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¡Ayvalik, Ayvalik!

Ulyfox | 7 de marzo de 2021 a las 20:38

Penélope, ante una casa griega en Ayvalik.

Penélope, ante una casa griega en Ayvalik.

¡Ayvalik, ay Ayvalik! fue durante décadas el lamento de muchos griegos forzados a abandonar su hogar en esta ciudad de la costa turca. Y desde entonces todavía miles cantan el dolor por el éxodo forzado de este lugar famoso por su aceite de oliva. De aquella localidad predominantemente griega incrustada en el imperio otomano quedan aún cientos de casas de inequívoco sabor y aspecto helénico, algunas iglesias reconvertidas en mezquitas y la nostalgia que nunca se fue, en forma de abundante ruina y abandono. Siempre que pienso en Ayvalik me viene a la mente una canción, del gran cantante cretense Nikos Xilouris: ‘Jilia miria kymata makriá t’Aivali’ (Mil millones de olas lejos de Ayvalik), que cuenta, como tantas, ese desarraigo, lo que en esa hermosa lengua llaman xenitiá, es decir el exilio de todo un pueblo expulsado.

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Escenas callejeras en Ayvalik.

Escenas callejeras en Ayvalik.

Es curioso, y un resultado hermoso de toda esta tragedia, que el intercambio de poblaciones diera a luz a uno de los géneros más profundos de la música griega, el zeimbekiko, un tipo de canción que da lugar a los bailes más sentidos y personales de toda esa tradición del Este mediterráneo. Y multitud de letras y músicas….

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Puesto de frutas en Ayvalik.

El caso es que estábamos en Ayvalik, otra vez y 20 años después. Volvíamos de Cunda en taxi y la ciudad nos recibió con un bullicio enorme, desacostumbrado e inesperado. Preguntamos al taxista. “¡Es día de mercado!” nos dijo abriendo los brazos. Miles de personas llenaban las aceras y todos los rincones, el tráfico era infernal. El coche nos dejó cerca del hotel, y aun así, sufrimos para llegar hasta él andando. Los vehículos inundaban las calzadas, las aceras y hasta los callejones sin tráfico, en una especie de aparcamiento amontonado. Se oía turco, pero también el idioma griego, de gente que sin duda había venido de la isla vecina de Lesbos para hacer compras. Sea como fuere, llegamos al Orchis Hotel.

En el antiguo puerto de Ayvalik.

En el antiguo puerto de Ayvalik.

El alojamiento no estaba mal, pero de Ayvalik siempre tendremos la nostalgia de la pensión Taksiyarhis de aquella lejana y primera estancia nuestra, de descalzarnos los pies al entrar, de sus sucu-lentos desayunos, de sus múltiples terrazas donde leer al amanecer o al atardecer, de sus despertares con el canto del muecín. La pensión sigue existiendo, y pasamos por delante. En la puerta estaba la misma dueña, pero no sé por qué no nos dio por saludarla y recordarle que estuvimos allí hacía tantos años…

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Varias vistas de la iglesia Taksiyarhis.

Varias vistas de la iglesia Taksiyarhis.

A su lado está precisamente la preciosa iglesia Taksiyarhis, que en aquellos lejanos tiempos era una auténtica ruina, y ahora está reluciente. El templo está sobre una plataforma y domina el barrio, mayoritariamente de arquitectura griega y con unas cuestas terribles, con su presencia bizantina. A su alrededor, casas coloreadas y balconadas con colores pastel, las que no están en ruinas. Nos gusta deambular por estas calles que muestran la historia y vida de algunas ciudades.

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La ciudad bullía, pero a nuestro paso parecía que iban cerrando los comercios abiertos por el mercado semanal. Nos sentamos a comer carne a la parrilla en diferentes formas de kebab, y a nuestro lado se sentaron unos españoles. Oimos a algunos más a lo largo del día, lo cual en sí mismo ya fue una diferencia enorme con nuestra primera visita.

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Comida de parrilla.

Comida de parrilla.

Terminamos tan tarde que no tuvimos tiempo más que de echar una siestecita en el hotel y luego salir a dar un corto paseo hacia una agencia de viajes en la que comprar el billete para la vuelta, muy temprano al día siguiente, a Grecia y la isla de Lesbos, sin sospechar siquiera la desagradable sorpresa que nos esperaba para entonces…

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Sí. Nos dijimos: levantémonos temprano para no tener problemas. No pensábamos que los fuéramos a tener, puesto que en el viaje que nos trajo desde Grecia veníamos casi solos en el barco. Pero lo que encontramos al llegar al puerto fue una cola larguísima delante de la terminal, lo que nos empezó a inquietar. Nos pusimos a la cola, pero la inquietud no desaparecía sino que aumentaba al ver como mucha gente se salía de ella y se ponía en otra en la acera de enfrente, ante una agencia de viajes. Me dio por pensar que, evidentemente, había que validar los billetes y obtener las tarjetas de embarque en ésta, y efectivamente era así. Dejé a Penélope en una fila y me fui a la otra, mientras se acercaba irremediablemente la hora de partida del barco. Los nervios ante la posibilidad de perder el transporte aumentaban, pero me tranquilizaron, relativamente, en la agencia al decirme que el barco esperaría.

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El incómodo viaje de vuelta...

El incómodo viaje de vuelta…

Así fue, la cola avanzó lentamente y, más de media hora más tarde de la hora fijada, el ferry, por fin, se puso en marcha. Ahí comprobamos de verdad lo que significa la expresión ‘a reventar’. No había sitio ni para estar de pie. Conseguimos ‘acomodarnos” (¡ja!) en un rincón de la cubierta exterior, junto a una barandilla, con espacio incluso para tender una toalla. Allí que se dispuso Penélope, como una inmigrante cualquiera, y yo diría que incluso llegó a echar alguna cabezada durante el lento y ventoso trayecto de vuelta a Grecia.

...y el comodísimo viaje de ida.

…y el comodísimo viaje de ida.

Fue incómodo pero no duradero. Casi más tiempo tardamos luego, a la llegada al puerto de Mitilene, capital de Lesbos. Allí tuvimos que soportar otra cola, y otra aglomeración durante la espera en el control de pasaportes. Una frontera complicada la existente entre Turquía y Grecia, y más si como ese día, te coincide con una vuelta de fin de semana… Después de otra hora, por fin pudimos salir de la estación marítima y encontrarnos con el empleado de la agencia de alquiler de coches en la que habíamos reservado un vehículo para recorrer la isla griega. Nuestro destino inmediato era Molyvos, del que ya hemos hablado… para continuar nuestro extraordinario viaje por Grecia

 

 

El salto a Turquía: la isla de Cunda

Ulyfox | 2 de marzo de 2021 a las 21:22

Una calle de la única población de la isla de Cunda.

