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Tren sin final de trayecto hacia Kalavryta

Ulyfox | 7 de febrero de 2020 a las 12:17

El train hacia Kalavryta recorre lugares inverosímiles. La foto es de los ferrocarriles griegos.

El tren hacia Kalavryta recorre lugares inverosímiles. La foto es de los ferrocarriles griegos.

Ese viaje en tren tan excitante, tan emocionante, tan hermoso, tan adrenalínico por momentos, no tiene un final feliz. Al menos no un final feliz como se entiende normalmente. Pero es el final adecuado, como una película redonda. Como un peliculón, un melodrama de Douglas Sirk o del mejor Almodóvar. El mínimo convoy que parte desde el nivel del mar en Diakoftó, en la misma orilla del Golfo de Corinto y asciende en una hora larga hasta Kalavryta, a más de 700 metros de altitud en el interior del Peloponeso, enseña mil historias mientras serpentea y escala, pero guarda la más conmovedora para el fin de trayecto.

La antigua locomotora, en la vieja estación junto al mar.

La antigua locomotora, en la vieja estación junto al mar.

Sale alegre este tren griego compuesto por tres vagoncitos, ahora modernos y dotados de aire acondicionado y hasta hace poco lleno de aromas antiguos, recorriendo los primeros kilómetros en llano. Pero al poco tiempo comienza su senda montañera por una vía muy estrecha, y por tramos parece que se despeñará sin remedio sobre el río que baja bravo, o que simplemente no acertará con los numerosos y estrechos túneles horadados a duras penas en la piedra hace más de cien años en una gesta ingenieril admirable. Apenas unos centímetros de holgura. Aunque se pudiera, no sería conveniente sacar una mano por la ventanilla. Mucho menos la cabeza.

El tren cruza numerosos puentes sobre el río bravo.

El tren cruza numerosos puentes sobre el río bravo.

Sube y sube, siguiendo la garganta de Vouraikós, casi mimetizado con la naturaleza. Y la vista de los pasajeros va desde los altos árboles a las profundas pozas y las frescas cascadas. Más vale no mirar abajo. El caminar es lento y más de una vez suena el silbato, porque algunos senderistas eligen la propia vía para hacer el camino de vuelta desde Kalavryta, degustando el peligro, que sobre gustos no hay nada fiable escrito.

El tren en la estación de Kalavryta.

El tren en la estación de Kalavryta.

El tren de Kalavryta, ahora pasto del turismo familiar en verano y también conocido por el nombre de Odontotos, nació de un sueño de desarrollo en 1896. Unos 22 kilómetros de recorrido que funciona todos los días del año y en todas condiciones atmosféricas. Un logro extraordinario, con trechos dificultosos de cremallera, a una velocidad que no supera los 40 kilómetros por hora. Y que es mucho menor en los tramos de cremallera. Histórico, en todos los sentidos. Hermoso.

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El puelo es ahora centro de turismo.

El puelo es ahora centro de turismo.

El pueblo, cuyo nombre viene a significar seguramente algo así como “fuentes buenas”, es en sí mismo un centro de turismo de invierno y sus construcciones son modernas aunque su edad es considerable. Kalavryta era un pueblo feliz y próspero hasta que les cayó encima la Segunda Guerra Mundial y con ella la atroz invasión alemana. La dominación nazi provocó la resistencia guerrillera, y la ejecución por parte de los milicianos de 70 soldados prisioneros alemanes conllevó una represalia brutal: unos 500 varones mayores de 14 años fueron apresados en el pueblo, encerrados en la escuela municipal y poco después sacados a las afueras y fusilados sin piedad ni, por supuesto, juicio el 10 de diciembre de 1943. Solo 14 hombres se salvaron porque se refugiaron bajo los cuerpos de los muertos. Las mujeres fueron encerradas en el colegio, que fue incendiado, aunque lograron escapar.

La escuela municipal, ahora memorial de la matanza.

La escuela municipal, ahora memorial de la matanza.

La escuela es ahora un emocionante museo memorial en donde se muestra cómo era la vida social de Kalavryta y su comarca (varias aldeas también fueron arrasadas) antes de aquel horrible suceso que acabó con el pueblo, y donde se puede conocer las circunstancias de la matanza. Y llorar ante las fotografías de niños y hombres poco antes de que fueran ejecutados.

Una placa recuerda la puerta que se cerró en la escuela para que las mujeres perecieran en el incendio.

