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Argonautas, centauros, y un pintor vagabundo en el Pelion

Ulyfox | 2 de agosto de 2020 a las 20:54

Monumento al centauro Quirón, en Anakasiá, Monte Pelion.

Monumento al centauro Quirón, en Anakasiá, Monte Pelion.

Réplica de la nave 'Argo' en el puerto de Volos.

Réplica de la nave ‘Argo’ en el puerto de Volos.

Los míticos centauros eran (o son) unos seres generalmente odiosos y bastante peligrosos para los humanos mortales. Casi todos, pero había al menos una notable excepción: Quirón, sabio, médico y experto en numerosas artes y gran maestro de numerosos héroes como Hércules, Ayax o Jasón. Todos los centauro, buenos o malos, tenían (o tienen, quién sabe, ahora ya no se les quiere ver) su hogar en el Monte Pelion, que ocupa casi toda una península en la Grecia Central, en Tesalia. Por eso, al pensar en estas increíbles (o no) historias, produce tal arrebato contemplar la cima de esta verde montaña desde la cubierta de un ferry atestado y con el aire acondicionado sobrepasado de fuerzas, mientras se arriba a la ciudad portuaria de Volos, capital de la región.

Vista de Volos, desde las alturas de Makrinitza.

Vista de Volos, desde las alturas de Makrinitza.

Volos es ahora una ciudad moderna y grande, uno de los primeros puertos comerciales de Grecia y con un paseo marítimo larguísimo, pero hasta el siglo XIX era poco más que un pueblo. Se asienta sobre los restos de la antigua Yolcos, patria de Jasón, que llevó a un grupo de héroes en busca del vellocino de oro hasta la Cólquida, la actual Georgia, a bordo del ‘Argo’. Por eso fueron llamados Argonautas. Su aventura es conocida desde la más remota antigüedad, y Robert Graves escribió un precioso libro sobre ella.

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Calles y plazas de Makrinitza.

Calles y plazas de Makrinitza.

Una réplica del ‘Argo’, construida en 2007, flota ahora orgullosa mostrando sus veinte remos, en un muelle del paseo marítimo. Para nosotros, Volos fue simplemente la escala de llegada en barco y punto de salida para explorar el Pelion. Pasamos sólo una noche en la que no dio tiempo nada más que para un paseo y una cena bastante buena en un mezedepoleio (algo así como un bar de tapas y raciones) frente al mar. Y para rememorar la odisea de Jasón y sus héroes, claro.

Makrinitza, en la ladera.

Makrinitza, en la ladera.

Detalle de la iglesia principal de Makrinitza.

Detalle de la iglesia principal de Makrinitza.

El mayor atractivo del Pelion son sus pueblos, con una arquitectura muy particular de casas-fortaleza, su naturaleza verde y las playas de su costa este, además de ser una zona no demasiado concurrida, aunque sufre las consecuencias de estar muy cerca de las islas Espóradas y de haber sido (sí, aquí también) escenario del rodaje de la tan nombrada Mamma Mía! Algunas poblaciones como la preciosa Makrinitza pueden llegar a verse agobiadas de excursiones, al estar a muy pocos kilómetros de Volos.

La sombreada plaza.

La sombreada plaza.

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Un hueco en el enorme tronco de uno de los plátanos de la plaza de Makrinitza.

Un hueco en el enorme tronco de uno de los plátanos de la plaza de Makrinitza.

Nuestra llegada a Makrinitza en coche fue de lo más terrorífica, con curvas dignas del Alpe d’Huez pero el doble de estrechas, y con una entrada al pueblo imposible. Creo que escogimos la peor de las carreteras, pero una vez superado el trago pudimos disfrutar de un caserío sombreado, arbolado y con fuentes de agua por todos lados. Una gran plaza bajo unos enormes plátanos con troncos en cuyo interior juegan los niños, con un restaurante precioso, da gran categoría al lugar. Desde allí, la vista hacia Volos allá abajo, es impresionante.

Paseo por las calles de Makrinitza.

Paseo por las calles de Makrinitza.

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Penélope andaba bastante agobiada con la conducción, así que salimos pronto en busca de un pequeño museo que nos interesaba mucho, en la aldea de Anakasiá. Se trata de la Casa Kontos, una mansión señorial típica de la zona, que acoge obras pictóricas y más de una historia sobre un pintor vagabundo y singular: Teófilos Hatzimihail, más conocido simplemente como Teófilos.

Ante el Museo Teófilos.

Ante el Museo Teófilos.

Teófilos nació en la isla de Lesbos,y allí tiene también un bonito museo, pero durante más de diez años vagó por los pueblos del monte Pelion pagándolo todo con sus cuadros naïf, y participando en todo tipo de fiestas y acontecimientos populares. Solía ser motivo de burla porque vestía siempre con la fustanella, la falda tradicional de los guerreros griegos, y durante los carnavales se disfrazaba de Alejandro Magno, junto con un grupo de seguidores, como si formaran parte de las prestigiosas falanges macedónicas que comandaba el gran conquistador.

Monumento a Teófilos en la plaza de Anakasiá.

Monumento a Teófilos en la plaza de Anakasiá.

Una de las estancias de la casa Kondos, decorada por Teófilos (la foto es de internet).

Una de las estancias de la casa Kondos, decorada por Teófilos (la foto es de internet).

Trabajó para mucha gente, pero la adinerada familia Kondos lo acogió como nadie, y para ellos pintó alguna de las estancias de su mansión en Anakasiá, que ahora es un pequeño, encantador museo dedicado a él. Las pinturas murales que llenan el piso superior tienen un colorido y encanto ingenuo únicos, hasta el punto de que han creado escuela, y representan escenas campestres y de la lucha griega contra la dominación turca. La entrada al museo es gratuita, y lamentablemente, no se pueden hacer fotos de las pinturas. Si vais por allí, no lo dudéis: visitadlo y aprenderos la historia del genial Teófilos, que en París llamaron ‘el Rousseau griego’.

Tranquilidad en las playas junto a Kato Gatzea.

Tranquilidad en las playas junto a Kato Gatzea.

Un café de Kato Gatzea.

Un café de Kato Gatzea.

Aún nos quedaba otro descubrimiento especial: el lugar donde nos alojamos. Se llama Kato Gatzea y está en la parte oeste, de la península. Es una agrupación de casas a la vera del mar y que tiene como fondo el monte. No tiene más que eso, aparte de unos pocos restaurantes, cafés y bares, que se llenaban siempre. Bueno: eso y el tesoro de unos atardeceres violetas con el cerradísimo Golfo Pagasético de fondo, y la calma como aroma.

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Los atardeceres violetas en Kato Gatzea.

Los atardeceres violetas en Kato Gatzea.

Todo esto, y la dificultad de las carreteras que hacían prever un agotamiento innecesario, nos convencieron para quedarnos los dos días restantes previstos para el Pelion en esta Kato Gatzea que nos regaló algunos baños en playas no espectaculares, una estancia amabilísima en Fylira Rooms (qué opíparos y sonrientes desayunos en su jardín), y el descanso que nos merecíamos después de casi un mes recorriendo las Jónicas, el Peloponeso y las Espóradas, y que necesitábamos para regodearnos en lo que nos quedaba aún de vacaciones en Grecia…

Maravillosos desayunos en el jardín de Fylira Rooms.

Maravillosos desayunos en el jardín de Fylira Rooms.