Semana Santa 2011: sillas, sillitas y campamentos

José Antonio Martín Pereira | 27 de abril de 2011 a las 11:32

Menos protagonismo del esperado han tenido las sillas. Siendo como fueron uno de los objetos principales de la pasada Cuaresma parece que, ahora que relucen resúmenes de lo acontecido, su repercusión ha quedado diluida entre tanta agua de lluvia. Contadas alusiones a un «Plan Palio» el cual dados sus improvisados matices poseía todas las papeletas para resultar lo que finalmente ha sido: un fracaso. Porque no me negarán, era necesario tener valor para sentarse a esperar las cofradías bajo el sofocante calor del Domingo de Ramos.

Así que ni las asociaciones de mayores ni los hoteles, a los que el Ayuntamiento destinó el uso de los controvertidos asientos, han conseguido mitigar la indiferencia causada por los corralitos instalados en la Encarnación y otros puntos, demostrando que electoralismo y caridad no calzan por el mismo canto. Y ello pese a que Sacyr, la empresa concesionaria del Metropol Parasol, había editado un programa en el que se recogían las 15 cofradías que debieran haber pasado por el disonante hito arquitectónico de Jürgen Mayer, bajo el lema «Un gran lugar para vivir un gran momento de la Semana Santa» (casi “ná”). Así las cosas, hubo quien optó por ver cofradías sentado en las escalinatas de las “Setas”, frente a los que prefirieron ni acercarse al renovado espacio.

Cosa distinta, aunque bien pudiéramos usar aquí también el término corralito, es la que continúa rodeando a una moda la cual lejos de disolverse cada año afianza con mayor fuerza sus peligrosas raíces. La Semana Santa de calle no es la que fue, empezando porque las autoridades especulan mucho en la antesala pero llegado el momento esquivan las formas de efectuar remedios. Me sigue picando la curiosidad por saber si los chinos que campeaban entre el público sillitas en mano eran poseedores de algún tipo de licencia para vender en la vía pública, o simplemente esas acciones obedecen a determinadas excepciones fiscales como añadidura a la lista de bulos en relación a ese orden y por todos conocidos. Empezando por ahí sería posible asimilar el uso de los polémicos escabeles de mano siempre y cuando fuesen usados por personas a las que la salud demandara el invento. Cualquier ocupación fuera de esa circunscripción mantiene similitudes con un atentado estético, desmedido y egoísta contra los placeres que rodean al transitar de una cofradía. A muchos se les sigue olvidando que no son propietarios de la parcela donde plantan el trasero.

Y ligado al uso irracional de sillitas surgen los campamentos. Al más puro estilo dominguero de playa cualquier día encontraremos a más de uno con su mesita coronada por la tortilla de patatas y el picadillo. A la Alfalfa, lugar cumbre en este tipo de prácticas en pretéritos años, poco a poco se han ido adscribiendo otros como Trajano, Orfila, Lasso de la Vega, El Duque o Rioja, además de inmediaciones de capillas como la de los Marineros, donde a las cuatro de la tarde del Jueves Santo y bajo un intenso aguacero ya se observaban a los primeros guardianes de acera instalando cuartelillos. Tipología de prácticas superada incluso por irresponsables que desafían los cánones del ridículo toalla y neverita en el suelo. Claro que por propia integridad personal, a tenor de las pintas de los jóvenes individuos, mejor no detenerse buscando la instantánea para ofrecerles.

Dicho lo anterior, queda la impresión de que mientras se mantenga la moda expuesta el fino hilo sobre el que se sostiene la paciencia continuará soportando exceso de carga. Las actuaciones llegarán cuando lamentemos incidentes.