Una placa recuerda la puerta por la que entraron para separarse y no verse más mujeres y hombres.

En el lugar donde ocurrió la masacre, a 15 minutos andando desde el pueblo hay ahora una gran cruz y un monumento que recuerda a los mártires con un gran letrero: “Oji pió polemoi,  No más guerras”. El descenso vespertino por la misma vía se hace ya de otra manera, más entristecidos pero también más sabios. El viaje a Kalavryta no acaba nunca.

El monumento levantado en el lugar donde fueron fusilados los hombres en 1943.

El monumento levantado en el lugar donde fueron fusilados los hombres en 1943.

 

Trenes para viajarlos

Ulyfox | 28 de diciembre de 2019 a las 13:29

TRENES
Yo diría que el turismo moderno empezó con el tren. Los miles, millones de viajeros anteriores al invento de la máquina de vapor seguramente eran o bien guerreros o gente que huía de ellos o en busca de mejor vida, o comerciantes, o pertenecían a esa admirable especie humana de los exploradores. Muchos eran todo eso a la vez.
La llegada del tren tuvo que suponer en el siglo XIX algo parecido al fenómeno de los vuelos de bajo coste de hoy en día: abrió el mundo a las personas simplemente interesadas en conocerlo, individuos ansiosos de contemplar con sus ojos lo que habían visto en los libros, las maravillas de Roma y Grecia, el exotismo de Oriente.
El ferrocarril llegó y se quedó, hoy convertido en un medio de transporte y comunicación limpio y civilizado, que se salta atascos y llega al centro de las ciudades. El tren ha añadido comodidades sin perder el encanto y la emoción de ver pasar por las ventanillas países enteros.
Algunos convoyes se han mantenido, o incluso creado, para rememorar los viajes románticos y de lujo. Así que tengo que contaros mi orgullo e incluso satisfacción al anunciaros la salida a la venta del libro ‘Trenes por el mundo‘ que acaba de editar Anaya Touring y que incluye entre los 20 recorridos por los cinco continentes, uno dedicado al Tren Al Andalus, que he escrito yo. Este y todos los demás capítulos cuentan la historia de cada trazado, un mapa esquema del recorrido, detalles de cada tren, los atractivos turísticos en las diferentes paradas, descripciones paisajísticas…
Trenes típicos y únicos, nostálgicos y supermodernos, con trazados tortuosos o repletos de público local. De eso va, ilustrado con una magníficas fotos de su autor, el periodista Sergi Reboredo, que ha escrito todos los demás textos. Esta obra que su autor define como “una lista de deseos” describe los viajes en tren más míticos del mundo como el Transiberiano, el Transcantábrico, Al-Andalus, el Belmond Machu-Picchu, el Maharajás Express de la India… pero también incluye rutas convencionales como el tren de la selva de Madagascar, el tren bala de Japón o el tren del círculo polar en Noruega.
Qué os voy a decir, se trata de un magnífico regalo para estas fiestas, y lo digo obviamente como parte interesada pero también con la sinceridad que eso me permite…

Que no pare el tren

Ulyfox | 18 de enero de 2013 a las 1:32

Uno de los salones del Tren Al Andalus.

Hace ahora nueve meses me embarqué en una semana de lujo desacostumbrado. Se ponía en marcha de nuevo el Tren Al Andalus para revivir otros tiempos de coches de alto copete y salones donde las copas estaban incluidas. Y me tocó en suerte que me invitaran al estreno, gracias a la generosidad de un compañero que, cosas de la muda injusticia de la vida, ahora ha dejado de serlo porque fue despedido. Se inauguró el Tren Al Andalus, nos llevaron de gira por Andalucía, nos agasajaron, conocimos a periodistas jóvenes y veteranos, a hombres y mujeres divertidos, viajados y con conversación. No es que fuera el viaje de nuestras vidas, pero sí uno insólito. En mi caso, nunca lo habría hecho si no hubiera sido invitado. Fuimos cobayas consentidos y divulgadores a la vez de un proyecto con apariencia y fondo de elitista, pero interesante como iniciativa turística, respetuoso con la cultura andaluza y que de verdad da trabajo al sector. Y además crea empleo directo.

Pues todo esto está en peligro, según este correo que recibí hace unos días:

Estimados amigos y colaboradores;  después de 9 años al frente de los Trenes Turísticos de Lujo de FEVE,  en esta nueva etapa  donde  nos integramos en RENFE, ceso en mi cargo de Director Gerente al frente de los mismos.

