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Caminata y playa en Meganisi

Ulyfox | 13 de noviembre de 2020 a las 13:44

Una caminata preciosa.

Una caminata preciosa. Al fondo, Lefkada y antes, Skorpios.

Kostas es el diminutivo de Konstantinos y es un nombre bastante común en Grecia. No tanto como Giorgos, Yiannis o Manolis, pero muy corriente. Pero vimos que a nuestro taxista en Meganisi la gente lo saludaba al grito de “Yásou Kostí“, o sea que hay otra forma de llamarlo, además del vocativo formal de Konstantine! Cosas de este idioma que, miles de años después, aún sigue utilizando las declinaciones, que perdimos todos los pueblos que heredamos nuestra lengua del latín.

Es curioso esto de los diminutivos o nombres familiares en Grecia. Por ejemplo, es muy normal que alguien te diga que se llama Roula y que su nombre verdadero sea Haris. Se entiende en seguida cuando se sabe que el diminutivo femenino suele acabar en ‘oula’. O sea que de Haris deriva en Haroula, y de ahí en Roula. Uno de las veces en que más me sorprendí fue cuando preguntamos a la anciana dueña de un hotel en La Canea cómo se llamaba y nos contestó que ‘Persa’, lo que de por sí ya es bastante sonoro y evocador, teniendo en cuenta la historia griega. Ante nuestro asombro por un nombre raro, nos dijo como queriendo aclarar que no era tan extraño: “Sí, Persa: de Perséfone”. ¡Vaya nombre! Nada menos que el de la diosa hija de Zeus que se casó con Hades, el dios del mundo de los muertos.

Cogiendo fuerzas en el desayuno del hotel Mistral.

Cogiendo fuerzas en el desayuno del hotel Mistral.

Una capilla al inicio del camino.

Una capilla al inicio del camino.

Bueno, pues a Kostas, Konstantinos o Kostí, le dijimos el primer día que al siguiente probablemente necesitaríamos de su servicio para volver de Spartohori, a donde pensábamos ir andando, por la carretera que bordea la costa. Así hicimos, levantándonos lo bastante temprano para no soportar mucho calor en la hora larga que calculamos tardaríamos en recorrer el trayecto desde Vathý. Cogimos una buena ración de energía en el desayuno del hotel Mistral, y nos echamos a la carretera.

 

Calas turquesas a lo largo del camino.

Calas turquesas a lo largo del camino.

Una hora de caminata no es nada, y mucho menos si vas rodeando una costa verde que entra y sale de calas y pequeños amarraderos, y a lo lejos divisas alternativamente la silueta de Lefkada, la de la islita de Skorpios y la del continente griego, azuladas por la luz del día y la bruma ligera que genera el mar.

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Llegando a Spartohori, allá arriba.

Llegando a Spartohori, allá arriba.

Al poco tiempo estábamos en la playa de Agrios, bajo el encaramado pueblo de Spartohori, ante la esperada agua clara y las agradecidas tumbonas, que por estas latitudes tienen un precio más que ajustado, puesto que sus encargados dan por supuesto que consumirás algo en el bar o taberna de las que dependen. A estas alturas de la vida hemos aprendido a regular nuestro aparato digestivo haciéndolo elegir entre un almuerzo copioso y una cena normal. Y como ya sabéis, las cenas en los puertos griegos nos encantan, así que nos conformamos con un ligero sándwich que, contra lo que suele ser normal, no era de muy buena calidad.

Dos imágenes de la playa de Agrios.

Dos imágenes de la playa de Agrios.

Claridad en la playa de Agrios.

Claridad en la playa de Agrios.

Tras el liviano almuerzo, emprendimos la empinada subida a Spartohori, la población más grande de la isla, lo que no significa nada. Era la hora de la siesta, evidentemente, y las blancas y limpias calles estaban desiertas, a excepción de los habituales gatos y algún hombre mayor a la sombra de su porche. Siendo agradable de pasear, no es el pueblo griego más bonito que se puede encontrar, así que lo que hicimos fue tomarnos un café  disfrutando de la vista, espléndida, eso sí. Unas cuantas parejas, que habían hecho la sufrida ascensión, fueron apareciendo por el mismo bar, con las caras coloradas por el esfuerzo.

Vistas desde Spartohori.

Vistas desde Spartohori.

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Calles tranquilas a la hora de la siesta en Spartohori.

Calles tranquilas a la hora de la siesta en Spartohori.

