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27 de mayo de 1923, el día en el que se inauguró el retablo cerámico del Arco de la Macarena

José Antonio Martín Pereira | 27 de mayo de 2020 a las 19:52

El del Arco de la Macarena fue el último retablo que salió del taller de Manuel Rodríguez y Pérez de Tudela, premiado en múltiples certámenes y exposiciones de cerámica, como las de Sevilla (1905, 1908 y 1911) y Méjico (1910).

La historia del azulejo que custodia este antiguo acceso que aún se conserva de las murallas de Sevilla se remonta al año 1922. Se trata del cuadro cerámico de la Esperanza que se inaugura el 27 de mayo de 1923 por la infanta María Esperanza de Borbón y fue bendecido por el Cardenal Ilundain.

Se conoce que fue realizado por iniciativa del consejero espiritual de la Hermandad, Sr. Sebastián y Bandarán, que quiso colocarlo en ese lugar porque tradicionalmente todas las puertas y postigos de Sevilla habían sido custodiadas por retablos callejeros de la Virgen.

Para pagar su factura se organizó una suscripción popular, que alcanzó la suma de 1.018 pesetas. Su cocción defectuosa hizo que se retocase al óleo y aparece flanqueado por los escudos de España y Sevilla, a la derecha y los de la Hermandad Macarena, a su izquierda.

El 23 de septiembre de 1995, dentro de los actos conmemorativos del IV Centenario fundacional de la Hermandad de la Macarena, tuvo lugar un Solemne Pontifical con el paso de la Virgen bajo el Arco, oficiado por el Arzobispo de Sevilla Fray Carlos Amigo Vallejo, con asistencia de numerosas personalidades, entre ellas Sus Altezas Reales Pedro de Orleans y Esperanza de Borbón.

arco de la macarenaImagen del día de la inauguración / Hdad. de la Macarena

retabloFoto: Retabloceramico.net

El Misterio que pudo convertirse en tercer paso del Cristo de Burgos

José Antonio Martín Pereira | 26 de mayo de 2020 a las 19:20

Para situarnos hemos de hacer mención al difícil origen de la hermandad del Cristo de Burgos, probablemente asociado a la refundación de algunas antiguas hermandades. Sea como fuere, la cofradía que hoy conocemos realizó su primera Estación de Penitencia en 1889 con un solo paso, entonces como Hermandad del Santo Cristo de Burgos y Madre de Dios de la Palma.

“No es exacta la información de que, de forma accidental en el año 1943 se constata que la Hermandad no posee reglas oficiales; la Hermandad solicita a la Autoridad Eclesiástica nuevas Reglas pero recogiendo la Titularidad de la extinguida Hermandad de las Negaciones y Lágrimas de San Pedro (vulgo antaño de los Estudiantes); se procede de manera urgente, a instancias del entonces Hermano Mayor, Don Francisco Abaurrea y Álvarez Osorio, a la redacción y aprobación por el Cardenal Arzobispo de Sevilla, Don Pedro Segura y Sáenz, quien concede dicho Titulo y, por tanto, otorga a la Hermandad una nueva y, a la vez, añeja antigüedad”.

Entre medias en el año 1932, la corporación de San Pedro encarga al escultor Lorenzo Coullaut-Valera la hechura de un grupo escultórico que representase el momento evangélico de las negaciones del Príncipe de los Apóstoles, para hacer un tercer paso con el misterio.

Coullaut-Valera, formado en los talleres de Susillo y Querol, trabajó sobre todo en obra monumental pública, ubicadas tanto en España como en Hispanoamérica y participó en diversas Exposiciones Nacionales de Bellas Artes y en la Exposición Universal de Barcelona de 1929. Era en aquel entonces un reconocido escultor e ilustrador, y contaba entre sus distinciones con el Premio Nacional de escultura de la Real Academia de San Fernando, obtenido en 1906 por la alegoría La Academia de San Fernando protectora de las Bellas Artes.

