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Caminata y playa en Meganisi

Ulyfox | 13 de noviembre de 2020 a las 13:44

Una caminata preciosa.

Una caminata preciosa. Al fondo, Lefkada y antes, Skorpios.

Kostas es el diminutivo de Konstantinos y es un nombre bastante común en Grecia. No tanto como Giorgos, Yiannis o Manolis, pero muy corriente. Pero vimos que a nuestro taxista en Meganisi la gente lo saludaba al grito de “Yásou Kostí“, o sea que hay otra forma de llamarlo, además del vocativo formal de Konstantine! Cosas de este idioma que, miles de años después, aún sigue utilizando las declinaciones, que perdimos todos los pueblos que heredamos nuestra lengua del latín.

Es curioso esto de los diminutivos o nombres familiares en Grecia. Por ejemplo, es muy normal que alguien te diga que se llama Roula y que su nombre verdadero sea Haris. Se entiende en seguida cuando se sabe que el diminutivo femenino suele acabar en ‘oula’. O sea que de Haris deriva en Haroula, y de ahí en Roula. Uno de las veces en que más me sorprendí fue cuando preguntamos a la anciana dueña de un hotel en La Canea cómo se llamaba y nos contestó que ‘Persa’, lo que de por sí ya es bastante sonoro y evocador, teniendo en cuenta la historia griega. Ante nuestro asombro por un nombre raro, nos dijo como queriendo aclarar que no era tan extraño: “Sí, Persa: de Perséfone”. ¡Vaya nombre! Nada menos que el de la diosa hija de Zeus que se casó con Hades, el dios del mundo de los muertos.

Cogiendo fuerzas en el desayuno del hotel Mistral.

Cogiendo fuerzas en el desayuno del hotel Mistral.

Una capilla al inicio del camino.

Una capilla al inicio del camino.

Bueno, pues a Kostas, Konstantinos o Kostí, le dijimos el primer día que al siguiente probablemente necesitaríamos de su servicio para volver de Spartohori, a donde pensábamos ir andando, por la carretera que bordea la costa. Así hicimos, levantándonos lo bastante temprano para no soportar mucho calor en la hora larga que calculamos tardaríamos en recorrer el trayecto desde Vathý. Cogimos una buena ración de energía en el desayuno del hotel Mistral, y nos echamos a la carretera.

 

Calas turquesas a lo largo del camino.

Calas turquesas a lo largo del camino.

Una hora de caminata no es nada, y mucho menos si vas rodeando una costa verde que entra y sale de calas y pequeños amarraderos, y a lo lejos divisas alternativamente la silueta de Lefkada, la de la islita de Skorpios y la del continente griego, azuladas por la luz del día y la bruma ligera que genera el mar.

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Llegando a Spartohori, allá arriba.

Llegando a Spartohori, allá arriba.

Al poco tiempo estábamos en la playa de Agrios, bajo el encaramado pueblo de Spartohori, ante la esperada agua clara y las agradecidas tumbonas, que por estas latitudes tienen un precio más que ajustado, puesto que sus encargados dan por supuesto que consumirás algo en el bar o taberna de las que dependen. A estas alturas de la vida hemos aprendido a regular nuestro aparato digestivo haciéndolo elegir entre un almuerzo copioso y una cena normal. Y como ya sabéis, las cenas en los puertos griegos nos encantan, así que nos conformamos con un ligero sándwich que, contra lo que suele ser normal, no era de muy buena calidad.

Dos imágenes de la playa de Agrios.

Dos imágenes de la playa de Agrios.

Claridad en la playa de Agrios.

Claridad en la playa de Agrios.

Tras el liviano almuerzo, emprendimos la empinada subida a Spartohori, la población más grande de la isla, lo que no significa nada. Era la hora de la siesta, evidentemente, y las blancas y limpias calles estaban desiertas, a excepción de los habituales gatos y algún hombre mayor a la sombra de su porche. Siendo agradable de pasear, no es el pueblo griego más bonito que se puede encontrar, así que lo que hicimos fue tomarnos un café  disfrutando de la vista, espléndida, eso sí. Unas cuantas parejas, que habían hecho la sufrida ascensión, fueron apareciendo por el mismo bar, con las caras coloradas por el esfuerzo.

Vistas desde Spartohori.

Vistas desde Spartohori.

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Calles tranquilas a la hora de la siesta en Spartohori.

Calles tranquilas a la hora de la siesta en Spartohori.

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Ahí fue cuando llamamos de nuevo a Kostí, que apareció tras los habituales diez minutos para devolvernos al hotel. Lo siguiente fue el disfrute acostumbrado del café instantáneo en la terraza contemplando el puerto, la ducha y el breve afeite, el paseo de luz dorada y la toma de posesión de una mesa junto al mar, esta vez en la taberna Errikos. Ahí repetimos ese rito que tanto nos gusta de acercarnos a la cocina y elegir el pescado fresco de los cajones del frigorífico, y contemplar cómo el encargado te pesa la pieza y te comunica el precio. Una botella de vino blanco y a disfrutar de la Grecia más sabrosa y revitalizante en un ambiente único para despedirnos de Meganisi, esa pequeña gran isla.

Vuelta a cenar junto al mar...

Vuelta a cenar junto al mar…

Adiós o hasta la próxima a las Jónicas.

Adiós o hasta la próxima a las Jónicas.

¡Llegamos a Itaca!

Ulyfox | 17 de octubre de 2020 a las 17:47

La estatua de Ulises-Odiseo, en el puerto de Vathy.

La estatua de Ulises-Odiseo, en el puerto de Vathy.

