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La cofradía de la bata blanca

José Antonio Martín Pereira | 29 de marzo de 2020 a las 13:04

¿Quién dijo que este año nuestros ojos no verían nazarenos? Desde hace unas semanas, una cofradía perfectamente uniformada, de interminables tramos del color de aquella otra con la que soñamos encontrarnos atravesando el parque, vela sin descanso por nosotros, haciendo gala de un anonimato que no necesita de telas que cubran las ojeras de sus agotados rostros.

Cirineos incansables, no dudan en sostener con ambas manos para ayudarnos a levantar la cruz de esta pesadilla; en poner ardiente luz, una llama viva que no desfallece en el empeño por alumbrar la salida de este oscuro túnel; la Esperanza que cada Madrgugá del Jueves Santo eclosiona en San Gil, aparece ahora cual mariquilla tintineante en los gestos de cariño que dedican a los pacientes, en el semblante al llegar a casa con el que disimulan a sus familias la tragedia que pasa a diario por su lado; los nazarenos de esta cofradía reparten estampas y caramelos en forma de sonrisas, sosteniendo en equilibrio los ciriales que anuncian que más pronto que tarde saldremos de esta.

Todos ellos, desde los médicos y enfermeros, hasta los auxiliares, celadores y farmacéuticos están dejándose la piel estos días para vencer un virus desconocido hasta la fecha. Su trabajo diario aboga para que miles de personas afectadas por el nuevo coronavirus puedan curarse, pero va más allá, también están haciendo un gran esfuerzo para ayudar a aquellos que responsablemente se quedan en casa y que necesitan del consejo médico.

Estos profesionales se exponen diariamente al virus para vencer lo antes posible esta pandemia y arriesgan su salud y la de los suyos para que, a la máxima brevedad, todos podamos volver a la normalidad y a salir de nuestras casas sin riesgo de contagio.

Además su jornada laboral no termina al finalizar su turno, sino que muchos de ellos continúan en sus casas atendiendo a otros muchos pacientes que requieren de asesoramiento sanitario y lo hacen a través de las redes sociales, en un alarde de compromiso profesional digno de acaparar un sinfín de elogios.

Pero la cofradía de la bata blanca no está sola. En sus tramos constan también las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, militares, transportistas, cajeros de supermercado, agricultores, reponedores, personal de limpieza y tantos otros miles de anónimos servidores que desde su posición y sus medios también están arrimando el hombro como nunca antes habíamos conocido las generaciones presentes. Sin olvidarnos de la Iglesia, sí la denostada y vieja Iglesia a la que diariamente dedican ataques y menosprecios desde cierto sector, que en un alarde de compromiso y caridad, nada nuevo, está contribuyendo con lo mejor de sí misma a combatir los efectos derivados de esta crisis.

Cuando todo esto pase, que pasará, la inmensa mayoría de la sociedad valoraremos todo ese esfuerzo, y probablemente muchos hayamos recogido el testigo que nos está lanzando la cofradía de la bata blanca para convertirnos en mejores personas, más solidarios, más responsables con el presente que nos ha tocado vivir.

A todos los que están exponiéndose en las trincheras, ¡GRACIAS!

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La verdadera lección

José Antonio Martín Pereira | 8 de abril de 2013 a las 11:46

El día que nos centremos exclusivamente en las canastillas, podrá decirse que habremos terminado por sepultar gran parte de los sentimientos que despierta la Semana más hermosa del año. En estas, difícil es acertar a describir la sensación de vacío que queda cuando vemos alejarse la trasera de un paso de palio. Miramos a nuestro alrededor, y probablemente no exista más que aquello que nos hayamos esforzado por cuidar y conservar. El transitar de una cofradía, es sabido, se realza entre un cúmulo de nimiedades efímeras, sin que podamos hacer nada por retener lo que, seguramente, si de nosotros dependiera no dejaríamos escapar de las manos, e incluso nos atreveríamos a retener con cierto egoísmo.

Hoy, cuando de lo que fue solo quedan marcas, restos que la vida corroerá en su inapelable transitar, ése vacío solo colma a base de personas, anónimos servidores de Cristo en la difícil tarea de mirar al horizonte con el mejor de los rostros. Caprichoso destino, una tarde de sábado, de las pocas en las que la lluvia no hizo acto de presencia en la pasada Cuaresma, una estampa del que Todo lo puede, al que Triana tutea al nombre de Cachorro, me sirvió de puente a la mejor de las sonrisas, la de mi amigo Pablo. Pequeño gran luchador, emblema del buen hacer del Centro de Estimulación del Buen Fin, que es, con sus gestos, la alegría de todos cuantos le rodean.

Si la Semana Santa, la personal, se nutre de vivencias exclusivamente propias, a las que no alcanza ninguna fotografía ni acierta a describir ningún verso, los que hemos tenido la suerte de involucrarnos en el cariño que Pablo recibe de cuantos se impactan por su desparpajo, concebimos la idea de que no hay nada más grande que la estrecha unión forjada entre padre e hijo. Quizás, la verdadera lección de fraternidad se halle ahí, y no en el mismísimo transitar con la Cruz a cuestas del Gran Poder en la Madrugá sevillana. Vaya desde aquí un fuerte abrazo para ése futuro hermano del Cachorro.