En estos 9 años hemos situado los Trenes Turísticos de Lujo a la cabeza a nivel mundial, generando más de 9  millones de euros  brutos de ingresos anuales,  de  los cuales una parte muy importante se distribuye entre agencias de viaje, restaurantes, empresas turísticas, etc…, generando empleo  y participando en el desarrollo y mantenimiento de las zonas por las que discurren los trenes, además de generar más de 70 puestos de trabajo directo.

Actualmente existe una total indecisión empresarial a cerca del futuro de estos trenes. Que en primera instancia y tras el anuncio de su venta,  han sido relegados de la estructura de la empresa, donde ni tan siquiera aparecen.

Entre todos, hemos conseguido estar a la cabeza mundialmente de éste tipo de turismo, envidia en las reuniones Internacionales, con trenes tan emblemáticos como El Transcantábrico Gran Lujo, El Transcantábrico Clásico, El Tren Al Andalus o El Expreso de La Robla, sin olvidarnos de los Trenes del norte.

Es deber de todos el reivindicar la continuidad y el mantenimiento de estos trenes, con los mismos estándares de calidad actuales para que España siga posicionada a la cabeza mundial de éste tipo de turismo y que las regiones por las que discurren  se sigan viendo beneficiadas por su continua presencia y aporte de recursos.

Un cordial Saludo

Jose Antonio Rodríguez García

Conocí a José Antonio, junto con buena parte del equipo, durante esos días. No sé qué será de ellos ni del proyecto, que me pareció muy interesante y defendible. Espero que les vaya bien a todos.

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Tren y trueque

Ulyfox | 15 de agosto de 2012 a las 1:40

Cuando me llegó la edad, fui a estudiar a Madrid. No crean que era fácil para un chaval tímido y pobre de provincias, a mediados de los años setenta (pista para los más jóvenes: Franco aún vivía), saltar a vivir en la capital. No fue fácil no, pero fue muy bueno. Algún día se contará esa historia de mi primer viaje, repetido varias veces al año en los dos sentidos y durante cinco años, en el rápido o el expréss, el mismo tren con diferente nombre según viajara de día o de noche en 12 interminables horas cuando era puntual. Hoy no toca. Esta introducción es solo para hablar del tren.

Muchas veces, en esos años, soñé que perdía el tren, que salía con el tiempo justo de esa casa al lado de la estación de Atocha y que siempre, siempre, observaba desde un andén humeante (no era efecto especial, era la época) como partía sin mí el convoy. Pero nunca perdí el tren en la vida real. Miento, sólo una vez, y fue precisamente en la antigua Atocha, rojiza y llena de acento andaluz y marroquí. Pero ya no tenía que ver con mi etapa estudiantil.

Aquellos fueron tiempos duros, aunque lo parecen vistos desde hoy. Entonces, no me lo parecían, yo estaba encantado, así que seguramente hoy es cuando estoy equivocado. No sé si os gusta el tren. A mí sí. Pero no tiene mérito, no conozco un medio de transporte que no me guste. Si acaso, el que tiene menos encanto es el avión. El que más: un antiguo ferry por el Egeo, digamos el ‘Preveli’ y su itinerario fascinante desde Rodas en el Dodecaneso al Pireo, pasando por Creta y las Cícladas.

Volvamos al tren, no sea que lo perdamos. Yo solo les quería decir que hay veces que perdemos el tren y otras muchas en que el tren nos pierde a nosotros. Es decir, nos encontramos con un billete comprado y no podemos hacer el viaje, y entonces perdemos el tren y el dinero. No se preocupen, internet tiene soluciones para todo, también para mitigar esa pérdida. Por ejemplo, hay una página en la que se puede revender ese billete y evitar el quebranto, mediante el viejo y nunca desaparecido método del trueque. La cosa se llama Truecalia y esta es su dirección, que me acaba de llegar: http://www.truecalia.com/

Ha sido un placer ayudarles. Hoy este blog tenía vocación de servicio público. Y un sentimiento de colega solidario con los usuarios del tren. Por los buenos tiempos.

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Hermosas, amorosas gambas

Ulyfox | 30 de abril de 2012 a las 18:09

Marcelino, Rosa y Carolina, del Tren Al Andalus, bajan del barco en Sanlúcar.