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Ahí fue cuando llamamos de nuevo a Kostí, que apareció tras los habituales diez minutos para devolvernos al hotel. Lo siguiente fue el disfrute acostumbrado del café instantáneo en la terraza contemplando el puerto, la ducha y el breve afeite, el paseo de luz dorada y la toma de posesión de una mesa junto al mar, esta vez en la taberna Errikos. Ahí repetimos ese rito que tanto nos gusta de acercarnos a la cocina y elegir el pescado fresco de los cajones del frigorífico, y contemplar cómo el encargado te pesa la pieza y te comunica el precio. Una botella de vino blanco y a disfrutar de la Grecia más sabrosa y revitalizante en un ambiente único para despedirnos de Meganisi, esa pequeña gran isla.

Vuelta a cenar junto al mar...

Vuelta a cenar junto al mar…

Adiós o hasta la próxima a las Jónicas.

Adiós o hasta la próxima a las Jónicas.

Visitando a Ulises en su casa

Ulyfox | 28 de octubre de 2020 a las 18:59

Los restos del palacio de Ulises, sobre el mar de Ítaca.

Los restos del palacio de Ulises, sobre el mar de Ítaca.

 

Gerásimos llegó a la misma hora que el día anterior, con su aspecto de hombre al que no hace falta preguntarle si le gusta comer. Esta vez habíamos concertado con nuestro taxista en Ítaca un recorrido más largo por la isla, haciendo varias paradas, con un punto muy destacado, por encima de todos: el palacio de Ulises, o sea, sus supuestas ruinas, que me había marcado en mi agenda casi desde que era chico.

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En el monasterio Katharon.

En el monasterio Katharon.

Yo llevaba dos mañanas ya haciendo una de las cosas que más me gustan en las islas griegas: levantarme bastante temprano y acercarme a la panadería (artopoiío en griego), siempre hay una panadería con pan caliente en las islas. Mejor si el mandado exige un paseo previo bordeando el mar como era el caso en Vathy. En veinte minutos da tiempo de llegar al horno, hacerse con una barra de pan fresco de corteza cubierta de sésamo y volver al apartamento donde ya Penélope, mientras, ha cocido los huevos y preparado el café, por ejemplo.

Vistas del monasterio Katharon hacia la isla vecina de Cefalonia.

Vistas del monasterio Katharon hacia la isla vecina de Cefalonia.

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Vistas del monasterio hacia la bahía de Vathy y la península griega.

Vistas del monasterio hacia la bahía de Vathy y la península griega.

Con esas bondades en el cuerpo nos montamos en el taxi para conocer Ítaca más a fondo. Subiendo y subiendo, la primera parada fue en el monasterio Katharon, el punto más alto de la isla. No es el convento más bonito ni mejor conservado de Grecia precisamente, pero tiene unas vistas estupendas, a más de 800 metros  de altura y cuenta inevitablemente con la emoción ingenua que siempre se halla en las iglesias ortodoxas, llenas de imágenes. Sólo otra pareja paseaba por el jardín y contemplaba los frescos y la aparatosa lámpara en el pequeño templo.

La maqueta del palacio de Ulises que se encuentra en Stavros.

La maqueta del palacio de Ulises que se encuentra en Stavros.

Tras la breve visita al monasterio y el paso por Anogi, enfilamos hacia el bonito pueblo de Stavros, el más animado de la isla, en el interior montañoso, con una plaza llena de bares y un anticipo de lo que veríamos poco después: en el centro hay una vitrina con la maqueta figurada del palacio de Ulises, que se encuentra en las cercanías. Ya se ve que el ingenioso Odiseo no era un rey rico, pero el trabajo de los arqueólogos en esta reconstrucción virtual es estupendo.

Exogí. Bajo el emparrado nos esperaba Gerásimos.

Una vista de Exogí. Bajo el emparrado nos esperaba el gigante Gerásimos.

Propusimos a Gerásimos tomar un café en la plaza, pero nos hizo una oferta más atractiva: “¿Por qué no tomamos ese café en Exogí, el pueblo que para mí tiene la mejor vista de toda Ítaca?”. Claro, claro. En el camino a Exogí, paramos no más de un cuarto de hora en el pequeño museo de Stavros. Una sola sala para mostrar algunos de los hallazgos de las excavaciones del palacio de Ulises. Poca cosa: algunas jarras, herramientas, joyas y algo especialmente significativo: un pequeño trozo de cerámica en el que aparece el nombre de Odiseo, el héroe de Troya.

