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Que no pare el tren

Ulyfox | 18 de enero de 2013 a las 1:32

Uno de los salones del Tren Al Andalus.

Hace ahora nueve meses me embarqué en una semana de lujo desacostumbrado. Se ponía en marcha de nuevo el Tren Al Andalus para revivir otros tiempos de coches de alto copete y salones donde las copas estaban incluidas. Y me tocó en suerte que me invitaran al estreno, gracias a la generosidad de un compañero que, cosas de la muda injusticia de la vida, ahora ha dejado de serlo porque fue despedido. Se inauguró el Tren Al Andalus, nos llevaron de gira por Andalucía, nos agasajaron, conocimos a periodistas jóvenes y veteranos, a hombres y mujeres divertidos, viajados y con conversación. No es que fuera el viaje de nuestras vidas, pero sí uno insólito. En mi caso, nunca lo habría hecho si no hubiera sido invitado. Fuimos cobayas consentidos y divulgadores a la vez de un proyecto con apariencia y fondo de elitista, pero interesante como iniciativa turística, respetuoso con la cultura andaluza y que de verdad da trabajo al sector. Y además crea empleo directo.

Pues todo esto está en peligro, según este correo que recibí hace unos días:

Estimados amigos y colaboradores;  después de 9 años al frente de los Trenes Turísticos de Lujo de FEVE,  en esta nueva etapa  donde  nos integramos en RENFE, ceso en mi cargo de Director Gerente al frente de los mismos.

En estos 9 años hemos situado los Trenes Turísticos de Lujo a la cabeza a nivel mundial, generando más de 9  millones de euros  brutos de ingresos anuales,  de  los cuales una parte muy importante se distribuye entre agencias de viaje, restaurantes, empresas turísticas, etc…, generando empleo  y participando en el desarrollo y mantenimiento de las zonas por las que discurren los trenes, además de generar más de 70 puestos de trabajo directo.

Actualmente existe una total indecisión empresarial a cerca del futuro de estos trenes. Que en primera instancia y tras el anuncio de su venta,  han sido relegados de la estructura de la empresa, donde ni tan siquiera aparecen.

Entre todos, hemos conseguido estar a la cabeza mundialmente de éste tipo de turismo, envidia en las reuniones Internacionales, con trenes tan emblemáticos como El Transcantábrico Gran Lujo, El Transcantábrico Clásico, El Tren Al Andalus o El Expreso de La Robla, sin olvidarnos de los Trenes del norte.

Es deber de todos el reivindicar la continuidad y el mantenimiento de estos trenes, con los mismos estándares de calidad actuales para que España siga posicionada a la cabeza mundial de éste tipo de turismo y que las regiones por las que discurren  se sigan viendo beneficiadas por su continua presencia y aporte de recursos.

Un cordial Saludo

Jose Antonio Rodríguez García

Conocí a José Antonio, junto con buena parte del equipo, durante esos días. No sé qué será de ellos ni del proyecto, que me pareció muy interesante y defendible. Espero que les vaya bien a todos.

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Hermosas, amorosas gambas

Ulyfox | 30 de abril de 2012 a las 18:09

Marcelino, Rosa y Carolina, del Tren Al Andalus, bajan del barco en Sanlúcar.

Sí, el último día en el Tren Al Andalus hubo vino, caballos, y hasta venados a la orilla del Coto de Doñana, todo lo que un turista podría desear ver en una visita a la Baja Andalucía. Sí, sí pero por encima de todo eso, hubo unas maravillosas, espléndidas, arrebatadoras gambas blancas en Casa Bigote, en la orilla sanluqueña del Guadalquivir. Gambas en su tamaño justo, en su punto justo de cocción a la plancha, levemente tostadas, con la cantidad exacta de sal por encima. Eran de esos productos naturales que te ponen en contacto con otra dimensión de la existencia. Miguel, el experto en trenes más entusiasta que he conocido, dijo de pronto la palabra mágica, ese mirlo blanco que todo gastrónomo marisquero quiere encontrar, ese trébol de cuatro hojas para el comensal entusiasmado. Dijo Miguel: “Comed, que a mí no me gustan las gambas”. Recordé el pasodoble de ‘Los Cubatas’ inmediatamente, pero Miguel no parecía una persona sin corazón y sin sentimiento hacia los animales, sino que simplemente no le gustaban las gambas. El caso es que los beneficiados fuimos Rosa, de Expocultur, Virginia la germano-cañaílla y yo, que luego compensamos a Miguel con algunas de nuestras deliciosas croquetas de marrajo y erizos. La vieja cultura del trueque, aplicada al disfrute gastronómico. Ración doble de gambas por mor de la suerte.