Una calle de la única población de la isla de Cunda.

 

Turquía está tan cerca de muchas islas griegas que, estando en Lesbos en 2019, decidimos dar el salto desde Mitilene, su capital. Teníamos tiempo, era el viaje de mi jubilación y Penélope se había tomado seis meses sin sueldo. Ese megaviaje era para dedicarlo entero a Grecia, y desde el principio teníamos pensado que si los pasos nos llevaban al Dodecaneso o a las islas del Egeo norte, nos acercaríamos a la costa turca. Y allí estábamos, a sólo una hora en barco… y ¿quién se resiste?

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Vistas del hotel Yunda Antik.

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Así que esa mañana de agosto dejamos el equipaje pesado en el hotel de Mitilene y con una mochila y una bolsa estábamos temprano en el puerto, dispuestos a embarcar en el ferry para Ayvalik, la tan cantada en canciones nostálgicas griegas. De allí como de tantas ciudades de la costa jónica y de Estambul fueron expulsadas hace 100 años miles de familias helenas, después de la sangrienta guerra greco-turca, que duró de 1919 a 1922. El conflicto, cuya resolución con la derrota se conoce en Grecia como la Gran Catástrofe, vivió matanzas por las dos partes y dejó huellas de rencor que todavía perduran, y arrasó con la presencia de los griegos en la costa este de Turquía, una presencia que se remontaba a 2.500 años y que aún es visible hoy en incontables yacimientos, de los que Efeso y Pérgamo son los más destacados, y en la arquitectura neoclásica de muchas ciudades de la zona.

Edificio de Cunda.

Edificio de Cunda.

Ayvalik es una de ellas. Su nombre proviene del turco ayva, que significa membrillo, y parece que la abundancia de esta fruta le dio la denominación. Habíamos estado allí una vez anterior, 19 años antes, y también habíamos arribado desde Mitilene. Pensábamos ahora hacer lo mismo que entonces, tomar un barco para ir a la isla de Cunda (pronúnciese Yunda), también llamada Alibey. Pero todo cambia en casi 20 años, y lo primero fue el puerto: ahora era flamante y estaba muy lejos del centro de la ciudad. Otra cosa: de allí no salían barcos para Cunda. Bueno, afortunadamente entre los cambios también figura el nuevo puente que une la isla, en realidad a sólo unos cientos de metros, con la costa de Asia Menor. Negociamos con un taxi el precio, y hacia ella nos dirigimos.

Otros ángulos del hotel Yunda Antik.

Otros ángulos del hotel Yunda Antik.

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Habíamos reservado dos noches en un hotel de nombre muy largo: YundAntik Cunda Konaklari, pero ni aun así el taxista lograba encontrarlo. Tuvimos que parar en una urbanización a preguntar a los vecinos, que salían con cara de no saber nada… y extrañados de ver por allí a una pareja de españoles preguntando… Bueno, al final dimos con él después de que el taxista llamara por teléfono al número que teníamos apuntado.

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Un alto refrescante.

Y resultó un hotel precioso, todo en piedra como la arquitectura tradicional de la isla, con un patio luminoso para los desayunos y unas habitaciones modernas con todos los adelantos. A la turca, nos recibieron con refrescos y pastelillos y poco después tomamos posesión de nuestro cuarto, para echarnos a la calle en seguida, unas calles empedradas con grandes cantos y flanqueadas por edificios de arquitectura inequívocamente griega.

Hoteles en las antiguas casas griegas.

Hoteles en las antiguas casas griegas.

Calle empedrada de Cunda.

Calle empedrada de Cunda.

El hotel estaba en el centro antiguo. En la parte más cercana al puerto el ambiente era cosmopolita y turístico. Toda esa zona está llena de restaurantes, confiterías (la gran pasión turca) y heladerías. Algunas familias turcas paseaban junto al mar o disfrutaban de las terrazas, y la presencia del alcohol en las mesas era ciertamente insignificante.

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De todas formas, la mayoría de las terrazas estaban vacías, y muchos restaurantes cerrados, intuimos que a la espera de la caída de la tarde y del calor. El pueblo, una cuadrícula de casas antiguas y palaciegas, asciende desde el mar hasta una colina que rematan un molino de viento y una iglesia ortodoxa, Ayios Yiannis, o sea San Juan.

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Detalles griegos en una isla turca.

Detalles griegos en una isla turca.

Las fachadas alternan los estilos griego y turco, y presentan un estado de conservación irregular, pero todos hablan de un tiempo pasado más esplendoroso, con puertas con arcos y preciosos balcones en voladizo, todo en colores pastel. La vez anterior que estuvimos, hace tanto tiempo, el estado del pueblo era más ruinoso, y su aspecto era muchísimo más abandonado y solitario. Sólo el puerto estaba animado, aunque ni mucho menos como ahora. Ahora muchas casas se han convertido en alojamientos tradicionales, y muchos bajos en diferentes tipos de tiendas.

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La Tarihe Kilesi, restaurada.

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Interior de la iglesia, restaurada y convertida en museo.

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Cunda era hasta 1923 una isla poblada mayoritariamente por griegos, que la llamaban Moshonisi o Ekatonisa, pero el resultado de la guerra fue la expulsión de todos, que se fueron a Lesbos, y su repoblación por turcos expulsados a su vez de esa cercana isla. Las iglesias fueron convertidas en mezquitas. La más grande, la llamada Tarihi Kilise, ha sido recientemente restaurada y bajo sus bonitas bóvedas se ha instalado un museo histórico y de costumbres.

PLasando ante una confitería en Cunda.

PLasando ante una confitería en Cunda.

Tomamos una cerveza con una ensalada y queso en una sombreada terracita y nos fuimos a repararnos del madrugón con una pequeña siesta en el hotel, después de la cual tomamos de nuevo las calles empedradas, ahora dando muchos rodeos y subiendo hasta la iglesia en la colina, admirando a cada paso las mansiones mejor o peor conservadas. Había mucha más gente, que se convirtió en multitud en los alrededores de los muelles. Las luces y la música daban un aire alegre y acogedor a Cunda. Las terrazas bullían y los olores flotaban entre nosotros.

