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Noches de ensayos

José Antonio Martín Pereira | 25 de marzo de 2011 a las 12:00

Singular y cargado de una serie de conductas difícilmente analizables. Individualizar sería acercarse a la osadía. El mundo del costal solo es interpretable desde la compleja generalidad que lo delimita. En Sevilla fenómeno de masas, al costalero se le venera y respeta hasta extremos de dudosa conveniencia. Capaces de alcanzar la cúspide del sincronismo, también se le atribuyen perniciosas competencias cuando se trata de tomar decisiones en las hermandades. Enrevesada tesitura, sin visos de variación por el momento.

El costalero es el aquel que necesita que lo llamen veinte veces para recordarle la hora del ensayo, pero luego cumple privando de su tiempo a familia y quehaceres. El que citado a las nueve aparece a las diez y media, aunque después es capaz de voltear sin objeción la batalla de los kilos. El costalero es el de inquietos gustos peligrosamente alabados, a la vez que sostiene un ponderado compañerismo digno de distinciones. El de abrazos, palmadas y besos. El que asume el valor de la amigabilidad. El costalero, al fin y al cabo, es peculiar.

Noches de ensayos culminan motivaciones, con posterioridad los resultados serán admirados una y otra vez desde el preciso instante que las puertas de San Lorenzo dictaminen el inicio de la próxima espera. Ultimando detalles, las deseosas cuadrillas de costaleros volverán a marcar diferencias contribuyendo para que Sevilla siga siendo emplazamiento paralelo al arte. Falta poco.

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