Cuarenta días…

José Antonio Martín Pereira | 5 de marzo de 2014 a las 11:34

Inexorable transitar de relojes, certeza de almanaques de pared que esperan saetas a las puertas de lo efímero. Asoman albores entre calígines que preceden lluvias, entretanto el pausado despertar de los naranjos, invisible aún, distingue la hermosa senda que concluirá en explosión gozosa de aromas. Marzo reverdece envuelto en la profusión de heraldos donde se dictamina la ficticia frontera que la historia de nuevo entrega, para que sea el anhelo el encargado de descifrar misterios en una espera que exhala amaneceres definida en tinta sobre papiro.

Con la Cuaresma recibimos ese tiempo litúrgico que borda las postrimerías de su intervalo con distinto hilo según cada hogar con la siempre amenaza de lo anodino, venablo que asesta tajos sobre los movedizos sostenes que equilibran la Fe. Es, por mucho que pasen los años, momento para ejercicios de reflexión, para preguntarnos con la firme convicción de sentirnos hijos de la Iglesia si verdaderamente estamos abriendo paso a Cristo, o por el contrario le vemos pasar sin remover la conciencia. Cabe, por tanto, distinguir si, en estos días, pasamos por su lado agrietándola con la mirada clavada en la belleza inmóvil, o caminamos junto a Ella exponiendo sin miedo las aspiraciones a crecer como persona y, por ende como cristianos. En estas, es posible que Aquella que hoy conozcamos no se parezca a los primitivos términos que le dieron la venia, el ser humano tiene la dudosa virtud de renovar sus comportamientos y la Fe sujeta a las costumbres no escapa a sus razones, pero valga aún la magnitud de sus proporciones como método de encuentro con Cristo y a la vez con nosotros mismos, a través de la Palabra.

En definitiva, la Cuaresma retorna anticipando el solemne protagonismo de la Gloria, ahora que la humanidad más lo requiere. Seamos conscientes, la levedad de la llama que encendida alumbraba el anuncio y la llegada de Niño Dios tomará fuerza nuevamente al recibir el sombreo de la perecedera señal sobre la frente, convirtiéndonos en transmisores de la verdad y el gozo. Cuarenta días…

 

«Pulvis es et in pulverum reverteris» (Génesis 3,19).

BhMBE-3CMAAvH-l

Foto: Fran Silva

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