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Ambiente nocturno en Cunda.

Ambiente nocturno en Cunda.

Nosotros escogimos el restaurante Ayna de aire moderno y de gran calidad. Comimos bien, y dimos por concluido nuestro primer día en Cunda.

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El siguiente queríamos ir a una playa, pero Cunda no tiene ninguna que se pueda llamar así si atendemos a los cánones habituales. Encontramos algo parecido al norte de la isla, a donde nos llevó un taxi. Un lugar muy particular, con una arena que no lo parecía y un agua en la que nunca te hundías y en la que era imposible refrescarse. Pero tenía un servicio muy particular: una especie de chozas en la orilla te permitían sentirse como un sultán bajo la sombra de unas palmas, o bien tomar una cerveza en unas sillas sumergidas a medias en el agua.

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En la 'playa'.

En la ‘playa’.

Allí pasamos el día, reclinados y pidiendo periódicamente bebida y aperitivos a unos dispuestos camareros, todo por un precio más que asequible. Es difícil que un turco imagine la vida sin un sofá, así que seguimos la regla y nos entretuvimos la jornada del agua a la choza y de la choza al agua. Ensaladas y gozleme (una especie de crepes finos y rellenos) nos sirvieron de compañía. El mismo taxista vino a buscarnos a la hora concertada.

Nuestra comida, gozleme y ensalada sobre el mar.

Nuestra comida, gozleme y ensalada sobre el mar.

La noche vivió otra explosión de gente que había venido de la cercana Ayvalik a cenar a la isla. Esta vez, nos sentamos en uno de los grandes establecimientos de los muelles, grandes superficies con cubierta y mesas grandes donde degustar fundamentalmente pescado y los numderosos metzes (aparitivos) que componen la rica gastronomía turca. Tras eso, nosotros nos despedimos con la idea de pasar el día siguiente en esa Ayvalik, de la que guardábamos estupendos recuerdos…

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Onur, un castillo y muchas tumbas en Kaleuçagiz

Ulyfox | 14 de abril de 2019 a las 19:25

Disfrutando la tarde en la pensión Onur.

Disfrutando la tarde en la pensión Onur.

Todavía es posible, no creáis, hallar momentos y lugares que parecen hechos sólo para ti. Hablo de uno de ellos. No está solitario, ni perdido, aunque sí parece mostrar sus encantos verdaderos a quienes saben solicitarlos. Está en la costa sur de Turquía, en una franja que va desde Fetiye hasta más allá de Mira, donde su obispo Nicolás vivió una vida de santo mucho antes de que representara al personaje que ahora reparte regalos en Navidad.

Una tumba licia dominando la bahia de Kaleuçagiz.

Una tumba licia dominando la bahia de Kaleuçagiz.

Es la Costa Licia, donde habitó y prosperó una civilización contemporánea y luego conquistada por griegos y romanos. Todos ellos dejaron unos espectaculares restos repartiendo por toda la zona teatros, acueductos, calzadas y puertos. Pero tiene muchas otras cosas más cercanas. En uno de los entrantes de la hermosa línea del mar descansa una aldea de nombre difícil, Kaleuçagiz. Descansa cuando empieza a atardecer, quiero decir. Porque desde media mañana hasta media tarde es invadida por una legión de turistas que casi no paran en ella. Llegan en autocares o coches particulares y se dirijen inmediatamente a los barquitos de fondo plano y transparente, para visitar la ciudad sumergida de Kekova, en la islita del mismo nombre y luego otra aldea preciosa, de nombre Simena y coronada por un antiguo castillo sobre el mar.

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En Kaleuçagiz hay una pequeña mezquita, algunos restaurantes colgados sobre las tranquilas aguas y media docena de pensiones, la mayoría de ellas muy modestas. Uno de estos alojamientos es la Pensión Onur, con unas pocas habitaciones más que básicas y unas amplias zonas comunes donde desayunar, almorzar o cenar, o simplemente tumbarse en grandes sofás para ver atardecer al calor de un libro.

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Con Hassan, en su restaurante del mismo nombre, y ante varios de sus platos.

Con Hassan, en su restaurante del mismo nombre, y ante varios de sus platos.

Cuando la multitud se despide rauda para volver a sus hoteles de las poblaciones turísticas de la zona, la aldea es para los residentes, la tarde se hace eterna y las terrazas son más acogedoras. Es tiempo de hablar con los vecinos de pensión, contarse las historias mutuas con el dueño del restaurante Hassan, de buena cocina y mejor servicio a cargo de su hija, tan habladora e inteligente. El mercado de productos artesanales, fundamentalmente tejidos coloridos y baratos, apaga sus luces y los paseos son plácidos y cortos porque la longitud del pueblo no da para más.

Alrededores de Kaleuçagiz, siempre con sarcófagos licios sobre el mar.

Alrededores de Kaleuçagiz, siempre con sarcófagos licios sobre el mar.

Habíamos estado en la zona de Kekova una vez anterior, muy anterior, hace una quincena de años, y entonces lo que hoy es aparcamiento era una explanada polvorienta. Fuimos a lo mismo que hoy acuden miles, visitar Kekova y dar un paseo en barca, pero entonces era todo más tranquilo, y los tenderetes eran cinco donde hoy hay decenas. Pero no es posible agobiarse mucho si uno se abstrae de la fiebre por coger los barcos.

Una familia turca, en su barco de recreo.

Una familia turca, en su barco de recreo.

En la pensión Onur basta con dejarse llevar por los cuidados del menudo propietario. El primer día prácticamente nos limitamos a dar un pequeño paseo, almorzar y cenar largamente en lo de Hassan, y holgazanear entre tiempos en la gran terraza elevada. Pero para el segundo día teníamos un plan: acercarnos hasta el castillo de Simena rodeando la pequeña bahía y luego almorzar y bañarnos en la aldea vecina.

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En el camino hacia Simena...

En el camino hacia Simena…

Los tres nos pusimos en marcha sin mucha compañía por un camino de tierra y piedras que primero subía levemente, bajaba hasta el fondo de la bahía, y luego iniciaba un empedrado sendero elevándose hasta el castillo. Esta parte fue la más complicada, por las dificultades de Pepa al caminar sobre este terreno. Pero nada es imposible si se desea de verdad: hicimos una cadena en la que yo iniciaba el grupo, Pepa se agarraba a mi mochila y Penélope la aseguraba por detrás. Más de una vez, y más de cuatro, estuvimos a punto de rodar los tres por la tensión de impulsos en varias direcciones.