Entre las obras de este autor natural de Marchena podríamos señalar el monumento a Bécquer en la Glorieta de Bécquer del Parque de María Luisa, el monumento a la Inmaculada Concepción en la Plaza del Triunfo en Sevilla o los monumentos alegóricos “El Arte” y “El Genio” para la glorieta de Covadonga del Parque de María Luisa de Sevilla.

No obstante el proyecto ideado para la hermandad se frustraría ante el repentino fallecimiento de este gran escultor, y la hermandad finalmente decidió no ejecutarlo. Sería en 1958 cuando el hijo de Lorenzo, Federico Coullaut-Valera, lo reprodujo para la Hermandad del Prendimiento de la localidad de Orihuela (Alicante). Este grupo escultórico está compuesto por siete figuras y un gallo, tallas de tamaño más grande que el natural, en madera de pino policromada y estofada.

Se da la circunstancia de que décadas después la Hermandad del Carmen incorporaría este pasaje evangélico a la Semana Santa de Sevilla, curiosamente en la jornada del Miércoles Santo. La cofradía de Omnium Sanctorum celebra este año 2020 su XXV Aniversario fundacional.

boceto cristo de burgos

Boceto original, Lorenzo Coullaut-Valera (1932)

prendimiento orihuelaMisterio de la Hdad. del Prendimiento de Orihuela, Federico Coullaut-Valera (1958) / Foto: Hdad.

Cuando el crucificado de la Buena Muerte estuvo en una caseta de Feria

José Antonio Martín Pereira | 25 de abril de 2020 a las 20:12

Las cofradías de Sevilla atesoran historias cargadas de curiosidades. Una de tantas quedó en los anales gracias al presente documento gráfico, que recoge al Cristo de la Buena Muerte de los Estudiantes bajo las lonas de una caseta de Feria.

La citada estampa tuvo lugar en el año 1965, coincidiendo con las Santas Misiones en las que dicha corporación participaría junto al resto de hermandades y asociaciones de fieles de la Archidiócesis. En aquel entonces, la hermandad de los Estudiantes residía en la Anunciación, mientras en la antigua Fábrica de Tabacos lo hacía las Cigarreras.

No obstante algo más de una década antes, en 1950, la Universidad de Sevilla decidió trasladarse desde la calle Laraña a la Fábrica de Tabacos y, con ello, la hermandad acordó también trasladarse con ella el 7 de febrero de aquel año, llevando al Señor en hombros al año siguiente para presidir la inauguración del Rectorado.

Sin embargo el traslado definitivo de la hermandad a su nueva sede no se produjo hasta 1966, concretamente el 26 de noviembre de dicho año, ya que estaba condicionado a la marcha de las Cigarreras de allí y a que debían hacerse obras de ampliación de la capilla del Rectorado. La cofradía de las Cigarreras había permanecido en esta sede desde 1904.

Por ello, como experiencia previa al traslado definitivo, el Cristo de la Buena Muerte participó en las Misiones Generales de 1965, trasladándose a la caseta permanente que el Real Círculo de Labradores tenía montada durante todo el año en la Feria, que por entonces estaba en el Prado de San Sebastián.

Aprovechando la cercanía del mencionado centro misional con la sede de la nueva Universidad, se celebraron actos dentro de la Antigua Fábrica de Tabacos con los estudiantes, presididos por el crucificado de la Buena Muerte, los cuales sirvieron de anticipo al traslado definitivo a la calle San Fernando que se llevaría unos meses más tarde.

Misiones-1965_HDADFoto: hermandad de los Estudiantes

La cofradía de la Cárcel Real

José Antonio Martín Pereira | 23 de abril de 2020 a las 14:03

Los historiadores coinciden en determinar el que el origen de la Semana Santa sevillana guarda relación directa con el nacimiento de las cofradías. Existen, incluso, documentos históricos que demuestran la existencia de cofradías en Sevilla desde el siglo XIII, como agrupaciones de fieles que vivían la religiosidad, de modo discreto, en el interior de templos y conventos.

