente se dirigió a ella “¡signora, é vietato fumare!” Como no entendía nada, aún dio un par de caladas rápidas. Pero ha sido su único pecadillo, y hace años. Lo bueno es que esta es la actitud general respetuosa de los fumadores, y ya quisiéramos que todos los colectivos cumplieran igual las normas que les afectan.

Desde aquel lejano día, me conozco todas las puertas de los aeropuertos donde hemos aterrizado o de donde hemos partido. Hasta el año pasado, eso no regía en el de Atenas, al menos en la práctica. Era curioso: en las mesas de las cafeterías interiores había unos visibles letreros de prohibido fumar, pero era el mismo camarero el que cambiaba los ceniceros. También eso ha cambiado.

No creo que seamos más felices ni más tolerantes, ni siquiera más sanos, porque no se fume en ningún lado, pero está bien. El aire es más limpio, pero igualmente creo que a nadie le hacía daño que en los aeropuertos hubiera cubículos aislados para los que quisieran envenenarse libremente. Más si tenemos en cuenta lo incómodos e inhospitalarios, y mejorables, que son la mayoría de esas terminales. Lo he dicho muchas veces, yo nunca he fumado y es rarísimo que me moleste. Me gustaba compartir los ambientes con fumadores y no fumadores, bebedores y no bebedores, impulsivos y reflexivos. Y me temo que en verano volverán los conflictos en las terrazas, a las que están relegados hoy los viciosos del humo, pero de las que todos querrán disfrutar con el buen tiempo. Los fumadores se irán extinguiendo como los mismos cigarros que consumen. Yo los amo.