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La cofradía de la Cárcel Real

José Antonio Martín Pereira | 23 de abril de 2020 a las 14:03

Los historiadores coinciden en determinar el que el origen de la Semana Santa sevillana guarda relación directa con el nacimiento de las cofradías. Existen, incluso, documentos históricos que demuestran la existencia de cofradías en Sevilla desde el siglo XIII, como agrupaciones de fieles que vivían la religiosidad, de modo discreto, en el interior de templos y conventos.

En este sentido, todo parece indicar que la primera procesión de Semana Santa de Sevilla se inició con el Vía Crucis a la Cruz del Campo, una costumbre que instauró el Marqués de Tarifa, Fadrique Enríquez de Ribera, en 1521 tras su regreso a la ciudad procedente de Jerusalén.

No sería hasta mediados del siglo XVI cuando el Concilio de Trento, ante la incipiente crisis de la Iglesia, recomendó sacar pasos a la calle para llegar a más fieles, momento en el que las hermandades empezaron a portar sus imágenes.

Confluirán desde entonces los grupos de disciplinantes que ya existían previamente, la transformación de muchas hermandades de gloria, gremiales o étnicas en torno a una advocación y la modificación de la tradición medieval de las representaciones con personajes vivos de escenas de la Pasión.

En ese contexto surge una peculiar cofradía de penitencia a fines de siglo en la Cárcel pública de Sevilla, cuya existencia no es del todo considerada por los cronistas oficiales de la Semana Santa, quizás por el reducido entorno en que se desenvolvía.

Dicha organización fue creada por el Padre León, empezando como una hermandad anti-blasfemia y evolucionando hasta convertirse en cofradía de penitentes. El Padre Pedro de León (1544-1632) fue un jesuita de las primeras promociones sevillanas. Ejerció su ministerio en la Cárcel pública de Sevilla desde 1578 hasta 1616, entre otros destinos. Allí asistía a los presos, intercedía por ellos y los confesaba antes de morir.

La Cárcel Real de Sevilla se encontraba en un edificio medieval en la actual calle Sierpes reformado en los siglos XVI, XVII y XVIII y que se mantuvo en uso hasta el siglo XIX. Sus techos albergaron presos ilustres del Siglo de Oro Español, e incluso se dice que allí comenzó Cervantes a gestar su obra insigne, El Quijote.

Al parecer la procesión desfilaba el Viernes Santo por el interior de la misma, con disciplinantes e insignias, como cualquier otra cofradía sevillana; contaba incluso con una pequeña “bolsa de caridad” con la que se libraban algunos presos por deudas.

En su obra ‘Compendio’, el Padre Pedro de León relata algunas experiencias en los ministerios de que usa la Compañía de Jesús. Se cree que debió terminarse de escribir en 1616, cuando el autor contaba 71 años de edad y dejaba el ministerio de la Cárcel de Sevilla para marchar de Rector al Colegio de Cádiz.

En dicha obra el propio pastor ofrece algunos detalles de esta singular procesión: “Procuré con muchas veras estirpar el abuso notable que había en las cárceles de jurar y blasfemar, predicándoles de los males y daños que han venido al mundo por este vicio. Y para más obligarlos, hice una cofradía o congregación del nombre de Jesús contra los juramentos, en la cual se asentaron todos los que actualmente estaban presos entonces, y se iban asentando los que de nuevo entraban y estaban algún tiempo presos; y se avisaban unos a otros cuando se oían jurar, que era una de las reglas de la cofradía, y aprovechaba mucho este cuidado, e hiciéronse algunos años las fiestas con mucha música y muchos señores de los oidores y alcaldes, que se hallaban en ellas; y alguna vez el señor Regente y el Asistente y los treinta de la Congregación que después se instituyó y a la Misa comulgaron estos caballeros y algunos de los presos, cosa que causaba mucha devoción, predicándoles a las Misa algunos de los Nuestros.