En este sentido, todo parece indicar que la primera procesión de Semana Santa de Sevilla se inició con el Vía Crucis a la Cruz del Campo, una costumbre que instauró el Marqués de Tarifa, Fadrique Enríquez de Ribera, en 1521 tras su regreso a la ciudad procedente de Jerusalén.

No sería hasta mediados del siglo XVI cuando el Concilio de Trento, ante la incipiente crisis de la Iglesia, recomendó sacar pasos a la calle para llegar a más fieles, momento en el que las hermandades empezaron a portar sus imágenes.

Confluirán desde entonces los grupos de disciplinantes que ya existían previamente, la transformación de muchas hermandades de gloria, gremiales o étnicas en torno a una advocación y la modificación de la tradición medieval de las representaciones con personajes vivos de escenas de la Pasión.

En ese contexto surge una peculiar cofradía de penitencia a fines de siglo en la Cárcel pública de Sevilla, cuya existencia no es del todo considerada por los cronistas oficiales de la Semana Santa, quizás por el reducido entorno en que se desenvolvía.

Dicha organización fue creada por el Padre León, empezando como una hermandad anti-blasfemia y evolucionando hasta convertirse en cofradía de penitentes. El Padre Pedro de León (1544-1632) fue un jesuita de las primeras promociones sevillanas. Ejerció su ministerio en la Cárcel pública de Sevilla desde 1578 hasta 1616, entre otros destinos. Allí asistía a los presos, intercedía por ellos y los confesaba antes de morir.

La Cárcel Real de Sevilla se encontraba en un edificio medieval en la actual calle Sierpes reformado en los siglos XVI, XVII y XVIII y que se mantuvo en uso hasta el siglo XIX. Sus techos albergaron presos ilustres del Siglo de Oro Español, e incluso se dice que allí comenzó Cervantes a gestar su obra insigne, El Quijote.

Al parecer la procesión desfilaba el Viernes Santo por el interior de la misma, con disciplinantes e insignias, como cualquier otra cofradía sevillana; contaba incluso con una pequeña “bolsa de caridad” con la que se libraban algunos presos por deudas.

En su obra ‘Compendio’, el Padre Pedro de León relata algunas experiencias en los ministerios de que usa la Compañía de Jesús. Se cree que debió terminarse de escribir en 1616, cuando el autor contaba 71 años de edad y dejaba el ministerio de la Cárcel de Sevilla para marchar de Rector al Colegio de Cádiz.

En dicha obra el propio pastor ofrece algunos detalles de esta singular procesión: “Procuré con muchas veras estirpar el abuso notable que había en las cárceles de jurar y blasfemar, predicándoles de los males y daños que han venido al mundo por este vicio. Y para más obligarlos, hice una cofradía o congregación del nombre de Jesús contra los juramentos, en la cual se asentaron todos los que actualmente estaban presos entonces, y se iban asentando los que de nuevo entraban y estaban algún tiempo presos; y se avisaban unos a otros cuando se oían jurar, que era una de las reglas de la cofradía, y aprovechaba mucho este cuidado, e hiciéronse algunos años las fiestas con mucha música y muchos señores de los oidores y alcaldes, que se hallaban en ellas; y alguna vez el señor Regente y el Asistente y los treinta de la Congregación que después se instituyó y a la Misa comulgaron estos caballeros y algunos de los presos, cosa que causaba mucha devoción, predicándoles a las Misa algunos de los Nuestros.

