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La Alberca, lo que permanece

Ulyfox | 13 de diciembre de 2011 a las 15:03

La Plaza Mayor de La Alberca

Una de las razones curiosas para volver a La Alberca era comprobar si el paso del tiempo y su incorporación al turismo masivo habían cambiado este maravilloso pueblo de Salamanca, si el legítimo interés por el aprovechamiento había cruzado el límite del respeto. La primera alegría fue comprobar que no, que ahí seguían las calles empedradas, las casas con entramados de madera, los aleros sobre las calles. Y que nada puede con esa perfección de pueblo castellano que es la Plaza Mayor, con su crucero, sus soportales y su fuente. En todo caso, ha crecido el número de tiendas, lógicamente, con productos más o menos autóctonos a la venta. Y algún hotel muy respetuoso con el entorno arquitectónico y natural en el que se encuentra, como el Doña Teresa ( http://www.hoteldeteresa.com/ ), en el que nos alojamos y cenamos muy bien atendidos durante tres noches, pegado al pueblo.

El puente sobre el río, para llegar al pueblo.

Pero saliéndose del recorrido más comercial que se inicia en la Calle de la Puente, tras atravesar el río, las callejas conservan sus nombres evocadores, sus dinteles grabados con advocaciones marianas y fechas lejanísimas, y mirando al interior de algunos portales se puede ver que la vida de pueblo continuará cuando se vayan los turistas. Y que éstos, nosotros, podemos seguir disfrutando de sus embutidos ibéricos, de sus legumbres y del agradable vino de Sotoserrano, justo al lado, y de otros pueblos de la Sierra.

Hacía frío, pero para eso están los abrigos.

Hacía frío, pero solo el justo para que nos creyéramos que estábamos en Castilla en diciembre, y para que te apeteciera ese vaso de vino y esa cocina recia, tradicional y sabiamente sabrosa. Probamos el Asador la Catedral, en la Plaza Mayor, unas excelentes alubias con ibéricos del pueblo y el imprescindible cordero lechal al horno, un clásico en nuestros viajes invernales castellanos. El vino, también de la zona, ‘Alagón’ de uva rufete, desconocida para nosotros.

La dulce sensación tras el cordero y el vino.

La combinación nos dejó la alegría que te proporciona una buena comida propiciadora de una excelente digestión, y unos hermosos parchetones calentitos en el rostro con los que abrigarnos de la tarde que se venía encima. Excelente compañía.

Es fácil encontrar calles solitarias.

La Alberca, que gasta merecida fama de pueblo precioso desde hace décadas, está a unas ocho horas de camino desde Cádiz, pero prácticamente todo el camino es autovía, hasta Béjar. Pero nosotros veníamos de Mérida, esa escala tan gratificante, y eso nos supuso sólo tres horas y media a nuestro destino. La desviación nos llevó al final por carreteras curvadas y campos invernales, con gente paseando por los bordes de la calzada, animales, casas salteadas y árboles desnudos y ateridos. Lo que permanece pese a todo. Un gustazo.

Piedra y madera en las fachadas.

 
El entorno de La Alberca, la sierra de Francia, el valle de las Batuecas, los pueblos de alrededor, merecieron una visita en los días posteriores. Excursiones cortitas para permitir la siesta y la lectura. Se contará en próximos días.

Alrededores de La Alberca, ante el hotel Doña Teresa