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Lo importante es estar vivos

José Antonio Martín Pereira | 12 de abril de 2020 a las 19:42

Domingo de Resurrección, día de alegría y júbilo para los católicos que este año entremezcla con la tragedia que asola al planeta. ¿Quién nos lo iba a decir hace solo dos meses? Se fue; se marcha la primera Semana Santa sin procesiones que las generaciones presentes hemos conocido. La última vez que esto ocurrió fue en 1933, por diferentes y conocidas causas. Se desvanece dejando ese sentimiento de nostalgia, pues aunque la hayamos disfrutado de manera distinta nunca es fácil su adiós.

Quedarán eternamente en la memoria las experiencias que nos han tocado vivir, lo que hayamos compartido en el imaginario colectivo y virtual, y sobre todo las vivencias personales que en estos días contribuyeron a perpetuar y ahondar en nuestra fe en mitad de estas circunstancias tan excepcionales. Desconocida y casi irreal fue no cabe duda, una Semana Santa sin distracciones externas, propensa a profundizar en el interior de cada uno.

Al fin y al cabo la fe es un acto natural de todo seguidor de Jesucristo, sin embargo a cualquiera de nosotros alguna vez nos ha asaltado la misma duda que a Tomás (“No lo creeré a menos que vea las heridas de los clavos en sus manos, meta mis dedos en ellas y ponga mi mano dentro de la herida de su costado”; Juan 20 versículos 24 al 29), pues como seres racionales buscamos pruebas de la existencia de Dios constantemente. Acostumbrados estamos a ponerle rostro, a llamarle por su nombre, a pedirle cuentas cuando las cosas no salen como planeamos y a darle gracias cuando nuestro egoísmo y la materialidad con la que convivimos así nos lo permiten.

Se va la Semana Santa, pero quedan los mensajes con los que el Señor se ha comunicado con nosotros en esta ocasión sin dejar huella en las calles, sin invitarnos a vivir estos días con el carácter y la identidad con los que les hemos venido dando forma desde hace siglos. Nos queda la compañía, la idea clara y verdadera de que lo importante es estar vivos, y la sensación de que la Semana Santa se repondrá como siempre hizo y volverá con más fuerza. Pasó, pero su espíritu permanece, quién sabe si con mejor planta. Solo el futuro lo dirá.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

GRAN PODERFoto: Manu Gómez

Hoy sale mi cofradía

José Antonio Martín Pereira | 10 de abril de 2020 a las 11:40

Hoy sale mi cofradía, que yo lo sé, y es por eso que de nuevo cientos de familias se han vuelto a reencontrar. Las túnicas descansan de las perchas para volver al origen. ¡Cuidado con no confundir los antifaces! La papeleta que no se arrugue. Un puñado de estampas, este año del rostro de la Virgen, y otro de caramelos. En casa las medallas se reparten según la oscuridad del cordón, la más gastada es la del abuelo. Alfileres al bolsillo, que nunca se sabe lo que puede pasar. Es día de nervios.

Hoy sale mi cofradía, que yo lo sé, porque las fachadas de la calle Castilla lucen tapizadas de colgaduras color sangre. Un mar de capas blancas ya inunda las arterias del barrio. Todas en la misma dirección, camino del templo por el trayecto más corto. Unos avanzan solos, otros lo hacen de la mano, y también los hay que titubean desordenadamente jugando con la varita que les prestó su Hermandad. Alguna que otra estampa, y caramelo, se pierde entre esos aledaños.

Hoy sale mi cofradía, que yo lo sé, que desde el Altozano vienen regueros de ver como la Esperanza se recogía. Refleja el sol en el metal de los instrumentos, mientras las aceras se llenan de público. La fachada resplandece. Al fondo, de donde bajan aires aljarafeños, un puñado de coloridos globos desafía las leyes de la gravedad.

Hoy sale mi cofradía, que yo lo sé, lo veo en la larga fila de capirotes que aguarda revisión del diputado. Dentro los primeros besos y abrazos. A mirar el listado. En uno o dos años cambiamos de tramo. Los mayores dan pellizcos en la cara en señal de afecto, mientras los pequeños, impacientes, coquetean con sus canastillas. Hay ejércitos de cirios en cada esquina. Impaciencia.

Hoy sale mi cofradía, que yo lo sé, ¡qué bonita está la Virgen! Primero nos hacemos la foto con el Cristo, que sino luego no se puede. ¡Cómo impone con potencias y corona! De pronto el hermano al que estabas buscando, tu diputado. Otro año más, aquí estamos. Hay nervios, pero por lo menos esta vez disfrutamos de la tranquilidad de no mirar al cielo. Ya verás el calor que pasamos cruzando el puente. Primeras llamadas, se disgrega el altar de insignias. Si ya te están doliendo los pies, mal asunto pues todavía nos queda un rato.