Y llegó a tanto su devoción que no se contentaron los presos con que fuese esta cofradía para estorbar pecados, no jurando, sino para hacer penitencia de lo que habían jurado, y el Viernes Santo hacían por dentro de la cárcel su procesión de azotes y sus insignias, como si fuera por las calles y con mucha sangre, y azotábanse con tal denuedo que hasta caían por ahí desmayados. No había quien les quitase las diciplinas de las manos y era tan de ver la procesión, que venían gentes de fuera de la cárcel a verla, y decían que no había ninguna tan devota con sus pasos de la pasión y su estandarte y sus bocinas y muy gran número de disciplinantes, todos presos, y con muy grande concierto, y a la verdad como era dentro de la cárcel parecía que tenía un no sé qué de correspondencia con los azotes, que le habían dado a Nuestro Señor Jesús en la cárcel y prisión.

De lo que sobraba de la cera y del gasto para la fiesta se sacaban presos de deudas o de los que estaban por algunas costas; y todos estos gastos eran de las penas que se les llevaban a los que juraban, y de lo que dentro de la misma cárcel se juntaba de limosna que pedían así los que venían a ver los presos, como de lo que se les pedía a ellos mismos”.

Fuentes:

– “De las cofradías sevillanas en el siglo XVI”, Alberto Pozo Ruiz. Universidad de Sevilla.
– “Pedro de Leon, jesuita del siglo XVI-XVII (1544-1632)”, Universidad de Sevilla.

carcel real sevilla

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18 de abril de 1992, el Santo Entierro Magno

José Antonio Martín Pereira | 18 de abril de 2020 a las 11:09

El 18 de abril de 1992, Sábado Santo, se celebró el Santo Entierro Grande para conmemorar el quinto centenario de la Evangelización de América. Se llevó a cabo curiosamente dos días antes de que se inaugurase la Exposición Universal de Sevilla (20 de abril de 1992), y sería la penúltima vez que se tendría lugar un evento de estas características en la ciudad de Sevilla.

Antonio Domínguez Rodríguez fue el hermano mayor al que le correspondió organizar el Santo Entierro Grande de 1992, cuando Sevilla centró las miradas de todo el mundo, de sus líderes políticos, culturales y religiosos.

Es preciso puntualizar que el Santo Entierro Magno no es más que la escenificación de la Pasión de forma secuencial con varios pasos de misterio que procesionan en Sevilla en Semana Santa. Este acontecimiento se ha celebrado en nueve ocasiones a lo largo de la Historia. En esta procesión, además de los tres pasos de la Hermandad del Santo Entierro, se integran otros de diversas cofradías ordenados según el relato de los Evangelios.

El último evento de estas características sería aquel de 2004, en el que se conmemoró el IV Centenario del Decreto del Cardenal Fernando Niño de Guevara, que instaba a todas las hermandades a realizar su Estación de Penitencia a la Santa Iglesia Catedral de Sevilla.

En el que nos ocupa, los pasos que recorrieron las calles sevillanas fueron, en este orden, los siguientes: Triunfo de la Cruz (Santo Entierro), Oración en el Huerto (Monte-Sión), Prendimiento (Los Panaderos), Desprecio de Herodes (Amargura), Columna y Azotes (Las Cigarreras), Coronación (El Valle), Presentación al Pueblo (San Benito), Tres Caídas (Esperanza de Triana), Penas (San Roque), Exaltación (Santa Catalina), Expiración (Museo), Amor (El Amor), Tres Necesidades (Carretería), Descendimiento (Quinta Angustia), Piedad (El Baratillo), la urna de Cristo Yacente y El Duelo (Santo Entierro).