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Apabullantes vistas subiendo a Exogí.

Apabullantes vistas subiendo a Exogí.

Por carreteras aún más estrechas y pasando una cantidad asombrosa de casas tradicionales en venta, nos aproximamos a Exogí, una villa con casi más iglesias que casas y desde mucho antes de llegar empezamos a darle la razón a Gerásimos. Allí abajo, muy abajo resplandecía uno de los mares más azules que hemos visto, y bajo los acantilados blancos pequeñas franjas de playas accesibles sólo en barco, ribeteadas de turquesa. En el café Extraterrestrial, que realmente parece estar situado en el espacio, nos tomamos un café griego con azúcar (elinikó glikó) mirando el paisaje en la terraza, y haciendo decenas de fotos. Mientras, nuestro taxista se sentó en otra mesa bajo el emparrado con el propietario del kafeneion y se pidió un frappé. Éramos los únicos clientes. Gerásimos, dando muestras de que es griego de verdad, pagó nuestra consumición.

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Un banco bien situado, junto a la entrada de Panagía Elousa.

Un banco bien situado, junto a la entrada de Panagía Elousa.

Exogí visto desde más arriba aún.

Exogí visto desde más arriba aún.

Y entonces, decidió llevarnos aún más alto, y enfiló las curvas de un carril asfaltado sólo un poco más ancho que el propio Gerásimos. “No hay problema (kanena próblima)”, dijo. Y nos plantamos ante la verja cerrada del monasterio de Panagía Eleousa, a menos de un kilómetro. Ahí paró, y ahí había un banco para contemplar un panorama aún más hermoso. Y ahí nos sentamos a disfrutarlo sin parar de dar las gracias a nuestro chófer. Desde ahí también nos señaló: “Y ese edificio derruido que se ve allí abajo es el palacio de Ulises”. ¡Sí, ese era! la casa que como dice la Odisea “mira a los tres mares”. Le repetimos varias veces nuestras gracias a Maki, diminutivo del nombre del chófer (de Gerásimos, Gerasimaki, y de ahí solo Maki, así es la lógica onomástica).

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Yacimiento no muy bien protegido del palacio de Ulises.

Yacimiento no muy bien protegido del palacio de Ulises.

Llegó el momento, pues, de visitar el palacio, que está junto a la carretera descendente, pero rotulado como ‘Escuela de Homero’ porque hasta hace poco se pensaba que eso eran las ruinas. Pero las teorías más recientes sostienen que esas escasas piedras milenarias son efectivamente los restos del que fuera palacio del héroe de mil ardides, el mismo Ulises que se inventó la estratagema de un enorme caballo de madera, preñado de soldados aqueos para vencer la firme resistencia de los troyanos.

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El lugar está destrozado. Se conoce que hace un tiempo estuvo más cuidado, con maderas, cercas y superficies acristaladas para contemplar los restos. Ahora todo está roto. Se aprecian escaleras de piedra que conducen a la historia y, ya que nos ponemos a temblar, hacia el Olimpo, agujeros en el suelo que bien podrían ser silos o almacenes. Pero la precaución impide acercarse mucho, rodeados como están de tablas caídas con los clavos oxidados.

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Subiendo entre árboles hacia una pequeña roca elevada aparece una construcción derruida hecha de grandes bloques de piedra, y ahí sí que uno siente la trepidación homérica ante esa esquina, ese dintel que da a una habitación desde la que se contempla el mar cuyo dios Poseidón se apiadó del héroe y le permitió regresar a su casa tras diez años de calamidades y placeres. Varios cipreses han crecido a su lado para acompañar estos muros, de los que éramos ese día únicos visitantes. Uno no puede comprender cómo este enclave crucial de la historia de la Humanidad puede estar así de abandonado por parte de las autoridades, pero a lo mejor es, otra vez, el destino de Ulises…

El palacio de Ulises, desde la altura más alta.

El palacio de Ulises, desde la altura más alta.

Vagó por el Mediterráneo sufriendo y venciendo a sirenas, cíclopes y brujas, disfrutó de placeres con ninfas, peleó con la furia de Poseidón por atreverse a desafiarlo y dio nombre a las aventuras que le sobrevienen al ser humano por reivindicar su condición libre. Y ahora, sigue sin hacérsele justicia a su recuerdo en estos trozos de muros descuidados, por mucho que la isla esté llena de estatuas y rótulos que recuerdan su gesta única y su memoria, aprovechada comercialmente muy bien, eso sí, en souvenirs.