Y llegó a tanto su devoción que no se contentaron los presos con que fuese esta cofradía para estorbar pecados, no jurando, sino para hacer penitencia de lo que habían jurado, y el Viernes Santo hacían por dentro de la cárcel su procesión de azotes y sus insignias, como si fuera por las calles y con mucha sangre, y azotábanse con tal denuedo que hasta caían por ahí desmayados. No había quien les quitase las diciplinas de las manos y era tan de ver la procesión, que venían gentes de fuera de la cárcel a verla, y decían que no había ninguna tan devota con sus pasos de la pasión y su estandarte y sus bocinas y muy gran número de disciplinantes, todos presos, y con muy grande concierto, y a la verdad como era dentro de la cárcel parecía que tenía un no sé qué de correspondencia con los azotes, que le habían dado a Nuestro Señor Jesús en la cárcel y prisión.

De lo que sobraba de la cera y del gasto para la fiesta se sacaban presos de deudas o de los que estaban por algunas costas; y todos estos gastos eran de las penas que se les llevaban a los que juraban, y de lo que dentro de la misma cárcel se juntaba de limosna que pedían así los que venían a ver los presos, como de lo que se les pedía a ellos mismos”.

Fuentes:

– “De las cofradías sevillanas en el siglo XVI”, Alberto Pozo Ruiz. Universidad de Sevilla.
– “Pedro de Leon, jesuita del siglo XVI-XVII (1544-1632)”, Universidad de Sevilla.

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Vacío

José Antonio Martín Pereira | 6 de abril de 2020 a las 11:04

La Semana Santa tiene su fundamento en el Triduo Pascual, que celebramos entre el Jueves Santo y el Domingo de Resurrección. Pero es el Domingo de Ramos el día del primer encuentro con las cofradías y los misterios que éstas representan de la Pasión y Muerte, el primero también en esa preparación vivencial que, unida a los Evangelios, nos conducirá a la Resurrección del Señor.

Sin embargo el Domingo de Ramos de 2020 quedará para siempre grabado a fuego en la memoria de todos. El guión estaba escrito desde hacía semanas, e incluso se podría decir que habíamos disfrutado del tiempo suficiente para asimilarlo. Sería imaginábamos, una Semana Santa mucho más reflexiva, más intensa en lo personal, sin añadidos externos, una Semana Santa simplemente sin procesiones.

Y en parte el día inaugural con el que se inicia la celebración vino cargado de aire fresco para los pulmones, oxígeno para la mente confundido entre los habituales deseos de reencuentro. Pero también dejó en todos y cada uno de nosotros un inmenso vacío creciente conforme pasaban las horas, similar en parte al que debió sentir Cristo cuando fue traicionado por Judas y abandonado por sus discípulos. Soledad que es uno de los grandes temores de los que huimos por naturaleza como seres racionales, y que atrapa diariamente a muchas personas por distintas causas. Tristeza como la que está marcando a innumerables familias la crisis global que nos está azotando. Melancolía creciente.

Por ello precisamente hoy más que nunca debemos mirarnos en el desamparo del Cautivo, forzar ese acercamiento por medio del pensamiento para que las circunstancias dolorosas por las que atravesamos, también las personales y las de quienes nos rodean, se vuelvan menos amargas. Valorar la vida. Al fin y al cabo la historia de la Semana Santa tiene un final conocido, la Resurrección de Cristo, y un mensaje de esperanza que no defrauda.

Cautivo_Santa_GenovevaFoto: Jesús Giraldo

Hoy volveremos a encontrarnos

José Antonio Martín Pereira | 5 de abril de 2020 a las 11:36

Despertó el Domingo con la alegría desmedida de unos rayos de sol que brotaban impacientes sobre el inconfundible marco azul preparado con esmero por la primavera. Ajena la luz al improvisado escenario que Dios ha dispuesto para nosotros, derramando sobre la tierra de María Santísima la más hiriente melancolía.

Nostalgia que se entiende al fin y al cabo como el anhelo de personas, hechos, lugares o cosas del pasado, de situaciones vividas que nos hicieron felices. La diferencia entre la nostalgia y el recuerdo es la intensidad, que en la nostalgia es más acentuada e incluso tal y como sostienen diversas teorías psicológicas posee la capacidad de producir bienestar. Ventura que encuentra acomodo en la liturgia que inicia para los católicos este tiempo de Pasión, multiplicando su magnitud hasta cotas de largo alcance. La Semana Santa no es pasado y, aunque los contraluces amenacen con dominar los principales análisis en un intento por exponer la antítesis a lo que debió ser, el mensaje que los integrantes de las cofradías debemos lanzar al mundo en este día es precisamente todo lo contrario, un mensaje de esperanza.