A modo de curiosidad, la primera vez que tuvo lugar este singular evento sucedió el 29 de marzo de 1850. Esta procesión contó con el apoyo del entonces alcalde, Francisco de Paula Castro, y de los Duques de Montpensier, verdaderos ideólogos de dicha procesión. El cortejo salió de la Iglesia de San Pablo (actual Magdalena), y en él participaron trece pasos: los del Triunfo de la Cruz (La Canina), Oración en el Huerto, Prendimiento, Desprecio de Herodes, Jesús de la Pasión, Humildad y Paciencia, Exaltación, Expiración (Museo), Tres Necesidades (Carretería), Descendimiento (Quinta Angustia), Sagrada Mortaja, Santo Entierro y Duelo.

santo-entierro-199223_xoptimizadax-khKF--596x900@abcFoto: Archivo ABC

El hábito nazareno

José Antonio Martín Pereira | 2 de abril de 2020 a las 10:39

Se conoce con el gentilicio de nazarenos a todos los penitentes que forman parte de la estación de penitencia, debido a que es la Hermandad de Jesús Nazareno de Sevilla, el Silencio, la primera que adapta la túnica con reminiscencias medievales que se usaba anteriormente al estilo actual. Dicho estilo será el que posteriormente se exporte a otras muchas localidades.

Vestir la túnica de nazareno por tanto, se envuelve de un rico ceremonial cargado de simbología y cada uno de los elementos que la componen tiene su propio significado.

Si hablamos del capirote, éste era empleado por la Inquisición para que aquellas personas que tenían que cumplir penitencia, sufrieran además de una mortificación física, la vergüenza pública al ser reconocido por todos como pecadores, llevándolo por las calles y plazas que tenía que recorrer, siendo este capirote de gran tamaño y muy vistoso.

También se daba a conocer el pecado que la persona había cometido, a través de un trozo de tela en el que iba escrito y que le colgaba por el pecho y la espalda, llamado sambenito. De ahí proviene el actual escapulario que forma parte de muchas indumentarias.

Otro elemento es el cinturón o fajín de esparto, usado en muchas partes de España para realizar penitencia provocando sufrimiento físico, formado por gruesas cintas o cuerdas de cáñamo o esparto unidas y anudadas a la cintura apretándola moderadamente, vestigio de aquellos hermanos disciplinantes que formaban parte de los cortejos, que con su espalda descubierta se infligían dolor corporal azotándose con flagelos o látigos.

La prenda fundamental de la indumentaria penitencial es la túnica, no siendo ésta más que una sotana que viste al nazareno, al igual que las que llevó Nuestro Señor Jesucristo.

La túnica originariamente estaba realizada con telas de modesta calidad y bajo coste, acentuando así el carácter ascético del ejercicio que se realizaba. Con ella se trataba de hacer a todas las personas iguales por unas horas al año, sin importar su condición social o económica. En un principio eran cortas, no llegaban a cubrir más allá de las rodillas.

Las túnicas tenían una prolongación de tela por su parte posterior conocida por cola, (que simbolizaban nuestros pecados) que se llevaba recogida del brazo y que en momentos concretos del recorrido se dejaba caer al suelo acentuando así el carácter penitencial y de duelo.

Posteriormente por motivos más prácticos se anudará o introducirá por dentro del esparto. También se le daba utilidad como tela empleada para amortajar a los difuntos, siendo enterrado éste con su hábito nazareno, práctica que aún hoy se conserva.

Por su parte el cubrerrostro o morrión cumple la función de mantener el anonimato. Los nazarenos solían realizar su penitencia descalzos, y posteriormente comienzan a usar alpargatas.

Por último, señalar que el atuendo del nazareno no sufre grandes modificaciones, hasta que en 1888 un bordador y dibujante sevillano, Juan Manuel Rodríguez Ojeda, diseña una revolucionaria túnica para la Hermandad de la Macarena. Los elementos de la túnica se van modificando; los altos capirotes se sustituyen por otros más pequeños, la tela de mala calidad pasa a ser de lana pura de oveja merina, cambiando en algunos casos sus colores por otros más vivos.

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Foto: Hermandad del Dulce Nombre

Semana Santa de 1933, la última sin procesiones

José Antonio Martín Pereira | 1 de abril de 2020 a las 10:46

“Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo”. Con estas palabras se despedía de España el rey Alfonso XIII tras las elecciones celebradas el domingo 12 de abril de 1931, en las que salieron ganadoras en 41 capitales de provincia las fuerzas opositoras a la Corona.

