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Gran Poder, Dios Eterno

José Antonio Martín Pereira | 20 de junio de 2011 a las 10:44

Aciaga tarde del pasado 20 de junio de 2010. Crepúsculo de luces largas aferradas al albugíneo de la cal en los antiguos patios de vecinos, de jazmines, nardos, y golondrinas asoleadas buscando regazos umbríos. Crónica lacerante, repetida hasta la extenuidad, que aún reposa en las entrañas de la empírica perplejidad. Marcaban las 20:30 cuando el reloj que acompasa el transitar de la ciudad más importante en época de la Bética imperial contenía sus golpes. Convulsión generalizada, extendida como desatado reguero de pólvora, destronando la quietud. El Gran Poder, Señor de Sevilla, había sido atacado al término de la Eucaristía en su Basílica por un individuo —Luis C.O.—, el cual, acercándose al camarín por la parte izquierda del altar, de manera contraria a lo habitual, subía a la barandilla protectora para propinarle zarandeos y patadas en un intento por tumbar a la venerada Imagen del Dios sevillano.

Sin embargo, la suerte quiso que entre los feligreses se encontrara un agente de la Policía libre de servicio para actuar con diligencia reduciendo al agresor. Entretanto convergían incredulidad y angustia, devotos y demás presentes comprobaban el desgarro de la túnica y la camisa del Señor, del mismo modo, el brazo derecho había quedado descolgado al desprenderse de la propia articulación. Sobre las once y cuarto de la descarnada noche aparecía por la Basílica el imaginero D. Luis Álvarez Duarte, para realizar una primera exploración a la talla de Juan de Mesa, que se mantuvo en idéntico lugar, sobre su pedestal, una vez acabada la misa y cerradas las puertas. Duarte ya había practicado anteriormente intervenciones menores al Señor, además de formar parte de la comisión de seguimiento de la última restauración de la Imagen. Cinco días después del infausto episodio, último viernes de junio y primero de verano, el Gran Poder era devuelto al culto aguardando besos de honda devoción. El lento desfile, incoado a la aurora, únicamente fue interrumpido con el categórico repicar de las seis, momento en el que Monseñor Asenjo, Arzobispo de Sevilla, iniciaba el oficio de una Santa Misa henchida de emotividad.

Síncope ante el malogrado incidente pertrechado sobre un símbolo que extrapola su firmeza por encima de los propios límites de la ciudad, y que es amalgama entre la sevillana fe y el sumo respeto del que no teniéndola reconoce el legado sentimental admitido. Porque en el abolengo barrio de San Lorenzo el Gran Poder es concebido como un vecino más, ser divino de humano rostro que por todos va velando cual Padre de familia. A sus plantas presentaron respeto generaciones de sevillanos, ensombreciendo con anhelos y esperanzas la tonalidad de un rostro resanado allá por 2006. Imagen que ilumina habitaciones de hospital, noches de soledad, tabernas, disimulados entresijos de coches, pequeños y grandes negocios. El de la estampa deslustrada en los monederos de tantas madres. El de ricos y pobres. Devoción extendida por los cinco continentes, a la que compusieron Juan Antonio Cavestany, José María Izquierdo, Chaves Nogales, Núñez de Herrera, Romero Murube, y Manuel Machado entre otros egregios del ayer y hoy. El mismo Dios que en Las Misiones de 1965 fuera trasladado hasta Amate en un arrebato de convicción evangelizadora al modo de un pueblo particular en sus ademanes de culto. La Deidad impresa en infinidad de retablos repartidos por calles y plazuelas, auténticos altares populares hendidos a la oración.

Pesaroso designio deponer al que Todo lo puede, profanando el mismo brazo extendido al caminar durante buena parte de la historia de Sevilla. Aquel de mano dignificada por el dolor de la vida, cuyo secreto se guarda y se descifra entre lo abstracto y lo concreto. Auténtico desafío rehúso a las leyes teologales que, sin embargo, con el sacrilegio acontecido abría las puertas a interrogantes sobre el deber de su conservación como obra de arte o imagen de culto. Aproximar las sagradas imágenes a sus fieles o mantener a éstos alejados por razones de seguridad, he ahí la disyuntiva generada por los propios hermanos de las diferentes corporaciones sevillanas puesta en práctica en mayor o menor medida según el amplio abanico cromático de la casuística.

No obstante, antes de la agresión ya existían varias hermandades que contaban con sistemas de seguridad destinados a blindar a sus titulares ante posibles incidencias. La primera en adoptar esta tipología de medidas fue la Hermandad de la Macarena en el año 1974, insertando un telón cortafuegos que se activa dos veces al día durante las horas en las que la Basílica está cerrada al culto. Actualmente funciona con un sistema de elevación eléctrico tras sustituirse el anterior, que era hidráulico. Además, en el último quinquenio dispositivos semejantes se han implantado en otros templos. El inherente caso del Gran Poder, cuya Basílica cuenta con un telón cortafuegos desde las obras de mejora acometidas en 2008. O el utilizado antes del traslado corporativo, cuando las Imágenes residían en la Parroquia de San Lorenzo, contando en la que por entonces era su capilla, y donde ahora reciben culto los Titulares de la Hermandad del Dulce Nombre, con unas planchas de hierro que a modo de puertas protegían de cualquier acto vandálico. También poseen un sistema de protección similar las Imágenes Titulares de la Hermandad del Cachorro, tanto el Cristo de la Expiración como la Virgen del Patrocinio, instalados en 2007. Tras la corporación trianera fue la de La Amargura quien tomara la decisión de proteger a su Dolorosa y a la imagen de San Juan con un telón cortafuegos. La última corporación en adoptar análogos preceptos ha sido la de la Esperanza de Triana, aprovechando ampliación de la Capilla de los Marineros para construir un búnker al que es descendida cada noche la talla de la Dolorosa. A ello cabría añadir complejos sistemas de video-vigilancia (más generalizados), como el instalado a mediados del mes de enero en el Santuario de Los Gitanos, un circuito cerrado de televisión y cámaras con led infrarrojos para la visión nocturna que permite el control permanentemente del Templo donde se rinde culto a Ntro. Padre Jesús de la Salud y María Santísima de las Angustias.

Inquietudes que han perturbado la ingente comunión labrada durante siglos merced a la cercanía otorgada por Sevilla a Dios y su Santísima Madre. Barahúnda entre libertad y libertinaje que ha desatado el miedo de transformar lo aislado en asiduo. Tesitura intrincada que exige de la implicación directa ciudadana y política, sin subterfugios que evadan la responsabilidad intrínseca de preservar un patrimonio que es propiedad de la ciudad y sus futuras generaciones, además de elemento distintivo en la liturgia de la fe.

La que sobreviene será una Semana Santa ajena a estrenos, modificaciones en horarios e itinerarios, sillas, composiciones musicales, meteorología y todo aquello alcanzado por la mente. La ulterior adjudica, desde hace bastante, su protagonismo al Gran Poder, Dios Eterno.

Artículo publicado en la Revista cofrade “Último Tramo”,con fecha 15 de abril de 2011, Viernes de Dolores.