 

La playa de Polis, apuntada para otra visita.

La playa de Polis, apuntada para otra visita.

El día fue bello, memorable. Eso íbamos pensando mientras volvíamos por la carretera de la costa occidental contemplando la cercana silueta de Cefalonia, apenas separada por un ancho brazo de mar, parando para fotografiar y apuntar para la próxima vez la playa de Polis. Volvimos a Vathy a la hora ideal para sentarnos en la taberna Batis, un clásico, y dar buena cuenta de una escorpina a la parrilla, acompañada por una abundante ensalada y mejillones al vino, pegados al mar. Todo con vino blanco Róbola, de la vecina isla. No habíamos vivido una odisea, sino un viaje en el tiempo hacia una época mítica, terrible y fascinante.

Almuerzo en la taberna Batis, el mejor final para una excursión espléndida.

Almuerzo en la taberna Batis, el mejor final para una excursión espléndida.

Kioni a pie, la primera excursión por Itaca

Ulyfox | 23 de octubre de 2020 a las 18:52

Kioni, desde las alturas del camino.

Kioni, desde las alturas del camino.

Gerásimos, el taxista gigante de Itaca (Ithaki para los griegos), nos vino a recoger no demasiado temprano, a las diez de la mañana. Nos esperaba ante nuestro hotel en Vathy, con su enorme espalda sobresaliendo un palmo a cada lado del asiento y la cabeza rozando el techo del auto. Habíamos acordado que nos llevaría hasta el pueblo de Anogi, en el otro lado de la isla, de donde parte un sendero muy transitable que baja hasta el puertecito pesquero de Kioni, donde debería ir a recogernos el conductor bastante después de la hora de comer. Teníamos ganas de andar, y sabíamos que Ítaca es un lugar ideal para eso. También conocíamos, de aquella anterior y lejana visita a la isla, el encanto de Kioni, encajonado entre colinas verdes en una estrecha bahía.

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El inicio del sendero.

El inicio del sendero.

Así que ahí estábamos, como dos señores conducidos por un taxista de casi dos metros de altura  y uno de ancho, subiendo la alta cresta que une los dos trozos de Ítaca, admirando a nuestro paso bahías azules y verdes y, desde los casi mil metros de altura una imponente visión del golfo de Vathy. Poco después, dede Anogi Gerásimos  nos dejó junto a un helipuerto, del que arranca un sendero muy bien pavimentado en casi toda su extensión. Nos aguardaban más de dos horas y media de caminata, eso sí cuesta abajo.

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El espeso bosque que acompaña y ensombra casi todo el camino.

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La mayor parte del precioso camino se hace a la sombra de unos finos y altos cedros, y al principio la espesura sólo deja ver algunas torres defensivas de vigilancia y, de vez en cuando, el azulísimo mar allá abajo, por entre la vegetación. A mitad de trayecto, una pequeñísima iglesia ofrece la posibilidad de hacer una parada ante una vista llena de árboles y mar, ideal para hacer la foto.

 

Nos acercábamos a Kioni...

Nos acercábamos a Kioni…

Torres defensivas en la costa de Ítaca.

Torres defensivas en la costa de Ítaca.

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Más adelante, ya aparece la imagen blanca de Kioni en la lejanía, y el alma del caminante, aunque contenta por la belleza del camino, se alegra con la perspectiva de la llegada, aunque, en seguida se demostrará, todavía queda un largo trecho para su culminación. La peculiar situación de este año, con el covid restringiendo los viajes, hace del sendero una vía de tranquilidad. Sólo nos cruzamos, al inicio, con una pareja que hacía el camino al revés, es decir cuesta arriba, lo que tiene mucho más mérito. Hay algo especialmente gratificante en esto de andar, de desplazarte por ti mismo, en medio de paisajes desconocidos y, como en el caso de Ítaca, evocadores por el verde oscuro del bosque, por el castaño de las piedras de las torres, y el blanco de las velas sobre el azul del mar allá abajo.

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La espesa vegetación de Itaca.

La espesa vegetación de Itaca.