El monarca dejaría el Gobierno dos días después, dando paso a la II República, un periodo que se extendió hasta 1936 y que supuso una clara recesión para las hermandades y cofradías de Sevilla. La nueva etapa política venía de la mano de un fuerte anticlericalismo, inspirado en argumentos como los que Manuel Azaña pronunció en aquellos días: “Todos los conventos e iglesias de Madrid no valen la vida de un republicano”.

En aquel contexto, la Semana Santa de 1931 comenzó el domingo 29 de marzo, coincidiendo con la campaña electoral de las elecciones municipales que se celebrarían dos domingos más tarde y que como hemos dicho pondrían fin a la monarquía de Alfonso XIII. Por aquel entonces todas las hermandades sevillanas procesionaron a pesar de la ola de agresivo laicismo de una parte de la sociedad y de los actos violencia que anarquistas y miembros de la izquierda cometían contra las cofradías.

Durante el período comprendido entre abril de 1931 y diciembre 1933 la violencia anticlerical fue en constante aumento ante la inactividad del Gobierno y de las Fuerzas del Orden decididas a no intervenir en este tipo de agresiones. Así el primer atentado de consideración lo sufrió la cofradía de la Hiniesta el día 8 de abril cuando una turba asaltó su templo y quemaron La Dolorosa de Martínez Montañés, junto a otras tallas como la de un Cristo del siglo XIV.

Ante los ataques y la incertidumbre generalizada, las cofradías empezaron desde que se iniciara este período a adoptar medidas de autoprotección, por ejemplo ocultando sus imágenes para evitar que fueran dañadas o destruidas.

En 1932, la histórica salida de la Estrella evitó que la primera Semana Santa de la Segunda República -su proclamación tuvo lugar tres días antes del comienzo de la Feria de abril de 1931- se saldara sin un paso en la calle. Y lo hizo desoyendo las consideraciones del Consejo de Cofradías, que se había reunido meses antes decidiendo que las hermandades no procesionaran ante las amenazas y los atentados sufridos en 1932.

En aquel tiempo además se había establecido como obligatorio el deber de las hermandades de comunicar al Gobierno Civil la convocatoria de cabildos, y también debían conocer las disposiciones y artículos de las reglas de las corporaciones.

De este modo, en la Semana Santa de 1933 se daría una circunstancia lo que no ocurría en Sevilla desde 1825, que ni un solo paso saliera a las calles de la ciudad. En un año además muy significativo para la cristiandad, pues se cumplían 19 siglos de la Pasión de Cristo. Para conmemorar dicha efeméride se celebró un triduo en la Catedral. De igual modo las cofradías también dieron mayor realce a sus cultos internos, exponiendo a sus imágenes en vistosos altares, o en sus pasos procesionales, aunque no pudieron disipar la tristeza y decepción de ver a la ciudad sin la Semana Santa como hasta entonces se conocía.

Entre los pasos que se podían contemplar en los templos estaban los de las Aguas, Santa Cruz, las Siete Palabras, la Exaltación, la Quinta Angustia y los Gitanos. Otras, como la Cena, la Amargura o la Esperanza de Triana montaron sólo el paso de palio.

Tras las elecciones de noviembre de 1933, que dieron una mayoría parlamentaria a los partidos de centro-derecha y de derechas, comenzando lo que se conoció como bienio radical-cedista o bienio negro entre 1933 y 1936, las procesiones se reactivan y en la Semana Santa de 1934 saldrían a la calle 14 cofradías. La normalidad no llegaría hasta finalizada la Guerra Civil, sin embargo muchas de las imágenes y del patrimonio de las hermandades no volverían nunca más a salir tras ser destruidos en el aciago año 1936.