Hoy sale mi cofradía, que yo lo sé, ¡qué ya están repartiendo los cirios! No tengas prisa, que hay para todos. Se forman los primeros tramos. En la lejanía del templo, aquel hermano al que hace tiempo que no ves. Hace calor. Fuera se escuchan murmullos, y también a los músicos poniendo a punto sus instrumentos. Rezamos la oración conjunta. Todo está dispuesto.

Hoy sale mi cofradía, que yo lo sé, que las primeras parejas se sitúan ya junto a la puerta. Rostros que se cubren de manera secuencial. Primeros recuerdos, primeras lágrimas. Últimos abrazos. Una mano se posa en el hombro. De repente un golpe seco da paso a la luz brillante que procede del exterior. Aplausos y cornetería. La cruz de guía, escoltada por dos faroles, traspasa el dintel. Hoy sale mi cofradía, que yo lo sé, ¡ES VIERNES SANTO!

Cachorro_TrianaFoto: El Correo de Andalucía /Pepo Herrera

Religiosidad popular

José Antonio Martín Pereira | 9 de abril de 2020 a las 13:10

Una Semana Santa atípica. Así la definimos mayoritariamente, y así también nos ha tocado vivirla. Sin duda estos días que con lentitud se nos van escapando quedarán en el recuerdo de las generaciones presentes, y serán objeto de estudio para las futuras, no precisamente por la ausencia de procesiones sino por la gravedad y las consecuencias que se deriven de la crisis sanitaria que ha traído consigo el COVID-19.

Pero como siempre, la historia está cargada de respuestas espontáneas que insuflan positividad. De este modo la Semana Santa, que desde sus orígenes ha sabido sobreponerse a los intentos de control del poder político y las altas esferas eclesiásticas, así como a epidemias, guerras y otros avatares, está viviendo estos días verdaderas muestras de piedad y religiosidad popular, y no solo en la intimidad de los domicilios particulares, sino también a las puertas de los templos desde donde procesionan las distintas cofradías. La Semana Santa es, bien lo sabemos, una celebración mayoritareiamente del pueblo.

Estampas bellas y ejemplos claros de un fervor que no desfallece ni en circunstancias tan excepcionales como en las que nos encontramos.

capilla_montesionFoto: Hermandad de Monte-Sión

policia_semana_santaFoto: Emergencias Sevilla

Vacío

José Antonio Martín Pereira | 6 de abril de 2020 a las 11:04

La Semana Santa tiene su fundamento en el Triduo Pascual, que celebramos entre el Jueves Santo y el Domingo de Resurrección. Pero es el Domingo de Ramos el día del primer encuentro con las cofradías y los misterios que éstas representan de la Pasión y Muerte, el primero también en esa preparación vivencial que, unida a los Evangelios, nos conducirá a la Resurrección del Señor.

Sin embargo el Domingo de Ramos de 2020 quedará para siempre grabado a fuego en la memoria de todos. El guión estaba escrito desde hacía semanas, e incluso se podría decir que habíamos disfrutado del tiempo suficiente para asimilarlo. Sería imaginábamos, una Semana Santa mucho más reflexiva, más intensa en lo personal, sin añadidos externos, una Semana Santa simplemente sin procesiones.

Y en parte el día inaugural con el que se inicia la celebración vino cargado de aire fresco para los pulmones, oxígeno para la mente confundido entre los habituales deseos de reencuentro. Pero también dejó en todos y cada uno de nosotros un inmenso vacío creciente conforme pasaban las horas, similar en parte al que debió sentir Cristo cuando fue traicionado por Judas y abandonado por sus discípulos. Soledad que es uno de los grandes temores de los que huimos por naturaleza como seres racionales, y que atrapa diariamente a muchas personas por distintas causas. Tristeza como la que está marcando a innumerables familias la crisis global que nos está azotando. Melancolía creciente.

Por ello precisamente hoy más que nunca debemos mirarnos en el desamparo del Cautivo, forzar ese acercamiento por medio del pensamiento para que las circunstancias dolorosas por las que atravesamos, también las personales y las de quienes nos rodean, se vuelvan menos amargas. Valorar la vida. Al fin y al cabo la historia de la Semana Santa tiene un final conocido, la Resurrección de Cristo, y un mensaje de esperanza que no defrauda.

Cautivo_Santa_GenovevaFoto: Jesús Giraldo