Las primitivas botas del Tio Pepe, en la bodega González Byass de Jerez

Y lo demás de lo que para mí fue el último día en el Tren Al Andalus estuvo bien, no digo que no, pero claro, imposible estar a la altura de esos crustáceos. Bien la bodega que visitamos, de González Byass, con una guía mu flamenca, pero imperdonable que el vino de cortesía no lo sirviera un venenciador; bien el espectáculo ‘Como bailan los caballos andaluces’, algo largo y reiterativo para el que no es experto en doma; bien el paseo por el Guadalquivir y el desembarco en Doñana. No tan bien, que los viajeros no puedan conocer nada de los cascos antiguos de Jerez y Sanlúcar, ni siquiera una panorámica ¡Pero claro, quién critica nada con esa hermosura de gambas!

Un venado se divisa entre los pinos del Coto, desde el barco

Para mí fue el final del viaje. Me tuve que bajar en marcha, como quien dice, y me perdí la fiesta de la noche en Jerez, con sorpresas y bailes, y la mañana siguiente en Sevilla, término de la expedición. Eso me perdí, pero gané un montón de conocidos, y puede que algún amigo en estos cinco días. Y una experiencia muy agradable, a bordo de un tren que parece circular por vías paralelas a la realidad, a un ritmo propio y apropiado.

El barco y el impresionante estuario del Guadalquivir.

El Pasmo de Ronda

Ulyfox | 24 de abril de 2012 a las 12:47

Pedro, en plena actuación en Ronda

No tengo ni idea de cómo una persona decide hacerse guía de turismo, ni cómo logra trabajar en eso. Es un mundo ciertamente amplio, tanto como la condición humana. Despertaba el cuarto día de viaje y el tren Al Andalus había salido muy temprano desde Granada. Ya traqueteábamos hacia Ronda mientras desayunábamos, sin saber, sin sospechar siquiera, que en la ciudad del Tajo nos esperaba uno de esos guías inclasificables. En nuestros andares por el mundo, hace mucho tiempo que Pe y yo no utilizamos regularmente los servicios de uno de estos cicerones, acostumbrados como estamos a ir por nuestra cuenta. Pero recordamos algunos especialmente: aquella mulata de nuestra primera salida, que nos acompañó por toda Cuba; un joven muy culto por tierras nórdicas; otro desenvuelto y acaparador de comisiones en comercios en Italia; Mohamed, nuestro guía exclusivo en el crucero por el Nilo. El guía puede ser solícito y comprensivo o tirano, dárselas de gracioso o de entendido, llevarte por los lugares interesantes o por los comercios donde saca más comisión. Son importantes porque estamos en sus manos cuando transitamos caminos desconocidos.

El bello entorno de Ronda

El de Ronda se llama Pedro, y es de los que aman sentirse protagonistas. Queriendo o no, su personalidad se elevó por encima de lo que mostraba, de las múltiples bellezas de la ciudad serrana. El tono anacrónico y trasnochado de sus comentarios sobre Franco, los legionarios, los moros y naturalmente las mujeres, salpicados continuamente con un “je, je” irónico, se impusieron sobre la espectacularidad del Puente Nuevo, lo evocador de la trama urbana y la mezcla a veces sangrienta a veces armónica de tantas civilizaciones como han pasado por esta antigua localidad.

El Puente Nuevo, en el Tajo de Ronda, postal típica de la ciudad.

Estamos en manos de los guías, y Pedro nos pareció que las tenía demasiado ásperas. Buena parte de nuestra casa, en forma de sillones y vitrina, y hasta un hermoso caballa tallado en madera, fue adquirida en varios viajes ilusionados a Ronda, por lo que es fácil deducir que parte también de nuestro corazón está en en ese lugar. Pero esta vez, el grupo no pudo conocer bien su latido, porque la visita fue también demasiado somera, tal vez lastrada por lo intenso de la jornada en el tren Al Andalus, que debía llegar por la tarde a Cádiz, pero eso ya es otra historia.

El grupo, en manos de Pedro por las calles de Ronda.

