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Los niños del Buen Fin

José Antonio Martín Pereira | 19 de marzo de 2018 a las 9:57

La Semana Santa de Sevilla se conforma quizás exclusivamente en el imaginario de nuestros sentimientos, de la memoria. Es un sueño avivado por el ideal armónico, simbólico y abstracto mediante el cual la belleza se exhibe ante nuestros sentidos sin que podamos retenerla. Tan exacta y precisa que es capaz de tumbar los designios de la nostalgia y el recuerdo, trasladándonos el perpetuo deseo de contemplar una ciudad perfecta, en esa búsqueda compulsiva del éxtasis como director de un proceso histórico que clava sus raíces en los dobleces más abisales de nuestra religión y de nuestra cultura. Así ha sido a lo largo de los siglos de ritos repetidos, y así se sigue dibujando desde la soledad interior de los cientos de miles de capirotes que esgrimen la liturgia cada año con la luz esperanzadora de una primera vez.

El génesis aún resplandece a través de los rescoldos que han hecho perdurar la fiesta. Los dos tramos de niños de la cofradía del Buen Fin representan esa Semana Santa añorada a la que intentamos recurrir constantemente, y que tal vez exista únicamente en los vagos recuerdos que nos quedan de aquel tiempo en el que también jugamos a ser nazarenos vestidos con la túnica de la hermandad desde que los primeros rayos de sol despegaban las hojas de la persiana. El testimonio más certero de la exposición de la fe es el que realizan ellos, desde sus carritos empujados o de la mano de sus padres y madres, abuelos y abuelas, como si la transmisión de emociones no entendiera de edades ni de circunstancias personales.

Probablemente ajenos a la exquisita sensación que dejan a su paso, entre el amplio despliegue de caramelos y estampitas repartidos sin filtro al público que presencia el discurrir de hábitos franciscanos en primera fila, e indiferentes al extraordinario poder de admiración que producen su Cristo dormido y su Virgen de tímida sonrisa, este grupo de pequeños perfectamente organizados realizan cada año una demostración perfecta de la revelación colectiva, curiosamente enfundados en la idiosincrasia de una Hermandad que ejecuta una grata labor con el grupo infantil que más lo necesita a través de su Centro de Estimulación Precoz.

Esa Semana Santa natural que no ha sido corrompida y que no entiende de la exigencia de horarios e itinerarios, se desarrolla con la escrupulosa plenitud de la ilusión llevada a su máximo exponente. Y lo es porque estos niños nos enseñan que a lo establecido sólo le cabe un traje, con menos costuras, y que a pesar que la sociedad derive situando los valores frente a un peligroso acantilado los cristianos seguimos llamados a acudir a Cristo constantemente. La metáfora de los niños como vehículo conductor hacia el Dios Verdadero de los Sagrarios. Si me pidieran que resumiera lo que está por venir, lo haría mil veces tomando el mismo ejemplo. Los niños del Buen Fin me cautivaron.

Cristo_BuenFin