Para los cofrades, la Cuaresma amén de un escenario de preparación personal destinada al encuentro con Dios conlleva también un profundo interés por el tiempo en todas las vertientes de su acepción. Sin embargo, es precisamente el conteo de los días el que nos invita a levantamos con celeridad acosando con la mirada al calendario, porque en el fondo somos conscientes de que el caudal de la cuenta atrás desembocará en un mar amurallado de vida. Y no importa que se escape, casi sin quererlo abrimos de par en par portalón para darle salida alimentando el ansia con la que los dominios del silencio ceden pausadamente paso a la algarabía propia de una ciudad que tiende, con la más precisa de las naturalidades, su mano al fulgor de la primavera.

Así llega el Domingo de Ramos, y con esos nervios saldré a buscarte. Allí donde los viejos y cobrizos muros de la muralla despedirán tus sombras para dejarte marchar por la estrecha vértebra que te conducirá al corazón de la ciudad, como queriendo abrazarte intentando secuestrar la grandeza de la que gozan en tu barrio los 364 días del año restantes. Te esperaré ahí, invisible entre la multitud, deseoso de oler el incienso que te precede y las flores que te engalanan, ávido por escuchar esos tambores que marcan el compás de tus bambalinas al viento. Ya es Domingo de Ramos, y en la esquina donde me robaste el corazón volveremos a encontrarnos, porque Tú no olvidas mis promesas ni yo el lugar donde siempre nos citamos para renovarlas. Te esperaré ahí, de corazón lo haré Madre Hiniesta.

Virgen_hiniestaFoto: Azul y Plata

Viernes de Dolores. Origen y significado de esta antigua celebración

José Antonio Martín Pereira | 3 de abril de 2020 a las 13:31

La Semana Santa es una fiesta muy importante para la religión cristiana, dado que se conmemora la Pasión de Cristo, es decir, la entrada a Jerusalén, el juicio, la crucifixión y la resurrección de Jesús de Nazaret.

En este sentido, el Viernes de Dolores se celebra en la última semana de la Cuaresma católica, llamada también Semana de Pasión, y marca inicio de la Semana Santa, que termina en la fiesta principal conocida como Domingo de Resurrección.

Es un día en el que los cristianos (católicos y ortodoxos) manifiestan su fervor religioso en la celebración de los Dolores de Nuestra Señora, incluyendo por ejemplo en la liturgia de la Misa la secuencia del Stabat Mater.

En cuanto a su origen, esta antigua celebración que conmemora los sufrimientos de la Madre de Cristo durante la Semana Santa tuvo mucho arraigo en toda Europa y América. Se conoce la conmemoración de este día desde el siglo XII.

No obstante el Concilio Vaticano II consideró, dentro de las diversas modificaciones al calendario litúrgico, suprimir las fiestas consideradas «duplicadas», esto es, que se celebren dos veces en un mismo año; por ello la fiesta primigenia de los Dolores de Nuestra Señora el viernes antes del Domingo de Ramos fue suprimida, siendo reemplazada por la moderna fiesta de Nuestra Señora de los Dolores el 15 de septiembre.

Aun así, en la Tercera Edición del Misal Romano (2000), hay un recuerdo especial a los Dolores de la Santísima Virgen en la celebración ferial de ese día, introducida por San Juan Pablo II.

La Santa Sede y las normas del Calendario Litúrgico contemplan que, en los lugares donde se halle fervorosamente fecunda la devoción a los Dolores de María y en sus calendarios propios sea tenida como fiesta o solemnidad, este día puede celebrarse sin ningún inconveniente con todas las prerrogativas que le son propias.

Son siete los dolores de la Virgen.

– Cuando conoció la profecía de Simeón que anunciaba hechos tan terribles.
– La dureza de la huida a Egipto.
– La ansiedad por el Niño perdido.
– El sufrimiento de la Calle de la Amargura.
– La inmensa angustia de la crucifixión.
– El descendimiento de la cruz.
– La sepultura de Cristo.