Sí, el último día en el Tren Al Andalus hubo vino, caballos, y hasta venados a la orilla del Coto de Doñana, todo lo que un turista podría desear ver en una visita a la Baja Andalucía. Sí, sí pero por encima de todo eso, hubo unas maravillosas, espléndidas, arrebatadoras gambas blancas en Casa Bigote, en la orilla sanluqueña del Guadalquivir. Gambas en su tamaño justo, en su punto justo de cocción a la plancha, levemente tostadas, con la cantidad exacta de sal por encima. Eran de esos productos naturales que te ponen en contacto con otra dimensión de la existencia. Miguel, el experto en trenes más entusiasta que he conocido, dijo de pronto la palabra mágica, ese mirlo blanco que todo gastrónomo marisquero quiere encontrar, ese trébol de cuatro hojas para el comensal entusiasmado. Dijo Miguel: “Comed, que a mí no me gustan las gambas”. Recordé el pasodoble de ‘Los Cubatas’ inmediatamente, pero Miguel no parecía una persona sin corazón y sin sentimiento hacia los animales, sino que simplemente no le gustaban las gambas. El caso es que los beneficiados fuimos Rosa, de Expocultur, Virginia la germano-cañaílla y yo, que luego compensamos a Miguel con algunas de nuestras deliciosas croquetas de marrajo y erizos. La vieja cultura del trueque, aplicada al disfrute gastronómico. Ración doble de gambas por mor de la suerte.

Las primitivas botas del Tio Pepe, en la bodega González Byass de Jerez

Y lo demás de lo que para mí fue el último día en el Tren Al Andalus estuvo bien, no digo que no, pero claro, imposible estar a la altura de esos crustáceos. Bien la bodega que visitamos, de González Byass, con una guía mu flamenca, pero imperdonable que el vino de cortesía no lo sirviera un venenciador; bien el espectáculo ‘Como bailan los caballos andaluces’, algo largo y reiterativo para el que no es experto en doma; bien el paseo por el Guadalquivir y el desembarco en Doñana. No tan bien, que los viajeros no puedan conocer nada de los cascos antiguos de Jerez y Sanlúcar, ni siquiera una panorámica ¡Pero claro, quién critica nada con esa hermosura de gambas!

Un venado se divisa entre los pinos del Coto, desde el barco

Para mí fue el final del viaje. Me tuve que bajar en marcha, como quien dice, y me perdí la fiesta de la noche en Jerez, con sorpresas y bailes, y la mañana siguiente en Sevilla, término de la expedición. Eso me perdí, pero gané un montón de conocidos, y puede que algún amigo en estos cinco días. Y una experiencia muy agradable, a bordo de un tren que parece circular por vías paralelas a la realidad, a un ritmo propio y apropiado.

El barco y el impresionante estuario del Guadalquivir.

Cádiz es para respirar

Ulyfox | 27 de abril de 2012 a las 1:25

La única foto que pudimos tomar en Cádiz, playa de la Caleta

Es verdad que hay mil sitios tan bonitos como Cádiz, muchos de ellos incluso más bonitos, pero eso no es excusa para que el Tren Al Andalus se limite a una fugaz pasada por la trimilenaria ciudad. No puede ser, no puede ser. Del grupo de periodistas que viajábamos en el convoy sólo tres éramos gaditanos, y estábamos ya nerviosos mientras nos acercábamos después de una larga jornada, primero desde Granada y luego desde Ronda. Los del Tren van a tener un problema con esta etapa. Se llega demasiado tarde y lentamente a Cádiz, dejando pasar a los cercanías y aguantando obras de la vía, y la Tacita parece que nunca aparecerá por la ventanilla. Y al final, no da tiempo de nada.

Es verdad que la entrada ya desde Puerto Real y el paso por San Fernando, entre salinas y reflejos dorados de la tarde es hermosa, la travesía del istmo entre la Isla y Cádiz, con el mar a ambos lados, es un soplo de aire después de cuatro días de serranías y olivares, un agradable chorro de luz atlántica y olor casi americano que ni los que llevamos años sintiendo podemos atravesar indiferentes. Es verdad, y tanto, que al cabo del tómbolo aparece la promesa de Cádiz, pero la tarde va cayendo y no terminamos de llegar, y ya corremos a la salida del tren y embocamos el autobús, y enfilamos el Campo del Sur, y da apenas tiempo de que la guía, Rosa, cuente un somero resumen de esto, al paso del Teatro Romano, la Catedral, Capuchinos ¡la Caleta! Y una parada apresurada a petición del público, que ve como la tarde se rosea y no vamos a tener tiempo de atraparlo en nuestras cámaras. ¡Oh! ¿esta playa como se llama? ¿y los castillos? ¿y Gibraltar para dónde está? Demasiadas preguntas que espero que alguien conteste a los turistas que vengan pagando de verdad con el cariño que intentamos poner los gaditanos de a bordo.