El recuperado prestigio de Al Andalus

Ulyfox | 22 de abril de 2012 a las 2:11

¿Quién diría que Granada estuvo abandonada durante siglos después de ser la deseada última joya que se arrebató a los musulmanes? ¿Quién se atrevería a creerlo después de que los Reyes Católicos pidieran y consiguieran ser enterrados en ella, y de que su nieto Carlos V lo pidiera y no lo consiguiera? Nos parece increíble que durante un largo periodo el bello conjunto de castillos, palacios y huertas que fue la Alhambra estuviera habitado por gente de toda condición, hasta que la llegada de los viajeros románticos en el XIX, con el norteamericano Washington Irving a la cabeza, consiguiera que los ojos de todo el mundo se volvieran hacia ella y se iniciara un proceso que devolvió al Castillo Rojo y con él a Granada su merecida consideración.

El barrio del Albaycín, visto desde la Alhambra.

Aprendemos o refrescamos todo esto cuando iniciamos el tercer día a bordo del Tren Al Andalus. Impresionados por el sorprendente aspecto blanco de Sierra Nevada, cubierta de nieve a destiempo, y aún rondando por nuestra cabeza el relato hilado sin dudar por Andrea en Baeza y Úbeda, nos encontramos a la puerta de la Alhambra con auriculares en la cabeza y escuchando a nuestra nueva guía, una suave granadina de melena corta, guapa de cara y cuerpo pequeño que calza unos feísimos zapatos anatómicos que deben de ser comodísimos para hacer su trabajo. Nos lleva por una desconocida Ruta del Agua en busca y explicación de tanta riqueza líquida, canales, fuentes y estanques como tiene el conjunto.  Y nos cuenta el secreto: el agua, siempre a ras de tierra o por debajo de ella. A mí se me hace un poco larga la visita, la verdad, pero no a todo el mundo. Espero ver los palacios nazaríes, y accedemos a ellos de manera exclusiva por la llamada Escalera del Tiempo, puesto que va desde el palacio renacentista que Carlos V se hizo construir y nunca habitó hasta el interior de los aposentos de los reyes árabes de Granada. Y en cambio el recorrido por estas estancias es demasiado rápido y poco explicativo.

El patio de los Leones, en obras.

No es la primera vez que visito la Alhambra, me falta que me cuenten historias maravillosas o detalles artísticos, y no me gusta estar rodeado de coreanos gritones o españoles graciosos. Y estoy bastante rodeado. Para colmo, la joya del recinto, el maravilloso Patio de los Leones, está levantado y habitado por operarios y andamios.

Un turista descansa a las puertas del Palacio de Carlos V en la Alhambra.

El ya largo recorrido tiene un descanso en la comida del Parador de la Alhambra, previsible baño en la gastronomía granadina. Pero, de nuevo, no hay reposo posible. No hablemos ya de siesta. Toca otra entusiasta guía, histriónica y efectista que nos lleva por la Capilla Real con historias de moros y cristianos, llamativa pero instruida, y confieso que logra interesarme por la capilla central de la Catedral granadina, impactante y maravillosa obra de Diego de Siloé, dorada y colorida genialidad en un entorno enorme, anodino y blanco. No me gusta nada, en cambio, el paseo por el mercado de la Alcaicería, un pastiche de zoco, lleno de vendedores marroquíes.

El salón de los Abencerrajes, una admirable dependencia de la Alhambra.

El día no iba mal. Casi logramos ver como el atardecer dora el perfil de la Alhambra desde el Mirador de San Nicolás, y la comida en el restaurante del mismo nombre permite descubrir afinidades y paralelismos personales imprevistos con Jose, y discordancias futbolísticas insalvables con Román, dos catalanes muy diferentes. Román se empeña en chanzas sobre el resultado del Madrid en Munich, y yo me limito a pedirle prudencia para el partido del día siguiente del Barça. Me salió de profeta.

La capilla central de la Catedral de Granada, monumental obra de Diego de Siloé.

El día no iba mal, ya lo he dicho, pero salimos como siempre corriendo de la cena para nada. Para nada del flamenco que habían prometido. El tablado Albaycín, donde nos llevaron para asistir a un espectáculo como el que yo me había temido. Mucho turismo igual a poco arte es el axioma. No sé si lo hicieron bien, a excepción de la escéptica cantaora de la izquierda, que en un cortito verso demostró que tiene una voz tocada por los dioses. Los bailaores eran esforzados y sufridos, pero lo que no tiene perdón es esa guapa morena, bien proporcionada para ser imperfecta, que salió a ejecutar la danza del vientre y luego un dúo con el bailaor ¿Flamenco?

El Tren Al Andalus, en la estación de Granada, con Sierra Nevada al fondo.

Menos mal, en el tren nos esperaba el agradable bar y los serviciales camareros del Tren Al Andalus, de nuevo las confidencias y susurros y el cóctel de moda, el gin tonic. Ese momento suele ser el mejor del día.