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Reflejos color tiniebla

José Antonio Martín Pereira | 22 de octubre de 2012 a las 11:20

Artículo de colaboración para el Boletín El Gallo y la Columna.
Edición de Cuaresma 2012. Hermandad del Cristo de Burgos.

Clásicas interpretaciones aliviaban la escolta, en la madrugada tímida que comenzaba a esbozarse sobre el reducto sembrado por las estiradas sombras que invadían la parsimoniosa oscuridad. Horadando la imprecisión en la que a menudo resguardan las emociones, el flemático tránsito de la cofradía por la constricción que abre paso entre los muros antigua calle del Vino, hoy Sales y Ferré en honor al que fuera catedrático de Historia, fundador del Ateneo de Sevilla y primer catedrático de Sociología de España, iba cubriendo de vetusta pátina el ambiente, disponiéndolo lentamente para lo que habría de arribar.

Al final de la calle, una portentosa plaza acoge ya el reposar de la austera Cruz de Guía, escoltada por pareja de faroles, que precede a la cofradía. Es entonces cuando una de las primeras juderías de la ciudad, en tiempos de Fernando III, a la que posteriormente se la conocería como Adarvejo de los Moros, y más tarde aún como Plaza de los Descalzos, en atención al extinto convento de los Trinitarios Descalzos, toma conciencia con su propia retentiva, presa involuntaria de la escala de sensaciones, cuya intención profundiza sobre los añosos paredones en los que aún resguardan ascuas de la que fuera una de las primeras fábricas de elaboración de tabacos que conociera la Europa del XVI.

Con temple la cofradía avanza. Brunos nazarenos desfilan simétricamente copando el espacio mientras el silencio extiende su impronta bajo un firmamento del que desprenden desafiantes reflejos color tiniebla, tal y como las previsiones habían dispuesto. Entretanto, al fondo una silueta avanza iluminada por multitud de incesantes ráfagas, avivando la cadencia de los hermanos que custodian y anteceden. Por su parte la noche, envuelta en irreal sosiego, recompone sepias fragmentos al paso de Cristo tal y como lo concibiera la gubia de Juan Bautista Vázquez ‘El Viejo’, idealizado a semejanza del Cristo de San Agustín que se venera en la capilla del Santísimo Cristo de la Catedral de Burgos. Sevilla es otra, y es la misma. La cofradía camina.

Y en su caminar, de fondo el primer tañido del Jueves Santo, transformado en alarido, golpea fríamente sobre los reflejos evidenciando la antesala de la Pasión y Muerte de Cristo. Acto seguido el paso se detiene, iluminando la noche por medio de cuatro hachones color tiniebla, simulando la presencia de Dios en medio de su pueblo como se concibiera en los templos de Jerusalén, y completando una catequesis en la calle que halla parecidos con el Oficio de Tinieblas, el cual forma parte de la Liturgia de las Horas y representa el abandono de los Apóstoles previamente a la Muerte del Redentor. El fin inevitablemente se acerca.

Acompaña la escena una muchedumbre que clava miradas en Aquel que nuevamente es portado, en el mismo instante que la hondura de una saeta traspasa el enrejado enmudeciendo almas y avivando la fe, soporte de esperanza y llave de los tesoros de Dios. Crónica que se repite al llegar María, Madre de Dios de la Palma, reverberando divina belleza en el color tiniebla mezcla de cera iluminada y lobreguez, cual poesía de Machado, relato de Bécquer o lienzo de Murillo. Sevilla era entonces deleitada con los últimos compases en la calle, probablemente ajena a una Semana Santa inusual cuyo colofón, al contrario que por costumbre, se pondría en San Pedro y no en San Lorenzo, entre reflejos color tiniebla.

  • Cofrade

    De lo mejor que le he leído Sr. Muñidor, y eso que tiene usted algunas cosas muy buenas publicadas. Le felicito, y también a la Hermandad del Cristo de Burgos, por contar con esa publicación.

  • Juanfran

    Muy buena exposición de lo que entiendo es la recogida de la cofradía del Cristo de Burgos, uno de los momentos cumbre en los últimoss añoss.