Adriaen_Isenbrant_“Los siete dolores de María”. Adrián Isenbrandt (1518-1535), Iglesia de Nuestra Señora de Brujas, Flandes.

Semana Santa de 1933, la última sin procesiones

José Antonio Martín Pereira | 1 de abril de 2020 a las 10:46

“Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo”. Con estas palabras se despedía de España el rey Alfonso XIII tras las elecciones celebradas el domingo 12 de abril de 1931, en las que salieron ganadoras en 41 capitales de provincia las fuerzas opositoras a la Corona.

El monarca dejaría el Gobierno dos días después, dando paso a la II República, un periodo que se extendió hasta 1936 y que supuso una clara recesión para las hermandades y cofradías de Sevilla. La nueva etapa política venía de la mano de un fuerte anticlericalismo, inspirado en argumentos como los que Manuel Azaña pronunció en aquellos días: “Todos los conventos e iglesias de Madrid no valen la vida de un republicano”.

En aquel contexto, la Semana Santa de 1931 comenzó el domingo 29 de marzo, coincidiendo con la campaña electoral de las elecciones municipales que se celebrarían dos domingos más tarde y que como hemos dicho pondrían fin a la monarquía de Alfonso XIII. Por aquel entonces todas las hermandades sevillanas procesionaron a pesar de la ola de agresivo laicismo de una parte de la sociedad y de los actos violencia que anarquistas y miembros de la izquierda cometían contra las cofradías.

Durante el período comprendido entre abril de 1931 y diciembre 1933 la violencia anticlerical fue en constante aumento ante la inactividad del Gobierno y de las Fuerzas del Orden decididas a no intervenir en este tipo de agresiones. Así el primer atentado de consideración lo sufrió la cofradía de la Hiniesta el día 8 de abril cuando una turba asaltó su templo y quemaron La Dolorosa de Martínez Montañés, junto a otras tallas como la de un Cristo del siglo XIV.

Ante los ataques y la incertidumbre generalizada, las cofradías empezaron desde que se iniciara este período a adoptar medidas de autoprotección, por ejemplo ocultando sus imágenes para evitar que fueran dañadas o destruidas.

En 1932, la histórica salida de la Estrella evitó que la primera Semana Santa de la Segunda República -su proclamación tuvo lugar tres días antes del comienzo de la Feria de abril de 1931- se saldara sin un paso en la calle. Y lo hizo desoyendo las consideraciones del Consejo de Cofradías, que se había reunido meses antes decidiendo que las hermandades no procesionaran ante las amenazas y los atentados sufridos en 1932.

En aquel tiempo además se había establecido como obligatorio el deber de las hermandades de comunicar al Gobierno Civil la convocatoria de cabildos, y también debían conocer las disposiciones y artículos de las reglas de las corporaciones.

De este modo, en la Semana Santa de 1933 se daría una circunstancia lo que no ocurría en Sevilla desde 1825, que ni un solo paso saliera a las calles de la ciudad. En un año además muy significativo para la cristiandad, pues se cumplían 19 siglos de la Pasión de Cristo. Para conmemorar dicha efeméride se celebró un triduo en la Catedral. De igual modo las cofradías también dieron mayor realce a sus cultos internos, exponiendo a sus imágenes en vistosos altares, o en sus pasos procesionales, aunque no pudieron disipar la tristeza y decepción de ver a la ciudad sin la Semana Santa como hasta entonces se conocía.

Entre los pasos que se podían contemplar en los templos estaban los de las Aguas, Santa Cruz, las Siete Palabras, la Exaltación, la Quinta Angustia y los Gitanos. Otras, como la Cena, la Amargura o la Esperanza de Triana montaron sólo el paso de palio.

Tras las elecciones de noviembre de 1933, que dieron una mayoría parlamentaria a los partidos de centro-derecha y de derechas, comenzando lo que se conoció como bienio radical-cedista o bienio negro entre 1933 y 1936, las procesiones se reactivan y en la Semana Santa de 1934 saldrían a la calle 14 cofradías. La normalidad no llegaría hasta finalizada la Guerra Civil, sin embargo muchas de las imágenes y del patrimonio de las hermandades no volverían nunca más a salir tras ser destruidos en el aciago año 1936.

Estrella_San_Jacinto_1932El paso de la Virgen de la Estrella saliendo de San Jacinto. Semana Santa de 1932.