Estrella_San_Jacinto_1932El paso de la Virgen de la Estrella saliendo de San Jacinto. Semana Santa de 1932.

La “inexplicable” historia de los cuadros del Cachorro

José Antonio Martín Pereira | 28 de diciembre de 2018 a las 12:36

«La casualidad es la manera que tiene Dios de mantenerse en el anonimato». Esta frase no pertenece a ningún teólogo o religioso reconocido, sino que fue pronunciada por Albert Einstein. Sí, Albert Einstein, figura icónica de la ciencia admirada hasta el presente por sus innumerables aportaciones no sólo en lo referente a la teoría de la Relatividad, sino también por sus conocimientos políticos, históricos y filosóficos.

Precisamente una de las muchas controversias que planean aún hoy día sobre el pensamiento de Einstein en materias fuera de la física teórica es si era ateo o creía en Dios. La cuestión sea como fuere, es que sus razonamientos matemáticos escapan a determinados hechos excepcionales como ocurren a diario en nuestras vidas.

De este modo, cuando no existe ninguna posibilidad estadístico-matemática que pueda explicar ciertos fenómenos, éstos se sitúan, según los parámetros científicos, en el campo de lo imposible. Ni siquiera alcanzan el rango de hipótesis de trabajo. Es ahí donde aparece la única respuesta admisible, que no es otra que la Providencia de Dios.

Toda esta exposición previa calza con una visita a la aldea almonteña en la jornada previa al nacimiento del Pastorcito Divino. Parada obligada en Bollullos par del Condado (Huelva) para disfrutar de la rica gastronomía que ofrecen sus tradicionales bodegones, elegimos por recomendación el del Abuelo Curro. Más que aconsejable en todos los sentidos, máxime al conocer la “inexplicable” historia de los dos cuadros que presiden el segundo de los salones, uno del Santísimo Cristo de la Expiración, el Cachorro, y otro de su Madre Bendita del Patrocinio.

Fue Esteban, una de las personas que con tanta amabilidad atiende a sus comensales, quien ante mi curiosidad justo antes de marcharnos me relató aquello que un infausto día les heló el alma. Ocurrió a mediados de 2007 y así lo constatan las crónicas de la época. «Un incendio declarado en el interior del establecimiento dejó completamente calcinado el mismo, aunque sin causar daños personales». Según contaba Esteban «no se salvó nada, ni las máquinas ni ningún tipo de enser quedó en uso, tuvimos que empezar completamente de nuevo». Lo único que escapó al fuego, y así lo relataba esta persona, «fueron los cuadros del Cachorro y la Virgen del Patrocinio, que inexplicablemente yacían en el suelo del local, con el marco abrasado y sin el cristal que los cubría pero con la estampa de las imágenes en perfecto estado. Al comprobarlo no dimos crédito, parecía un milagro que el  fuego no los hubiera devorado».

Un caso extraordinario que ha servido a sus propietarios de estímulo para que once años después de la tragedia el negocio camine viento en popa y goce de una salud inmensa. El Cachorro, no cabe lugar a dudas, siempre estará con ellos.

Cuadro_Cachorro_Patrocinio

El númerus clausus no es la solución

José Antonio Martín Pereira | 21 de noviembre de 2017 a las 21:12

Se viene hablando recientemente, más concretamente durante los últimos días, de la imperiosa necesidad por dimensionar la Semana Santa actual conforme a las limitaciones que se deducen de la indivisible conjunción espacio-tiempo.

Nada más lejos, y sea cual sea cada parecer, todos los que nos sentimos integrantes de la misma en mayor o menor medida participamos de esa percepción, admitiendo que el modelo tal y como se concibe actualmente urge de retoques incuestionables. Pero es que además, si es la propia Policía la que recomienda al Consejo adoptar medidas como el númerus clausus para solventar (junto con otro tipo de propuestas) los graves problemas que rodean a la Madrugá, la cosa no sólo se complica sino que requiere de un análisis mucho más profundo.