 

Pero todo acaba y en esta ocasión el final de la caminata es, aparte de un descanso, una felicidad para los sentidos. Kioni es sólo una hilera de casas alrededor del puertecito y otro grupo en un llano, además de algunas salpicadas por las laderas. No hace falta más para tener un encanto especial, acrecentado por las terrazas y restaurantes junto a la orilla y los barcos amarrados al muelle. Un lugar soñado para arribar.

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El premio de una cerveza fue más que merecido, como lo fue poco después el de unos boquerones perfectamente fritos acompañados de unas berenjenas guisadas con tomate y cebolla (imam), en el mismo lugar en que almorzamos hace casi 20 años, en la taberna Kalypso, que lleva, como tantas en Ítaca, la referencia a la Odisea en su nombre. El camarero que nos atendió tendría unos cuatro años cuando estuvimos la primera vez, calculó él mismo cuando se lo contamos. La vista era la misma, pero esta vez embellecida por un hermoso sol, como eran los mismos los gatos seguramente.

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El joven marinero.

El joven marinero.

Cuando llegamos no había casi nadie en el pueblo, sólo los camareros que se afanaban en preparar las terrazas y en atraer a los pocos clientes. Pero pronto empezó a llenarse el lugar. Y lo atribuimos a excursiones de un día que vienen desde la cercana isla de Lefkada, muy turística. La entrada y salida de algunos barcos llenos nos corroboró esta impresión. Que la economía de las islas griegas sigue siendo familiar también nos lo confirmó las maniobras veloces de un joven marinerito aprendiz para ayudar a desamarrar el barco turístico de algún familiar cercano suyo. El grumete aracía disfrutar mucho trabajando a la vez que jugaba a ser mayor.

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Recordamos que en aquella lejana primera ocasión llegamos a Kioni andando por la carretera de la costa, sólo una hora y no demasiadas cuestas. Pero cuando quisimos volver llamando a un número de taxi desde una cabina, nadie cogía el teléfono. La encargada de una tienda, a la que preguntamos, nos dijo: “¿Un taxi?… dudo mucho de que venga alguno”. Y nos tuvimos que volver de nuevo andando, no sin antes subir con sumo esfuerzo el empinado camino desde el pueblo hasta la carretera. Recuerdo que durante la subida me traje algunas aceitunas con la esperanza de sembrarlas y tener en mi patio un auténtico olivo de Ítaca. No recuerdo qué pasó con ellas, pero desde luego no llegaron a convertirse en árbol.

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La comida en la taberna Kalypso.

La comida en la taberna Kalypso.

Gerásimos acudió puntual a la cita y poco después volvíamos por las hermosas carreteras hasta la misma puerta del hotel. Y hay pocas cosas que igualen el bienestar interior que te da volver a tu habitación con las piernas cansadas por la caminata libre y con los ojos llenos de imágenes.

¡Llegamos a Itaca!

Ulyfox | 17 de octubre de 2020 a las 17:47

La estatua de Ulises-Odiseo, en el puerto de Vathy.

La estatua de Ulises-Odiseo, en el puerto de Vathy.

Todo el mundo ha leído esa mínima parte de la obra de Kavafis, así que ya casi todos sabemos que tan importante como llegar a Itaca es el camino que hay que recorrer, y sus vicisitudes. Bien, nosotros cumplimos con ese peaje y por fin, una mañana de primeros de septiembre a la hora que, como mandaría Homero, coincide con la “aurora de rosáceos dedos” atravesábamos la isla de Cefalonia en taxi, desde Argostoli hasta el puerto de Sami, para embarcarnos rumbo a la isla de la que fue rey el mítico Ulises, el Odiseo que dio nombre a los viajes o las experiencias complicadas y llenas de contratiempos.

Navegando hacia Ítaca, allá al fondo.

Navegando hacia Ítaca, allá al fondo.

Y, acompañando a la salida del sol, navegábamos hacia nuestro destino. Media hora después el ferry atracó en Piso Aetos, que significa algo así como Aetos de Atrás, por contraposición al Prostá Aetos o Aetos de Delante, la bahía que está al otro lado del estrecho istmo que une las dos partes en que se divide la isla. ¡Estábamos en Itaca! Sentimos algo muy especial al llegar. Por lo que fuera, en anteriores intentos no lo habíamos logrado, desde aquella primera vez hacía casi 20 años. Esta vez parecía cierta la posibilidad de visitar el palacio de Ulises, la cueva de las Ninfas, la fuente de Aretusa…

La otra orilla de Vathy.

La otra orilla de Vathy.

Vista parcial de Vathy.