La Semana Santa de 1649, el año de la peste

José Antonio Martín Pereira | 27 de marzo de 2020 a las 19:10

La epidemia de peste de 1649 fue la mayor crisis epidémica que ha padecido Sevilla, que supuso una gran quiebra de su población, en la que murieron entre 50 000 y 60 000 personas, lo que representaba el 46 % de la población de la ciudad.

La lluvia que inundó Sevilla entre marzo y abril de 1649, que impidió que saliera ninguna cofradía a la calle, propagó la epidemia que mató a la mitad de los sevillanos. Hasta tal punto que las crónicas de la época narran que podía llegarse en barco a la Alameda. Estas lluvias provocaron la pérdida de las cosechas, el desabastecimiento de la ciudad y una elevada desnutrición ante la dificultad de comprar alimentos por su encarecimiento.

En este sentido mientras duró la peste se multiplicaron las procesiones y rogativas, como la del Lignum Crucis, el Santísimo Sacramento, Corpus Cristi, Nuestra Señora de los Reyes o el Santo Cristo de San Agustín, que salió el 2 de julio hasta la Iglesia Mayor.

Precisamente a los pocos días de esta procesión en el citado hospital (conocido entonces como de la Sangre) ondeaba una bandera blanca como señal de que la epidemia había remitido. Por tal motivo se mantiene hoy día la acción de gracias a este Crucificado en esa fecha.

A modo de curiosidad, citar que la peste se llevó a muchos sevillanos y personajes ilustres, uno de ellos el insigne escultor Juan Martínez Montañés, autor de tallas como el Señor de Pasión o el Cristo de la Clemencia, el 18 de junio de 1649.

peste-sevillaObra Anónima. Museo del Hospital del Pozo Santo de Sevilla

Sé que volverás

José Antonio Martín Pereira | 17 de marzo de 2020 a las 10:57

Jamás pensé que aquello que días atrás nos contaban podría convertirse en certeza. Que la historia, aún por escribir, concluiría sin ni siquiera haber empezado. Que dejaríamos el libro de los sueños del mismo color de aquellos nazarenos con los que pretendíamos encontrarnos entre las sombras del parque, cuando los primeros rayos se entregaran a la tarde invitando a dejar atrás los nervios de la mañana.

Acabas de irte y ya se te extraña, porque la conciencia no acierta a comprender que los encuentros que habíamos pactado, ahora no habiten más que en lo recóndito de cada interior dejando un reguero de nostalgia sin consuelo.

No ha venido aún la primavera y ya daría la vida por cambiarla, por llenar de intensidad estos silencios con el ajetreo de parihuelas de ensayo; de ejércitos de candelerías relucientes; de majestuosos altares desafiando las alturas; de repartos de papeletas de sitio; de túnicas por planchar y escudos esperando aguja e hilo; de capirotes que regresan tras el letargo en los altillos; y madrugadas, de largas madrugadas de casas de hermandad.

Acabas de irte con la fugacidad con la que acostumbras, pero esta vez sin que el incienso difumine perfiles por las esquinas. Los sentidos, todos los sentidos, quedaron vacíos, descompuestos sin el olor a cera mezclada con clavel; sin los aromas que desprende la miel de los pestiños; sin los crujidos de la madera y el rachear de las alpargatas de los costaleros; sin saetas ni cornetas; sin bullas ni pies cansados; sin programas de mano arrugados del salir y entrar en los bolsillos; sin alfileres en las solapas de las chaquetas; sin la luz de los cirios que tenían previsto anunciar, como solo ellos saben, el triunfo de la Vida.

Acabas de irte, y la contradictoria percepción del recuerdo se ha instalado sobre una realidad que exhibe primogénitos deseos, implorando refugio en el regazo de la Palabra, semilla que ya busca raíces en el delicado huerto que Sevilla reserva al anhelo, a la espera de que imperfecciones futuras deparen provechosas tardes de sol y éstas vuelvan a abrir de nuevo el ciclo que quedó por cerrar.