¿Podemos ir al Manteca? Imposible, no hay tiempo. Las obras ni siquiera han permitido que nos acerquemos a la Alameda de Apodaca. Vamos ya camino de la cena en El Faro, a ritmo de suspiro, para que la gente caiga rendida a las tortillas de camarones y el cazón en adobo, y para que la conversación gire en torno a pescados y Carnaval. Propongo que volvamos andando al tren, hay tiempo, y así al menos recorremos y pasamos cerca del Falla, San Antonio, la calle Ancha, Catedral, el Pópulo, San Juan de Dios. No hubo manera, la organización es implacable y los guías no quieren perder de vista a nadie, porque el tren tiene que partir a su hora. Hay tiempo de sobra, indico, Cádiz es muy chico, llegamos en seguida. Nanay. Bueno, otra vez será, me pongo a disposición del que quiera venir con más tiempo. De verdad que hay más cosas, de verdad que se puede ver, por ejemplo el Oratorio de San Felipe, con su estupenda restauración, y revivir las sesiones de los diputados a las Cortes mientras a lo lejos sonaban las bombas de los franceses. De verdad, de verdad que me ofrezco a mostrárselo al que quiera, por favor, venir. Que el Tren se detenga, que respire, que los viajeros agradecerán el respiro, que el suspiro ya se les escapará de todas maneras. Que aquí estamos, señores del Tren Al Andalus, para lo que quieran. Que Cádiz será, sin proponérselo, la gran sorpresa de este circuito. Pero den tiempo para respirar.

El Pasmo de Ronda

Ulyfox | 24 de abril de 2012 a las 12:47

Pedro, en plena actuación en Ronda

No tengo ni idea de cómo una persona decide hacerse guía de turismo, ni cómo logra trabajar en eso. Es un mundo ciertamente amplio, tanto como la condición humana. Despertaba el cuarto día de viaje y el tren Al Andalus había salido muy temprano desde Granada. Ya traqueteábamos hacia Ronda mientras desayunábamos, sin saber, sin sospechar siquiera, que en la ciudad del Tajo nos esperaba uno de esos guías inclasificables. En nuestros andares por el mundo, hace mucho tiempo que Pe y yo no utilizamos regularmente los servicios de uno de estos cicerones, acostumbrados como estamos a ir por nuestra cuenta. Pero recordamos algunos especialmente: aquella mulata de nuestra primera salida, que nos acompañó por toda Cuba; un joven muy culto por tierras nórdicas; otro desenvuelto y acaparador de comisiones en comercios en Italia; Mohamed, nuestro guía exclusivo en el crucero por el Nilo. El guía puede ser solícito y comprensivo o tirano, dárselas de gracioso o de entendido, llevarte por los lugares interesantes o por los comercios donde saca más comisión. Son importantes porque estamos en sus manos cuando transitamos caminos desconocidos.

El bello entorno de Ronda

El de Ronda se llama Pedro, y es de los que aman sentirse protagonistas. Queriendo o no, su personalidad se elevó por encima de lo que mostraba, de las múltiples bellezas de la ciudad serrana. El tono anacrónico y trasnochado de sus comentarios sobre Franco, los legionarios, los moros y naturalmente las mujeres, salpicados continuamente con un “je, je” irónico, se impusieron sobre la espectacularidad del Puente Nuevo, lo evocador de la trama urbana y la mezcla a veces sangrienta a veces armónica de tantas civilizaciones como han pasado por esta antigua localidad.

El Puente Nuevo, en el Tajo de Ronda, postal típica de la ciudad.

Estamos en manos de los guías, y Pedro nos pareció que las tenía demasiado ásperas. Buena parte de nuestra casa, en forma de sillones y vitrina, y hasta un hermoso caballa tallado en madera, fue adquirida en varios viajes ilusionados a Ronda, por lo que es fácil deducir que parte también de nuestro corazón está en en ese lugar. Pero esta vez, el grupo no pudo conocer bien su latido, porque la visita fue también demasiado somera, tal vez lastrada por lo intenso de la jornada en el tren Al Andalus, que debía llegar por la tarde a Cádiz, pero eso ya es otra historia.

