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La primera en la Campana

José Antonio Martín Pereira | 14 de marzo de 2018 a las 10:33

El tiempo presente se distingue por la flagrante exposición de sus signos. Así se puede oler en la mezcla de aromas que producen el incienso, la cera y las flores con los que se desarrollan los cultos en las hermandades; oir en la sinfonía de notas que propagan los numerosos conciertos de las bandas; degustar con la rica gastronomía dispersa durante los siete días de la semana y concentrada especialmente cada viernes de Vigilia; palpar en cualquiera de la cotidiana beldad que tiene origen en cada uno de los templos; y sobre todo ver, porque la Cuaresma en sí es una invitación directa a los sentidos que Dios nos lanza usando como herramienta y marco a la ciudad, en cuyo entramado se aclara la lenta pero inexorable transformación de la piel que se renueva con el desembarque de la primavera.

Existe un sueño en paralelo gestado de manera intemporal, que ahora calibra su sentido y finalmente será despojado por la emoción. Entonces recordaremos aquello que dejó escrito Antonio Núñez de Herrera en su obra Teoría y Realidad de la Semana Santa y que aún hoy, 82 años después de su primera edición, sigue brillando por el alto valor de un contenido cargado de connotaciones: “En estos días no se razona. Se siente nada más. Se vive y no se recuerda. La Semana Santa no ha existido hasta ahora mismo. Queda lejana de toda cuestión previa. Inútil buscarle raíces teológicas o tubérculos históricos. Nace la Semana Santa en sí, para sí y por sí”.

Entretanto las vísperas mantienen la esencia de lo inenarrable, el éxtasis sensorial admite confundirse en la convergencia de lo más simple. Para los impacientes, o para los que se atrevan a desafiar las leyes del tiempo, la primera ya ha posado sus cuatro zancos en la plaza de la Campana, entre aromas a canela y miel tostada.

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Sevilla renace

José Antonio Martín Pereira | 12 de marzo de 2018 a las 14:38

La Cuaresma no es sólo un tiempo litúrgico destinado a la preparación de la llegada del Misterio Pascual. Una vez más, el cartapacio que contiene los secretos de la primavera sevillana abrió sus pastas, como viene ocurriendo cada año desde hace siglos, para que multitud de albares láminas vean la luz, esa cuyo color se asemeja al que desemboca sobre el firme de la Bética proveniente de olivareras campiñas. Así en invierno, como si el almanaque mutara sus complejidades, la Cuaresma, con su rigor irreprochable y sus primeros signos recupera la ciudad en la que el Barroco sembró plenitudes, cimentando los vacíos dejados por el recuerdo y renovando planteamientos y esquemas mentales.

Y dentro de la desnaturalización que rodea a la fe del día a día, oculta tras la Semana Santa de todo el año ahormada para ocio y disfrute por el cofrade de hoy, la ciudad en su conjunto a través del ejercicio diario de sus hermandades ha adquirido la necesaria madurez que la lleva a alcanzar las virtudes del tiempo presente transformándolas en el desarrollo de lo estrictamente cotidiano.

De este modo, la lenta transmutación que ejecuta el molde del escenario idílico con el que nos levantaremos en la mañana del ansiado Domingo de Palmas, aquel que invitará a ensartar con hilo blanco el alfiler con el que bordaremos en oro y plata un nuevo capítulo de la memoria, postula síntomas que invaden incluso el propio deterioro estructural y sentimental donde se ahogan a diario viejas riquezas.

Es precisamente por ello que la Cuaresma se convierte en llave maestra del enigma con el que Dios se acerca sin vestimenta ociosa, sólo a través de la Palabra, para proponernos la conversión. Y lo es incluso por encima de aquello que creemos descifrar por nosotros mismos, o más allá de hacia dónde nos pretendan dirigir. La espera es armonía sobre la que descansa el ajetreo, es mansedumbre que refleja en la inspiración con la que el color de las nuevas tardes trasluce aquello que pretendemos experimentar pero aún guarnece. A veces sin buscarlo lo encontramos, y es entonces cuando las respuestas brindan por sí mismas la correcta vereda. Sevilla tiene su propia llave, la llave que descubre un horizonte marcado y que conformamos entre todos, la llave que inspira su renacer durante cuarenta días y cuarenta noches.

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Armonía

José Antonio Martín Pereira | 27 de marzo de 2017 a las 11:07

El incremento de signos contribuye a profundizar en el objetivo. Con la Pascua cerca, la ciudad multiplica sus encantos en armonía, casi por propia inercia para alcanzar, toda vez la mañana del Domingo de Ramos arrebate nuestros corazones dejándolos fluir en mitad de sueños despiertos, el vestíbulo de la Gloria como sólo ella sabe hacerlo. Pero aún quedan noches, falta camino por recorrer, un ramillete de símbolos por nacer y la felicidad contenida que provoca la dulce espera. Ojalá existiera algún método para detener el tiempo…

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Las vísperas

José Antonio Martín Pereira | 17 de marzo de 2016 a las 16:16

Las vísperas se circunscriben en la confluencia desordenada de signos que hacen presagiar el nuevo rumbo por donde discurrirá la añoranza, toda vez la mañana soñada despierte a la conciencia con sus genuinas ráfagas de luz como sólo ella sabe. Se cruzan tópicos, alivio para la impaciencia que trata de obrarse hueco entre las frescas madrugadas de marzo. Falta poco, muy poco, y el estampido de belleza se derrama a lo largo y ancho del difuso escenario. Entretanto el símbolo de los símbolos aguarda, ahondando en las entrañas donde la conversión escribe el epílogo de una Cuaresma que lentamente se desvanece ante la ponderación de lo que está por venir.

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Descontando…

José Antonio Martín Pereira | 7 de marzo de 2016 a las 11:15

La realidad es tan evidente que supera inclusive los garabatos con los que la conciencia trata de idealizar la proximidad. Más allá de oscuros lunares, que están ahí y no se deben descartar, existe un flamante tapete sobre el que parsimoniosamente se van añadiendo elementos interrelacionados entre sí, relato sin palabras del letargo que desvanece al encuentro del tiempo nuevo. Al camino le resta poco, el reloj sigue descontando…

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