Ya en Simena, es posible bañarse junto a las tumbas sumergidas...

Ya en Simena, es posible bañarse junto a las tumbas sumergidas… y bajo el castillo.

Nos lo tomamos bien, y los tambaleos nos producían más risas que sustos. Y a la mitad del camino aparecieron: las tumbas, los sarcófagos licios de piedra gris, como barcas vueltas del revés, sobre unos pedestales monolíticos del mismo material y color. Salpicaban el sendero y ascendían hasta la colina, todas agujereadas, profanadas por los cazadores de tesoros. Decenas de ellas, dominando el mar circundante, empujando sin remedio hacia la evocación de tiempos muy muy lejanos y por fuerza con apariencia de heroicos.

Tras el almuerzo en Simena.

Tras el almuerzo en Simena.

Nos demoramos el tiempo necesario ante estas construcciones únicas, con un aire total de abandono y orgullo a la vez. Y luego, rodeando el castillo, comenzamos el empinado descenso hacia Simena, este ya hecho de escalones, y que hicimos al ritmo que marcaba Pepa. A media bajada paramos en un cafetín a referescarnos con sendos ayran, la deliciosa bebida hecha con yogur y agua. Como estamos en Turquía, sus encargados no desperdiciaron la oportunidad de vendernos algunas prendas.

Luego, al borde del mar, comprobamos que Simena, sin ser siquiera un pueblo, es mucho mayor que Kaleuçagiz, y más dedicada al turismo. Hay más alojamiento, y los locales de restauración tienen plataformas sobre postes con hamacas y sombrillas. A pesar de eso, lo realmente emocionante es bañarse junto a una tumba licia medio inundada, objeto de millones de fotos en los folletos de Turquía.

Simena, frente a Kekova, un lugar único...

Simena, frente a Kekova, un lugar único…

Después del baño, el almuerzo y la casi siesta, todo en o junto al mismo restaurante, la vuelta fue tan sencilla como telefonear a Onur, que nos vino a buscar en la barca que tiene a disposición de los clientes para trasladarnos de nuevo a su pensión surcando ligeramente las aguas de manera divertida y emocionante, brindándonos así una inolvidable entrada por mar a Kaleuçagiz, que apareció al atardecer más bella aún.

Onur (detrás) nos fue a buscar en su barca.

Onur (detrás) nos fue a buscar en su barca.

...para tener esta entrada espectacular en Kaleuçagiz.

…para tener esta entrada espectacular en Kaleuçagiz.

Es difícil imaginar un día mejor en vacaciones. Porque la estancia acabó con una cena en la misma pensión, que tiene un sencillo y estupendo restaurante, mientras caía la luz tras las montañas que cercan la costa licia.

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Una cena soñada para culminar una jornada de ensueño...

Una cena soñada para culminar una jornada de ensueño…

La lluvia en vacaciones

Ulyfox | 13 de febrero de 2015 a las 13:32

Nubes negras sobre Mykonos.

Nubes negras sobre Mykonos.

 

Dicen que el invierno también es bonito. Que la lluvia es romántica (yo creo que sólo en Midnight in Paris de Woody Allen) y que el frío tiene su encanto. No logro sentir la emoción de ese supuesto encanto invernal. Concedo la sorpresa infantil que nos provoca la nieve, sobre todo a los que no podemos verla más que en películas o en viajes, dos formas de fantasía. Pero para mí la vida humana plena nació con el calorcito, o en todo caso con la suave templanza de la primavera, que a fin de cuentas es la esperanza del buen tiempo. No en vano la civilización occidental nació en aquel rincón cálido del Mediterráneo extendido hacia el Oriente. Y por eso, tal vez, el ser humano empezó a serlo en África.

La lluvia sobre el puerto de Mykonos.

La lluvia sobre el puerto de Mykonos.

Por eso, el mal tiempo en vacaciones tiene ese punto de mala suerte, de inesperado paréntesis en el disfrute. Lo soportamos porque al ocurrir en verano siempre esperamos que sea una cosa pasajera, y que el sol termine reclamando, y conquistando su territorio natural. En esas ocasiones, hasta le podemos encontrar su mijita de gracia, con los turistas en chanclas y ropa ligera corriendo sorprendidos por el agua y el viento fresco. Estas pasadas vacaciones de septiembre, un mes propicio a que el invierno haga incursiones preparatorias, la lluvia, y en algunos casos un inesperado frío, nos visitó en casi todas las etapas del viaje a nuestro lado oriental de Europa, por otra parte bendecido con un buen tiempo en general. Nos ocurrió en la sorprendente y de moda Milos, nos volvió a ocurrir de manera torrencial en el Este de Creta, en el paraíso de Kato Zakros cuando estábamos en la playa. Christóforos, el jovial dueño de la maravillosa taberna Nostos, nos aseguró que hacía 17 años que no llovía de esa manera.

Pero en Mykonos la belleza siempre vence.

Pero en Mykonos la belleza siempre vence.

Era más normal en Estambul, tan visitada por la lluvia, donde el agua insistente en los dos últimos días nos fastidió dos veces una prevista visita al lado asiático de la impresionante ciudad. Pero le encontramos también la belleza a la silueta humedecida de la Mezquita Azul, y agradecimos más el tranquilo refugio del Museo de los Mosaicos, y el descubrimiento del vecino y precioso barrio de Cankurtaran, con sus casas de madera y colores, casi un barrio suizo o nórdico.

El inusitado chaparrón en Kato Zakros.

El inusitado chaparrón en Kato Zakros.

Sólo en la preciosa y blanca isla de Paros el cielo permaneció azul todo el tiempo. Pero en nuestra amada Mykonos de final de septiembre, el agua ya no tuvo piedad. Ni siquiera nos permitió visitar nuestra playa favorita, Paranga, ni degustar los estupendos mejillones de su Taberna Tassos. Pero claro, es que en Mykonos la amabilidad de la familia del Hotel Damianos, los abrazos de nuestros amigos y la belleza de su capital, Hora, siempre vencen. Incluso a las más terribles tormentas y nubes amenazadoras.

La frecuente lluvia en Estambul.

La frecuente lluvia en Estambul.

