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Profundizar en verano

José Antonio Martín Pereira | 14 de julio de 2013 a las 12:46

Atañe al fragmento estival aquello ajeno a los quehaceres diarios. La actualidad, en lo que a las cofradías respecta, despista con su desasosiego incluso a quienes intentan alargar la umbría más allá de donde la focaliza el sol.

En estas, los días que pululan tostados al abrigo de los pertinentes calores esconden paradójicas disimetrías en función al prisma en el que reflejen. De este modo, innumerables condicionantes atraviesan, para la mayoría, la rutina que irá retornando a medida que las sombras apremien a las tardes. Mezclados descanso y trabajo, según corresponda, nada invita sin embargo, a resolver en favor del abandono de la Fe, ya sea cubierta en la intimidad de cada cual o simplemente visitando a Dios en su Casa de San Lorenzo, desde donde siempre escucha y todo lo ve.

Necesario, pues, se antoja mantener y ahondar la firmeza de valores en respuesta a los sucesivos intentos de manchar y desequilibrar, por la sencilla razón de extender la moda vinculada a la mofa de cualquier atisbo que suene a catolicismo. Esta semana, nuevamente los periscopios apuntaron a San Gil, dejando en evidencia la falta de imaginación y las ganas de protagonismo con los que se presentan los de siempre. Pero no nos llamemos al engaño, en el fondo éstos valientes de turno escenifican exactamente lo mismo que aquellos que, estando superficialmente vinculados a la defensa del Dogma, y por supuesto repletos de medallitas (sin valor), en realidad se dedican a despotricar sobre la Institución que nos acoge. Ejemplos sobran.

En respuesta a los ataques

José Antonio Martín Pereira | 19 de mayo de 2011 a las 16:27

Ríase usted de las recientes manifestaciones terminológicas de democracia y respeto expuestas en la sucesión de atentados (hablando alto y claro) impunemente enfilados hacia la Santa Iglesia Católica en éste el país del todo vale. Provocaciones, agitaciones, alteraciones o como quieran llamarlas, de las que a buen seguro un servidor, como usted, pudiera dar cuenta a tenor de lo expresado en los diferentes medios (unos más veraces que otros), e incluso en primera persona. Claro que eso sería valorar desde la publicidad a los infelices que atesoran las brillanteces de que los males de la decadente sociedad mal-llamada “del conocimiento” encuentran culpabilidad en la Misericordia de Cristo. Ineptos…

No obstante, si a algo está habituado el católico a lo largo de la historia es a salir airoso de las persecuciones a las que nuestra Doctrina se ha visto sometida. Fíjese usted, la primera, bajo la ordenanza del Emperador Nerón, sexto emperador de Roma, tuvo lugar en el año 67. Nerón reinó por espacio de cinco años de manera tolerable, dando rienda suelta luego al desenfreno y a las barbaridades. Así incendió Roma, culpando a los cristianos para luego inventar una variopinta tipología de castigos contra los ellos, haciendo que algunos fueran cosidos en pieles de animales salvajes, arrojados a los perros para que los atacaran, o cubiertos con cera y prendidos en fuego atados a postes para que iluminaran sus jardines como antorchas humanas. Al lado de esto, las profanaciones e insultos contra nuestra Fe desarrolladas a lo largo de los últimos tiempos en España, e instigadas en buena parte por un brazo de la política carente de ideas y necesitado de desviar atenciones, quedan relegadas a meras simplezas en el engrose del anecdotario.

Anécdotas, eso sí, que evidencian la necesidad de adaptación a los nuevos tiempos, aunque lógicamente sin entrar al juego de las provocaciones o la violencia. Urge pues que los católicos (y por ende los cofrades), encabezados por los directores espirituales, seamos formados para la realidad tristemente impuesta, en la cual situaciones como las recientes seguirán alimentando el caldo de cultivo de los que viven de ojos cerrados. Lo cierto es que ningún manifestante, grupo político e institución civil ha optado por darse una vueltecita por las calles vociferando contra los 36.000 millones de Euros que la Iglesia Católica ahorra a la maltrecha economía del Estado español, a través de sus centros de enseñanza, hospitales, ambulatorios, dispensarios, asilos, centros de minusválidos, de transeúntes, orfanatos, Misiones, Cáritas, mantenimiento del patrimonio histórico-artístico… ¿sigo?

Por todo ello usted, católico supongo, deje los golpes de medalla (con su correspondiente traje) a un lado y salga en defensa de la Fe en la que cree, siendo consciente de que lo que ciertamente vale es dar la cara ahora, y no poner maquillaje escondiendo vergüenzas una Semana al año.