La melancolía se abre paso y de nada sirve que las confiterías sigan pregonando en sus cristaleras que “hay torrijas”. El bacalao este año no vivirá su apoteosis cuaresmal. Las túnicas no irán a las lavanderías y las insignias, perfectamente dispuestas, quedarán en el reposo oscuro de los armarios esperando que vuelvas con fulgores a reclamarlas. El azahar, que es más que una flor, ultima sus aromas desnudando los naranjos cuales muestras de aquello que pudo ser y no será.

Acabas de irte pero sabes qué, sé que volverás. Porque siempre vuelves, porque aunque esta crónica nunca haya sido escrita, la Esperanza, que en Sevilla tiene nombre de mujer y vive junto al Arco, habita cual primavera palpitante en el corazón de cada invierno, y amanece como aurora sonriente detrás de cada noche. Tal vez el que reside al final de la calle Castilla, haya dispuesto este guión diferente para hacernos comprender la suerte que tenemos de disfrutar del milagro de la vida que comienza en el Salvador entre palmas y varitas plateadas y concluye en el corazón de la ciudad a los pies de un sudario, demostrándonos así que esa fortuna no está al alcance de quienes sufren en hospitales, en residencias o en la más punzante soledad. Al fin y al cabo Dios siempre decide por nosotros, y sus designios son inescrutables.

Lejos quedan los últimos ecos con los que dijiste adiós en San Lorenzo, pero estoy seguro que podré volverte a esperar otros 377 días. Sé que volverás.

Semana Santa 2020

Sevilla, por primera vez sin procesiones de Semana Santa desde 1933

José Antonio Martín Pereira | 14 de marzo de 2020 a las 14:45

El alcalde de Sevilla, Juan Espadas, el Arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo, y el presidente del Consejo de Hermandades y Cofradías de Sevilla, Francisco Vélez, han mantenido esta mañana una reunión en el Ayuntamiento de Sevilla para analizar las decisiones tomadas por el Gobierno de España y la Junta de Andalucía en el día de ayer con motivo de la declaración del estado de alarma en todo el territorio nacional durante los próximos 15 días, así como las medidas tomadas por las tres administraciones para hacer frente a la evolución de los casos de coronavirus y frenar en la medida de lo posible su avance, conforme a las indicaciones y escenarios manejados por la Autoridad Sanitaria.

La evolución del virus en esta semana y las previsiones que conocíamos ayer por parte del Gobierno de España han llevado a la toma de medidas drásticas para concienciar a la población sobre la importancia de limitar al máximo los desplazamientos de personas en el territorio, así como recomendar que las personas permanezcan en sus domicilios el mayor tiempo posible.

La práctica paralización de la actividad las próximas dos semanas, la posibilidad de tener que prorrogar esta situación por más tiempo, así como la evidencia de que volver a recuperar la normalidad deberá llevar su tiempo y, por tanto, la presunción razonable de que las medidas sanitarias de prevención que se están adoptando tendrán vigencia por un periodo de tiempo más amplio, han llevado a las tres instituciones, a requerimiento del alcalde de la ciudad, a tomar una decisión para acabar con la incertidumbre sobre la viabilidad de celebrar los desfiles procesionales de la Semana Santa 2020.

En coherencia, por tanto, con la información que facilita la Autoridad Sanitaria a las Administraciones competentes, que ha ido gradualmente agravándose, para la toma de medidas limitativas de la concentración de personas en espacios públicos, o de los desplazamientos en el territorio nacional o procedentes de otros países, consideramos que hay motivos de salud pública suficientemente justificados para suspender los desfiles procesionales en la vía pública de las hermandades y cofradías de Sevilla en la Semana Santa 2020 y que además, según reza en el comunicado, «es nuestra obligación y la de todos los ciudadanos cooperar en la consecución de los objetivos que se plantea nuestro país en esta cuestión en la actual coyuntura».

Añaden además que «este es el sentir de la autoridad religiosa que, a través de la Conferencia Episcopal, manifestaba en el día de ayer su voluntad de suprimir procesiones para contener la propagación del coronavirus, evitar concentración de personas y tomar las medidas necesarias. Asimismo, en los últimos días y en consonancia con el crecimiento de los casos de afectados en todo el territorio y el llamamiento de las autoridades a la disciplina social más estricta para conseguir frenar esta evolución, constatamos el consenso social y la práctica unanimidad de convencimiento y compresión de la sociedad sevillana ante la necesidad de tomar una medida tan dolorosa como justificada como la de suspender los desfiles procesionales de la Semana Santa 2020».