El tema, como otros muchos de los que rodean a una de las manifestaciones culturales y religiosas más conocidas del mundo como es la Semana Santa de Sevilla, ni es nuevo ni de llevarse a la práctica solucionaría el conjunto que inquietudes que hoy día alteran la celebración. Es más, a la vista de las numerosas de opiniones vertidas al respecto, unas con más acierto que otras, podría inclusive conllevar efectos contraproducentes.

Lo que es irrebatible, como decía anteriormente, es que razones no faltan para tener en cuenta ésta o cualquier otro tipo de alternativa que repercuta en mejoras en la seguridad, pero siempre con matices porque si nos quedamos sólo ahí estaríamos cayendo en un grave error. Sirva como elemento de partida que (aunque se esté llevando especialmente la cuestión para las hermandades de la Madrugá) no todas las cofradías llevan una línea ascendente en cuanto al número de hermanos que componen sus cortejos, como tampoco todas cuentan con un exceso de nazarenos en sus filas en proporción a sus respectivas nóminas, y mucho menos aún si derivamos esa perspectiva desde la óptica de una ciudad que cuenta con aproximadamente 700.000 habitantes (sólo su núcleo, sin contar su área metropolitana).

Llama poderosamente la atención, y no es casualidad, que haya quien secunde esta teoría desde su posición de acomodado de silla en la Campana. Es lógico, hasta el mayor de los capillitas puede aburrirse viendo pasar cortejos con 2000 y 3000 nazarenos. Pero la situación en las calles es otra, amén de los embotellamientos que se forman en lugares de sobra conocidos, permitidos por el uso de las sillitas plegables y otras malas prácticas recientes (ahí es donde verdaderamente habría que actuar), moverse como se ha hecho toda la vida sigue siendo relativamente fácil (sobretodo en ciertas jornadas y en determinadas horas). De modo que aquí lo que sobra es cierto público que no sale a ver cofradías sino a pasar una tarde de camping en el centro de la ciudad y rodeado de pasos.

Dicho esto, se antoja temerario plantear límites sobre el derecho de los hermanos (que recordemos son los que con sus cuotas sustentan a las hermandades y con ello a todo lo que sale de ellas), máxime si destapando la cortina nos asomamos fuera de la ciudad y comprobamos como en muchas otras localidades los cuerpos de nazarenos, los costaleros, las personas que quieren ser miembros de junta y hasta el público escasean de manera preocupante. No es menos cierto, en el polo opuesto, que la Semana Santa de Sevilla está de moda, para lo bueno y para lo malo, y nuestra obligación es la de contribuir de cara al auge en la formación dentro y fuera de las hermandades, para que ésta repercuta en favor de una sociedad en valores. Miremos al pasado, echemos mano a los libros o tiremos de memoria, quizás así aprendamos que para asestarle puñaladas ya vendrán otros.

Los gitanos Sevilla

Que perdure

José Antonio Martín Pereira | 19 de junio de 2017 a las 11:54

Dejamos atrás una semana intensa alrededor de la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, de la presencia de Jesucristo en la Eucaristía. El Corpus Christi que recorrió las calles de media España acompañado de múltiples actos encaminados a engrandecer su presencia. Aquí en Sevilla, amén del debate acerca del numeroso cortejo que se congrega en la procesión del jueves, el tema recurrente de conversación ha sido el calor, que incluso dio pie a que alguna de las procesiones de ayer alterase su ritmo o acortarse el itinerario previamente establecido. En estas circunstancias siempre es bueno pensar que la Historia ha puesto continuamente a prueba la celebración de la fiesta en innumerables ocasiones, y que por suerte hoy día podemos disfrutarla en todo su esplendor. De nosotros depende que perdure.

corpus 1930

Foto: Dubois. Paso de la Custodia en la plaza de San Francisco, 19 de junio de 1930