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Pentecostés

José Antonio Martín Pereira | 19 de mayo de 2013 a las 12:52

Los judíos celebraban una fiesta para dar gracias por las cosechas, 50 días después de la Pascua. De ahí viene el nombre de Pentecostés. Luego, el sentido de la celebración cambió por el dar gracias por la Ley entregada a Moisés. A partir de entonces, la fiesta se usó para conmemorar el día en que Moisés subió al Monte Sinaí y recibió las tablas de la Ley y le enseñó al pueblo de Israel lo que Dios quería de ellos, y es ahí, en esta fiesta judía, donde encontramos el germen de nuestra conmemoración cristiana de Pentecostés.

Por este motivo, en la tarde de ayer, sábado 18 de mayo, celebramos en la Catedral de Sevilla la ya tradicional Vigilia Diocesana de Pentecostés, presidida por el obispo auxiliar monseñor Santiago Gómez Sierra. Durante la celebración de la misma, la Cruz de la Nueva Evangelización, que contiene las reliquias de santos y beatos sevillanos del siglo XX (Santa Ángela de la Cruz, Beato Marcelo Spínola, Beato Manuel Gonzalez, Beata Victoria Díez, y Beata Madre María de la Purísima), estuvo presente en el Altar del Jubileo. Como en los últimos años, estuvieron presentes movimientos, asociaciones, hermandades, comunidades y grupos de laicos de la Archidiócesis. A los movimientos y asociaciones eclesiales se unieron diez parroquias de la Archidiócesis: Las Navas de la Concepción (Parroquia de la Purísima Concepción), Peñaflor (Parroquia de San Pedro Apóstol), Aguadulce (P. de San Bartolomé), La Puebla de Cazalla (P. de Ntra. Sra. de las Virtudes), Mairena del Alcor (P. de Santa María del Alcor), Bormujos (P. de Ntra. Sra. de Lourdes y San Juan de Dios), Sevilla (P. de San Bernardo, P. de Omnium Sanctorum, P. de San José y Santa María y P. de Jesús de Nazaret). Asimismo, también estuvieron presentes el Consejo General de Hermandades y Cofradías de Sevilla y otros representantes de las hermandades sevillanas.

Como bien recordara monseñor Gómez Sierra, la solemnidad de Pentecostés es la tercera en importancia a nivel litúrgico, después de Resurrección y Navidad, y con ella damos por finalizado el Tiempo de Pascua.

Fuente imagen: @Archisevilla1

La adoración, el mejor reclamo

José Antonio Martín Pereira | 6 de junio de 2012 a las 10:38

La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia, en ella se realiza continuamente la promesa del Señor: « He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20). Desde que, en Pentecostés, la Iglesia iniciara su camino, este Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza, como nos recordó el Beato Juan Pablo II en su encíclica Ecclesia de Eucharistia.

Cuando vamos a celebrar el cincuenta aniversario del Concilio Vaticano II hacemos memoria y volvemos a comprender que la Eucaristía es «fuente y cima de toda la vida cristiana». Con estos sentimientos y en la semana que se celebra la solemnidad del Corpus Christi, el apostolado asociado de la Archidiócesis de Sevilla y especialmente sus asociaciones eucarísticas, en el marco de la Delegación Diocesana de Apostolado Seglar, se reunirán junto a todos aquellos fieles que se presten en la Vigilia Diocesana de Adoración Eucarística que tendrá lugar en la tarde de hoy, miércoles 6 de junio.

Sin duda, la adoración es un verdadero encuentro y diálogo, la contemplación y admiración silenciosa, nos abre a la experiencia de Dios, al gozo y la alegría de la fe, de donde brota la fuerza para una acción apostólica más consecuente y evangelizadora. Con este anhelo se celebrará esta Vigilia de Adoración, que será presidida por S.E.R. D. Santiago Gómez Sierra, Obispo Auxiliar de Sevilla, en la Parroquia de San Vicente Mártir de Sevilla, de tan hondas raíces eucarísticas. La adoración comenzará a las 21.30 y finalizará a las 22.30 horas.

 

Pentecostés

José Antonio Martín Pereira | 12 de junio de 2011 a las 11:41

Originalmente conocida como la “Fiesta de las Semanas” se recoge tenía lugar siete semanas después de la fiesta de los primeros frutos (Lv 23 15-21; Dt 169), al término de la cosecha de la cebada y antes de comenzar la del trigo, contando por entonces con un sentido movible que dependía del momento en el que llegara la recolección anual a su sazón, cosa que solía suceder durante el mes judío de Siván, equivalente a nuestro Mayo/Junio. Siete semanas que son en realidad cincuenta días, de ahí el nombre de Pentecostés (= cincuenta) que recibiría más tarde. Una celebración que si bien en su origen tuvo un sentido fundamental de acción de gracias por los frutos recogidos, pronto tomaría un sentido histórico ya que pasó a celebrarse el hecho de la alianza y el don de la ley.

En el marco de esta fiesta judía, el Libro de los Hechos coloca la efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles (Hch 2 1.4). A partir de éste acontecimiento, Pentecostés quedaba convertido también en conmemoración cristiana de primera categoría (Hch 20 16; 1 Cor 168). Por tanto, conviene insistir que la Fiesta de Pentecostés significa para los cristianos el segundo Domingo más importante del año litúrgico, así como la oportunidad de vivir intensamente la relación existente entre la Resurrección de Cristo, su Ascensión y la venida del Espíritu Santo. Es bueno tener presente entonces que todo el Tiempo de Pascua es igualmente del Espíritu Santo, Espíritu que es fruto de la Pascua, que estuvo en el nacimiento de la Iglesia y que, además, siempre estará presente entre nosotros, inspirando nuestra vida, renovando nuestro interior e impulsándonos a ser testigos en medio de la realidad que nos corresponde vivir.

Celebremos pues la llegada del Espíritu Santo ya que su presencia se sigue posando hoy día sobre quienes creemos que Cristo vino, murió y resucitó por la humanidad, sabiendo que somos parte y continuación de aquella pequeña comunidad ahora extendida por tantos lugares así como responsables de la extensión del primitivo Reino de Amor, Justicia, Verdad y Paz entre los hombres.

Tardes de junio

José Antonio Martín Pereira | 10 de junio de 2011 a las 12:06

Una estación de penitencia frustrada traspasa la hondura del interior más infranqueable. Con tanto ahínco espera el cofrade que sus Titulares sirvan de testimonio público de Fe que resulta imposible digerir el dolor y la decepción cuando hechos de esa categoría sobrevienen. Incluso aquellos que manifiestan estar acostumbrados por razón de los años sienten el pellizco de la desilusión en el momento que llega la hora de poner la Cruz de Guía bajo el dintel y las puertas no se abren, mientras en el exterior enfurecidos canales recuerdan el estado del cielo. Suerte la que nos rodea y evoca lo efímero de un día que no es frontera sino puente en el acomodo continuo de la devoción y el orgullo de sentirse católico, miembro de la Iglesia y hermano de la cofradía.

Las tardes aledañas a la celebración de Pentecostés retozan perfilando la certeza que inundará el devenir cuando septiembre pierda su nombre. Al final de la calle Castilla una Virgen en ausencia de lágrimas aguarda y da cobijo a todo aquel cuya alma divaga entre la maleza de las preocupaciones. Los últimos compases de la Pascua equilibran con las sensaciones de la Cuaresma hasta consumar la dosis perfecta de optimismo e ilusiones. Ilusiones desprendidas del rostro de la Madre del Cachorro. Virgen del Patrocinio, ruega por nosotros.

Foto: MFR