Por último, desde el Consejo de Hermandades y Cofradías manifiestan su «pesar por las consecuencias de carácter religioso, emocional y económico que para muchas personas tiene esta situación, pero entendiendo que es la salud pública y el interés general lo que está en juego, tomamos por tanto la decisión de forma colegiada y corresponsable de suspender los desfiles procesionales en la vía pública en la próxima Semana Santa en Sevilla y procedemos a comunicar nuestra decisión a las Administraciones competentes, así como a las hermandades y cofradías y al pueblo de Sevilla a los efectos oportunos».

Semana Santa

¿Quién sale beneficiado?

José Antonio Martín Pereira | 4 de febrero de 2020 a las 21:38

Cuando una imagen vale más que mil palabras, en sentido literal. La misma fue publicada hace unos días por la hermandad de San Esteban, ilustrando un comunicado en el que su Hermano Mayor, Jesús Bustamante, cargaba duramente contra la configuración actual del Martes Santo, que este año no sufrirá variaciones respecto al orden establecido para la Semana Santa de 2019, a la cual pertenece la instantánea.

La nota en sí abre numerosas lecturas, y vuelve a poner en tela de juicio un problema que ha venido persiguiendo a las cofradías desde sus orígenes y hasta la actualidad, el de los horarios, itinerarios y orden en la nómina del día. En este sentido, ocurre algo parecido en cuanto a las discrepancias mostradas con el resto de las cofradías del Miércoles Santo por parte de Los Panaderos. Son solo dos ejemplos de marcada actualidad, la punta de un iceberg al que cada vez se le observan más grietas, puesto que a excepción del Sábado Santo, un día más liviano por el número y el carácter de las hermandades que procesionan, el resto de jornadas pervive en un alambre solo apto para funambulistas sin que, al menos hasta la fecha, nadie haya dado con la tecla que resuelva el entuerto.

La cuestión en sí es que la solidaridad de la que hacen gala las hermandades en lo relativo a su acción social, no se ve sin embargo reflejada en la configuración que requiere la Semana Santa del siglo XXI, ésa en la que los cortejos crecen y la seguridad se ha convertido en el vértice del que penden el resto de aristas. La realidad dice que pesa más arañar cinco minutos de paso, que ceder un puesto en el orden establecido. Y no digamos ya cuando se trata de variar los recorridos, aunque sean exactamente iguales cambiando dos calles por otras dos paralelas.

A todo esto cabría preguntarse, ¿quién sale beneficiado? Desde luego la Semana Santa de Sevilla no, y la imagen que proyectamos los cofrades al resto de la sociedad, tampoco. Por ello precisamente las juntas de gobierno y el Consejo de Hermandades, más pronto que tarde, están obligados a buscar soluciones y entenderse para así minimizar el menosprecio que sienten los hermanos de las cofradías afectadas. La fotografía que aparece aquí abajo nos deja en evidencia.

SanEsteban_campanaFoto: Hermandad de San Esteban (Twitter)

Relativo a los carteles de Semana Santa

José Antonio Martín Pereira | 27 de enero de 2020 a las 21:55

Se supone que los carteles de Semana Santa deben ser instrumentos gráficos que acerquen al espectador las emociones de lo que está por venir. Sin embargo sucede, y no solo en Sevilla, que el repetido uso de las vanguardias plásticas suscita cada vez mayor debate, y no precisamente por la calidad de las últimas obras, fuera de toda duda, sino más bien por el canon que se está tratando de imponer por medio de los excesos en simbología, los cuales sitúan la interpretación al alcance solo de los especialistas en la materia.

Y no quiero decir con ello que la Semana Santa deba permanecer inmóvil o tenga que renunciar a renovarse, de ser así no habría llegado en plenitud hasta nuestros días, pero ocurre y es evidente que si necesitamos un díptico explicativo para entender un simple cartel es que alguna pieza del engranaje está fallando. En este sentido, no estaría de más alternar de vez en cuando con la fotografía y que así puedan ver la luz otros conceptos.

Semana Santa SevillaFoto: Juanma De Cirez