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Sé que volverás

José Antonio Martín Pereira | 17 de marzo de 2020 a las 10:57

Jamás pensé que aquello que días atrás nos contaban podría convertirse en certeza. Que la historia, aún por escribir, concluiría sin ni siquiera haber empezado. Que dejaríamos el libro de los sueños del mismo color de aquellos nazarenos con los que pretendíamos encontrarnos entre las sombras del parque, cuando los primeros rayos se entregaran a la tarde invitando a dejar atrás los nervios de la mañana.

Acabas de irte y ya se te extraña, porque la conciencia no acierta a comprender que los encuentros que habíamos pactado, ahora no habiten más que en lo recóndito de cada interior dejando un reguero de nostalgia sin consuelo.

No ha venido aún la primavera y ya daría la vida por cambiarla, por llenar de intensidad estos silencios con el ajetreo de parihuelas de ensayo; de ejércitos de candelerías relucientes; de majestuosos altares desafiando las alturas; de repartos de papeletas de sitio; de túnicas por planchar y escudos esperando aguja e hilo; de capirotes que regresan tras el letargo en los altillos; y madrugadas, de largas madrugadas de casas de hermandad.

Acabas de irte con la fugacidad con la que acostumbras, pero esta vez sin que el incienso difumine perfiles por las esquinas. Los sentidos, todos los sentidos, quedaron vacíos, descompuestos sin el olor a cera mezclada con clavel; sin los aromas que desprende la miel de los pestiños; sin los crujidos de la madera y el rachear de las alpargatas de los costaleros; sin saetas ni cornetas; sin bullas ni pies cansados; sin programas de mano arrugados del salir y entrar en los bolsillos; sin alfileres en las solapas de las chaquetas; sin la luz de los cirios que tenían previsto anunciar, como solo ellos saben, el triunfo de la Vida.

Acabas de irte, y la contradictoria percepción del recuerdo se ha instalado sobre una realidad que exhibe primogénitos deseos, implorando refugio en el regazo de la Palabra, semilla que ya busca raíces en el delicado huerto que Sevilla reserva al anhelo, a la espera de que imperfecciones futuras deparen provechosas tardes de sol y éstas vuelvan a abrir de nuevo el ciclo que quedó por cerrar.

La melancolía se abre paso y de nada sirve que las confiterías sigan pregonando en sus cristaleras que “hay torrijas”. El bacalao este año no vivirá su apoteosis cuaresmal. Las túnicas no irán a las lavanderías y las insignias, perfectamente dispuestas, quedarán en el reposo oscuro de los armarios esperando que vuelvas con fulgores a reclamarlas. El azahar, que es más que una flor, ultima sus aromas desnudando los naranjos cuales muestras de aquello que pudo ser y no será.

Acabas de irte pero sabes qué, sé que volverás. Porque siempre vuelves, porque aunque esta crónica nunca haya sido escrita, la Esperanza, que en Sevilla tiene nombre de mujer y vive junto al Arco, habita cual primavera palpitante en el corazón de cada invierno, y amanece como aurora sonriente detrás de cada noche. Tal vez el que reside al final de la calle Castilla, haya dispuesto este guión diferente para hacernos comprender la suerte que tenemos de disfrutar del milagro de la vida que comienza en el Salvador entre palmas y varitas plateadas y concluye en el corazón de la ciudad a los pies de un sudario, demostrándonos así que esa fortuna no está al alcance de quienes sufren en hospitales, en residencias o en la más punzante soledad. Al fin y al cabo Dios siempre decide por nosotros, y sus designios son inescrutables.

Lejos quedan los últimos ecos con los que dijiste adiós en San Lorenzo, pero estoy seguro que podré volverte a esperar otros 377 días. Sé que volverás.

Semana Santa 2020

La Esperanza

José Antonio Martín Pereira | 24 de abril de 2011 a las 15:54

Fue lo que nadie quiso, marchándose sin pronunciar palabra. El Miércoles culminaba la estrechez impuesta por San Pedro para la Semana más amarga del calendario sevillano. Lejos quedaba por aquel entonces el aguerrido sol de Domingo de Ramos, y más aún el desafiantemente instalado semanas atrás. A partir de hoy, cúmulo de recapitulaciones y lamentos profundizarán en libros de Historia en un intento desesperado por encontrar el consuelo extraviado. Nada es necesario, ya lo recordó San Pablo: «Si Cristo no hubiera resucitado, vana seria nuestra fe» (I Corintios 15,14).

Por eso no ahoguen sus pensamientos entre la telaraña del infortunio pasado, abracen aquello que les hizo sonreír, devuelvan a su mente los detalles que manifestaron imborrable parte de su Semana Santa, recuerden momentos en buena compañía y mantengan presente que la Esperanza habita en la tierra de María Santísima todos y cada uno de los días del año.

¡Feliz Pascua de la Resurrección!

Alivio en La Resurrección

José Antonio Martín Pereira | 6 de marzo de 2011 a las 16:53

Se acabó, y ya iba siendo hora, uno de los mandatos más conflictivos que se recuerdan al frente de una Hermandad de Penitencia en Sevilla. Juan Muñoz Jigato, el hombre empecinado en hacer de La Resurrección una cofradía del Sábado Santo, ha presentado su renuncia ante la autoridad eclesiástica después, según cuentan, de perder la confianza de su Junta de Gobierno. Abdicación, año y medio antes de la expiración de su segundo mandato, precedida por varias peticiones de dimisión que habían arrastrado el curso de la Corporación hacia un callejón sin salida. Contradicción que pone de manifiesto el carácter voluble de sus propios compañeros de viaje, los mismos que le impulsaron a librar la ilógica batalla.

Como infausto legado, una amplia lista de intentos de desplante en las intenciones por consumar el «objetivo prioritario» con que se presentó a las elecciones, poner la Cofradía en la calle el Sábado Santo, reducidos a la nulidad después de que Asenjo cerrara cualquier atisbo de apertura a esa vía. Recuerden la contundencia del Arzobispo la última vez que ambos se vieron las caras: «Para salir el Sábado Santo van a tener que esperar a que llegue otro obispo, porque yo no voy a cambiar las cosas ni para un lado ni para otro»

Con la ausencia de Muñoz Jigato, quien por cierto también ha dejado su cargo de diputado mayor de gobierno en San Esteban, se esfuma la obsesiva idea, cargada de irraciocinio, que en los últimos años sacaba los colores a la Cuaresma. Ahora será Miguel Ángel Pérez, el teniente, quien asuma el cargo hasta la próxima cita electoral, aunque esperemos, por el bien de los hermanos de Santa Marina, que la situación en la Hermandad se normalice una vez se permita la transfusión de nuevas formas de pensamiento. El listón está tan bajo que poco será suficiente para incoar el repunte.

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