Cuando escampa en el barrio de Cankurtaran de Estambul.

Cuando escampa en el barrio de Cankurtaran de Estambul.

 

Última visión de Estambul

Ulyfox | 10 de enero de 2015 a las 21:51

Un puesto en el Bazar Egipicio.

Un puesto en el Bazar Egipicio.

Una calle del barrio de Sultanahmet.

Una calle del barrio de Sultanahmet.

Para entendernos, digamos que hay ciudades inmortales y otras eternas. París, Nueva York, Barcelona, Amsterdam, Praga, Londres… podrían ser de las primeras. Nacieron una vez, hace muchos o pocos siglos, y parece que se quedarán siempre por aquí, que ningún terremoto físico o histórico será capaz de hacerlas desaparecer. Otras como Roma o Atenas parecen haber existido siempre, como si antes de ellas no hubiera habido ciudades, como si ellas hubieran inventado la urbe, la polis, casi como si hubieran sido la cuna del hombre moderno. Y luego está Estambul, nacida para resumir diríamos. Un encuentro aún vivo entre los seres humanos de todas las procedencias y épocas, un lugar en el que aún se pueden ver formas de vivir ancestrales a la vez que se asiste al alumbramiento de lo más moderno. Algo para no perderse.

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Al abrigo quizá de su extraordinario crecimiento, los barrios cercanos al aeropuerto semejan altos distritos financieros occidentales, y sus amplias avenidas marítimas acercan en poco tiempo del ajetreo de su visitado aeródromo hasta la cercanía de las murallas de Teodosio, transitando con fluidez junto al mar de Mármara. En una punta los patriarcas ortodoxos griegos repiten ritos bizantinos mientras en la otra los imanes más integristas dirigen el rezo, y en el lado opuesto los comerciantes judíos venden y compran oro, más allá el Hotel Pera Palace trae recuerdos de artistas y escritores en sus esquinas de aire europeo. A su sombra, cuestas abajo, los anticuarios exponen su mercancía en un limpio barrio de apariencia indefinible. Y por todo alrededor transbordares hiperactivos surcan, recorren, bordean y atracan sin descanso en las aguas del Bósforo y el Cuerno de Oro.

El opulento palacio Dolmabaçe, junto al Bósforo.

El opulento palacio Dolmabaçe, junto al Bósforo.

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Pasamos cinco días extraordinarios allí, entre el asombro y el disfrute, descubriendo al tiempo que nos reconocíamos en piedras antiguas, minaretes, arcos y puentes. Nosotros, siendo.

Puestos de kebab en la zona de Taksim.

Puestos de kebab en la zona de Taksim.

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Un puente para que pasen cosas

Ulyfox | 8 de enero de 2015 a las 18:37

Pescadores junto al puente Gálata, la mezquita de Rustem Pasá, la de Suleimaniye...

Pescadores junto al puente Gálata, la mezquita de Rustem Pasá, la de Suleimaniye…

Si hay una ciudad en este mundo donde la vida no muere, esa  es Estambul. En los bazares, en los mercados, en el ajetreo de los siempre repletos muelles. Sólo la llegada de la noche aplaca las calles comerciales. Si hay un lugar en esa ciudad donde la vida fluye siempre, ese es el puente Gálata, la vía que cruza el Cuerno de Oro, ese brazo de mar que se desgaja del Bósforo hacia el norte y que divide la antigua Constantinopla de lo que fue Pera, el barrio genovés y luego asentamiento de diplomáticos y artistas europeos durante el Imperio Otomano.

El puente concentra en sus alrededores terminales de transbordadores, de autobuses, pescadores, gente que entra y sale, que embarca y desembarca, turistas y lugareños. Y casi todos hacen una parada ante los puestos flotantes, dorados y brillantes donde los empleados dispensan cada día miles de bocadillos de caballa asada (balik ekmek), un sabroso y barato tentempié. Recuerdo nuestra primera vez en Estambul. Entonces comprábamos los bocadillos sobre la barandilla del muelle, alargando el brazo para cogerlo directamente de la mano del asador. Ahora, pasado el tiempo, ya no tienes que arrancarte las espinas de la boca, ni estirar el brazo. Junto a los barcos, sobre el muelle, unas casetas con luces y adornos recargados dispensan civilizadamente el producto a una cola de clientes, que luego se sientan en banquetas y disponen de mesitas. Y la caballa llega en filetes y desespinada. El progreso.

Un narguile con un té bajo el puente Gálata.

Un narguile con un té bajo el puente Gálata.

Eso ha cambiado, pero no ha variado la aglomeración ni el ambiente, ni los alrededores vigilados por las cúpulas y minaretes de las mezquitas, por la imponente Torre Gálata que levantaron los genoveses al otro lado, ni la acumulación de restaurantes y cafés de todos los precios bajo la calzada del puente. Toda la ciudad pasa por él. Es posible disfrutar de casi medio día parando a mirar desde una orilla, empapándose del paisaje humano, cruzando por arriba, dando la vuelta por debajo, volviendo a subir, tomando un té y fumando un narguile aromatizado mientras esperas a que el día caiga.

Algunas escenas frente a los puestos flotantes de bocadillos de caballa.

Algunas escenas frente a los puestos flotantes de bocadillos de caballa.

La Torre Gálata al fondo, sobre la que se dibuja la proa de uno de los barcos de caballas.

La Torre Gálata al fondo, sobre la que se dibuja la proa de uno de los barcos de caballas.

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Arriba y abajo del puente Gálata.

Arriba y abajo del puente Gálata.

Puestos flotantes de bocadillos de caballa en el Cuerno de Oro.

Puestos flotantes de bocadillos de caballa en el Cuerno de Oro.

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Estambul vende de todo

Ulyfox | 9 de diciembre de 2014 a las 13:55

Joyería resplandeciente en el Gran Bazar de Estambul.

Joyería resplandeciente en el Gran Bazar de Estambul.

Dicen los árabes que entre todos los oficios, el de comerciante es el más noble. Bueno, vale, los turcos no son árabes aunque sí musulmanes. Muchísimos de ellos incluso defienden que son europeos. Y naturalmente tienen razón porque una parte importante de su territorio, empezando por su capital histórica, Estambul, está en el viejo continente. El caso es que en Turquía existe una concepción árabe del comercio, entiendo yo. Muchísimas calles del Estambul antiguo respetan esa idea de la vía pública con casas cuyos bajos están dedicados a tiendas. La idea llega a su máximo nivel en los barrios que rodean los bazares. En ese caso toda la vecindad se convierte en un mercado oriental. Y huelga decir que eso llena de vida las horas diurnas, de la misma manera que hace más oscuras las nocturnas, cuando todo cierra al caer el sol.