El grupo, en manos de Pedro por las calles de Ronda.

A bordo del lujo

Ulyfox | 16 de abril de 2012 a las 1:01

Uno de los salones comedor del Al Andalus, justo antes del almuerzo.

(Por fin he podido meter alguna foto, así que ahí va la versión corregida y mejorada)

Ya estamos en marcha. Chuu chuuuuuu, me escribió un amigo hace unos días. El tren del lujo discurre a su ritmo adecuado por tierras andaluzas. Cava de bienvenida rodeado de maderas preciosas que debe empezar a compensar los 2.500 euros como mínimo que pagarán los pasajeros de verdad. Si alguien quiere una suite superior, el precio alcanza los 2.900 euros por persona. Os aseguro que hay mucha gente que lo puede pagar, y no pienso hacer bromas sobre la familia real de determinado país. He recorrido el convoy de arriba a abajo y he fisgoneado en salones con sofás de raso, sillones de estilo inglés y tulipas art decó en las luces. He llegado hasta la cocina y he saludado a los afanados cocineros.

Y esta es la habitación que me ha tocado en el sorteo.

El tren Al Andalus ha salido de Sevilla con una impuntualidad señorial, bien pasadas la una y media de la tarde. Si uno paga tanto dinero es para permitirse llegar tarde, supongo. No importa, en este crucero de lujo sobre raíles el tiempo no debe existir. Al fin y al cabo, se trata de volver al pasado, con esa idea tal vez afortunada que indica que el a todo tren en este medio de transporte remite, como mínimo a la belle époque. Quién quiere alta velocidad cuando ha cumplido suficientes años como para permitirse andar lento. De todas formas, la compañía FEVE, que ha invitado a dos decenas de periodistas de España y el extranjero, quiere que el viaje inaugural del Al Andalus se cocine a fuego lento, creo.

 

La comida a bordo ha tenido el punto justo de cantidad, y ha culminado con una carrillera de cerdo majestuosa, sublime. El cocinero, Ramón Celorio, es asturiano y está dispuesto con estas mezclas a bautizarse de andaluz en poco tiempo. La charla da para comenzar a conocer gente, por ejemplo a Sebastián, un discreto chileno que trabaja para El Mercurio y a una pareja de italianos ya algo mayores, lo que les da una mirada irónica inimitable.

Inmediatamente después de la comida, que ha terminado llegando a Córdoba, hemos salido a hacer la visita guiada por el centro histórico de la ciudad, judería de calles blancas, comercios en abundancia, plazas de suelo con cantos rodados y la única sinagoga de Andalucía, para acabar en una de las joyas que se visitan en este viaje: la siempre emocionante, apabullante y cautivadora Mezquita, que la cristiandad lleva siglos empeñada en convertir y llamar catedral. Nuevamente la vista arriba hacia el bosque de columnas y arcos dobles, triples y lobulados; otra vez el asombro ante el mihrab de mosaicos bizantinos brillantes, regalo de aquel jerarca Nicéforo Fokas que reinaba en el Imperio Romano de Oriente, detalles que se tenían en otros tiempos entre capitales universales, Córdoba y Constantinopla, lo que un pedante llamaría una Alianza de Civilizaciones avant la lettre; y la misma decepción ante el gótico tardío y el barroco construidos fuera de lugar en aquel templo rectilíneo y místico que debía ser la Mezquita.

La vuelta al tren a primera hora de la tarde da el necesario tiempo para la ducha reparadora (si hubiéramos trabajado en algo) y para la charla inevitable sobre la decadencia de la prensa en papel. Últimamente, no puede ser que varios periodistas nos reunamos sin que corramos un velo negro y un cielo oscuro sobre nuestro futuro. Estos presagios se prolongan durante el trayecto de vuelta de nuevo al centro y el agradable paseo mientras anochece, cruzando el puente romano que han dejado tan nuevo, sin su pátina histórica. Al menos la amable llegada al restaurante El Churrasco, con su minicata de aceites vírgenes, su visita a lo que era una casa de vecinos y la asomada a la azotea con el alminar de la Mezquita iluminado apacigua nuestro ánimo, y lo predispone a una charla con risas, chanzas y temática gastronómica. Las cosas volvieron a su cauce cuando debían, de la misma manera que, ya cercana la medianoche, regresamos al tren, y en un tranquilo salón escribo estas líneas. Agradecédmelo. Dicen que mañana, a las ocho, nos despertarán con una campanilla.