Todo el mundo ha leído esa mínima parte de la obra de Kavafis, así que ya casi todos sabemos que tan importante como llegar a Itaca es el camino que hay que recorrer, y sus vicisitudes. Bien, nosotros cumplimos con ese peaje y por fin, una mañana de primeros de septiembre a la hora que, como mandaría Homero, coincide con la “aurora de rosáceos dedos” atravesábamos la isla de Cefalonia en taxi, desde Argostoli hasta el puerto de Sami, para embarcarnos rumbo a la isla de la que fue rey el mítico Ulises, el Odiseo que dio nombre a los viajes o las experiencias complicadas y llenas de contratiempos.

Navegando hacia Ítaca, allá al fondo.

Navegando hacia Ítaca, allá al fondo.

Y, acompañando a la salida del sol, navegábamos hacia nuestro destino. Media hora después el ferry atracó en Piso Aetos, que significa algo así como Aetos de Atrás, por contraposición al Prostá Aetos o Aetos de Delante, la bahía que está al otro lado del estrecho istmo que une las dos partes en que se divide la isla. ¡Estábamos en Itaca! Sentimos algo muy especial al llegar. Por lo que fuera, en anteriores intentos no lo habíamos logrado, desde aquella primera vez hacía casi 20 años. Esta vez parecía cierta la posibilidad de visitar el palacio de Ulises, la cueva de las Ninfas, la fuente de Aretusa…

La otra orilla de Vathy.

La otra orilla de Vathy.

Vista parcial de Vathy.

Vista parcial de Vathy.

Como Grecia sigue siendo Grecia, el taxi que habíamos apalabrado no estaba allí, en aquel solitario lugar que sólo tiene un pequeño muelle y una caseta que suponemos albergará lo que sea el equivalente a una autoridad portuaria. Pero Atenea no desampara a sus fieles como cualquier compañía aérea de bajo coste, y allí estaba: había otro vehículo simplemente esperando posibles clientes y esos éramos nosotros. Subiendo y bajando laderas, en poco menos de 10 minutos apareció ante nuestros ojos en la mañana radiante la capital de la isla, Vathy, al fondo del profundo golfo que le da nombre (precisamente Vathy en griego significa “profundo”).

Vathy, y allí arriba, Perahori.

Vathy, y allí arriba, Perahori.

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Mucho más bello de lo que esperábamos. Vaticinábamos una población anodina, el único conjunto de casas que casi merece llamarse pueblo, pero encontramos una agrupación de viviendas individuales con fachadas de colores, repartidas en dos o tres hileras alrededor de la casi perfecta ‘u” que forma la bahía, y trepando por unas colinas circundantes llenas de pinos, cipreses y olivos. Allí arriba, la pequeña mancha blanca de Perahori (literalmente, “pueblo de más allá”). Esta sola visión ya inspiraba calma.

La llegada al hotel Omirikon.

La llegada al hotel Omirikon.

Un desayuno junto a los peces.

Un desayuno junto a los peces.

Era temprano, pero ya estaba esperándonos en la recepción del Hotel Omirikon la encargada, que nos dio indicaciones sobre todo lo necesario en la isla. Desde ese momento se apoderó de nosotros la sensación de que éramos señores de nuestro tiempo, sentimiento confirmado por la vista desde nuestro balcón. Y por eso desandamos el camino desde el hotel hasta la plaza principal de Vathy y al borde del mar tomamos un tranquilo y largo desayuno con el pan de verdad que se usa en Grecia, mirando como los peces esperaban que algo se nos cayera de la mesa.

Por ahí está la casa de nuestras utopías...

Por ahí está la casa de nuestras utopías…

... que podía quedar como estas.

… que podía quedar como estas.

Después, dimos un paseo en busca de otra de nuestras quimeras: Penélope acostumbra a navegar por internet a la caza utópica de casas para comprar en esa tierra, y había encontrado una ideal en Vathy, a dos pasos del agua; el precio, normal, se escapaba de nuestras posibilidades, pero aun así nos acercamos a verla, a soñar un poco y a hacer planes con ella en forma de pajaritos revoloteando en nuestras cabezas.

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La magnífica playa de Gidakis.

La magnífica playa de Filiatró.

El calor apretaba a mediodía, así que la mejor opción era la playa. Las distancias en Itaca son manejables para hacerlas a pie, pero con la que estaba cayendo buscamos un taxi que nos llevara a la de Filiatró, con fama de ser de las mejores. La fortuna guió nuestros pasos otra vez y dimos con Gerásimos, el taxista que terminaría siendo por varios días nuestro conductor por las endiabladas carreteras. Filiatró, que estaba llena y nos hizo pensar en la pesadilla turística que debió de ser Itaca en otros años sin covid, nos sirvió de refresco con su agua transparente, y de alimentación en la única taberna.

 

En el balcón de nuestro apartamento en el Hotel Omirikon.

En el balcón de nuestro apartamento en el Hotel Omirikon.

El mismo Gerásimos nos vino a buscar a media tarde y la jornada dio aún para mucho más: un tiempo de relax con lectura en el hotel, un paseo vespertino con rendición de culto a la estatua de Ulises en el puerto y una cena sencilla y muy buena en la taberna Kantouni, que elegimos por la simple razón de que en su terraza sonaba la impar voz de Dimitris Mitropanos: los amores son así, y Mitropanos provoca el amor a primer oído. La camarera, muy guapa, una búlgara que sabía algo de español, nos contó que era amiga de Ana Capsir, excelente autora del blog ‘Navegando por Grecia’, así como del precioso libro ‘Mil viajes a Itaca’ que perdimos en uno de nuestros viajes por allí. Capsir vive en la cercana isla de Lefkada y organiza cruceros en velero por las islas.

La taberna Kantouni.

La taberna Kantouni.

El día terminó dulcemente. Y a la mañana siguiente nos esperaba Gerásimos para nuestra primera excursión…

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