Puestos variados en el Bazar Egipcio, o Bazar de las Especias.

Puestos variados en el Bazar Egipcio, o Bazar de las Especias.

Alrededores del Bazar Egipcio.

Alrededores del Bazar Egipcio.

En Estambul hay varios bazares con ese nombre, y muchos más que lo son aunque no se les conozca con esa denominación. Entre todos, los más conocidos, los preferidos por los turistas por su variedad, riqueza, y sobre todo su ubicación céntrica, son el Gran Bazar (predecesor indiscutible de las superficies comerciales) y el Bazar Egipcio, también llamado Bazar de las Especias. El primero es, ya lo sabéis, una gran extensión de tiendas bajo techado, con avenidas, calles y callejones, agrupados por gremios, joyeros, peleteros, textiles, metales preciosos… donde no faltan las tiendas de alimentación ni los cafés y restaurantes, patios donde culminar transacciones, sorpresas de todo tipo, sucedáneos de mezquitas con muecín llamando a la oración por la megafonía, mercado donde el comprador disfruta del regateo y se hace la ilusión de que engaña al vendedor. Es un lugar de techos abovedados y pintados a mano, con continuo trasiego y en el que la baratija halla su lugar de honor junto a la pieza única, la alfombra excelsa y el chándal más falso. El Bazar Egipcio es mucho más recogido y, si se quiere, más acogedor. Allí hallan su templo las miles de especias, condimentos, cafés, y frutos secos venidos de todo el mundo. En el Gran Bazar es facilísimo, y casi obligado, perderse. En este en cambio, la orientación es sencilla, tiene una forma de ‘L’ reconocible y está rodeado también de numerosas calles comerciales. Ubicado junto al bullicioso puente Gálata, al comienzo del Cuerno de Oro y casi delimitado por dos bellas mezquitas, la de Rustem Pasá y la Mezquita Nueva, tiene un gran poder de atracción, aparte de ser mucho más manejable que el monstruo comercial que es su hermano mayor.

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Largas calles comerciales.

Largas calles comerciales.

Pero casi más que estos grandes palacios de la compra total, nos gustan las calles que los rodean, donde el mercadeo más sencillo vive, con destartaladas y rebosantes tiendas de artículos repetidos, piezas de cocina de todo tipo, miniaturas al por mayor, miles de cubos de plástico, pantalones vaqueros de imitación por millones, herramientas que dimos por desaparecidas hace décadas, útiles inútiles, montones de calcetines, kilómetros de cintas… y siempre decenas de hombres y mujeres arriba y abajo empujando carros, cargando cajas, sacando y metiendo cosas de sus bolsillos, preguntas y respuestas, conversaciones con números, instrumentos musicales sacados del Pórtico de la Gloria.

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Una de las avenidas del Gran Bazar.

Una de las avenidas del Gran Bazar.

Un quiosco antiquísimo, antes cafetín, ahora joyería.

Un quiosco antiquísimo, antes cafetín, ahora joyería.

El muecín llamando a la oración dentro del Bazar.

El muecín llamando a la oración dentro del Bazar.

Andábamos ya por el cuarto día de estancia en Estambul y nuestras piernas estaban habituadas a las caminatas. No queríamos tomar ni siquiera transportes públicos. La vieja Constantinopla se disfruta, se vive y se sufre andando, subiendo y bajando sus colinas y rozándose con las multitudes. Ese día almorzamos en un restaurante cerca del Bazar Egipcio, un crujiente y sólo ligeramente picante lahmaçum (una especie de pizza turca) acompañado de unas deliciosas albóndigas de cordero y pistacho. Lamento no recordar el nombre del local, merecedor de un regreso gastronómico y, por supuesto de un largo y digestivo paseo hasta las cercanías tumultuosas de Eminonu, con su incesante tráfico de transbordadores y la aglomeración de clientes ante los barcos que preparan bocadillos de caballa… Pero eso será otro día, si siguen ustedes ahí…

Todo el barrio es un inmenso bazar.

Todo el barrio es un inmenso bazar.

Adornos para niñas, fundas de móviles...

Adornos para niñas, fundas de móviles…

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Ambiente ante el Bazar Egipcio, y la Mezquita Nueva, que domina el barrio.

Ambiente ante el Bazar Egipcio, y abajo la Mezquita Nueva, que domina el barrio.

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La foto que no pude hacer

Ulyfox | 1 de diciembre de 2014 a las 2:06

Me acerqué sigilosamente y con todo el respeto que era capaz de demostrar a aquella puerta acristalada sobre la que figuraba un pequeño rótulo con la palabra ‘imán’ y creo que un nombre a continuación. Ante ella, dos o tres hombres miraban muy interesados lo que estaba ocurriendo en el interior. Un clérigo musulmán de hábito marrón y turbante blanco estaba sentado a contraluz. La barba gris clara y el asiento señorial le daban un aire imponente pero plácido. Junto a él, en una butaca más baja, un hombre mayor con traje gris le sostenía la mano mientras le hablaba y con la otra le daba leves palmadas en el dorso. Ambos tenían esa mínima sonrisa de los que conversan en confianza sobre temas en los que están de acuerdo. No estaban ni mucho menos solos. Cuatro o cinco muchachos se sentaban en semicírculo en la alfombra frente a los dos protagonistas. Imaginé una conversación sobre temas religiosos o de doctrina, o una petición de consejo al maestro, tal vez simplemente la comunicación o el permiso para una boda.

Yo estaba allí en la puerta, con la cámara en la mano, pero a nadie le importaba mi presencia de infiel en la mezquita de Fatih de Estambul. Creo que ni siquiera repararon en mí. Veía el encuadre y la iluminación de claroscuro, y el cuadro casi como esa famosa escena de El Padrino en el que todos rendían pleitesía a don Corleone. Pero no podía disparar. En un momento determinado, el imán habló y todos escucharon con asentimientos, tras lo cual, acto seguido, dirigió una pequeña oración que siguieron con la cabeza inclinada.