Vista parcial de Vathy.

Como Grecia sigue siendo Grecia, el taxi que habíamos apalabrado no estaba allí, en aquel solitario lugar que sólo tiene un pequeño muelle y una caseta que suponemos albergará lo que sea el equivalente a una autoridad portuaria. Pero Atenea no desampara a sus fieles como cualquier compañía aérea de bajo coste, y allí estaba: había otro vehículo simplemente esperando posibles clientes y esos éramos nosotros. Subiendo y bajando laderas, en poco menos de 10 minutos apareció ante nuestros ojos en la mañana radiante la capital de la isla, Vathy, al fondo del profundo golfo que le da nombre (precisamente Vathy en griego significa “profundo”).

Vathy, y allí arriba, Perahori.

Vathy, y allí arriba, Perahori.

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Mucho más bello de lo que esperábamos. Vaticinábamos una población anodina, el único conjunto de casas que casi merece llamarse pueblo, pero encontramos una agrupación de viviendas individuales con fachadas de colores, repartidas en dos o tres hileras alrededor de la casi perfecta ‘u” que forma la bahía, y trepando por unas colinas circundantes llenas de pinos, cipreses y olivos. Allí arriba, la pequeña mancha blanca de Perahori (literalmente, “pueblo de más allá”). Esta sola visión ya inspiraba calma.

La llegada al hotel Omirikon.

La llegada al hotel Omirikon.

Un desayuno junto a los peces.

Un desayuno junto a los peces.

Era temprano, pero ya estaba esperándonos en la recepción del Hotel Omirikon la encargada, que nos dio indicaciones sobre todo lo necesario en la isla. Desde ese momento se apoderó de nosotros la sensación de que éramos señores de nuestro tiempo, sentimiento confirmado por la vista desde nuestro balcón. Y por eso desandamos el camino desde el hotel hasta la plaza principal de Vathy y al borde del mar tomamos un tranquilo y largo desayuno con el pan de verdad que se usa en Grecia, mirando como los peces esperaban que algo se nos cayera de la mesa.

Por ahí está la casa de nuestras utopías...

Por ahí está la casa de nuestras utopías…

... que podía quedar como estas.

… que podía quedar como estas.

Después, dimos un paseo en busca de otra de nuestras quimeras: Penélope acostumbra a navegar por internet a la caza utópica de casas para comprar en esa tierra, y había encontrado una ideal en Vathy, a dos pasos del agua; el precio, normal, se escapaba de nuestras posibilidades, pero aun así nos acercamos a verla, a soñar un poco y a hacer planes con ella en forma de pajaritos revoloteando en nuestras cabezas.

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La magnífica playa de Gidakis.

La magnífica playa de Filiatró.

El calor apretaba a mediodía, así que la mejor opción era la playa. Las distancias en Itaca son manejables para hacerlas a pie, pero con la que estaba cayendo buscamos un taxi que nos llevara a la de Filiatró, con fama de ser de las mejores. La fortuna guió nuestros pasos otra vez y dimos con Gerásimos, el taxista que terminaría siendo por varios días nuestro conductor por las endiabladas carreteras. Filiatró, que estaba llena y nos hizo pensar en la pesadilla turística que debió de ser Itaca en otros años sin covid, nos sirvió de refresco con su agua transparente, y de alimentación en la única taberna.

 

En el balcón de nuestro apartamento en el Hotel Omirikon.

En el balcón de nuestro apartamento en el Hotel Omirikon.

El mismo Gerásimos nos vino a buscar a media tarde y la jornada dio aún para mucho más: un tiempo de relax con lectura en el hotel, un paseo vespertino con rendición de culto a la estatua de Ulises en el puerto y una cena sencilla y muy buena en la taberna Kantouni, que elegimos por la simple razón de que en su terraza sonaba la impar voz de Dimitris Mitropanos: los amores son así, y Mitropanos provoca el amor a primer oído. La camarera, muy guapa, una búlgara que sabía algo de español, nos contó que era amiga de Ana Capsir, excelente autora del blog ‘Navegando por Grecia’, así como del precioso libro ‘Mil viajes a Itaca’ que perdimos en uno de nuestros viajes por allí. Capsir vive en la cercana isla de Lefkada y organiza cruceros en velero por las islas.

La taberna Kantouni.

La taberna Kantouni.

El día terminó dulcemente. Y a la mañana siguiente nos esperaba Gerásimos para nuestra primera excursión…

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