Me fui, sin la foto. Estuve tentado, pero cómo romper ese momento. Habría sido una falta de respeto. Y quién sabe si me habría ganado una bronca en turco. De todas formas, habría salido mal.

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Luminosas mezquitas mejor que oscuras iglesias

Ulyfox | 27 de noviembre de 2014 a las 14:31

Grupos se fotografían en el patio de la mezquita de Fatih.

Grupos se fotografían en el patio de la mezquita de Fatih.

Una calle del barrio de Fatih.

Una calle del barrio de Fatih.

Son luminosas porque están despojadas. Exentas de recargados adornos, por supuesto, pero también libres de señales de sufrimiento. Entras en las innumerables mezquitas de Estambul y quedas siempre deslumbrado. Por fuera se parecen todas mucho, con sus cúpulas y sus minaretes, me podríais decir, e incluso por dentro. Si, pero es fascinante jugar al juego de las diferencias, por otro lado fácilmente apreciables al ojo y el alma mínimamente sensibles. También las iglesias se asemejan: con su planta de cruz, sus fachadas y sus campanarios. Hay una diferencia fundamental, no obstante, entre templos cristianos y musulmanes. Ya lo he dicho: la ausencia en estos últimos de rasgos de sufrimiento. En las iglesias te asaltan por todos lados imágenes de martirizados, crucificados, mutilados, penitentes, llagas, asaeteados, flagelados, calaveras… Nada de eso encuentras en las mezquitas turcas. Al contrario: luz, espacios amplios, alfombras para los pies obligatoriamente descalzos, paso franco a todo visitante. No se cobra la entrada en estos templos ni se impide la entrada a nadie fuera de las horas de oración, y eso que en algunas los turistas molestamos con nuestra numerosa presencia el aire místico que sin embargo se ve en las menos frecuentadas. La gente se sienta en los rincones a pensar, la oración particular es en silencio, las moquetas amortiguan los sonidos, los pies desnudos en contacto con el suelo parecen darte una comunión con el edificio. Nada ni nadie parece amenazarte con el infierno. Admiro rendidamente un claustro o una bóveda románicos pero detesto las tembladeras que parecían querer provocar ciertas representaciones del infierno o del juicio final.

El patio de las abluciones de Fatih.

Arriba y abajo, el patio de las abluciones de Fatih.

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Ya he crecido lo bastante como para no despeñarme por ninguna creencia pero mantengo la sana duda de lo trascendente, y estas mezquitas me gustan. Me gusta el inmenso patio ante ella donde la gente se lava antes de entrar a la oración, me gustan las altas cúpulas de las más grandes, los bellísimos azulejos de alguna más modesta como Rustem Pasá, me divirtió el aspecto versallesco de la decoración y las lámparas de araña de la de Ortakoy sobre el Bósforo, me impresiona la grandiosidad de Suleymaniye allá arriba dominando toda la ciudad, me emociona con qué empeño Sultanahmet rivaliza con la iglesia maestra de todas, Santa Sofía. El espacio en una mezquita invita a la reflexión antes que al arrepentimiento. Al menos es lo que me pareció en Turquía, porque en la mayoría de países musulmanes los infieles no podemos entrar.

 

Aires barrocos y versallescos junto al Bósforo en la mezquita de Ortakoy.

Aires barrocos y versallescos junto al Bósforo en la mezquita de Ortakoy.

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Rezos en Fatih

Rezos en Fatih

La casi totalidad de nuestro segundo día en Estambul lo dedicamos, de una manera impensada, en entrar en mezquitas. Una vez que bajamos del cielo de los mosaicos en San Salvador y Fethiye anduvimos a la búsqueda de la de Fatih, cruzando el barrio del mismo nombre, llamados así en honor al conquistador (fatih en turco) de la ciudad. Es un barrio fascinante, habitado por la gente más religiosa e incluso integrista de la ciudad, repleto de mujeres tapadas y hombres vistiendo a la usanza tradicional, como todos hirviendo de comercios y de vida callejera, con un aire más marcadamente musulmán que el resto de la capital turca, tan occidental en otros lugares. La mezquita es el centro del barrio, y brilla como casi ninguna porque muchos de los materiales son relativamente nuevos por la restauración que vivió no hace mucho. Tiene un patio de altos arcos apuntados impresionante y ofrece una visita calmada porque está fuera de los circuitos turísticos normales. Empezamos en ella a enamorarnos de las mezquitas, por una escena que no pude fotografiar por respeto, la foto que no pude hacer de la que hablaré en otro momento.

El azulado interior de la modesta Rustem Pasá.

El azulado interior de la modesta Rustem Pasá.

Alejándonos de Fatih, ambiente callejero.

Alejándonos de Fatih, ambiente callejero.

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Luego seguimos bajando entre puestos ambulantes, restaurantes tradicionales, acueductos romanos y tranquilas terrazas de té, hasta desembocar sin darnos cuenta en los bulliciosos alrededores del Bazar de las Especias. El azar nos llevó junto a la mezquita de Rustem Pasá, elevada sobre la calle, y la curiosidad nos impulsó dentro. Pequeña en comparación con otras, tiene unas paredes decoradas con deliciosos azulejos de motivos florales. Es una joya de tranquilidad dentro de la marabunta de voces, correteos y agitación que rodea en muchísimas calles el Bazar.

Un rincón de Rustem Pasá.

Un rincón de Rustem Pasá.

El lavatorio, antes del rezo en Suleymaniye.

El lavatorio, antes del rezo en Suleimaniye.

Suleimaniye, allá arriba.

Suleimaniye, allá arriba.

El Bósforo, tras las cúpulas de Suleimaniye.

El Bósforo, tras las cúpulas de Suleimaniye.

Aunque esta actividad nos atraía, decidimos coger un último impulso para subir las tortuosas cuestas que llevan hasta Suleimaniye, la gran maravilla hecha mezquita, la más grande, la más impresionante, un complejo enorme de templo, albergues, posadas y escuelas coránicas sobre una de las colinas de Estambul. Subíamos dejando a los lados, una tras otra, gigantescas tiendas de mayoristas que apilaban en sus aceras cantidades de artículos de plástico, metal o madera, que a esa hora del día ya estaban empezando a recoger el género. Porque ese comercio en la ciudad tiene horario continuado, pero vive con el sol, y cuando éste se ha puesto las calles se apagan también. Para cuando acabamos la visita a la mezquita y emprendíamos el camino de vuelta y de descenso, ya no quedaba luz ni gente. Asombroso el paso del gentío a la soledad en cuestión de minutos. Sólo en los barrios de hoteles y restaurantes la vida se aprestaba para unas cuantas horas aún de vida.

La monumental entrada al patio de Suleimaiye.

La monumental entrada al patio de Suleimaiye.

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Estambul cristiana y mora

Ulyfox | 23 de noviembre de 2014 a las 20:13

Sólo una pequeña parte de la maravilla que en San Salvador en Chora.

Sólo una pequeña parte de la maravilla que es San Salvador en Chora.

El precioso barrio junto a San Salvador.

El precioso barrio junto a San Salvador.

Ya, ya, ya sé que antes fue también romana y antes griega y antes… pero lo que se ve ahora en la capital turca son sobre todo ecos de las culturas musulmana y cristiana, aunque fuera un cristianismo tan propio como el bizantino y ortodoxo y el arte otomano tenga tantas diferencias con otras manifestaciones del Islam. Lo que se encontraron los turcos cuando se colaron por las bravas en Constantinopla fue una ciudad apabullante, llena de tesoros y monumentos que tenían su origen en el Imperio Romano, con muchos de ellos conservando aún el esplendor de aquellos tiempos clásicos, y que habían pasado luego por la revolución del pensamiento que supuso la doctrina de Cristo. Es verdad que había transcurrido mucho tiempo desde los tiempos de oro de Bizancio, pero el sultán Mehmet II debió de salivar de satisfacción ante la gran urbe cristiana que había vencido cuando la contemplaba desde la colina que luego se llamó del Serrallo.

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Casi inmediatamente después de que las tropas turcas vencieran la resistencia de la hermosa muralla de Teodosio, golpeando inmisericorde y continuamente un flanco con un gran cañón y por la increíble negligencia de los cristianos que se dejaron una puerta semiabierta (por favor, leed si podéis La conquista de Constantinopla, 1453 de Steven Runciman, yo lo hice gracias, una vez más, a Ricardo), el sultán apodado Fatih (el Conquistador) convirtió Santa Sofía en mezquita, y lo mismo pasó con muchas hermosas iglesias bizantinas. Algunas fueron respetadas, otras sufrieron destrozos… y algunas otras fueron reconvertidas con el paso de los siglos en museo para nuestro disfrute. El caso es que tenemos la suerte de poder contemplar obras de arte tan emocionantes como la propia Santa Sofía, o los bellísimos mosaicos de San Salvador en Chora (también llamada Kariye Camii, o mezquita Kariye), los escondidos de  la mezquita Fethiye (antigua iglesia de Pammakaristós), la iglesia del Pantocrátor (actual mezquita Zeyrek)… como si aún pudiéramos asistir a una disputa, ahora incruenta, entre los espíritus griego y turco, cristiano y musulmán.

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Las cúpulas y bóvedas de San Salvador, llenas de mosaicos.

Las cúpulas y bóvedas de San Salvador, llenas de mosaicos.

La primera visita de nuestro segundo día en Estambul fue a San Salvador en Chora, allí al norte de la antigua Constantinopla, precisamente pegada a la zona de muralla por donde más fuerte pegaron las tropas de Mehmet y por donde finalmente entraron. Demasiada historia para no caer rendidos ante su peso. Los mosaicos dorados de San Salvador son de verdad impresionantes, en su forma de contar la genealogía de Cristo o la vida de la Virgen. Miles de teselas de colores del siglo XI cubriendo techos y paredes, relatándonos historias de los personajes representados y de los propios, anónimos artistas que lo hicieron. La primera vez que fuimos a Estambul nos los perdimos, pero esta vez nos hicimos el favor, y viéndolos dimos incluso por bueno el timo del listo taxista que nos llevó hasta allí. La iglesia estaba llena de turistas, pero esta vez tanta belleza hizo que pareciera que los grupos estaban realmente interesados y atraídos por lo que veían.

Un café turco y repasar los planos y guías...

Un café turco y repasar los planos y guías…

En la muralla de Teodosio, en el lugar donde comenzó la caída de Constantinopla.

En la muralla de Teodosio, en el lugar donde comenzó la caída de Constantinopla.

Después de esa inmejorable manera de empezar el día, y tras un café turco junto al templo, teníamos que acercarnos a la muralla, a revivir la funesta jornada en que la caída de Constantinopla empezó a aterrorizar al Occidente cristiano durante un siglo, a contemplar el lugar donde ocurrió tamaño estrépito. Allí estaba, a un paso. Hay pocas cosas menos temibles que un muro vencido. Ya no inspiraban temor aquellas piedras taladradas por el cañón entonces, y ahora por las amplias avenidas por las que discurre hacia el centro el inmisericorde tránsito rodado de Estambul. Pero todavía guardan, entre los hierbajos y los grupos de borrachos, la memoria de un hecho capital. Si queréis visitar un lugar histórico para nuestra cultura, este es uno de ellos.

 

Bajando de San Salvador en busca de más mosaicos.

Bajando de San Salvador en busca de más mosaicos.

 

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Descendimos luego empinadas cuestas, no recordábamos tantos desniveles, a la busca de otro tesoro bizantino, Fethiye, y luego las subimos entre grupos nutridos de personas con gorras o velos, sorteando montones de mercancía y apartándonos de los coches para buscar las casi inexistentes aceras, alternando calles de casas de madera con abigarradas vías de edificios impersonales, preguntando por la mezquita que antes fue iglesia. La encontramos cuando ya creíamos que no lo haríamos, modesta pero hermosa en su apariencia tan griega de arcos y cúpulas, allí en un rincón tranquilo entre tanto ajetreo. Pammakaristós alberga ahora rezos musulmanes, pero una nave está abierta a las visitas que quieran contemplar otro pequeño tesoro de mosaicos, joyas brillantes bajo las cuales pasar apenas media hora de contemplación, esta vez sin gente. Los secretos a voces de Estambul, demasiado trabajosos para los grupos de turistas, ideales para paseantes que quieran concederles el tiempo que se merecen. Un reposo que necesitamos.

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Vistas del interior y el exterior de la iglesia de Pammakaristós, actual mezquita de Fethiye.

Vistas del interior y el exterior de la iglesia de Pammakaristós, actual mezquita de Fethiye.

Los días fueron largos en Estambul, plenos, y este dio mucho más de sí, apenas había comenzado a esas alturas del mediodía.